Dejarte llevar por el poema (II)




-A veces uno tarda en llegar a darse cuenta. Hay un momento en la vida de cada cual en el que uno se da cuenta de lo que decía Biedma, que el argumento de la historia va en serio. Te vas a morir. Según Freud, nadie termina de creer nunca en su propia muerte porque hay un núcleo irreductible nuestro que es incapaz de creer en nuestra propia muerte. Yo me la he creído muy en serio. Hace mucho tiempo que lo tengo muy claro y eso me ha transformado la vida. Soy otra persona, no sé si mejor o peor. Creo que soy una persona con una visión más honda de las cosas y, por otra parte, una persona que tiene momentos más complicados, porque hay veces que uno se enfrenta con esa idea de verdad y resulta muy dura. Pero de ese conflicto ha nacido la historia del arte. No hay poeta de verdad hondo que no tenga la muerte presente. Si no fuéramos a morir y no tuviéramos conciencia de ello, seríamos otra cosa y la historia del arte sería otra historia. Desde ese punto de vista, cualquier poema, aunque no haga ninguna referencia a la muerte, incluso un himno limpio, está dentro del tiempo y el lector lo está leyendo con los ojos de saber que eso se terminará. Es el aire que respiramos.
  
-Normalmente usas verso de sílaba impar, endecasílabos sobre todo, aunque también aparece algún alejandrino.

-Sí, sobre todo el endecasílabo, el alejandrino y el heptasílabo. Esos son los metros que combino. De vez en cuando, algún verso más breve. Últimamente hago mis piruetas, pero creo que el ritmo del castellano está en esos versos. Toda la tradición está escrita en ese tipo de verso y cuando voy a escribir poesía lo que me acuden son endecasílabos, heptasílabos. No tengo que contar los deditos. Se aplica a tu propia voz y la conforma, y uno no sabe expresarse ya de otra manera. Lo complicado es darle a eso personalidad a través del vocabulario utilizado, del tipo de encabalgamiento, del hipérbaton, el modo en el que uno manipula la sintaxis. Cualquiera escribe un endecasílabo con un poco de práctica. El problema es personalizarlo y darle tu voz. Cuando me pregunta algún joven siempre le recomiendo que primero aprenda el ritmo y luego se dedique a romperlo. Yo no sé de ningún poeta que haya roto el ritmo castellano y que haya hecho una obra magna, porque incluso los poetas que parecen versiculares, como Rosales o Aleixandre, si fragmentas los versos, terminan por ser heptasílabos, endecasílabos o alejandrinos yuxtapuestos.

-Lo primero que noté al empezar a leer Santa deriva es el cambio en la expresión y pensé que iba a echar de menos la fluidez de tu verso narrativo. Pero al leer poemas de Santa deriva en voz alta, me di cuenta de la gran fluidez y ritmo que tiene.

-Yo no soy quién para decir esas cosas, pero creo que uno de los valores del libro es la música, la música que leído en voz alta tiene. Yo tengo la poesía por algo que está muy cercano a la música. Además, no tienes más que ver mi pasión por el tema [estantes y estantes del salón llenos de discos compactos]. Creo que lo que verdaderamente me gusta es la música y no la literatura. La literatura me encanta, pero la música más. Ahora mismo estoy bajando de Internet una chica de jazz que me han comentado que es una maravilla. Le dedico una cantidad brutal de tiempo a la música. Para mí la poesía sin música no existe; es prosa. Puedes decir unas cosas estupendas, pero si no tiene música, será una prosa estupenda. En ese libro hay una ruptura grande con casi todo mi mundo anterior. Si saltas al primer libro, aunque es otra cosa, el clima está muy cercano del último, por eso lo pude reescribir, fue precisamente el paso previo a escribir Santa deriva. Como te decía, de repente en Santa deriva hubo un descubrimiento para mí, un encuentro con algo que me sorprendió, me salían unos poemas… Tuve que llamar a Carlos Marzal, que es mi íntimo amigo, y decirle oye, dime si me estoy volviendo loco, te voy a leer unos poemas. Me dijo que le gustaban mucho y ya me sentí más cómodo. Ese libro representa el primer encuentro mío con mi voz hecha. Todo lo anterior son tanteos que pueden estar mejor o peor. La voz que me he encontrado en ese libro es la mía más personal y la que probablemente dure más, con variaciones. ¿Por qué viene? Por una serie de circunstancias que son muy difíciles de expresar: tenía una edad determinada con una serie de experiencias que se acumulan, tuve un hijo, descubrí la relación con la marihuana y ciertos alucinógenos que me abrieron la conciencia de manera que hasta ese momento no había conocido. Había probado otro tipo de drogas, que no me interesan ahora nada, que no son nada creativas. Encontré un campo de visión que me acercó a los satoris de los que hablan los orientales, pero sin hacer todo el proceso ascético. No sólo se me abrió la conciencia como visión del mundo, sino que también se me modificó la conciencia lingüística. Miguel Ángel y yo, que somos muy amigos y tomamos el LSD juntos, aunque últimamente no lo hacemos porque no hay manera de encontrar, lo llamamos vitamina sintáctica. A lo mejor nos pasa a nosotros y a otros no. La primera vez que tomas LSD, si te dicen que escribas una nota a tu madre para decir que vas a comprar el pan, no te aclaras. Tienes que tener una cierta relación, y a mí me abre muchas puertas creativamente hablando. Todas esas cosas juntas, junto con las lecturas y relecturas del momento dieron un producto, vete a saber por qué, que es ese libro. Sí que es un cambio, no porque yo lo diga, sino porque lo ha dicho todo el mundo.


-Parece que el punto de referencia o la asociación primera es la poesía del Siglo de Oro, aunque no como modelo en formas.

-Las formas clásicas no las he cultivado nunca. Escribí un soneto que a mí me gustaba, pero los amigos me dijeron que no lo sacara. Es complicado. El soneto tiene una tradición tan maravillosa que escribir sonetos buenos en el siglo XX ó XXI está al alcance de muy pocos. El soneto me parece una forma bellísima. Soy un enamorado de todo el Siglo de Oro, pero el tener que ceñirte por narices a una rima a veces te esclaviza. En los grandes poetas es un acicate más. He practicado mucho la rima, sin publicarlo, y a veces te lleva a lugares a los que de otro modo no hubieras llegado y ayuda a crear. Pero en la mayoría de los casos te sientes constreñido porque no puedes avanzar porque tienes que meter una rima. Nunca me he sentido cómodo en esa situación. No he practicado nunca la estrofa clásica, pero sí he practicado mucho el ritmo clásico. Puede tener o no tener rima, la estrofa puede tenerla o no, pero sin ritmo no hay nada, y lo que en ese libro se puede escuchar mejor como eco del Siglo de Oro es el ritmo, que he aprendido en la lectura y relectura de todo el Siglo de Oro, sin tratar de reproducirlo, porque sería ridículo por mi parte y porque sería desfasado. La idea era revitalizar todo eso a través de mi propia voz y en la medida de lo posible hacer un pequeño homenaje a aquello que amo tanto, que es la tradición de la poesía castellana.

-Parece que hay un interés por que la poesía sea accesible. ¿Te preocupaba en Santa deriva si por el hipérbaton y la densidad de las imágenes iba a considerarse un libro más oscuro o elitista?

-No. A un chiquito de dieciocho años le das La plata de los días y lo entiende muy bien; le das Santa deriva y es otra cosa. Pero yo no escribo para chicos de dieciocho años, porque esos chicos terminarán por tener treinta y si son lectores de poesía podrán apreciar el libro. Primero yo escribo para mí y en ese momento no tengo casi nunca en cuenta al lector. Pero sí que tengo en mente que la poesía que no se entiende nada y de la que no hay manera de sacar nada en claro, es poesía fallida. Eso lo he tenido claro siempre. No me importa la oscuridad. Lo que me importa es que dentro de esa oscuridad haya luz, y que sea una oscuridad que ilumine, que no sea gratuita. No se trata de hacer surrealismo barato. Si hay que ser irracional en cierto momento porque lo exige el poema, esa irracionalidad debe ofrecer las suficientes claves al lector como para que pueda encontrarse a través de la oscuridad con una luz nueva. Ese es el gran reto de la poesía. En mi último libro y en los poemas inéditos hay partes más oscuras de lo que yo acostumbraba, pero siempre hay los elementos suficientes como para que el lector, si no lo lee una vez, lo lee dos veces, y a poco que sea buen lector, si no exactamente lo que yo he querido decir, porque uno tampoco dice las cosas exactas, pueda recoger uno de los múltiples sentidos que tenga ese poema. No creo que la poesía deba de entenderse, pero sí debe de recibirse siempre como luz. Si se recibe como tiniebla gratuita, entonces no conduce a ningún lado.


-Hablemos de la trascendencia en Santa deriva. Usas muchas imágenes religiosas e incluso formas de oraciones, plegarias, letanías. La mayoría nos recuerdan precisamente que no hay una trascendencia religiosa convencional. Hay una tensión entre lo que se dice y su forma. Pero al hablar del desarraigo, de la muerte, de la deriva, insistes en que seguimos anhelando lo contrario. La tensión parece estar entre el conocimiento y la esperanza. Antes hablábamos de pasión y racionalidad. Quizá son variaciones de la misma cosa.

-Ahí hay varias cosas. Como te he dicho, me eduqué en el catolicismo y estuve escuchando las fórmulas litúrgicas todos los domingos y fiestas de guardar hasta que tuve diecinueve años. Me las sé de memoria. Me pareció bonito poder rescatar alguna para darle alguna dignidad a lo que yo cantaba, que es la carne, la carne como algo sagrado. Utilicé el lenguaje litúrgico a veces, pero surgió de una manera inconsciente; uno en la escritura coge manías y lugares comunes a los que vuelve y de esas obsesiones se va creando el clima de los libros. Uno de los hallazgos del libro fue aplicar ese argot litúrgico, y ya no religioso sino meramente litúrgico, a algo inesperado, que es la gloria de la carne, a cantar la trascendencia de la carne. También hay en el libro una confrontación entre aquello que la razón nos hace pensar que hay, que después de la muerte no se sabe nada y se supone, si somos absolutamente racionales, que no hay más que eso, nada, y por otro lado el anhelo de pervivir de cualquier ser vivo, pero más aún de nosotros, que somos conscientes. El anhelo sobre todo de no perder el yo. Era el problema de Unamuno y es el gran problema. Uno lee a los grandes sabios orientales y el consuelo que te dan es una vuelta a lo que siempre has sido, que eres tú, porque tú no eres tu yo, tú eres un espíritu que es uno, dios somos todos. Eso, desde nuestro punto de vista occidental, es tanto como morir, porque ese disolverse en lo absoluto, en el todo, no consuela mucho. Consuela lo que te promete la iglesia católica: la resurrección de la carne. Es lo que todos querríamos. Eso es complicado de creer, pero hay un deseo absoluto de que pueda suceder. En el libro se ve esa tensión.

-En varios poemas tienes una imagen muy bella de una rama que a veces está en flor y está sobre el abismo; en “Espejismos” el viento la golpea. Parece un símbolo del libro. Tienes esta rama tan bonita, tan bella y en un estado tan precario.

-Me pasó una cosa muy curiosa. Uno de los poemas con la imagen de la rama, “La razón ebria”, bajo mi punto de vista tiene complicación porque trata de dar cuenta de una experiencia de un viaje del LSD. Es una experiencia que no todo el mundo ha tenido; al revés, la ha tenido muy poca gente y una de las constantes cuando se habla del LSD –lo dicen Huxley, Jünger y mucha otra gente-, es que la experiencia es por excelencia intransmisible e incompatible a nivel lingüístico porque es muy difícil de expresar. He encontrado que ese poema ha tenido mucha aceptación, me ha hablado de él muchísima gente marcándolo especialmente –he aprendido muchísimo- y gran parte de ese aprecio que ha sentido la gente se debe a esta imagen del final, que yo tenía por lo más flojo del poema, porque era complicado buscarle un final al asunto. Me gustaba más la definición de la ebriedad que se da en dos versos antes, que dicen “para saber de mí he llegado a un mundo / donde más y mejor me desconozco”. Me parece que esa es la esencia, ese más y mejor desconocerse que hay dentro de la magia de esa experiencia. Pero nunca sabe uno. Uno lanza el mensaje en la botella y nunca sabe.


-Cuando tomas LSD, ¿escribes bajo sus efectos o usas la experiencia para después escribir?

-La primera vez que tomé LSD no llegaba ni al cuarto de baño solo. Era un mundo absolutamente nuevo y ya tenía uno bastante con asombrarse y con gozarlo o con sufrirlo, porque he tenido experiencias terroríficas con el LSD. Hubo un momento en que lo tomaba y rápidamente se me abría la conciencia poética: veía cosas que no había visto antes, me venían versos y los anotaba, o una idea que luego transformaba en un poema. Ahora hace mucho tiempo que no tomo porque estamos en medio de este provincialismo enloquecido y parece que todo el mundo que quiere experimentar con su conciencia es un yonqui. No lo entiendo. Tengo un hijo de cinco años, mi trabajo, no soy un yonqui, he probado todo tipo de drogas y, excepto la marihuana, que me acompaña todos los días, llevo una relación muy razonable con ellas. Hubo un momento, cuando había LSD y tomaba –tampoco he tomado mucho, no creas- fue tomarlo y en cuanto subió, empecé a escribir unos poemas de un tirón, con una emoción honda de verdad, con lágrimas en los ojos. Un poema que tengo dedicado a mi hijo, de los dos el más breve, el que le dedico a mi madre, el poema “Donde”, que es uno de los que me gustan más del libro, son todos poemas que salieron de un tirón en viajes de LSD y con muy pocas correcciones luego ya en la sobriedad absoluta.
Los alucinógenos para mí son las drogas mejores que hay porque físicamente no maltratan, es decir, la toxicidad del LSD es despreciable, aunque con un mal viaje de LSD puedes saltar por el balcón, que ya es suficiente problema. Hay que hacerlo con cuidado, acompañado, pero no son sustancias que te castiguen el organismo. No son adictivas, al contrario, si tomas dos veces seguidas el LSD o la mayoría de los alucinógenos, no te suben. Tienes que esperar como mínimo una semana, quince días. Los alucinógenos, los opiáceos, la marihuana son sustancias que han estado presentes en la historia de la música rock, del jazz, de la literatura por una explicación muy clara: me gusta mucho bailar y tomando LSD he bailado lo mejor que lo he hecho en la vida. Te afecta de una manera las vértebras, el sentido del ritmo y el oído sobre todo. Tú escuchas a Vivaldi con LSD y se te caen las lágrimas de cocodrilo. Agudiza mucho el ritmo y el sentido del oído. Si nos vamos al terreno de la etnobotánica, casi cada pueblo primitivo tiene un alucinógeno, se lo meten y el siguiente paso es coger un tambor y danzar.


-¿Es nuestra creencia en un dios que no existe culpable de nuestros sueños?

-Buena pregunta. Es parte del asunto. Hay un poema muy complejo en el libro en que al final la tesis dice que a la sombra de la no demostrabilidad de la existencia o la no existencia de dios, podemos amarnos a nosotros mismos y podemos vivir con una pequeñísima gota de esperanza. Son dos versos muy enrevesados que vienen a formular esa posibilidad. En el libro nunca hay una afirmación de esperanza absoluta en nada trascendente, pero sí que hay algo en algunos muy determinados poemas. Hay una pequeña gota de conciencia gozosa en un poema que al final habla del polen de la luz, pero siempre es un anhelo. No es una creencia y no es una esperanza. Es un anhelo. Yo no le exijo nada a dios. Esto es lo que hay y debemos aceptarlo, pero me cabrea la idea que se ha dado de dios y a ese dios en el que me han educado y desde esta cultura a veces le hablo y le recrimino, pero ese no es dios, es la idea que nos han transmitido.

-Es un libro preocupado pero no temeroso de la muerte.

-La conciencia de la muerte termina por ser temor. Esa cruz la tiene que llevar cada cual de la mejor manera posible. Muchas veces me ha aterrado la idea de la muerte y me sigue aterrando en algunos momentos. Espero que cuando esté más cerca –aunque nunca se sabe, porque puede ser repentino-, confío en llegar con un estado de ánimo que no lo convierta en el terror absoluto, sino que uno pueda dejarse abandonar en eso, primero porque no hay más remedio, pero desde ese no hay más remedio, encontrar un modo de entregarse de una manera, ojalá gozosa, pero por lo menos no traumática, no morir con los puños cerrados, resistiéndose, porque eso puede ser terrorífico.


-Santa deriva es un libro lleno de preguntas y las respuestas están llenas de silencio. Hay muchas imágenes sobre escuchar el silencio. Escuchas “el derrumbe silencioso”, “el silencio atronador”.

-Sí, el silencio es importante en toda la historia del pensamiento religioso serio, en la teología verdadera, que no es la que nos han enseñado desde la iglesia cristiana sino que es la teología que busca algo de verdad. En el cristianismo no hay nada que buscar. Está todo dado. Es una religión sin misterio: confíate a Jesucristo, te salvará, no peques, haz esto y lo otro. Los verdaderos buscadores, que sobre todo han estado en Oriente, han buscado siempre desde el silencio. No hay otro modo. Hay que buscar dentro; no podemos buscar fuera y ese dentro pasa por el silencio absoluto. Silencio físico y material, y luego conseguir el silencio de la mente, que es el verdadero logro, según los que dicen haber llegado ahí. Cuando la mente calla, comienza a hablar la conciencia. Por lo visto, ahí está el reino de dios. Me parece muy complicado pensar en acceder algún día a ese nivel, pero me interesa mucho. Yo vivo ese fenómeno desde el silencio del arte. Para mí la creación es silencio en el que tú de repente recibes la palabra y esa palabra es revelación. Creo que sin el silencio no hay profundidad y que en el silencio podemos encontrar todo aquello que nos puede conectar de mejor modo con nosotros. Por eso aparece también de modo inconsciente el silencio de la nube que se derrumba; al fondo de todo escucho ese poema en el silencio, escucho ese silencio de la eternidad, de los espacios vacíos y de cuando no existía la conciencia y no sabemos si algún día desparecerá absolutamente. Ese es el silencio del que se habla.


-Me parece que en mucha filosofía oriental hay un espíritu de renuncia.

-En mí, no. Yo soy el anti-renuncia. Voy a través de lo que llaman el sendero de la mano izquierda en el budismo tántrico, que es el camino de la inmersión absoluta en las cosas hasta vaciarlas por completo y llegar a la conclusión, a través de pasar por todos los lodos, de que nada tiene verdaderamente sustancia y que todo es ilusión y hasta vacío. Yo no busco llega a ningún vacío determinado; lo hago porque es mi carácter, porque mi modo de enfrentarme al mundo es gozar las cosas, apasionarme. Soy muy apasionado y gozo mucho del mundo y además hay muchas cosas que me interesan. La renuncia impuesta me parece una de las calamidades y de las enseñanzas más nefastas que nos han dado todos los masoquistas santos que ha habido en el mundo. Si tu ojo te molesta, sácatelo. Para mí la gente que ha estado dándose con el cilicio está enferma. No hay nada más antirreligioso que maltratar el cuerpo de esa manera. Que los santos padres vean maravilloso un tío que se mete de hostias en la espalda, que se va al desierto y está cuarenta días sin comer… claro, luego ve a dios y ve todo. Me funciona mucho mejor con el LSD. Me da un gustirrinín estupendo, al cabo del rato estoy de vuelta, no paso hambre ni pierdo kilos. Todo lo que sea mortificación en aras de la santidad me parece una perversión. No soy de renuncia. Al revés, de inmersión absoluta.

-A veces sacralizas la primavera, el amor fraternal, la palabra.

-Trato de decir que para mí dios está en las cosas cotidianas, está en el modo en que las percibimos, está en el modo en que representamos un amanecer, en la contemplación de un árbol, sobre todo en el amor humano, que es para mí de donde nace todo. Si no eres capaz de amar a tu padre, de amar a tu madre, a tu amigo, cómo vas a llegar al amor del universo, de todos los seres, de lo inconcreto. Es el primer paso; a través de ahí podemos llegar a todo lo demás. Es un elevar a la categoría de sagrado cosas que siempre han sido profanas. El amor humano siempre ha estado por debajo del amor divino, pero para mí es un paso sin el cual es muy complicado llegar al otro plano.

-¿Te gustaría que tu poesía fuera como la música sacra de Vivaldi?

-Eso quisiera yo. Ese poema es sobre una de las magnas obras de la humanidad. Si tuviéramos que mandar un cohete a no se sabe dónde y meter unas cuantas cosas dentro, a mí me parece que Vivaldi sería una de ellas. Ha sido mucho más apreciado como autor de música sacra Bach, que es una maravilla, pero la música sacra de Vivaldi es maravillosa. Vivaldi es diferente a Bach. En Bach se escucha la gravedad del creyente verdadero y está cantando a dios y a lo trascendente, pero Vivaldi está cantándole al dios del mundo, al dios de la vida, al dios del sol, ese dios en el que yo creo tanto. Me he emocionado tanto con Vivaldi que un día comencé a escribir un poema, que se titula así, pero no era ni un intento de reproducir la música sacra de Vivaldi, ni de medirme con él. Era un intento de trasladar mi emoción al escuchar esa obra grandiosa. Al final era hablar, como creo que el poema habla, de la emoción de la vida y la muerte, de la emoción de estar vivos y cantarlo.


-¿De qué habla el poema “Cántaro”?

-El cántaro es una metáfora del alma. Es un poema sobre el alma. Está hablando del cántaro como uno de los primeros descubrimientos materiales del hombre donde se pueden guardar las cosas, que nos permitió tener la intendencia un poquito más satisfecha, que es un anhelo humano, el sentirse a cobijo, sea porque tienes el agua y los alimentos, bien porque sea un cobijo más espiritual, que es a lo que va la última parte del poema. El poema trataba de hacer una metáfora en la que se viera que el alma nuestra es un cántaro que está esperando ser llenado, que va a ser así para siempre, y donde cabe al final la parte oscura y de barro, que es la carne, pero que alberga esa miel y esa agua clara, que es nuestra felicidad cuando nos sentimos verdaderamente plenos.

-¿Cómo ves tu evolución a partir de este último libro?

-Creo que hay una profundización en el mundo de Santa deriva sin llegar a haber un cambio. No hay otro salto mortal como hubo con Santa deriva. Creo que me he encontrado con mi voz en ese libro y no vamos a cambiarla ya. Son unos poemas de trazo más ligero. Hay más cercanía que en el libro anterior con el Cancionero y no tanta con Siglo de Oro de Quevedo, de Fray Luis. Son poemas muy despojados, sigue sin haber narración, son estados del alma. Quizá son menos rotundos de dicción, menos rimbombantes y tienen algo más aéreo. Pero me puedo equivocar de medio a medio porque uno es muy mal hojeador de lo que hace. Además, tengo trece. Cuando acabe el libro, vete tú a saber a lo que derivará.

-¿Crees que eres un poeta de ideas?

-No. Me tengo por un escritor y sobre todo un poeta de intuiciones más que de ideas. En mis poemas nunca hay una tesis, no hay una idea desarrollada sino que los poemas míos van avanzando a través de imágenes, de hallazgos, no hallazgos como categoría de que mi poesía sea estupenda, sino como hallazgos de lo que voy a decir, que me lo voy encontrando por el camino, que no tengo una idea previa sobre lo que voy a escribir en un poema. Me tengo por un poeta bastante estreñido de ideas; en mis poemas se encuentran formulaciones, imágenes, modos que no tienen un desarrollo demasiado racional en el poema, sino que justamente están caminando por otra parte, quizá más oscura, que es la parte de lo irracional, sin irse nunca a lo ininteligible. Lo irracional puede ser, si no entedible, compartible y eso es lo que me preocupa.

Valencia, Febrero de 2004


Entrevista al poeta Vicente Gallego por Ana Eire.
CONVERSACIONES CON POETAS ESPAÑOLES CONTEMPORÁNEOS
Ed. Renacimiento, 2005


 Vicente Gallego, Francisco Brines y José María Álvarez, trío de ases, quién da más...
(Abril de 2008, foto Carmen Marí)

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