un diario convertido en Poesía II




Tendremos que irnos a vivir a Portugal. Me refiero a los poetas. En verano, cuando se celebre el nacimiento de Artemisa. Ese será nuestro Destino, nuestro Reino, a este paso. 

Portugal debe ser por lo visto el país del mundo en que más poesía se lee, en que más poesía se consume, y no exclusivamente por público “escribidor de versos” –como ocurre aquí-, sino también y en su gran mayoría, por público lector de poesía “a secas”, o sea, público sin adulterar. Será  pues necesario para nuestra inmortalidad irnos a vivir allí.



José Luis García Martín, ya lo en dicho en sucesivas ocasiones, es un enamorado total de la Cultura portuguesa, también del país en sí, de sus hermosas y tristes ciudades, Coímbra, Oporto, Lisboa…, a las que acude muy a menudo para, como le gusta repetir, emborracharse de melancolía

Se las conoce como la palma de su mano, conoce perfectamente a sus poetas -ha contactado con ellos-, los ha traducido, ha vivido con Amor su poesía, la literatura lusa, desde su juventud. 


Y ahora que está a puntísimo de cumplir sesenta años, de atravesar, como él dice, la línea roja, tiene la gentileza y amabilidad, como siempre, de enviarme  una nueva entrega inédita de sus poemas traducidosla segunda entrega- sobre el gran poeta portugués, y desconocido para nosotros, Jorge de Sena, junto con alguna, supongo, que otra curiosidad y pequeña “trampa” al lector, que será quien habrá de dilucidar qué pertenece a la obra de Sena y qué parte es pura invención de este genio inclemente de la literatura española, el poeta José Luis García Martín. Aunque, como bien suele decirse, toda traducción siempre tiene algo de traición...

***




SOBRE LA DESNUDEZ
                                Quoi! Tout nu! dira-t-on, n’abait-il pas de honte?
                                               ...........................................................................
                                               Toust est nu sur la terre, hormis l’hypocrisie.

                                                                                  MUSSET, Namouna          

Desnudos nacemos, desnudos
nos inspecciona el médico,
el ejército, el profesor de gimnasia.

Desnudos en la mesa de operaciones,
en la cama del hospital,
en la de la muerte.

Desnudos en el amor para vernos,
sentir la piel de otros cuerpos y
para, más que penetrarnos,

tener el choque y el roce
que nos dicen cuanto penetramos.
Desnudos siempre, salvo en lo que no importa.

¿Porque hay entonces quien teme tanto
la desnudez de los otros? Será
que teme, menos que la fealdad
de muchos, la belleza de
algunos, o la fascinación de las
espléndidas partes

de unos pocos? ¿Y que paralizados
(de envidia) dejemos que el mundo y la vida
se suelten a la deriva

hacia la desnuda libertad?




*

VILLA ADRIANA



De pronto, entre las casas rústicas y la carretera,
y el monte agreste y Tívoli, el invisible
oasis gigantesco.
                     Al sol que atraviesa
un disperso arbolado, los campos verdes y
paredes, termas, anfiteatros, lagos,
y la paz serena y larga del Canopo
donde vogan cisnes como entonces.

Palacio, el imperio en miniatura,
y sobre todo la soledad poblada
de guardias, secretarios, servidores,
y gladiadores, y de una somba hercúlea,
al mismo tiempo tenue y flexible,
y en cuya frente los caracoles juegan.

En este silencio en ruinas, las sombras descienden frías.

Pero para siempre el Emperador está vivo,
y el sueño inmenso de un poder tranquilo
en que hasta los mismos esclavos fuesen libres
y las almas fuesen cuerpos sólo temerosos
de no salvar en la vida el ser hermoso y joven.


 *

LA TOUR DE CAROL EN LOS PIRINEOS



En esta rotonda de nevados picos
y bajo el cielo que es sólo una transparencia azul
las nubes se suspenden tan quietas
que no el sol sino el silencio las dora.

Más próximos, los montes oscurecen
de jaras secas que simulan tierra
sólo pétrea en ellos. No que la tarde caiga
en este sumirse el sol de pico en pico.
Es como si el silencio poco a poco
fuese ascendiendo de los profundos valles,
y la luz se deshilachara largamente expulsada
más allá incluso de ese oro que en las nubes arde
pero friamente como un aire detenido.

¡Oh densa y enrarecida, oh inhumana paz!
Ni voces ni estallidos te penetran,
tan vasta eres, tan límpida, tan desnuda
de todo el ruido y todo el sudor humano.
¿En qué pensar o creer y que temer o ver
aquí, allá o dentro de esta soledad?

En el contraluz, afiladas como línea y cimbria
las crestas de las montañas no apuntan nada
sino puro arabesco a lo lejos, de un azar en roca,
sobre el que pasa o se detiene, en mutación de colores,
lo vaporoso opaco, accidental, de las nubes.

 *

“EN ESTE SILENCIO MATINAL...”


En este silencio matinal de la nieve
ayer caída largamente como
primer anuncio de un profundo invierno
que el fino invierno en brillos reitera más aún

se me alarga en calmas ondas negras
el vacuo mundo en el que nadie me basta
humanamente ya nadie existe
y los vivos están más distantes que los muertos.

 *

ARTE DE AMAR



Quien dice que al hacer el amor los actos no son bellos,
¿qué sabe o sueña de belleza? Quien
siente que ensucia o es ensuciado por hacerlos,
¿qué goza de sí mismo o con alguno?

Sólo no es bello lo que no se desea
o lo que a nuestro deseo mal responde.
Y ensucia o es ensuciado lo que no es
hecho con el ardor que no se niega o esconde.

¿Qué gestos hay más bellos que los del sexo?
¿Qué cuerpo hermoso lo es menos en movimiento?
¿Y qué agitarse un cuerpo en el abrazo de otro
no es de los cuerpos el más puro intento?

Que los ojos se cierren no para no ver
sino para que el cuerpo vea lo que ellos no,
y en el silencio se oiga sólo el gemir
de la carne que es de la carne la única razón.


 *

JUEGOS EN LA SOMBRA



En la sombra, el tenso cuerpo se adivina
por atraído y trémulo, un temblor
que es como sudor oloroso de luz negra.
Poco a poco se tocan las rodillas
por casualidades fingidas fugitivas
hasta que uno más se apoya y se demora
y con presiones leves de afligido alfabeto
ansionsamente inquiere: ¿sí o no?
La mano toca la pierna ya contigua
y como distraída se desliza
por la pierna que responde. Otra mano la toca
y la agarra súbita y al lugar la guía.
Buscan los dedos una entrada solos
en largos toques que se afilan. Otros
no prontamente, con un pudor que excita,
un poco ayudan y después con la mano quieta
se apaciguan fingiendo distracción
que deja libre todo pero culpada sólo
la mano toda palpante y lívida en la sombra.

 *
 
EN MENOSPRECIO DE LA VEJEZ



Para vivir mucho o se es de hierro
o viendo un viejo pienso: ¿Cuánta gente
asesinó, envenenó, pisó o destruyó?
¿Cuántas vidas deshechas hay en esa memoria
que ya se olvida tranquila por la paz de la muerte?
Bandidos los humanos, ¿quién no sobrevive
a costa de otras vidas? ¿Cuánta sangre,
cuanta bondad, cuánta inocencia
no devoró feroz y con gruñidos
que son ahora  arrugas veneradas
y aquel encanto de una piel que surcan
azules, rosadas y pequeñas venas?
Incluso esa piel, ¿cuántas veces no
la dejó desollada entre las piedras
como la serpiente que se desnuda y pasa?
O se es de hierro. O criminal antiguo
que a sí mismo se perdonó el mal que hizo
y a los otros perdonó que hayan sido las víctimas.

 *






SOBRE UN FRAGMENTO DEL CAPÍTULO XLVIII
DEL “SATIRICÓN” DE PETRONIO



Imbécil, vanidoso y necio,
pero rico, astuto y triunfante
esclavo liberto, Trimalción contaba
cómo él mismo había visto con sus propios ojos,
colgada en la botella, a la sibila de Cumas.
“Y cuando los niños en griego preguntaban:
--Sibila, Sibila, ¿qué quieres? Ella, en griego,
sólo respondía: --Quiero morir”.
Petronio, o quien lo hiciera por él, la vieja historia
(de la sibila que había pedido la vida eterna
pero no la juventud y fue consumiéndose de vieja
hasta quedar casi reducida a una mota de polvo)
puso en la boca de un monstruo ridículo
que sólo decía flores pedantescas
de esclavo bien montado por patrones muy cultos.
Y es que, cansada de preguntas y respuestas,
en la tiniebla donde ni el tiempo existe
sino sólo el terror de la humanidad agligida,
si le preguntan no por un oráculo
sino por lo que ella quiere para sí misma,
¿qué puede una antigua Sibila desear
(aunque para siempre fuera joven por regalo divino)
que no sea morir?

*

CAFÉ LLENO DE MILITARES EN LUANDA



El joven don Juan de brazo al pecho
(a causa de un dedo vendado)
inclina las barbas sobre la mesa de al lado
en una insistencia pública de macho
que se obstina en conversar con la muchacha
(en el dedo la alizanza, azul en torno de los ojos)
que escribe cartas y lo espanta con furia.

Otro llega y se sienta lejos.
Cara afeitada, pelo corto, hombros erguidos,
es de los que apoyan la barbilla en las manos,
y entre el humo lento del cigarro
lanzan su mirar fijo hacia la presa
--es suya, es suya, dicen los ojos tensos.

En otra mesa, tres o cuatro uniformados miran
de reojo, mientras hablan vagamente atentos,
y los ojos difíciles de soslayo le quitan
la poca ropa a la que escribe en la mesa.

Hecho ya su papel para que conste,
oh aires de jamelgo... otras a la espera...
el don Juan habla con su criado de la víctima,
que salió de pronto. Se ríen ambos.

Cuando ella se iba, dos pesados
entraron y se sentaron en la mesa
del que se quedó mirando el espacio abierto
por la partida de ella. Algo dicen que él no oye.

Mesándose la barba, con el brazo al pecho,
se va el vencido (pagará una puta,
para contar mañana como durmió con ésta).

Los otros tres, más tarde, en casa, en el retrete,
van a masturbarse pensando en ella (y volverán
mañana al café para contar
una gran conquista que todos hicieron).

Y aquel que --quien sabe-- era a quien ella
acaso se entregaría (¿o será que él
es de los que sólo penetran con la mirada fija?)
fue quien no tuvo nada. Miró demasiado
y no supo escapar a tiempo
de la compañía idiota de sus dos amigos.


 *

 “TÚ ERES LA TIERRA...”



Tú eres la tierra en la que habito.
Dulce, suave, tierna, y dura lo bastante
para que tus brazos y tus piernas
tengan de amor la fuerza que me abraza.

Eres también piedra como la tierra a veces
contra cuyas aristas me lastimo y hiero,
pero cubierta de musgo que resfresca
las mismas llagas de existir contigo.

Y sombra de árboles, y flores y frutos,
rendidos a mi gusto y mi sabor.
Y un agua cristalina y murmurante
que me habla sólo del amor en el mundo.

Eres la tierra que habito. No paisaje,
no Madre Tierra y ni ninfa raptada
de bosques y montañas. Tierra humana
que me contiene entero y para siempre.


JORGE DE SENA
POESIA-III (1978)
Traducción de José Luis García Martín
José Luis García Martín, al filo de la línea roja (Junio 2010)

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