Radio París



23 de Octubre de 2009

Vivo en París desde hace dieciséis años. Aquí confirmo que la cercanía geográfica no garantiza un conocimiento elemental entre españoles y franceses. Por supuesto que no descubro nada al decir que el paternalismo es una toxicomanía peligrosa donde las haya. Impide a algunos franceses saber que Francisco Franco murió allá por el año 75 del siglo pasado. Yo, por si acaso, nunca fui al café Les Deux Magots, porque temí encontrarme con el generalísimo dispuesto a tocar la pandereta para esos intelectuales que sufren si la realidad les rompe su juguete preferido: una España incapaz de entender las sutilezas democráticas. Seremos maravillosos mientras ellos puedan aliviarse sintiendo compasión por nuestra cultura de tamboril y breviario y nuestro folclore de baratillo. Menos mal que, debajo de los adoquines y demás tópicos, el joven francés ha encontrado algunas páginas de Enrique Vila-Matas o un disco de Jordi Savall. Al otro lado de la frontera tampoco falta el disparate autista; no daremos muchas vueltas por tierras españolas sin toparnos con el que desprecia al desconocido vecino de arriba. Lo llama gabacho y sigue tan contento golpeando la grasa del mostrador de una taberna.


20 de Noviembre de 2009

El niño Enrique Morente era extraño: se educaba guiando. Al frente de un grupo de turistas inventaba las historias de su tierra. Ahora lo veo en el documental Morente sueña la Alhambra. ¿Puede alguien agitar la coctelera donde choquen un poema de María Zambrano, un tango de Astor Piazzolla, los punteos de Pat Metheny, unos rasgueos de Juan Habichuela, los puntapiés del bailarín Israel Galván contra su propia sombra proyectada en una pared, los alaridos del argelino Khaled y la distinción de la alemana Ute Lemper, y que el resultado no sea sólo un brebaje exótico? Él lo consigue. Se vale del ingenio de los invitados y añade una lucidez que acopla estéticas contrapuestas. También supera las disputas del flamenco. Domina con exactitud los palos del cante, pero sin rendirse a las cantinelas de los puristas, y sigue con su osadía de hombre adelantado. Pervive el niño-guía musical y en mi memoria aparece sentado junto al guitarrista Tomatito. Empieza el concierto y Enrique Morente canta como un perro afónico. Lo hace mejor que nunca, porque esa afonía está repleta de experiencias vividas.


18 de Diciembre de 2009

A veces pienso que, al menos en literatura, el autor clásico cumple la función de transmitir miedo. Su cara ceñuda es buena para las pesadillas del adolescente. Sin embargo, en Francia disfrutan con una excepción luminosa: subido a los zancos de la risa, Boris Vian consigue la alegría unánime. Y eso a pesar de que el escritor defendió siempre la euforia a dos pasos de algún abismo. Enfermo desde la infancia, al principio era feliz escuchando los discos de Duke Ellington, que luego fue padrino de su hija. Más tarde, con los libros y las canciones arrancó caretas o tuvo que luchar contra la censura. Los dirigentes políticos franceses no estaban todavía preparados para aceptar la libertad que pregonaban en los discursos. Vian combinaba como pocos la ligereza de la forma, los juegos, el fondo de desobediencia. Toda su obra contiene una saludable irreverencia frente a los tópicos y una buena dosis de ternura mezclada con la causticidad. Pasado el tiempo, su osadía artística y su viveza rebelde siguen inconfundibles. Y los jóvenes sonríen al hablar de él, porque las palabras y músicas de Boris Vian nunca huelen a cárcel.


22 de Enero de 2010

Josep Pla llega muy joven a París, en 1920. Dos días antes ha terminado la redacción de El cuaderno gris. Aunque la ironía indomable mitigue su entusiasmo ante la belleza de la arquitectura, admira el ingenio urbanístico y la eficacia con que en el siglo XIX los franceses sustituyeron calles tenebrosas o nidos de cólera por parques y anchas avenidas. Ideados para evitar brotes de epidemias y revueltas políticas, Pla ve en esos espacios el resumen del racionalismo. Pero en los tiempos recientes el cuidado arquitectónico ha sucumbido a una sosería acristalada. En lugar de mantener la estética propia, se imita sin talento a Nueva York. François Mitterrand, para aliviar su sed de republicano eterno, quiso que los electores le financiasen la pompa, y la biblioteca nacional que lleva su nombre es un modelo de fatuidad. El símbolo vacío (edificios que representan cuatro libros abiertos) y los cristales sucios envuelven la exigua organización funcional. Cerca de la entrada, el visitante camina entre unas plantas que sufren en prisiones de rejas metálicas. Me pregunto qué diría Josep Pla de los arquitectos que identifican la modernidad con el disparate de enjaular árboles.


19 de Febrero de 2010

Aquel adolescente tenía los dones que se piden a las estrellas musicales: el misterio, la belleza física, una gracia verbal que no ha envejecido. Cuando dejaba a un lado la guitarra de su grupo de rock, difundía en los periódicos varios manifiestos en los que brillaba una inteligencia festiva. Identificaba la muerte con el agua, y falleció a los diecinueve años en la bañera de su casa. Pero, debajo de la espuma de esas anécdotas, Félix Francisco Casanova había escrito muchas páginas que, tres décadas más tarde, satisfacen al lector exigente. Ahí están, acompañando a quienes hablan del Rimbaud español, los poemas transparentes e inagotables de Una maleta llena de hojas. La editorial Hiperión juntó, en 1990, casi todos los versos del muchacho en el volumen La memoria olvidada. Y aún nos impresiona la facilidad con que Félix Francisco Casanova hizo saltar por los aires una superchería que niega a los autores jóvenes la aptitud para crear novelas importantes. Su talento veloz le permitió quemar etapas y así pudo escribir El don de Vorace, reeditada ahora por Demipage. Su nombre es un mapa fiable para los buscadores de diamantes literarios.


26 de Marzo de 2010

Cuatro veces he visto No direction home, el documental de Martin Scorsese que resume la primera parte de la vida de Bob Dylan. Un placer que debo al escritor Juan Martínez de las Rivas. Desde el principio se disfruta con la discreción sabia del cineasta. Mientras gozamos con las apariciones musicales de Billie Holiday o Muddy Waters, y sentimos el clima de la infancia del protagonista, Scorsese empieza a describir un malententido. A veces enfadado por la sordera voluntaria de los seguidores y las preguntas insistentes de los periodistas, Bob Dylan dijo siempre con claridad que su inconformismo no estaba limitado por la adhesión a ninguna ideología política. Ni siquiera su amor de juventud, Joan Baez, de voz cristalina e idealismo opaco, supo entenderlo, pero esas palabras son el hilo rojo que une toda la trayectoria del cantante de Minnesota. En no pocas ocasiones Dylan tuvo que usar la impertinencia contra un muro humano. Sin resultado alguno. Donde él puso poesía rebelde la gente sólo quiso ver unas banderas hincadas. La película mide la distancia entre un hombre libre y la muchedumbre que sacude los barrotes de la celda ideológica.

23 de Abril de 2010

Recuerdo una frase de Cabrera Infante: “El siglo XX ha sido el mejor de los literarios y el peor de los políticos”. Supongo que el tiempo va a fijar el valor de las páginas escritas. Esperemos. Por ahora sí sabemos que la industrialización de la muerte practicada por el nazismo y el Gulag soviético es la cima de la crueldad. La vergüenza que nos producen esos infiernos la hemos atenuado ligeramente con unas conquistas razonables: las mujeres empiezan a ocupar los lugares de igualdad que les corresponden respecto a los varones y, al menos en Europa, los fanatismos religiosos, la misoginia y la homofobia son tristes huellas borrosas. Pero cuidado. Recientemente permanecí durante un mes en Estambul, donde me pareció adivinar uno de los principales peligros del futuro. Unas creencias transmitían tanto odio como miedo hacia el cuerpo femenino, y las voces de los almuédanos descendían en forma de velo sobre las cabezas de las muchachas. Intuyo que la verdadera espiritualidad es secreta; no me la imagino impuesta con potentes megáfonos. El proyecto era claro: el deseo de someter a las mujeres y, por medio de ellas, a la comunidad.


21 de Mayo de 2010

En Francia festejan el centenario del nacimiento de un transgresor. Jean Genet modeló la belleza artística con los materiales más sórdidos. Niño acogido por la asistencia pública; ayudante de un músico ciego; joven encarcelado por mendicidad, hurto y vagabundeo; soldado desertor y viajero a pie hasta una España pobre, donde se prostituye; maduro amante de un muchacho que va a morir en las barricadas y de un funambulista suicida; huésped de hoteles baratos..., Jean Genet colecciona adversidades. Incluso lo condenan por robar libros y, reincidente, está a punto de sufrir cadena perpetua. Pero sale de esas prisiones por la puerta de la literatura. Aunque improvise inexactitudes ante un micrófono, las páginas de sus obras lo convierten en uno de los autores menos maniqueos. Sólo admira a Alberto Giacometti, quien le enseña que el hombre puede lograr riqueza o fama y seguir siendo un clochard superior. Al final Jean Genet se siente tan lejos de la cultura de su país que pide ser enterrado en el cementerio de Larache, cerca del mar. Aquí anoto la frase que dice unos meses antes de morir: “Las palabras hay que buscarlas en el desierto”.



Radio París
Por Francisco Javier Irazoki
EL CULTURAL. es


 Francisco Javier Irazoki, un poeta e intelectual navarro en París

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