Una jarra de vino entre las flores



Martín.-- La historia la he contado muchas veces. Tenía yo diez años y la profesora de Lengua –Sara Suárez Solís— nos hizo un dictado, según costumbre de entonces para aprender ortografía. Aquellas palabras se me quedaron para siempre en la memoria: “¿Cuánto podrá durar para nosotros / el disfrute del oro, la posesión del jade...?”

Marcos.—“Cien años cuanto más: ese es el término / de la esperanza máxima”. Hemos acabado por aprendérnoslo todos de memoria.

Martín.-- Fue mi primer encuentro con la poesía. Tardé tiempo en saber de quién eran aquellos versos. Un día leyendo la antología de poesía china de Marcela de Juan me los encontré. Los versos que me descubrieron la poesía y que creía anónimos eran nada menos que de Li Po.

Almuzara.-- Muchos descubrimos la poesía china en esa antología, quizá la primera traducida directamente del chino.

Herme.-- Curioso personaje Marcela de Juan. Su padre era el mandarín Hwang Lü He, un diplomático que había sido Secretario de la Legación Imperial de China en España; su madre era belga; ella nació en La Habana. Cuando cumplió tres años, su padre decidió que había llegado el día de empezar a reducirle los pies y una noche, al acostarla, se los vendó con una tira de lienzo blanco después de haberle doblado los dedos hacia dentro... Marcela contuvo las lágrimas. Sabía que debía ser fuerte y no llorar. Pero a los pocos momentos entró en silencio la madre y desató las vendas. Nunca volvieron a ponérselas.

Martín.--  Quizá lo más interesante de esta reedición es el prólogo, “Evocación y elogio de Marcela de Juan”, escrito por el diplomático Antonio Segura Morís.


Ángel.-- Pero ¿por qué se titula Segunda antología de la poesía china?

Martín.-- Marcela de Juan publicó dos ediciones de su antología antes de la versión final, de 1973: una en 1948 y otra en 1962. Esta última es la que se reedita ahora, no sé si con buen criterio. No hay mucha diferencia con la edición que todos conocemos. Simplemente se ha eliminado el capítulo dedicado a la Revolución Cultural, hacia la que sintió una simpatía solo explicable por la distancia y la nostalgia. Abandonó China en 1930, no volvió hasta 1975. Viajó por el mundo entero, nunca dejó de sentirse en España como en casa, pero China era para ella el paraíso perdido. No podía verla con objetividad.

Almuzara.-- Estos poemas fueron escritos hace siglos para ser cantados en una lengua extraña y, sin embargo, por milagro de la traducción, nos siguen conmoviendo: “Me preguntáis por qué estoy aquí, en la montaña azul. / Yo no contesto, sonrío simplemente, en paz el corazón. / Caen las flores, corre el agua, todo se va sin dejar huella...”

Martín.-- Se tiende a considerar la traducción como algo secundario, como una mera ayuda para acceder al original, pero no siempre es así. No se puede hacer la historia de la poesía española sin tener en cuenta ciertas traducciones, como estas o los Poemas arábigoandaluces de Emilio García Gómez.

Herme.-- Al margen de su importancia en la historia de la literatura, como aficionada a la poesía yo no puedo prescindir de ciertas traducciones. Las de Marcela de Juan, las de García Gómez o las de Ángel Rupérez en Lírica inglesa del siglo XIX, un libro aparecido por primera vez en Trieste, la editorial de Trapiello y Valentín Zapatero, y que ahora se reedita en una rara colección que mezcla a Menéndez Pelayo con Martín Vigil y que pone en latín la nota que indica que todos los derechos están reservados: “omnia proprietatis ivra vindicantvr”.

Marcos.-- La poesía inglesa del siglo XIX deslumbró a Cernuda y nos sigue deslumbrando a nosotros. A mí por lo menos. Aunque reconozco que los largos poemas de Wordsworth o de Tennyson me resultan insoportables.

Almuzara.-- Pero Wordsworth escribió que “el niño es el padre del hombre” y solo por eso ya merece ser recordado. Su inspiración estaba en la infancia y en la naturaleza, pero también es autor del soneto “Escrito en el puente de Westminster”, uno de los más hermosos poemas que se hayan dedicado a una ciudad.

Herme.-- En la antología de Rupérez descubrí yo a alguno de los poetas que prefiero, poetas aparentemente menores, como Christina Rossetti. El final de su poema “Recuerda” me parece el más conmovedor epitafio que se haya escrito nunca: “Más quiero que me olvides y sonrías / que no que me recuerdes y estés triste”.


Martín.-- Las breves semblanzas biográficas con las que se presenta a los poetas añaden atractivo al libro. “Los últimos años de su vida –se nos dice de William Blakeestuvieron presididos por su fervor hacia la Revolución Francesa, la pobreza y la amistad con el pintor de paisajes John Linnell, amistad que como cálido refugio para su soledad se prolongó hasta su muerte”.

Marcos.-- Tennyson se retiró a la isla de Wight y allí “a duras penas aprendió a convivir con su irreprimible proclividad a la hipocondría y a la más lúgubre de las melancolías”.

Ángel.-- Un tanto afectado sí que resulta el antólogo.

Herme.-- Pero eso es parte de su encanto.

Martín.-- A John Clare “varios nobles le protegieron y habilitaron para él una granja donde, al tiempo que escribía, se iba ganando la vida. Pero fueron luego esos mismos nobles los que se desentendieron de él abandonándolo al sordo ímpetu de su extraviada soledad”.

Marcos.-- ¡Pobre John Clare! “Depresivo y borracho –concluye Rupérez--, pasó los últimos veintitrés años de su vida en un manicomio”.

Herme.-- Fue en esta antología donde yo descubrí que Lord Byron era algo más que su escandalosa, pintoresca y admirable biografía. Me sorprendieron las estrofas del Don Juan que se traducen. En una de ellas se refiere a “John Keats, a quien mató una crítica / cuando sin duda en verdad prometía algo grande”.

Ángel.-- ¡Ya entonces existían los García Martín!

Herme.-- “¡Pobre tipo! ¡Qué destino tan triste!”, añade.


Almuzara.—Yo recuerdo mi visita al cementerio acatólico de Roma, donde está enterrado Keats. Al pie de la pirámide de Cestio, rodeado de muros que lo apartan del tráfico, lleno de orondos gatos apacibles, el lugar donde yace aquel “cuyo nombre fue escrito en el agua”, según se lee en la estela funeraria, es uno de los más hermosos que conozco. Tenía Keats poco más de veinte años cuando murió “después de lluviosos días de sufrimiento, hospedado en una desangelada habitación cuyas ventanas dan a la plaza de España”. Ahora siempre llena de turistas, al contrario que el tranquilo cementerio.

Marcos.— Morir antes de hacer su obra era su gran temor: “Cuando me embarga el miedo de que puedo morir / sin que mi pluma haya cosechado los frutos de mi alma...”

Herme.—Pero de él siguen vivos más poemas que de autores de larga vida. Y qué espléndidas, qué lucidas sus cartas. Son absolutamente contemporáneas. Lo que dice de la impersonalidad del poeta —“un poeta es lo menos poético que existe”— podía haberlo firmado Pessoa. Parece mentira que en pleno romanticismo se escribieran cosas así, tan contrarias a la poesía entendida como simple desahogo del corazón.

Almuzara.-- Pero comparados con la poesía china, hecha con cuatro trazos, qué retóricos parecen todos estos poetas ingleses, incluso los menos retóricos. “Sobre las olas, una cabeza blanca: un viejo pescador / salió a pescar en barca, que se mece en el viento. / Ahora mordió el anzuelo una perca muy grande; / los nietecillos soplan la lumbre entre las flores”. Eso escribió Chen Ku, del que, en las notas finales, además de las fechas de nacimiento y muerte (618-707), solo se nos dice que “vivió solitario y es uno de los poetas más célebres de la dinastía Tang”.


Marcos.-- Los datos biográficos que nos ofrece Marcela de Juan son también muy curiosos. De Ch’en Hu solo se nos indica que vivió solitario en medio de la naturaleza y que su carácter era altivo y huraño. Po Chu Yi “antes de publicarlos, leía sus poemas a la sirvienta y los destrozaba si esta no los comprendía”.

Ángel.-- Conozco un poeta en León que hace exactamente lo contrario.

Herme.-- Sin desdeñar a Browning, a Thomas Hardy, a Yeats –qué bien se traduce “Cuando seas vieja”—, yo también me quedo, como Almuzara, con los poemas chinos, llenos de amigos que se despiden, de mujeres solas que suspiran en la alta noche, de montañas cubiertas de nieve, de ríos en primavera y del rostro de la luna de verano.

Ángel.-- Siempre dispuesta a no dejarnos beber solos, como en el poema de Li Po: “Una jarra de vino entre las flores. / No hay ningún camarada para beber conmigo, / pero invito a la luna / y, contando mi sombra, somos tres...”

 
CAFÉ CON LIBROS


"Una jarra de vino entre las flores"


José Luis García Martín




José Luis García Martín charlando consigo mismo

Publicar un comentario

  © Blogger template Shush by Ourblogtemplates.com 2009

Back to TOP