Noviembre 1985, Venezia




La lancha apenas levantaba una solapa de espuma en las aguas bajo las hojas de un otoño tardío, unas hojas de eucalipto que se pegaban a la amura del bote como fórmulas de un penacho inconstante. Una bandada de golondrinas arrancaba destellos a unos rayos de sol tan sesgados como las propias aves, rezagadas casi hasta el absurdo. Era un 8 de noviembre y hacía ese frío que hace en Venecia y que consiste en ausencia de abrigo.



Regresábamos del campo santo de la isla de San Michelle, donde abandonamos un ramo de laurel sobre una lápida de mármol que llevaba el nombre de Ezra Pound entre tallos húmedos de margaritas. La niebla era tan amarillenta como la pelambrera indomable del poeta que llevaba allí desde el Día de Difuntos de 1972 en que murió a los 87 años, pocos meses después de que la American Academy of Arts and Sciences rechazara la propuesta de concederle la Medalla Emerson-Thoreau. El muerto había sido prisionero del ejército estadounidense en Italia. 15 días enjaulado en una caja de barrotes al aire libre y 12 años y medio en un manicomio de los Estados Unidos. Decidieron que no era un criminal de guerra sino un loco de atar.


Eramos unos cuantos, pero el lugar al que ahora nos dirigíamos no daba para mucho. La lancha atracó junto al limo del Dorso Duro, y Rocío Martínez, Carmen Marí, José María Alvarez y yo nos encaminamos a una torre diminuta en una esquina de la calle Querini, donde nos recibió una anciana cuya ropa -una falda negra, una blusa blanca, una toquilla de marfil hecha a mano colgaba del aire. Era Olga Rudge y contaba más de 90 años. Gracias a ella, el mundo oye a Vivaldi.



La casa era más pequeña que el jardín y éste era poco más grande que una maceta. Allí murió Pound, a bien poca distancia de los escalones en que se sentó con apenas 20 años ante un canal lleno de góndolas de oro oscurecido.
El salón de la casa apenas daba para el servicio de té. Un retrato del poeta mantenía su equilibrio a duras penas entre las pilas de partituras, junto a un poema manuscrito en una sola línea: O moon, my pin-up.
Los soldados estadounidenses solían colocar la foto de una bella clavada con una tachuela (pin) en lo alto (up) de donde pudieran. A esas bellas, que podían ser Jane Russell, por ejemplo, o una campesina de Idaho, se las llamó pin-ups. Eran las novias de los soldados, en las que, a veces, coinciden los combatientes a uno y otro lado de la trinchera.

El poeta Ezra Pound, (Idaho, 1885- Venezia, 1972)

Pound, encerrado como un criminal o un demente peligroso, en una jaula al cielo raso de Rapallo -donde fue detenido por unos partisanos, que lo soltaron, y luego por unos soldados que hablaban su idioma y no lo soltaron- había decidido no pronunciar una palabra.
Una noche levantó los ojos al cielo en busca de algún tránsito celeste que le entretuviera, y sólo vio una luna brillante, como una tachuela de la que colgara el firmamento. Años después colocó esa línea en su Canto LXXXIV: Oh luna novia mía.
Olga Rudge nos advirtió al despedirnos del elevado umbral que custodiaba su puerta: Acqua alta, dijo. Porque cuando crecía el canal se le podía inundar la casa. 



Noviembre. 1985. Venecia
EDUARDO CHAMORRO
CULTURA, El Mundo, 19 de Junio de 2000


El escritor Eduardo Chamorro (Madrid 1946 - 2009)

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