un diario convertido en Poesía I



Cuatro libros se reúnen en el tomo tercero de la obra poética de Jorge de Sena, Peregrinatio ad loca infecta (1969), Exorcismos (1972), Conozco la sal... y otros poemas (1974) y Sobre esta playa. Ocho meditaciones a la orilla del pacífico (1977). El propio autor calificó a estos libros como su diario convertido en poesía (“meu diario feito poesia”) y ese carácter diarístico --ni siquiera se desdeñan las anotaciones más anecdóticas-- es lo que primero llama la atención del lector.
       
Peregrinatio ad loca infecta es un libro de viajes: la primera parte, “Portugal”, reúne poemas escritos antes del exilio americano del autor, que tuvo lugar en 1959; las partes siguientes siguen fielmente las etapas de ese exilio: “Brasil (1959-65)”, “Estados Unidos de América (1965-69)”, “Notas de un regreso a Europa (1968-69)”. Igualmente viajeros --a Europa y América se añade el África portuguesa-- resultan los libros siguientes.
         
Al frente de Exorcismos declara Jorge de Sena: “Creo que una de las mayores dificultades con que se debate la poesía portuguesa es la abstracción, lo inconcreto, la imposibilidad mental de escribir referencialmente, sea en relación a lo que sea. Casi todo el mundo, incluso los mejores, vive en la aflicción y en la inhibición de no decir nada claramente, de no mencionar nada concretamente, de no establecer conexiones racionales y lógicas con ninguna experiencia --lo que nada tiene que ver con la libertad de la imaginación o con la experimentación lingüística, y es sólo el resultado de décadas de medias palabras cifradas. A eso se debe también la idea de que la poesía es cosa delicada y para delicados, en que parece mal y es malo escribir dura y directamente, usando de términos groseros --por lo visto la grosería es privilegio de las agresiones hechas bajo la capa de la crítica”. 

El primer poema del libro insiste en lo que dice la nota preliminar: “No lean los delicados este libro, / sobre todo los héroes de la chabacanería doméstica, / las ninfas machas, las vestales de lo puro, / los que andan de puntillas sobre un pie, / con las dos castas manos una detrás y otra delante, / mientras con la tercera van tapando la boca / de los que caminan con dos pies sin miedo a las palabras”.
       
Referencial, directa, sin miedo a los temas escabrosos ni a las palabras groseras, la poesía de Jorge de Sena --especialmente la contenida en estos libros finales-- escandalizó a los lectores de su tiempo. Al lector actual, ya curado de espantos, le escandaliza menos, aunque todavía nos siga sorprendiendo su fuerza y su rabia, su increíble variedad, su deseo de “decirlo todo de todas las maneras”.


Jorge de Sena (1919 - 1978)



GLOSA DE GUIDO DE CAVALCANTI

                Perch’ I’ no spero di tornar giammais              


Porque no espero regresar jamás
a la tierra en que nací; porque no espero,
incluso si regreso, encontrarla dispuesta
a conocerme como ahora sé

que la conozco a ella; porque no espero
sufrir nostalgias, o perder la cuenta
de los días que viví sin recordarla;
porque no espero nada, y moriré

en el exilio siempre, pero fiel al mundo,
ya que de ningún otro muero exiliado;
porque no espero, de mi hondo pozo,

mirar el cielo y ver más que el azul
de ese aire que aún respiro, ese aire inmundo
respirado por tantos que me ignoran;

porque no espero, espero satisfecho.

 *


GLOSA DE MENANDRO


“Mueren jóvenes a quienes los dioses aman”, decía el poeta.
Y yo pregunto: ¿Mueren viejos los que ellos detestan?
Al sabio antiguo, lleno de arrugas y de barbas,
con los ojos vacíos, de estatua, rezumando
la sabiduría acumulada en las vigilias austeras
(o no), ¿lo detestaban los dioses?
Entre la juventud y el amor de los dioses,
¿no habría él escogido el dolor de envejecer desamado
en el vacuo ardor de los paisajes marinos
donde los dioses son la ausencia de una humanidad?
¿O no habrían escogido los dioses que él
escogiera el dolor de no amarlos, cuando,
en la plenitud marina de los vientos y las aguas,
los dioses son tan sólo el océano bajo el cielo azul
el cielo azul tan sólo en el océano reflejado,
la mirada vacía como el viento entre ambos?


 *


UNA SEPULTURA EN LONDRES


En el frío y la niebla de Londres,
en una de aquellas casas que son todas iguales,
se inclina sobre todos los dolores del mundo
desde que en el mundo hubo esclavos.
Los dolores son iguales como aquellas casas
modestas, de ladrillo, humeando sombrías, solitarias.
Los esclavos son todos iguales también:
de Ramsés II, de Cleopatra, de los emperadores Tai-Ping,
de Assurbanipal, del rey David, del infante
don Enrique, de los Sartoris de Menphis, de los
civilizados barones del emperador don Pedro II.
O de las “potteries”, o de Silesia, de África,
de Rusia. (Y el coronel Lawrence de Arabia
llegó incluso a filosofar sobre la libertad moral
de los jóvenes esclavos con los que dormía.)
En el frío inenarrable de las edades y las generaciones de esclavos,
que ninguna hoguera atenúa en su corazón,
escribe artículos, panfletos, lee inteminablemente,
y toma notas, historiando infatigable
hasta la muerte. Pero el corazón, dolorido
por el amor y por los números, por las censuras
y las persecuciones, arde, arde luminoso
hasta la muerte. --Yo quiero ver publicadas
sus obras completas --le dice el discípulo.
--También yo --responde. Y, mirando las montañas
de papeles, las notas y los manuscritos, añade con
esperanza y amargura-- Pero es preciso
escribirlas primero.
¡Cómo han sido escritas y reescritas! Como
no han sido leídas. Pero importa poco.
En aquella noche --creían-- la nieve entera
se derritió en Londres. Y hubo incluso
un emperador que murió ahogado
en nieve derretida. Los emperadores, en general,
liberan a los esclavos para que resulten más baratos,
y puedan ser alquilados sin responsabilidad alguna.
El coronel Lawrence (como señalamos antes), con sus jóvenes esclavos,
también tenía un contrato de trabajo. Más tarde
se creó incluso la seguridad social.
En el frío y en la niebla de Londres, hay, sin embargo,
un lugar tan espeso, tan espeso,
que es imposible atravesarlo, incluso siendo
el viento que derrite la nieve. Un lugar
ardiente, porque todos los esclavos, desde siempre todos
aquellos cuyo polvo se perdió --oh Espartaco--
allí se concentran invisibles pero compactos,
un bastión de amor que nunca fue traicionado,
porque no hay como desistir de comprender
el mundo. Los esclavos saben que sólo pueden
tansformarlo.
                  ¿Qué más necesitamos saber?






LA MISERIA DE LAS PALABRAS


No: no me hablen así de la miseria, de los pobres,
de la libertad.

Si la miseria y la pobreza
fueran el vómito que deberían ser puesto en palabras,
la imaginación poseída y vomitada que debían ser,
vendría la libertad por añadidura
sin palabras, sin gestos, sin desfallecimientos.

Así, sólo se habla de lo que no se habla,
sólo se vive de lo que no se vive,
sólo libertad es una miseria
sin nombre, sin futuro, sin memoria.

Y la miseria es eso: no imaginar
el nombre que transforma la idea en cosa,
la cosa que transforma el ser en vida,
la vida que transforma la lengua en algo más
que hablar por hablar.

Hablen. Pero no conmigo. Y sobre todo
sean miserables, y pobres, sean esclavos,
en el silencio que al lenguaje hace
imaginarse más que el propio mundo.

 *


PRIMAVERA EN WISCONSIN


En la limpidez tranquila de la mañana diáfana
en que los desnudos árboles inmóviles
son como nervios o expectantes venas
en el cuerpo transparente del aire azul,
las aguas quietas, pero no tanto que
en ellas se refleje más que el color concentrado
del aire tranquilo, ni tan poco que
parezcan hielo cerca de las aguas más distantes,
posan en la orilla delicadamente
como en la misma tierra infusas se dispersan
de las ramas y los troncos sombras confundidas.
La tierra amarillea antes de verdecer
y, seca, espera, entre la nieve que fue
y el tenue estremecimiento de la savia que despierta.

 *


LAMENTO DE DON JUAN


No con nostalgia os recuerdo, cuerpos,
ya que no retuve ni siquiera la forma
de uno solo de vosotros, ni la recuerdo viendo
otros que, al verlos, casi os recuerdo.
Un gesto, un olor, una mirada, la curva de los hombros,
lo esparcido o no del pelo, su color,
y el color de vuestra piel, la manera lenta
o brusca de una entrega, la libertad o no
de hacerlo todo con placer o sin él,
los labios rosados o morenos, el
alzar las piernas, el apoyar las manos
convulsas y dónde, y los ojos que se abrían
o se entreabrían, y el estertor
y esa humedad que nos inundaba...
Despedazados os recuerdo, en forma y acto,
e incluso algunos pedazos, como de otro,
acaso sean de uno solo que repetí diverso.
Cuanto recuerdo, no de uno solo lo recuerdo,
y no siento nostalgia, sin objeto,
de la propia nostalgia. Uno solo recordase
entero (aunque en tinieblas no lo viese),
y el recordar no me sería la furia,
la desesperación triste de haberos poseído
como agua que bebí, viento que he oído
o como arena que se fue de entre los dedos.

Quién sois ahora, qué hacéis y dónde,
o teneros otra vez --ah no ansío
de teneros ni saberlo. Pero os recuerdo
enteros, palpitantes, cuerpos desnudos
humanamente provisionales, sin nada mío
más allá del placer dado y recibido.
¡Ah, si yo así pudiera recordaros! Pero
yo nunca amé a nadie que deseara y solo
se recuerda bien lo que es poseído lentamente,
en el olvido amante al que nos entregamos.


Encuentro con José Luis García Martín, en los Diálogos Literarios de Mariñán, 
A Coruña, 3 de Junio 2010



ACERCA DE LOS ÁNGELES EN LA POESÍA


Si yo quisiera mentir, imaginar purezas
con que esconderme lo que deseo o pienso,
y con que dar a los otros toda la impureza
como visión de pura transparencia,
diría que son ángeles.

¿Pero qué impureza como impura acepto
o reconozco inválida en el mundo
para hablar de los ángeles?

¿Para que considerar ángel un ser humano,
sólo porque veo un cuerpo y no deseo oír
lo que ese cuerpo diga o piense o sienta o sea?
¿Sólo porque amarlo o conocerlo impediría
con sentimientos, emociones, ideas,
el puro entrechocar de dos deseos que
más fuertemente gozan en un encuentro casual?

Es mentira de ángeles porque lo humano es incómodo
y hay quien se goza más con la nostalgia de ello,
no va conmigo. Hay cuerpos que se dan o venden,
hay cuerpos que mendigan o que compran.
Y este triunfo del impudor merece
algo más que ser disimulado
con sueños de cohortes y de arcángeles.

 *



“DIOSES, QUIEN ME LOS DIERA...”



Dioses quién me los diera
acesibles fraternos
divinos lo bastante
y corpóreos físicos olorosos
a la carne y al resto.

No hay. Sólo por espejismo
por ilusión voluntad
o desesperación o sueño
nocturno y solitario
alguien ahora los ve.

Mejor no ser capaz
de estas visiones. O
haber perdido el don
de imaginarlos
que suponer

que haya quien se degrada a ser divino
tan sólo por momentos.





ENVEJECER


De amor yo nunca amé sino deseo visto
o presentido. Un cuerpo. Un rostro. Un gesto.
Y nunca de pasión ensucié mi placer
o el de otro. Por eso puedo

incluso las audacias recordar sin culpa.
Todo lo que hice o quise que me hicieran
lo pagué conmigo mismo o con dinero.
Y sólo lamento las ocasiones que perdí

retenido por algún respeto. Me equivoqué
ciertamente, pero fue en eso. Lo que me duele
no es la tristeza de quien disipó

en la pureza estéril cuanto esperma pudo
gastar así. O que me mata ahora
es este frío que no está en mí.

 *


HOMENAJE A TOMÁS ANTÓNIO GONZAGA


Gonzaga: podías no haber dicho nada más,
no haber escrito sino insoportables versos
de un árcade pedante, en una lengua bífida
para lo coloquial y el latín vuelta de espaldas.

Pero una vez dijiste:
“Yo tengo un corazón mayor que el mundo”.
Poco importa en qué circunstancias lo dijiste:

Un corazón mayor que el mundo--
una de las más raras cosas
que un poeta dijo nunca.

Acaso lo hayas copiado
de algún viejo clásico. ¡Pero cómo
lo dijiste, Gonzaga! Sin duda

tu corazón era mayor que el mundo:
ni patrias ni Marilias te bastaban.

(Aunque en Mozambique, como Rimbaud en Etiopía,
engordases después vendiendo esclavos.)




JORGE DE SENA
POESIA-III (1978)
Traducción y nota preliminar 
de José Luis García Martín



José Luis García Martín, traductor y amante de la Poesía portuguesa

Publicar un comentario

  © Blogger template Shush by Ourblogtemplates.com 2009

Back to TOP