Ritual de Combatir Desnudo en el Foro de Auzolán



Cuando Alfredo me invitó a hacer esta presentación de “Ritual de Combatir Desnudo” me pregunté en calidad de qué me hacía este ofrecimiento. Y la respuesta era sencilla. Me invitaba en calidad de lector de poesía. Ni más ni menos que lector de poesía. Porque finalmente, en cualquier obra de creación, lo importante es la comunicación a un Otro de una propuesta tanto estética como filosófica. Y si apuramos más, la comunicación de una cosmovisión de la existencia humana. Más allá de la forma, de la expresión o de la métrica, creo que se le debe, incluso, exigir al poeta, en este caso, una propuesta explicativa del mundo que nos rodea a todos. Y Alfredo, no teme, como otros, contestar a esta cuestión radical de todo Arte.

Alfredo no pierde el tiempo y no hace concesiones gratuitas en su trayectoria poética -ni vital, diría yo- de obras anteriores y no iba a ser menos en este nuevo poemario. Sabe lo que quiere decir con meridiana claridad al escoger los temas y dirá lo que tenga que decir al respecto porque es honrado intelectualmente y, en primer lugar, con él mismo.

Alfredo se interroga -nos interroga- esencialmente sobre el Hombre, la Poesía y el Mundo a lo largo de las 3 partes que componen el libro.

 Luis Miguel Alonso Nájera, Iñigo Fernández Arrarás y Viztor Izco, abrazos entre guerreros, indomables hoplitas


Una primera parte que supone una toma de posición por parte del hombre ante su entorno. El Destino, el Combate -no siempre fácil- por el conocimiento, la Pasión y el Riesgo de estar vivo.

Una segunda parte que nos habla del significado de la lucha espiritual que es un combate invisible pero no menos real, del viaje humano vital y de un mundo que exige ser vivido.

Hay una tercera parte donde está presente la sabrosa decantación de la  sabiduría de la experiencia, el catártico paso del tiempo y las pocas cosas que realmente importan: el Amor, la Poesía, la Mujer – estoy muy de acuerdo en esto de que la Mujer es importante-

Silencio en la batalla de los versos

Todo esto, tratado con un lenguaje al que yo llamo “bélico-espiritual” para consignar la nobleza de la lucha humana, la lucha de todos los que estamos aquí, con nuestros miedos, conflictos y esperanzas.

Como he dicho, la esencia poética de Alfredo tiene 3 líneas de acción:

En primer lugar, el Hombre.

El Hombre es un ser integral, completo en el que cabe cualquier pasión por extrema que sea, incluso las contradictorias. Desde lo sentimientos más desinteresados hasta los más carnales. Se puede ser tremendamente austero pero a la vez salvajemente entregado a la sensualidad. De alguna manera esta propuesta recoge la tradición  epicúrea impregnada de filosofía estoica. Una mezcla tan sabia como llena de vitalidad. Y de la que solemos hablar largo y tendido en nuestras largas, alcohólicas sobremesas.

Otra línea de investigación vital es la Poesía en sí.

A veces no sabemos distinguir entre la Poesía y la Mujer. Tal vez sea lo mismo. La Poesía nos obliga, nos hiere pero también restaña las heridas acto seguido. Nos engaña y confunde pero también otorga. De ahí la importancia de los vicios instructivos, el conocer el lado más oscuro de los placeres para ser más sabios- yo esto lo practico todo lo que puedo- aunque en ocasiones nuestra estabilidad pueda saltar hecha pedazos. El peligro del goce y el goce del peligro. Tentaciones que nos enriquecen dulces y llenas de veneno.

Para acabar la presentación, hablaré del tercer eje poético que vertebra el libro, el Mundo.

El Mundo, para Alfredo, es ambivalente, heterogéneo y holístico (sus partes sumadas son mucho más que consideradas por separado). Es el escenario ideal para un Hombre que llega a él para llorar y reír. Un Mundo que nos interpela a cada instante, nos confunde, nos vapulea, nos recompensa si estamos atentos. Un Mundo en el que el Hombre debe, insisto, debe, elegir una actitud para superar las continuas pruebas a las que es sometido. Hay que mancharse en el Mundo porque no es lícito contemplarlo desde la barrera.


 IÑIGO FERNÁNDEZ ARRARÁS
Librería Auzolán de Pamplona, 27 de Mayo de 2010
***


Dedicado a los que aman como yo


Buenas tardes, amigos, amigas, muchas gracias por haber venido, gracias también, Íñigo, por esta presentación tan generosa y tan interesante.

La verdad es que siempre he sentido que una librería es el lugar idóneo para presentar un libro, sobre todo un libro de poemas. Y qué mejor librería en Pamplona que esta estupenda de Auzolán, que yo suelo frecuentar (estos meses atrás durante mi larga convalecencia me pasaba aquí las horas muertas), y en la que uno nada más entrar se encuentra con una de las mejores secciones de Poesía de toda la ciudad y su comarca.

Bien, este Ritual de Combatir Desnudo es, o pretende ser, un acto de fe, un acto de amor a la propia poesía, una entrega total a la terrible hermosura de la poesía y a su eterno femenino. Quizá, mi íntima entrega al Arte. Y esa Poesía aparece personificada en este libro bien en una diosa antigua de la que hemos oído hablar y con la que soñamos, o bien en una mujer de armas tomar que nos complica la vida.

Y ello, una vez más, tomando prestado para mí diferentes resortes y engranajes pertenecientes a la tradición cultural. La tradición cultural y artística no es algo superado, algo ya pasado, algo caduco. La tradición cultural, a la que un poeta se ha de acoger inevitablemente, es algo vivo, algo al alcance y algo útil. Detrás de los poemas de este libro que hoy presento se puede detectar fácilmente un diálogo continuo con esa tradición cultural.

He tratado (no sé si lo he conseguido) de buscar asimismo, por un lado, el sentido rítmico del verso, la música en el poema —ritmo sin el cual yo creo que no hay poesía, se podrán decir cosas estupendas pero esas cosas estupendas no serán poesía—; y también planteo aquí una incursión sencilla en el terreno de la métrica, sin seguir tampoco a rajatabla sus normas, para lo cual no me siento preparado aún.

Los poemas se van sucediendo “en serie”, encadenados hasta el final, como formando partes de un todo, interdependientes, buscando lograr esa unidad en el monólogo dramático que a mí siempre me interesa encontrar en los libros de poemas.

 Alfredo Rodríguez e Iñigo Fernández Arrarás, en el combate de los versos

Bien, hay una mujer, una mujer que aparece y desaparece a lo largo y ancho de los poemas. Y es una mujer que es todas las mujeres a la vez, y que es, asimismo, la Poesía. Es fácil reconocerla. La poesía así entendida y aprehendida, sobre todo como actividad obsesiva, crea un “personaje” –una máscara- y una identidad. Si recordáis, los atletas griegos antiguos, así como los llamados hoplitas, los guerreros, competían a veces desnudos, dirimían sus entuertos, desnudándose en público, despojándose de vestiduras y de armas, como hacemos los poetas al afrontar la creación poética. Desnudarse forma parte de un rito. La desnudez equivale a la vida nueva que simbólicamente los ritos poéticos proporcionan. Ese desnudo deviene así en el resumen y la metáfora de una armonía que necesitamos y que la poesía nos devuelve. Se trata de un rito de iniciación, un ritual íntimo. El poeta candidato a esa iniciación, a ese alucinante viaje espiritual que es la poesía, debe afrontar una especie de “muerte” ritual, antes de “renacer” como miembro de pleno derecho de la tribu. 

 Iñigo Fernández Arrarás y Alfredo Rodríguez, calentando motores antes de subirse al carro de combate

Cuando se escribe un poema, se escribe con la sospecha de que mientras lo escribimos algo va a suceder, una cosa extraordinaria, algo que nos transformará, que lo transformará todo: un poema es, de alguna manera, una vida nueva, una fuerza que se relaciona íntimamente con nosotros. Cuando terminamos de escribir ese poema parece como si aguardásemos la revelación, una revelación.

Esta pasión de la poesía que sentimos todos o la mayoría de los que escribimos, es en realidad también una defensa contra la vida. Bueno, yo siempre he puesto de manifiesto esa capacidad redentora que la poesía tiene para mí. Esa fe –si queréis- excesiva en la poesía. La fe en el lenguaje poético.

Yo tengo mucho que agradecerles a esos poetas que, en este determinado periodo último de mi vida tan duro, me han acompañado casi como una presencia, y me han ayudado a crecer y a ser más yo mismo, y de alguna manera me han “salvado”. Porque lo que tengo muy claro (un poeta debe tener eso muy claro) es que es a través de los otros, a través de la obra y la vida de esos otros poetas, como llegamos a encontrarnos a nosotros mismos y a encontrar nuestro camino, nuestro voz, nuestro mensaje. Eso es determinante. Esos escritos de estos autores que uno ha elegido como sus maestros le acompañan a uno durante bastante tiempo, son poemas que de alguna manera han conseguido vencer momentáneamente a la vida. Los vivimos como en una suerte de injerto y forman parte de nosotros.

En el fragor de la batalla

Así pues, por un lado, en RITUAL DE COMBATIR DESNUDO, la conexión con el espíritu griego, no una conexión buscada y elegida, sino una conexión inevitable, natural y fatídica, relacionada con la savia que nos alimentó como poetas y que aún perdura. Y por otro lado, la mujer, la conexión femenina, esa fijación en la mujer como si la mujer lo contuviera y lo resumiera todo.

Cuando un poema o un verso que hemos leído en algún sitio nos viene a encontrar, cuando tenemos la sensación de que se dirige a nosotros, de que está escrito para nosotros, está claro que de un modo u otro nos pertenece y entonces lo tomamos prestado, ya para siempre, como si fuera nuestro. Y claro, luego está la Memoria, porque la literatura, y más en concreto la poesía, no es más que un esfuerzo contra el olvido. El tiempo dirá si eso que hemos escrito y publicado, después se convierte en literatura o no. Porque a mí un tema que me preocupa mucho en esto de la poesía, un tema que me obsesiona y que siempre tengo plenamente en cuenta a la hora de enfrentarme a la escritura poética, es esa prueba, la dura prueba del paso del tiempo. Yo no quiero por nada del mundo, no me gustaría nada, abrir este libro dentro de diez, quince o veinte años y avergonzarme de él, que se me cayera de las manos. Espero que mi poesía aguante ahí sin fisuras. Ya veremos…

José Antonio Reyes, Iosu Calvo, Orlando Merino, Félix Jiménez, Javier Asiáin, Mikel Sanz, Ángel Alcalá, Mikel Iriguibel, Carlos Pérez Conde, Peio Etxarri, Consuelo Allué, Mayte Ludeña, Dani Aldaya, Nerea de Auzolán..., esforzados combatientes...

Y lo que tengo, lo que guardo dentro de mí, después de haber escrito este RITUAL, es una conciencia y un deber. La conciencia de ser tan sólo otro eslabón más de una cadena que se tiene que ir renovando, y a la vez el deber de gratitud para con mis maestros, ese conjunto de poetas que me han ayudado a verme y a reconocerme.

Yo creo que escribo como el que va invitado a una cena en casa de un amigo y se presenta allí con una botella de buen vino. ¿Para qué escribo, pues? ¿para qué he escrito este libro? Pues para contribuir de alguna manera al festín de los libros. Que esa fiesta, ese festín sea inagotable. Si en mis poemas alguien encuentra una millonésima parte de la felicidad que yo he encontrado en los libros de algunos poetas, ya me daría por satisfecho.

He tratado pues en este Ritual de buscar la poesía más inspirada de la que he sido capaz, esa poesía dictada por una extraña fuerza que no acabamos de controlar, que nos sobrepasa, pero que ha de rebosar sentido y emoción, en ese ritual de combatir para el que nos desnudamos, desnudamos nuestro corazón y nuestra alma, como antiguos guerreros hoplitas, cuando nos disponemos a escribir un poema. Espero que os guste el libro y muchas gracias.

ALFREDO RODRÍGUEZ 
Librería Auzolán de Pamplona, 
27 de Mayo de 2010

Alfredo Rodríguez, en el final del combate de los versos

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