Café con Libros (III)




Almuzara.-- Borges convirtió la conversación en arte. Lo que decía era tan digno de perdurar como lo que escribía. En realidad, escribía en la página y en el aire.

Ángel.-- ¿Tú crees? A mí no me lo parece. Uno era el Borges de las declaraciones disparatadas contra la democracia, a favor de los militares argentinos, burlándose de Lorca; y otro, el de los cuentos, los poemas, los ensayos admirables.

Caterina.-- Vamos, que era, como no sé quién dijo de Valle-Inclán, un eximio escritor y un extravagante ciudadano.

Almuzara.-- No me refiero al Borges de las declaraciones periodísticas, siempre un poco epatantes y a veces con un sentido del humor que la búsqueda de titulares llamativos destrozaba. Me refiero al Borges de las inacabables charlas con amigos, al del libro de Bioy Casares, un libro casi infinito, o al de este otro que acaba de aparecer, Sobre la escritura, que transcribe sus visitas a un taller literario.


Ángel.-- Pero ¿qué interés puede tener una nueva entrega de conversaciones con Borges? ¡Si siempre decía lo mismo!

Almuzara.-- Siempre decía lo mismo y nunca nos cansamos de escucharle. Esa es su magia y su misterio.

Marcos.-- Yo creo que a Xuan Bello le ocurre otro tanto. Leía el domingo pasado su “Espejo de tinta” y pensaba: ¿cuántas veces ha citado a Eugénio de Andrade, elogiado el verano y las islas, fantaseado a lo Cunqueiro? Años lleva que no hace otra cosa, pero yo le leía tan fascinado como la primera vez. Hay escritores que son como músicos de jazz. Pueden hacer infinitas variaciones sobre un mismo tema. Y nunca nos cansamos de escucharlos. Xuan Bello es de esa clase. Y Borges también.

Almuzara.-- A mí este libro me ha interesado especialmente porque recoge las preguntas que le hacen los asistentes a un taller literario. ¡Ya me habría gustado a mí llevarle a mis clases en la Universidad Popular!

Ángel.-- ¿Y no crees que es un cuento eso de los talleres literarios? A hacer poesía no se enseña. Es un don que se tiene o no se tiene.

Caterina.-- Bueno, en realidad nadie va a esos sitios a aprender a escribir. Todo el mundo cree tener la genialidad suficiente. Se va a que le lean y a que le escuchen a uno a cambio de que uno finja leer y escuchar a los demás.


Almuzara.-- En estas conversaciones el director del taller literario, Félix della Paolera, un viejo amigo de Borges, no duda en contradecirle en ocasiones. Borges le llama Grillo.

Ángel.--  Se ha elogiado mucho la memoria de Borges, pero a veces no es demasiado precisa. El famoso poema de Juan Ramón Jiménez “No le toques ya más / que así es la rosa” lo estropea de la siguiente manera “Esta es la rosa y no la retoques” que ni es verso ni es nada. Y luego añade: “Está pensando en un pintor, ¿no?”

Martín.-- Será un error de transcripción. Las grabaciones originales eran malas. Y a veces deben de haberse reconstruido algunas partes. Pero con mucho acierto. Nos da la impresión de estar escuchando a Borges. Un Borges crepuscular, que ya ha cumplido los ochenta años, pero que no ha perdido nada de su inteligencia ni de su humor.


Marcos.-- Me gusta lo que dice del haiku. Le preguntan si es difícil de escribir y él responde: “Yo no sé si es difícil. Es posible o imposible. O sale o no sale. O es perfecto o no es nada”.

Martín.-- “Usted es un perfeccionista” le dice uno de los alumnos. Y él, con su maravillosa falsa modestia, responde de inmediato: “A un escritor que se sabe mediano, ¿qué otra cosa le queda sino ser perfeccionista?”

Ángel.-- Quizá por eso tú eres tan poco perfeccionista, porque no te crees mediano.

Caterina.-- A los poetas les aconseja empezar por lo más fácil, el soneto; solo cuando se tiene mucha experiencia puede uno aventurarse con el verso libre.

Almuzara.-- Sí, insiste mucho en lo liberadoras que son las limitaciones. Por eso opina Grillo que, en un taller literario, hay que dar normas muy estrictas sobre el tema, la forma. Cuando uno puede escribir sobre lo que quiera acaba no escribiendo nada. Lo mismo pasa cuando tienes todo el tiempo del mundo para entregar un artículo. No lo escribes nunca. Y aquí hablo por experiencia.

Martín.-- Borges se refiere a sus maestros de siempre: Chesterton, Stevenson. Dice que ha tratado de emular al primero, pero que nunca se ha atrevido con el segundo. Son curiosas las filias y las fobias de Borges. Admiraba a escritores muy menores y detestaba a algunos de los más grandes. Se burla de Octavio Paz...

Ángel.-- ¿Y tú crees que es uno de los más grandes?

Martín.-- Admiraba a escritores que se le parecían y a otros que eran todo lo contrario, como el gritón y exasperante Léon Bloy, de quien ahora Cristobal Serra publica una selección de sus diarios.


Almuzara.-- Curioso personaje Cristóbal Serra, una especie de presocrático que hubiera leído a los surrealistas y estuviera fascinado con el budismo. El libro suyo que yo prefiero es Efigies donde retrata y antologa a los mejores aforistas.

Martín.-- Uno de ellos es precisamente Léon Bloy, ese profeta demoníaco, ese maestro de la injuria, al decir de Borges. “Los imbéciles son escurridizos e impermeables como la clara de huevo”, escribió.

Marcos.-- La verdad es que esa es una de las pocas admiraciones de Borges que no comparto. Bloy escribe siempre gritando, insultando, restregándonos su miseria y sus humillaciones por las narices. Siempre habla de Dios, pero es el escritor menos cristiano que conozco. Además sus diarios, tan aparentemente sinceros, son pura falsedad.

Ángel.-- Como todos los diarios.

Martín.-- Eso no lo dirás por mí.

Ángel—Especialmente. Por eso tenemos la precaución de grabar estas conversaciones. Para que no cambies ni una coma.

Marcos.-- Ahora se están publicando en Francia sus verdaderos diarios, las notas que escribió día a día, y se ve que los tomos que publicó son pura literatura, recomposición y maquillaje para conseguir un efecto. No era tan bruto, tan impertinente profeta del antiguo testamento, como quiere darnos a entender.

Caterina.-- ¿Así que Léon Bloy se hacía el bruto para tener mayor éxito en el circo literario? Bueno, otros se hacen el loco. No diré nombres.

Martín.-- No creo que fuera así exactamente. Este diario es también un epistolario. Reproduce las cartas que enviaba. Y las respuestas que recibía. “No tenemos necesidad de perros rabiosos” le responden de una revista a la que ofrece su colaboración. Léon Bloy era un católico peculiar: odiado por los católicos, admirado por los incrédulos. De su diario vale sobre todo el retrato de un personaje, el reflejo de una época.

 León Bloy (1846-1917)

Almuzara.-- Nada que ver, en cualquier caso, con el espléndido diario de Renard, que yo estoy traduciendo. Sale casi a maravilla, no ya por página, sino por línea. “Pon un poco de luna en lo que escribes”, aconsejaba.

Marcos.-- La luna, el sol y las demás estrellas ponía Borges en todo lo que escribía: “¿Es un imperio / esa luz que se apaga / o una luciérnaga?”


 
José Luis García Martín

BORGES EN EL TALLER
CAFÉ CON LIBROS


José Luis García Martín y su cuaderno de notas mágico, New York, Abril 2010

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