Material Perecedero



 Atrabiliario, impertinente y libre, José Luis García Martín es, desde su retiro astur, uno de los personajes más admirados y temidos del panorama poético español. No sólo ha terciado en mil polémicas que en ocasiones él mismo suscita. No sólo es el alma de “Clarín”, una de las revistas literarias más ambiciosas y audaces. No sólo aconseja, alienta y protege a los más jóvenes creadores. Además, da testimonio implacable de la realidad desde sus dietarios. Y, ante todo, es poeta. Ahora, y desde esa clandestinidad de su voz insobornable, publica “Material perecedero. Poesía 1972-1998” (ed. Nobel), una selección de lo mejor de su obra poética de los últimos veinticinco años. Sin concesiones ni orgullo, pero con vanidad y con humor, agudo y negro. Insobornable, José Luis García Martín.

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-Material perecedero es la decantación de más de veinticinco años de trabajo. ¿Qué evolución percibe en sus poemas al revisitarlos? ¿Ha corregido algo? ¿Ha preferido conservar este “Material perecedero” tal y como lo creó? ¿Tiene fecha de caducidad?


-Yo creo que en mis poemas hay una evolución natural: no se escribe de la misma manera a los veinte años que cuando ya se han cumplido los cuarenta. He corregido poco. Los poemas que solidifican mal tienen mal arreglo: lo mejor es dejarlos fuera. Yo he rechazado un libro entero, “Marineros perdidos en los puertos”, y bastantes poemas de otro libro, “Tinta y papel”, por razones diversas. El título, “Material perecedero”, alude menos a los propios poemas que a aquello de lo que hablan los poemas y al hombre que los ha compuesto.


-¿Por qué cree que su nombre apenas aparece en las antologías de poesía salvo como antólogo, como usted mismo subraya “sin quejarse”?


-No sé por qué mi nombre aparece poco en las antologías, pero no me extraña esa ausencia: yo nunca me he preocupado de llamar la atención sobre mi poesía. Siempre me ha gustado más hablar de los versos ajenos que de los propios. Como poeta, no tengo ninguna prisa. Si vale la pena, ya repararán en mi poesía los antólogos más pronto o más tarde. Y si no vale la pena… Bueno, esa es una hipótesis en la que prefiero no pensar demasiado.


-Usted afirma en este libro que “la vanidad es una enfermedad profesional de los poetas”. ¿Está usted ya curado? ¿Cree que ese diagnóstico se ajusta al común de los poetas?

-No, no estoy curado, ni quiero estarlo. La vanidad es una de las formas de la cortesía. Al contrario que el orgulloso, el vanidoso valora la opinión ajena. A mí me gustan mucho los elogios, y siempre los agradezco (luego casi nunca me los creo, claro está: soy más escéptico y receloso que vanidoso).


-¿El lector va a encontrar en su libro esas “pocas palabras que iluminan el mundo y nos acompañan para siempre”? ¿Es una ambición desmesurada?


-Yo no sé lo que el lector va a encontrar en mi libro. Sé lo que me gustaría que encontrara.


-En sus poemas hay referencias expresas y dedicatorias a poetas como Pessoa, Lorca, Penna, Andrade, Ángel González, Brines, Victor Botas. ¿Son esos autores los que iluminan al tiempo su propia obra? ¿Cómo y por qué le han influido?

 García Martín y Paco Brines, dos poetas bajo la lluvia. Oviedo, agosto 2009

-En mi libro hay una sección, que se llama “Muestrario”, donde incluyo algunos poemas apócrifos. Durante mucho tiempo he escrito poemas “a la manera de”. De hecho, he dirigido una revista, “Jugar con fuego”, en la que todos los poemas eran apócrifos. Muchas veces fueron tomados por verdaderos. Carlos Bousoño ha contado que una vez fue Brines a visitar a Aleixandre y éste le comentó, elogiosamente, un poema que Brines no recordaba haber escrito. Naturalmente, no lo había escrito: era un poema aparecido en “Jugar con fuego”. Mi mayor éxito como falsificador ocurrió cuando, en un tomo de traducciones al portugués publicado por Eugénio de Andrade, me encontré con unos poemas de Sandro Penna que en realidad había escrito yo. Son los que aparecen en “Material perecedero” en italiano. También he visto citada alguna supuesta carta de Pessoa que publicamos en los cuadernos “Óliver”. Pero ya hace tiempo que he dejado de jugar al juego de las falsificaciones. Soy un falsificador arrepentido. No del todo: sólo confieso las falsificaciones que han sido ya descubiertas, lo que no tiene demasiado mérito.


-¿Es “Material perecedero” un intento fiel de hacer recuento de su vida? ¿El lector que le conoce sobre todo a través de sus artículos y dietarios, va a conocer a un nuevo García Martín? ¿Y el crítico?


-En “Material perecedero” no hago recuento de mi vida, sino de los poemas que he escrito a lo largo de un tiempo que es ya más de la mitad de mi vida. Es posible que sean una sorpresa para algunos lectores. Pero no para mis lectores habituales. Yo no puedo presumir del número de lectores que tengo, pero sí de la calidad de esos lectores. Siempre he publicado en editoriales muy minoritarias y muy despreocupadas de la distribución (Renacimiento, Comares, Llibros del Pexe); creo que quienes, a pesar de eso, han sido capaces de ir localizando y agotando mis libros son unos héroes.


-¿Le parece que es justo decir que es usted más temido como crítico que apreciado como poeta?


-¿Soy muy temido como crítico? No lo sabía. De eso de que no soy muy apreciado como poeta ya tenía noticia. Pero creo que a partir de ahora las cosas pueden empezar a cambiar: si antes de la publicación de “Material perecedero” no se me apreciaba por desconocimiento, a partir de ahora se me podrá dejar de apreciar con conocimiento de causa.


-¿Cree que la crítica cumple con su función en España? ¿Alienta al joven y exige al consagrado, o es una excusa endogámica para que unos amigos se celebren o castiguen mutuamente?


-Yo creo que no se deben hacer juicios de valor de carácter general. Hay críticos que cumplen con su función y otros que no. Como en todas las profesiones. Yo leo habitualmente a muchos críticos (Sanz Villanueva, Miguel García-Posada, Andrés Trapiello) y muchas veces no estoy de acuerdo con su opinión, pero siempre me enriquecen. No creo que el de la crítica sea un trabajo parasitario o subalterno: los grandes críticos son tan escasos como los grandes novelistas. Los Juristo, por otra parte, abundan tanto como los Múgica.

-Decía usted en estas páginas hace unas semanas que en sus dietarios no habla jamás de sus enemigos, sólo de sus amigos: ¿estos siguen siendo legión o cree usted que miden sus palabras al hablar con usted? ¿Les aconsejaría que preparasen sus respuestas como si de un guión de Wilder o Faulkner se tratara?


-Como diarista soy poco notarial: no miento nunca, pero me engaño a menudo. El pasado viernes, en Málaga, nada más llegar al hotel donde nos reuníamos los jurados del Premio de la Crítica, se me acercó un tipo gesticulante, al que al principio no reconocí, y empezó a preguntar a todos los que pasaban: “¿Quién es más alto, García Martín o yo?” Todo el mundo respondía que él, claro, no sea que se fuera a enfadar. Yo pensaba que sería algún divertido chiflado de esos que pululan en torno a la literatura, hasta que me dijo: “¿Ves como en tus diarios mientes? Escribiste que estabas en el Hotel Reconquista y que se te acercó un señor bajito llamándote chismoso. Pues ya ves que de bajito nada: soy más alto que tú”. Entonces caí en la cuenta de que se trataba de Rafael Conte. O sea, que mis diarios, al menos en lo que se refiere a la altura de las personas, son poco de fiar.


ABC literario 
 3 de Abril de 1998

José Luis García Martín, New York, abril 2010

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