Dos paganos reverenciando la Belleza



A los poetas nos gusta beber. Siempre lo digo, alcohol y poesía van de la mano, indisolublemente unidos hasta la gloriosa Derrota final. 

Con mi querídisimo amigo don Luis Miguel Alonso Nájera tengo como buena razón consuetudinaria sentarme a beber, plácidamente sentarme a contemplar el mundo, ese endiablado orden cósmico latente.

Hablamos y hablamos (bueno, en realidad, él habla, yo escucho...) de lo divino y de lo humano; hablar de la vida y filosofar, esa es la única consigna. Como dos paganos que somos, reverenciamos la Belleza... 
 
 *

Me gustaría que abordáramos un tema, querido Luis Miguel, que a mí personalmente me atrae e intriga bastante, me fascina. La homosexualidad en el Arte. ¿Crees que el artista con esta tendencia u opción sexual está capacitado para ir más allá en el territorio del Arte, para atravesar esa última frontera? ¿Es acaso una criatura más especialmente preparada para la creación y la experiencia artística?
Si quisiera responderte del modo más breve posible, te diría que, francamente, no lo sé. Un dato repetido con frecuencia es que el porcentaje de personas homosexuales oscila en torno al 5% de la población; entiendo que aquí no están incluidos los casos de bisexualidad en mayor o menor medida, y que lógicamente aumentarían esta proporción. Cuando uno frecuenta el mundo de las artes plásticas e interpretativas, tendrá quizá la percepción de que la cifra mencionada se quede algo corta. También es cierto que no tenemos estadísticas fiables sobre cuántas personas homosexuales hay dentro del gremio de los fontaneros o los meteorólogos...


Pero bien sabes que esto de la respuesta breve no es lo mío, por el momento, así que iremos un poco más allá. Todo creador de arte debe tener un repertorio previo y amplio de emociones, materia prima para seleccionar, modelar y procesar poco a poco mediante la alquimia que tan sólo él puede manejar. Es necesario amar y haber amado, gozado y sufrido en muchos órdenes de la vida para que ese archivo emocional interior sea muy rico y variado. Es necesario disponer de una sensibilidad intensa, matizada y sin el menor pudor, para reconocer y vibrar ante la Belleza, doquiera se halle. Y finalmente, es imprescindible disponer de ese mecanismo mágico que puede transformar todo esto en arte escrito, volumétrico, interpretativo.

¿Sucede acaso que las personas homosexuales disponen en mayor medida que las heterosexuales de todos estos factores? Vuelvo a remitirme a mi primera afirmación, la duda razonada. Creo que existen personas con una u otra orientación erótica -el término "opción" me parece un absurdo, no se opta en esto, se nace ya con la opción marcada, aunque esté más o menos oculta- y cuya vida y recursos interiores les permite desarrollarse como artistas de muy diversa categoría. Si repasamos las biogafías de los grandes compositores -por seguir dentro del mundo de la música-, el único claramente homosexual fue Chaikovski, y es bien conocido el martirio que para él supuso un matrimonio forzado para cubrir apariencias. También es cierto que, salvo en períodos muy concretos de la historia, siempre fue bastante peligroso mostrar públicamente una orientación sexual diferente de la única socialmente aprobada. Por tanto, la información histórica de que disponemos es, cuando menos, limitada en este aspecto.

Para complicar aún más la cuestión, nos encontramos con una historia del arte cuyos protagonistas han sido los varones en un altísimo porcentaje.

Está claro que una causa fundamental de ello ha sido la estructura social dominante, en la que la mujer estuvo casi siempre obligada a adoptar un papel secundario.

He conocido a personas de una u otra orientación que tenían esa especial inclinación artística, lo cual no siempre ha coincidido con el planteamiento que sugieres en tu pregunta. También las he conocido en ambos campos con una tosquedad vital soberana. Personalmente, veo más cercana la capacidad de atravesar fronteras en el arte- no sé si incluso esa última que comentas- en aquéllos cuya vida interior se encuentre en constante ebullición, sin límites sensibles ni reparos ante las propuestas que su imaginación desarrolle. ¿Coincide esto con más frecuencia en las personas homosexuales...? En algunos casos puede que sí, pero tengo la sensación que es más por la educación recibida desde niños a lo largo de los siglos, mediante la cual debían quedar muy claros los roles masculinos y femeninos. El homosexual puede vivir interiormente una transgresión emocional sobre los modelos establecidos que le ayude -insisto, en algunos casos- a extenderse en la componente dionisíaca del arte. El heterosexual, por su parte, es quizá quien necesita "liberarse" en bastantes casos para permitir que su sensibilidad pueda vivir sin tapujos el proceso del reconocimiento de las emociones humanas y lo que pueda construir a partir de ellas.

Háblame de tus viajes a Italia, Luismi, país al que siempre que puedes vuelves, por motivos de trabajo o por placer, país del que se podría decir que eres un adicto, un "enfermo" de Italia. ¿Qué has encontrado allí que siempre vuelves? ¿acaso el Amor, así con mayúsculas? ¿Qué te hace sentir Italia? Tu siempre sueles decir que si te dieran a elegir un momento de la Historia al que te gustaría volver, sin dudarlo elegirías la antigua Roma, porque, según dices, tú eres romano...

Sí, al pensar en todo lo que significa Italia para mí creo que podría parafrasear a Calixto en su pasión por Melibea, cambiando el sujeto correspondiente. Imagino que todos, con el paso del tiempo, vamos encontrando pistas de lo que somos, del origen existencial del que venimos. 

Luis Miguel Alonso, paseando por el Teatro Romano de Túnez; hasta ahí llegó el Imperio
Puede que la vida sea, en parte, un reencuentro con las raíces de las que un día nos despegamos para echar a andar. Por ello, uno siente a veces la felicidad que vive el caminante perdido cuando encuentra una señal que le indica el lugar en el que está, y la distancia que resta hasta llegar a su destino.

Italia es para mí todo eso, y aún más. Llevo mucho años reconociéndome en su historia, en la exuberancia del arte incesante, en la luz de su música que rivaliza con el sol mediterráneo, en el paisaje que enmarca toda esta bacanal de los sentidos. Está claro que vivimos en un mundo lleno de culturas, estilos, paisajes vitales. Cada persona va encontrando referentes antes o después, quizá alguno los sienta familiares desde que tiene uso de razón. Y son llamadas de atención que se traducen también -se me ocurre- en una vocación profesional, en la afinidad hacia ciertos alimentos, o en cualquier otro registro humano que podamos pensar. Por mi parte, hubo un momento -varios, quizá- en el que descubrí mi "patria cultural" en la intensidad lírica de Puccini, en la salvaje policromía de los mármoles de Roma, en los perfiles abigarrados de la Toscana, en el juego ambiguo y magistral de la escritura de "El Gatopardo", en la Italia cantada, construida y escrita, por resumir tanta admiración. Descubierto semejante vínculo, volveré una y otra vez a lo largo de mi vida para seguir empapándome de la savia que transita por sus raíces, porque ya no tengo duda de que pertenezco a tales tierras.

No habría estado mal ser un alto dignatario en el segundo siglo de la Roma imperial, por ejemplo, o bien artista itinerante en las cortes urbanas del s. XVI, o en la Florencia intelectual que alumbró el nacimiento de la ópera.... Eso sí, siempre en posición acomodada, seamos claros, que el mundo de las penurias es una patria demasiado cruel en su extensión como para adherirse libremente a ella.

Pero también he conocido la Italia que no ha sabido mantener en sus ciudades la grandeza que trazaron sus tribunos, y me he lamentado ante la mediocridad extendida en arrabales urbanos. En cualquier caso, como todos podemos elegir los materiales para la construcción de esta patria moral en que cada uno quiera vivir, me quedo con la selección áulica de lo ya citado y tantos otros ejemplos que llevo dentro, para que hasta la última piedra de esta Italia que amo reluzca en todo atardecer.

Y volviendo al tema de la Ópera, ¿qué me dices de los textos de los libretos? ¿hay ahí poesía por algún lado? ¿crees que está la poesía presente de alguna manera en la Ópera? Ah, y háblame también de los libretistas, son unos personajes curiosos, ¿qué eran? ¿poetas? ¿o eran más bien una especie de “guionistas de cine” de la época?

Una historia tan larga y densa como la de la ópera -que aún no ha acabado, aunque sí parece haber dejado atrás su mayor esplendor- ha vivido fases muy diversas, también en lo referente a la importancia del texto y del autor del mismo en cada caso.

La ópera nace de un cierto "error" histórico, de la mano de un grupo de intelectuales florentinos que deseaban volver a poner en escena de modo fidedigno las antiguas tragedias griegas, que se suponía eran cantadas en su mayor parte y con acompañamiento instrumental. Por tanto, el comienzo del género, aunque luego tomara vida propia y fuera por otros derroteros, tuvo un claro soporte literario y, por supuesto, poético. La música escrita para la representación de estas tragedias -"Euridice" de Peri pudo ser la segunda estrenada y primera de la cual se conserva la partitura- estaba concebida como un acompañamiento del recitado de solistas y coro, pecando de cierta monotonía para nuestra percepción actual. Esta intención arqueológica inicial dio paso rápidamente a un nuevo género en el que era la música el elemento principal y factor decisivo para el éxito o fracaso de cada nueva obra compuesta. Monteverdi fue el inmediato seguidor de la Camerata Florentina, pero su música no sólo enfatizaba las intenciones del texto previo, sino que asumía un protagonismo "emocional" a la hora de transmitir a los espectadores la evolución argumental de la ópera.

A los largo de los siglos XVII y XVIII los libretistas tuvieron aún un peso importante dentro de la composición operística, y autores literarios como Pietro Metastasio fueron requeridos por los principales compositores del momento -Pergolesi, Scarlatti, Marcello y tantos otros- para escribir un nuevo libreto que dira soporte argumental a la ópera que se disponían a componer. En el caso de Metastasio, la fama de varios de sus textos hizo que fueran aprovechados por más de un compositor. Hubo en el siglo XVIII algún otro libretista de renombre, entre los que destaca Lorenzo da Ponte, asociado a la inmortalidad junto a Mozart por la famosa trilogía operística en que ambos colaboraron.


Sin embargo, la evolución del género llevó al predominio definitivo de la música como estructura fundamental de cada nueva ópera, lo que no quita para que algunas fracasaran por su endeblez literaria y argumental, a pesar de la notable partitura que podían contener. Es el compositor, aproximadamente a partir del período mozartiano, quien procura dictar los derroteros de la disposición argumental y hasta de la intención y matices de cada frase. Lógicamente, la mayor fama y prestigio del autor -Verdi es un ejemplo evidente de ello- llevaban pareja la capacidad de decisión e influencia sobre el respectivo libretista. El período posterior a Verdi, el Verismo, supuso una revitalización del texto como parte fundamental de la ópera.

Así, el libretista ha tenido influencia desigual, aceptando siempre que la ópera se ha desarrollado según el criterio "prima la musica e poi le parole". Por supuesto que hay poesía -siempre de muy diferente calidad- en los libretos operísticos, si bien está claro que su permamencia en la ópera está ligada indisolublemente a la frase musical a la que sirven. El caudal de emociones que seguimos reviviendo los amantes del género está sólidamente apoyado en el vigor musical y armónico, a pesar de que, en algunos casos, esté enlazado con un endeble libreto (estoy pensando en "I puritani" de Bellini, una de mis óperas favoritas). Sin embargo, cuando ambos componentes se complementan mutuamente dentro de una calidad notable -Puccini es ejemplo destacado de ello-, la ópera se superpone a sí misma y se convierte por méritos propios en la "obra de arte total

Me gustaría que me hablaras ahora de un tema que a mí personalmente me interesa mucho, me fascina. El mundo de las envidias y los egos desorbitados que se dan, tú sabes bien, en todas aquellas actividades que conllevan la creación artística. Es algo que yo he visto muy bien con mis propios ojos -porque me ha tocado muchas veces sufrirlo- en el mundillo de la poesía: las envidias manifiestas entre poetas, las zancadillas, los rencores, las vanidades descontroladas y, en la mayoría de los casos, injustificadas. Es algo que en la Música y, por supuesto, en la Ópera se ha de dar igual, sin duda. Y hasta es posible que también en arquitectura, un mundo que tú, Luismi, sí dominas bien...

También este tema me resulta muy interesante, pero con un enfoque algo diferente. Creo que podemos entrar en él analizando la relación entre el quehacer artístico y la condición humana. Está claro que toda actividad humana "legal" está encaminada -o debería estarlo- a mejorar las condiciones materiales y espirituales propias y ajenas. Ahora bien, dentro de ellas se encuentran las que, por su propia naturaleza, tienen una incidencia más directa en el crecimiento personal. Podríamos hablar fundamentalmente de las relacionadas con la medicina, psicología, arquitectura, el arte en general.

Hace bastantes años, cuando aún sabía bastante poco poco de la vida, pensaba ingenuamente que debía existir una coherencia natural entre determinados caminos profesionales y la integridad personal respectiva. Es decir, creía fuera de duda que un gran intérprete musical, un artista del tipo que fuera, una persona dedicada a mejorar la vida humana en cualquiera de sus órdenes, sería además honesta, generosa, razonable. Más concretamente dentro del campo artístico, creía en la correspondencia entre un destacado protagonismo artístico y, por ejemplo, algo tan prosaico como la forma de vestir o la higiene personal.

El aprendizaje diario me fue haciendo ver la realidad, y aprendí poco a poco la complejidad y contradicción propias de nuestra esencia.

Funcionamos vitalmente a través de una serie de compartimentos estancos, de modo que vemos a personalidades destacadas en su campo profesional propio, y que a la vez pueden ser perfectamente gente mezquina, traidora, inestable emocionalmente, incoherente en sus gustos... o no. Por tanto, y a la luz del conocimiento de nuestra condición humana, será frecuente que un destacado creador artístico pueda -o no- consumirse de celos al contemplar la obra de otro, ser un tacaño o descuidar sus relaciones personales. Así es la humanidad, y comprenderlo y aceptarlo nos aportará unas cuantas horas de tranquilidad.


En el análisis artístico hay componentes racionales, emocionales, y subjetivos. La profunda y personal visceralidad de éstos últimos hace que siempre pueda ser discutida la calidad de determinado poema, escultura, composición musical. Creo que existen unas líneas bastante generales que separan los resultados deficientes, correctos y buenos, aunque ni siquiera me pondría de acuerdo con algunos autores en su trazado.

A la vista de todo ello, creo que la única rivalidad decente es la que uno debería mantener con su propio poema anterior, con la última canción compuesta, con el último edificio proyectado. Este tiempo empleado en rencores, vanidades, zancadillas, es tiempo estéril y perdido, porque jamás se llegará -por la propia naturaleza del arte y los artistas- a la objetivación jerárquica de las obras creadas. Suelo sonreir cuando leo cosas como " fulanito es el mejor tenor del mundo" o sandeces parecidas.

No hay como enfrentarse al propio recorrido para ver todo lo que aún tenemos por hacer quienes queremos vivir en la labor artística. Es también muy sano estudiar el trabajo ajeno, pero ello debería ser para seguir aprendiendo sin reparos de quienes que caminan a la par.

Quiero que me hables de un tema delicado: Tu relación con la poesía. Un tema polémico donde los haya, porque la poesía siempre toca cuestiones íntimas, roza -cuando no invade de lleno- ese último reducto de una intimidad que ha de ser infranqueable. Tú me has dicho en más de una ocasión: "Alfredo, yo me siento poeta". Tú sabes que para mí ser poeta no es sólo escribir versos. Yo entiendo que debe existir por parte del escribidor de versos un compromiso literario. Un ir más allá. Un no quedarse sólo nunca en el mero ejercicio de la vanidad, de la cura de dolores, de la expiación de culpas, que muchas veces supone esa escritura.

Creo que uno ha de escribir siempre con la intención última de medirse con sus maestros; ojo, no de imitarlos, sino de medirse con ellos. Uno ha de intentar siempre crear Literatura, ha de aspirar a eso. No debe utilizarse nunca la poesía como vehículo para canalizar y extrapolar los egos humanos. ¿Qué me dices de todo esto? ¿Qué supone para ti la poesía? ¿cuál es la razón última que te impulsa a escribirla?

No creo que éste sea un tema más delicado que otros que hemos tratado hasta ahora. Te diré que la primera actividad artística que tuve en mi vida fue precisamente la poesía. No recuerdo la edad exacta, pero allá por los diez años escribí el primer poema que recuerdo, dedicado a Zaragoza (no sé por qué me dio por ahí). Además de ello, la tendencia natural a escribir historias, a disertar sobre lo que fuera -guardo como un tesoro mi cuaderno de redacciones de 1º de bachiller de entonces- me ha acompañado desde entonces. Más tarde llegarían la arquitectura, la música...

No sé por qué empecé a escribir, supongo que fue pura necesidad visceral de expresión, por el placer que produce elaborar un cosmos literario. Amo el idioma, sus inmensas posibilidades descriptivas y constructivas. Y me siento poeta porque escribo poesía, con menos frecuencia de la que quisiera, pero creo que con resultados más que discretos, generalmente.

Por supuesto que la poesía, para ser digna de tal nombre en mayúsculas, debe estar escrita con oficio notable y con inspiración nacida en las últimas fronteras que mencionas. Ahora bien, en cuanto al compromiso literario y demás argumentos que expones como imprescindibles para que el poeta pueda ser llamado así, te diré lo siguiente:

Creo en la desnudez artística, en el valor intemporal -y me remito a mis primeras respuestas- como elemento fundamental de toda creación sensible.


Por tanto, me dan exactamente igual los motivos que uno haya tenido para escribir, componer o proyectar. Allá cada uno si utiliza el arte para ventilar y extrapolar su ego, para satisfacer bajos instintos, para lo que sea. Si penalizáramos las obras de arte nacidas -por ejemplo- para canalizar un conflicto emocional, podríamos cargarnos de un plumazo "Tristán e Isolda" de Wagner, ópera en la que su autor sublimó el sufrimiento vivido en la inmensa pasión que sentía hacia Matilde Wesendonck, esposa de un entrañable amigo suyo. Este es un caso clarísimo de alguien que -recordando tu comentario- no se quedó en la mera cura de dolores.

A partir de esto, será muy conveniente conocer luego las circunstancias personales del autor, de su momento histórico, de sus vicisitudes personales, proque todo ello enriquecerá la visión del conjunto. Pero si nada de esto fuera conocido, la obra debe defenderse -y triunfar- por sí misma, sin otra ayuda que su propia esencia.

Es evidente que no basta sólo con una pasión desbordante, porque eso lo ha sentido cualquier ser humano. Hacen falta talento, oficio, inspiración y alquimia, como ya te dije antes. Por tanto, si una obra de arte está impulsada por vivir en el dolor, la pasión, el desenfreno o el recogimiento monacal, es algo que no debería importar. Nada de esto cuenta a la hora de la verdad, tan sólo la fuerza interior que atraviesa el tiempo e incorpora lo creado al gran museo del clasicismo, entendido éste como el inmenso legado que se viene construyendo desde Altamira. En fin, creo en un sano "maquiavelismo" como principio fundamental del resultado artístico.

Y tampoco pienso que la producción deba ser obligatoriamente continua.

Esto sería maravilloso si uno fuera Mozart, por ejemplo. Bastan unos pocos ejemplos grandes para que el autor sea llamado artista.

Tampoco tengo claro que uno haya de medirse con sus maestros. Creo más bien, como te decía en mi respuesta anterior, que el único debate interesante que valoro es el que el autor lleva a cabo con la propia trayectoria, con su evolución personal. Está claro que es necesario y sano conocer el entorno, aprender siempre de todo y de todos, vivir en el momento histórico que a cada uno le ha correspondido. Pero si mis maestros son Lope, Shakespeare, Góngora, Moreto, Lorca, Salinas y un larguísimo etcétera, no puedo jugar una partida múltiple de ajedrez con cada uno de ellos, sino continuar aprendiendo de su obra y enfrentarme a solas con la mía. Eso sí -y aquí coincido plenamente contigo-, siempre con la aspiración gozosa de crear Literatura.

 Luis Miguel Alonso Nájera, refinado contertulio en el perpetuo Combate

Publicar un comentario

  © Blogger template Shush by Ourblogtemplates.com 2009

Back to TOP