La tumba del Apóstol




Creo que aún sigo en estado de trance, después de la experiencia del sábado 15 de Mayo en el Museo Oteiza de Alzuza. La presentación en Navarra del gran poeta Juan Carlos Mestre, hombre moral y digno, maestro y reflejo de maestros de la mejor Poesía. Tal fue el grado de la exaltación de sus versos. Corona de pétalos. La culminación simbólica natural en el proceso creativo de su Obra.


Pero hubo una cosita que se quedó en el tintero: un poema, un extraño poema que Mestre nos recitó, declamó (¡ojo!, no digo "leyó", la poesía no se lee, se recita), un poema que su autor nos presentó como LA TUMBA DEL APOSTOL, y cuyo profundo recitado introdujera –así como también cerrase- con un soniquete de campanas que doblaban por los muertos olvidados de una guerra fratricida y sin sentido que tuvo lugar por esas tierras de dios.


Busqué ese poema por la Red para transcribirlo aquí, en mi pequeño botín del mundo particular, pero no obtuve resultado. La búsqueda se resistía hasta el final. Y mira que a mí en internet no suele haber nada que se me resista: me he convertido en un canino rastreador de google. Y no penséis que me paso horas y horas navegando, no.  Nada más lejos. Es simplemente que le tengo bien cogida la medida a la cosa, y ya no se me escapa nada. Pero este poema de Mestre sí.


Lo busqué de arriba abajo entre todos sus libros, incluso pensando si quizá no hubiera sido escrito en otra época y con otro título. Pero nada. Tampoco aparecía ese extraño y obscuro poema elegiaco que nos paralizó el corazón a todos esa mañana lluviosa en aquella salita tan claustrofóbica en que nos metieron.


Así que ya sólo me quedaba una cosa: pedírselo directamente a Mestre, a su propio autor, al que tuve el placer de conocer aquel día en Alzuza, y con el que intercambié algunas pocas frases de cortesía. Me dije a mí mismo: Juan Carlos Mestre parece una gran persona (lo cual no es muy habitual en el mundillo poético), una persona generosa y con infinita paciencia (estuvo durante una hora de reloj dibujando ilustraciones a color para todo el que quiso acercársele, en cualquier papel que le traían; la gente congregada formaba cola, gente que jamás había leído ni leerá nunca un solo libro de Mestre ni de ningún otro poeta, pero, bueno, esa es otra historia…), un poeta verdadero (no un farsante, como tantos otros con los que uno tropieza por ahí), alguien con aura, como hecho de otra pasta, alguien que se sabe poeta, que entiende muy bien que lo suyo es un Arte, por encima de todo, aunque no quiera reconocerlo. Que sabe perfectamente que  el Arte es largo y la vida breve, como suele decirse.


Así lo hice pues, vía mail. Le pedí que me enviara  por favor LA TUMBA DEL APOSTOL –aquella mañana al final del encuentro me había dado una tarjetilla con su dirección electrónica-. 

Y así lo hizo el buen hombre. Tuvo a bien corresponderme. Me envió el poema en cuestión, adjunto a un mail maravilloso que recibí con alborozo a los días. Un mail repleto de palabras hermosas, insignias, estandartes y cetros. Ahora sé que esas palabras suyas hacia mí no las olvidaré nunca. Están grabadas a fuego en un relieve de la columna de mi vida. Las recordaré siempre. Siempre presentes en mí. No me queda otro remedio, amigos. Pues son, ya, carne de mi carne. Sangre de mi sangre.




LA TUMBA DEL APOSTOL


Esta no es la sabiduría que desciende de arriba
sino la tierra de los bautizados en su propia sangre,
los arrancados del tiempo de los vivos según el Libro de los Hechos:
Santiago el de Zebedeo, hermano del Evangelista,
asesinado hacia el 44 por Herodes Agripa,
Pilar Martínez, soltera, 31 años, costurera, vecina de Luou.
Eduardo Puente, panadero,
encontrado muerto en el lugar llamado La Amanecida.
Jesús Regueiro Bueno, Presidente
del Sindicato de Constructores de Calzado.
En aquellos días, como ovejas llevadas al matadero,
como corderos mudos delante de los trasquiladores,
Juan Jesús González Fernández, 40 años, poeta,
natural de Cuntis, fundador de la Unión Socialista Gallega,
Julio Silva, barbero, y Maximino Martínez, trabajador ferroviario,
un muchacho de Tordola llamado Juan Varela, de 16,
muertos de peritonitis por perforación,
hemorragia interna producida por arma de fuego,
destrucción orgánica del cerebro.
Ciertamente no era esa la sabiduría que desciende de arriba
sobre los testigos de la Transfiguración,
David Mariño, Elías, jornalero, Paulino, mecanógrafo,
Angel Dapena Rozado, viudo, 66 años,
José Pérez, hojalatero, Emilia Sende Monteiro, sirvienta, a los 48.
Ramón el de La Fraternidad y Vicente el fotógrafo,
Jesús, Rodrigo, Manuel del Río, albañil, maestro, barbero,
Amador Prieto de 32 y María Castro, de 27, ambos solteros,
fusilados por decisión del Tribunal Militar de Santiago de Compostela
en julio del 36. En aquel tiempo dijo Santiago, pescador
de Galilea, primogénito de Salomé, llamado por Cristo
hijo del trueno: Podéis atar mis manos
pero no mi bendición y mi lengua.


 JUAN CARLOS MESTRE
LA TUMBA DEL APOSTOL, poema inédito
15 de Mayo de 2010

El poeta Juan Carlos Mestre, con su máquina de pequeñas tristezas

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