Pasión de los poetas




Llegar a Santa Maria dei Miracoli desde el Campo de Santa Maria Formosa, siguiendo por la calle que termina en una casa cuyo jardín abre su espesura ante el canal, para así darse de bruces, casi, con su fachada y su acopio de mármoles distintos. 

El pequeño milagro lo hizo Pietro Lombardo, todo para arropar el icono milagroso de principios del siglo XV, que de un nicho pasó a una capilla, y de ahí a ésta, una de las iglesias más bonitas, permítaseme el sencillo adjetivo tan verdadero en este caso, que ha quedado como una madonna joven con la cara recién lavada tras su primorosa y modélica restauración. Rodeándola por la derecha se abre la contemplación del Campo de Santa Maria Nova, con su librería, que saca su nutrido puesto a la plazuela, con mucho de lo que se ha escrito sobre Venecia. El canal la besa por el costado izquierdo, de piedra de Istria, resistente a las sales del agua.

Toda Venecia está llena de interiores espléndidos. Perderse en su dédalo de canales y callejas: cualquier esquina tiene vistas memorables, haga sol o llueva. Los sestieri de San Polo o Santa Croce, por ejemplo, son para ser recorridos al azar. Más de verso libre que de soneto.


Hubo en España una corriente poética que se vino a denominar venecianismo, cuyo máximo exponente es José María Álvarez. La misma senda la recorrieron hacia distintos destinos Gimferrer, Villena, Carnero y Colinas. También Félix de Azúa, que escribió La Venecia de Casanova. Y hoy, Molina Foix, autor de Tintoretto y los escritores, o García Martín, en Arco del paraíso. Pero Álvarez, zorro de los novísimos, sabe que signando con la zeta el nombre de Venecia (escribiendo Venezia como él lo hace, al itálico modo) consigue dar sabor y trasladar algo que hace propio, naturalizarse allí. Así lo escriben los venecianos. Y así ha ido perseverando en este mito de Venezia con zeta de desgarradora belleza en su obra Museo de Cera.


Otro poeta, Joseph Brodsky, antes de publicar en inglés su famoso libro Marca de agua, dio a la imprenta en traducción italiana la misma obra con el título de Fundamenta degli Incurabili. Pero Watermark es un título perfecto donde los haya. Recuerda a la filigrana que es Venecia toda. Tardé en encontrar su tumba en el cementerio de San Michele, la isla de los muertos, pues fuera del recinto donde están enterrados Stravinsky y Diaghilev no esperaba hallar caracteres cirílicos. Bajo su nombre en ruso -ya en letra latina, pero con la forma Brodskij-, la lápida del gran poeta rusoamericano, quiero decir veneciano, destino que amó sobre todos. Nacido en San Petersburgo, también ciudad con una red de canales, en el Báltico, Brodsky se sintió como en casa (es decir, en el exilio interior que lleva todo poeta) en la ciudad del Adriático. Dejó en 1972 la gran prisión que era la URSS, el mismo año en que murió aquí Pound.
Hay una Venecia para cada cual. A Brodsky le enamoró la de las algas congeladas, del frío y de la niebla. Para mejor apreciarla, aunque paradójicamente se pierda parte del significado, su libro hay que leerlo no en su traducción española ni en el original inglés, sino en italiano, lengua que para un español es inteligible a medias y que precisamente por ello pone un lienzo de niebla ante los ojos, velando el paisaje, transfigurándolo, como un gélido espectro. Preferimos el sol, pero el invierno era la estación preferida de Brodsky en la laguna, adonde iba todos los fines de año.


Siempre amante de la ciudad (aquí hizo imprimir su primer libro en 1902, con título en italiano, A lume spento), Ezra Pound vivió con Olga Rudge (la redescubridora de Vivaldi) en una humilde vivienda ("Con usura, nadie tiene una casa de buena piedra", Canto XLV) de la calle Querini, cerca de la Dogana. Hay otras calles Querini en la ciudad, pues aquí los nombres se repiten como espejeados en las aguas: cada sestiere, por no decir cada campo, eran antaño mundos parvos y autónomos. Además, hay nombres escritos a la veneciana o en italiano oficial, añadiendo confusión, encanto. Otra particularidad es la numeración de las puertas, que no atiende a un orden en la calle, sino al del total del caserío de Venecia.

Pero, repito, como ese puente por el que ya hemos pasado (¿o no?), como ese trozo de canal ya visto (¿o era otro?): Venecia es para perderse. Nunca se puede ir por error demasiado lejos, y cada esquina es aún más bella que la anterior. Fluvial, no hay ciudad como ella para andarla. Venecia: la mejor acuarela, viva, de la Tierra.

ANTONIO RIVERO TARAVILLO
30/06/2007
El Viajero.El Pais.com

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