Generación Novísima



   Sobre la antología de los Novísimos que publicó en 1970 (ah, aquellos maravillosos 70’, cómo me hubiera gustado vivirlos...) el sagaz crítico catalán Josep María Castellet se han vertido ríos y ríos de tinta. No voy a decir nada nuevo, nada que no se haya dicho ya. La verdad es que en general se la ha vapuleado sin piedad y despreciado bastante, a pesar de su larga influencia en tantos poetas del momento o en poetas que vinieron detrás, y a pesar también de haber sido imitada hasta la saciedad por más de uno de ésos que tanto la criticaron y la siguen criticando.

El caso es que, indudablemente, rompió moldes en la literatura española, puso las cosas patas arriba en poesía, abrió la mente a mucho poetilla provinciano de la España profunda, -los que no salían ni salen de Machado, Juan Ramón, Neruda, Alberti y Lorca.


Derribó muros y fronteras. Y en general, creo que cambió definitivamente la concepción que tenemos todos de la poesía hasta la actualidad. Muchos de los entresijos y conceptos que pululan y respiran comúnmente hoy por la poesía actual, así como por la poesía escrita en los últimos treinta o cuarenta años, -no somos conscientes de ello- se los debemos a los novísimos.

Si bien el libro en sí que preparó Castellet no vale mucho literariamente hablando —se trata de los poemas más provocadores y vanguardistas seleccionados de entre la obra incipiente y más novedosa en aquel momento puntual de aquellos autores (vamos a llamarlos “autores”, porque llamar poeta a alguno o algunos de los novísimos es casi como concederles un título nobiliario)—, el desarrollo posterior de la obra poética de los mejores novísimos —con José María Álvarez a la cabeza, por calidad y altura literaria y por derecho propio, seguido más atrás por Pere Gimferrer, auténtico instigador de esta historia maravillosa, Guillermo Carnero, su "discípulo" más aventajado, todo un intelectual y defensor a ultranza de la poesía cultista, Leopoldo María Panero, el más transgresor, a veces gratuitamente, y Félix de Azúa, el poeta de dionisiaca belleza que las volvía locas a todas y a todos— ha evidenciado con rotundidad que nos encontrábamos ante un grupo de grandísimos poetas, quizá de lo mejor que ha dado este país en toda su pequeña historia de la Poesía.


No ha sido reconocido así en absoluto por casi nadie, y ello —en la mayoría de los casos— por motivos extraliterarios, fundamentalmente motivos de índole política (hallarse en la cuadra política equivocada, ya se sabe lo que conlleva…) y también motivos vamos a llamar de tipo social: declaraciones públicas quizá inoportunas, o mejor, “políticamente incorrectas”, envidias, malentendidos, maledicencias y malos rollos que suelen ser moneda común entre poetas de todas las generaciones y provincias.


En la misma onda novísima hubo (y hay) poetas contemporáneos de aquellos autores seleccionados que, por la calidad, por la belleza y altura de su poesía, y por estar insertos en la misma tradición cultural y artística, deberían figurar también como pertenecientes a la generación novísima, y ello con muchísimo más y mejor reconocido derecho, a mi entender, que algunos o bastantes de los nueve que finalmente seleccionó Castellet.

Me estoy refiriendo a personas de la alta categoría poética (y humana, algo no muy habitual...) de Antonio Colinas, por ejemplo —"sacado" en el último momento de la antología por motivos al parecer geográficos, o al parecer también de excesivo “clasicismo” de su obra: fue un error tremendo no incluirlo y el tiempo lo ha demostrado con creces—, o de Francisco Brines, maestro reconocido de algunos de ellos, Luis Alberto de Cuenca, joven erudito por aquel entonces —en lo que respecta a sus tres primeros y maravillosos libros—, Luis Antonio de Villena (si alguien hay novísimo en este país a veces tan prosaico y casposo ése es sin duda L.A. de Villena), Antonio Gamoneda, ¿por qué no? —yo no soy devoto de su poesía, pero creo que hubiera encajado, y éste sí que era y es poeta—, Justo Jorge Padrón, un poeta impresionante, con una poesía culta y elegante, o el estupendo poeta hispanoargentino Marcos Ricardo Barnatán


Y qué decir de grandes poetas anteriores, y tan inevitablemente influyentes en todo aquel "tinglao" que se gestó, como Carlos Edmundo de Ory, Juan-Eduardo Cirlot o Gabino Alejandro Carriedo. También entiendo que deberían ser considerados como novísimos. Hasta, me atrevería a decir, los últimos libros de poemas del bueno de Borges encajan perfectamente en la línea novísima. Ah, y olvidaba a Juan Luis Panero, muchísimo mejor poeta que su hermano —su obra y su vida es mucho más interesante— y al que tampoco es que se le haya reconocido lo suficiente como poeta en este país. También encajaría, por qué no, en esa generación novísima que rompió moldes.

En definitiva estimo que el quid de la cuestión radica en separar y distinguir lo que fue el libro de Castellet en sí, un libro malo, fallido, y lo que ha sido y es,  lo que ha supuesto para muchísimos poetas y para la literatura en español la obra de los mejores poetas —éstos sí— de la generación novísima. Para mí -y no es más que mi mera opinión- lo más interesante en Poesía hasta la fecha desde ha muchísimas, muchísimas décadas... 

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