Los hombres intermitentes


    Reconozco que al principio no me entró. Que me costó en un primer momento, en una primera y hasta segunda lectura, entrar. Serán mis prejuicios, quizá, hacia todo lo que no sea poesía escrita "en vertical". No me acababa de creer yo toda esta historia, nueva para mí, de la prosa poética o de la poesía escrita en apaisado, "en horizontal".  Era como si se me estuviera haciendo colar por poesía lo que uno no veía sino como prosa lírica o verso narrado que entonase su peculiar Canto.

Fueron varios los amigos poetas -Santi, Javier, Julen, Consuelo, José Luis...- que me lo recomendaban como lectura imprescindible, como grato descubrimiento envuelto en corona de yedra. Pero yo, erre que erre, más papista que el papa, me resistía, me negaba a que la Muralla fuera franqueada. Qué ciego estaba, dios... Como un patio oscuro, así era mi mente. 

Hasta que en una de esas lecturas surgió el Sol en su cenit. Su esencia renovadora. Acaso fuera la forma en que teje su tela de araña poética Francisco Javier Irazoki lo que me subyugó. El retorno a sus versos mercenarios. Zoki, príncipe fugitivo de Troya, o mejor, Héctor devuelto a Troya en brazos de los poetas navarros, me dije a mí mismo.

Esa feliz combinación de agudeza y dulzura en su obra, LOS HOMBRES INTERMITENTES, la punta de plata que me llevó a Zoki y a su mundo hecho del color del lapislázuli.  Dura inteligencia y fragilidad. Atalaje de su carro de guerra el amor al Mundo y el dolor adverso que aún no ha sido expiado. Me entregó a él. Tuve que ir a conocerle en persona, a su casa de París, por poder ver bien quién estaba detrás de esos versos del hombre intermitente. El sustrato propio del Poeta en su hábitat.

Zoki tiene en sus ojos todo el lujo y magnificencia que puede embellecer la vida. Con razón aquella mujer extranjera, hermosa e inteligente, se enamoró de él el mismo día en que le conoció, cuando fue a entrevistarle para su trabajo, para su tesis doctoral.

Luego viene cuando te sientas a leer tranquilo, a oscuras, un día cualquiera en casa, en tu sitio de siempre, -tu crisálida perfecta, que nadie te la quite nunca- ese libro, LOS HOMBRES INTERMITENTES, y se abre una sola puerta en toda la noche. La Puerta de Oro del conocimiento. Y al poco sumerges en una copa de buen vino el collar de perlas de Zoki, para beberlo una vez disueltas.  Y empieza la Ceremonia, el Canto: Amé, fui rechazado y desaparecí...

El poeta navarro, Francisco Javier Irazoki /  París, Mayo 2010  (foto Barbara Loyer)


SOMBRA COMERCIAL

CAMINABA DISTRAÍDO, pero me detuvo la fuerza de una imagen publicitaria. La foto de tamaño natural de una mujer joven que tenía en la mirada un cerco de decrepitud. Detrás de ella se veían los objetos y el ambiente de cualquier escena anodina de la ciudad: quioscos, automóviles, transeúntes, otros anuncios. Miré a mi alrededor y era difícil definir dónde acababan los movimientos vivos de la urbe y dónde empezaba el cartel.
   
Al día siguiente, me obsesionó el retrato de la mujer. Fui al lugar en que se encontraba su fotografía y contemplé sin prisa las formas cubiertas por el vestido de gasa transparente, los labios, los ojos. Me avergoncé de que a su elegancia yo respondiese con mi traje donde se prolongaba el gris perpetuo de este cielo.
   
Repetí las visitas. Casi a diario, al atardecer, me paraba ante la imagen de la chica. Descubrí en ella pequeños detalles que al principio me pasaron inadvertidos. Una noche llegué ojeroso a la cita, y me pareció que el pelo de la mujer estaba algo despeinado, noté arrugada su ropa, vi una levísima mancha en su cintura.
   
Mi aspecto fue empeorando. Como si desease acompañarme en el sufrimiento, la muchacha encerró sus atractivos en el cercado de vejez de los ojos. El humo había ensuciado la copa de vino que levantaban sus manos.
   
Ella transformó el círculo de vejez de la mirada en una cuerda que puso a mi alcance para que subiera al interior del cartel en que se anunciaba. Lo hice y me instalé a sus espaldas.
   
Desde entonces, aunque nadie se fije en mí, soy la sombra de la mujer. Apagadas todas las luces, espero que ella se dé la vuelta y ponga en pie esa sombra. Antes que amanezca y un nuevo caminante quede paralizado delante de la fotografía.



VISITAS DE LA CULPA

NO ES UN LADRÓN ni el hielo que se agrieta, pero me desvelan su ruidos en el tejado.
   
Cuando anochece, una mujer camina sobre nuestros techos de cinc. Con pasos lentos, a veces acelerados por algún acceso de ira, recorre las cubiertas, y sus sonidos regulan mi vigilia. Para los habitantes de las casas contiguas, esos pasos tienen el ritmo sosegador del agua que choca contra un acantilado.
   
De día permanece silenciosa en un escondite. Como a los pájaros, le subimos restos de comida, y yo le echo migas de insomnio. Al alejarnos, vemos su sombra proyectada sobre los adoquines.
   
Desconocemos su rostro y su idioma, y los vecinos la llaman por el nombre de una amante perdida. Esperan su regreso nocturno con mayor esperanza que quienes ofrecen unas flores a los muertos más recordados.



LOS HOMBRES INTERMITENTES


AMÉ, fui rechazado y desaparecí.
   
Me abandonó una mujer que, conforme se despedía, borraba mi cuerpo. Su ausencia me volvió invisible. Acudí al trabajo, donde hice las tareas de costumbre, pero nadie pudo notar mi presencia; entré sin ser visto en los lugares concurridos de siempre. Ningún familiar o conocido sufriría por perderme, porque también mi pasado se evaporó en sus recuerdos. Encontraron mi imagen en los álbumes y sólo distinguieron un fondo de vegetación indefinida. Los amigos se acercaron a mí como si atendieran a un bloque de aire.
   
Mi sufrimiento se apretó en una ráfaga con que tocaba a quienes me habían acompañado antes del eclipse. La soledad era pasar por debajo de aquellas ropas.
   
Años más tarde, quise a otra mujer. Ella retuvo el soplo del que surgieron dos brazos y piernas, unos labios pegados a los suyos. Saqué mis zapatos escondidos detrás de los arbustos, y regresé despacio a las fotografías. Y, cordiales, todos nos miramos envejecidos con naturalidad.



FRANCISCO JAVIER IRAZOKI
Los Hombres Intermitentes
ed. Hiperión, 2006


Francisco Javier Irazoki (Lesaka, Navarra 1954), poeta, narrador y lírico. foto Barbara Loyer

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