Días en la Isla II


Fue uno de los primeros y mejores placeres que probé al llegar a la isla: pasear por las solitarias y siempre sorprendentes calles de la ciudad alta, perderme sin rumbo fijo en el laberinto de piedra, contemplar el mar desde los diferentes ángulos que nos proporcionan los baluartes. Cuando precisamente entonces -hace unos doce años- Dalt Vila era abandonada y se comenzaba a hablar del peligro que suponía extraviarse por sus calles, me agradaban las mañanas y los atardeceres en sus rincones más apartados.

Me atraía, sobre todo, el carácter fundacional de la ciudad. La arqueología va desvelando muchos de los misterios de la Isla, pero poco sabemos aún de la primitiva Ebusus. Algún día, una cata nos permitirá saber algo más de la situación y distribución del antiguo enclave. Sin embargo, la ciudad conserva todavía la que pudiéramos considerar su configuración histórica: arriba el templo, que antes pudo ser mezquita y, mucho antes, templo púnico. A su lado, el castillo, que tendría igualmente precedentes militares. Luego, las casas palaciegas dentro del primer cerco murado y, más abajo, el resto de la población. La Marina gozaba, al fin, de la proximidad del mar y sus gentes buscaban en éste su vida y sus sueños.

Este tipo de configuración se repite en todos los enclaves de marcado signo histórico y es, en buena medida, un buen reflejo de la primitiva distribución de los poderes. Hoy los tiempos han cambiado, también ha cambiado el concepto de seguridad, y resulta paradójico que los lugares más habitados y visitados sean precisamente los más distantes de la cima de la ciudad. Quizá por ese recorrido secreto entre las viejas piedras, la soledad se aviva y las gentes no quieren verse reflejadas en el "espejo" del pasado.


Afortunadamente, Dalt Vila  no ha muerto de una forma definitiva gracias a la cultura. Y es extraño que así haya sido cuando los valores culturales de la isla -en contraposición con los económicos- han resultado tan dañados. Hoy subimos a Dalt Vila para visitar el Museo Arqueológico, para asistir a un concierto en Santo Domingo o para contemplar una exposición en la Galería Karl van der Voort. Otras veces, llevamos a algún visitante hasta alguna tienda de cerámica, o simplemente vamos para demorarnos contemplando el mar desde la altura.

Me parece significativo que en unos momentos en que la vieja urbe se abandona y degrada sea, como digo, la cultura la que mantiene en ella la vida. Esto viene a probar que ésta cumple todavía una función social, salvadora, de primerísima importancia. El pasado y la creación artística, con sus piedras, sus notas y sus cuadros, constituyen las coordenadas de esa salvación que todos deseamos para Dalt Vila, un espacio que tendría que ser revitalizado en todos y en cada uno de sus detalles.

No ha tenido mucho eco el aniversario de la construcción de las murallas de la ciudad, sin ninguna duda el primer monumento histórico-artístico de la isla y uno de los más notables -no exagero- del ámbito mediterráneo. Todavía recuerdo el entusiasmo que Rafael Alberti mostraba al recorrer esos baluartes espléndidos, llenos de utilidad en un tiempo, fuente de belleza en el presente. Alberti valoraba precisamente estos muros al compararlos con los de otras ciudadelas del Mediterráneo.


Alfredo Rodríguez, Ibiza, Julio 2009
Un extraño atardecer en Dalt Vila

Pero Dalt Vila es mucho más que sus murallas: es como la apretada síntesis de la memoria de un pueblo. Paseaba yo entonces acompañado de algún texto de autores ibicencos -Vidal Llaser, Villangómez, Fajarnés, Jean Serra- y paseo ahora buscando el ensueño que entonces me producía la ciudad. ¿Me lo produce aún? Yo creo que sí. No he caído todavía en la psicosis que producen los peligros y abandonos que se han adueñado de sus callejas. Sigo acudiendo a Dalt Vila. Y ella me sigue entregando lo mejor de la esencia de esta tierra; esta tierra que es como una moneda antiquísima y borrosa. En una de sus caras se ve el perfil inconfundible de esta solitaria Dalt Vila. En el otro, ese interior agrario -todavía no contaminado- del centro de la isla sobre el que escribía páginas atrás.

 Alfredo Rodríguez y Antonio Colinas, 
tras una emocionada firma de libros en LA VENTANA, nuestro hotelito con encanto en Sa Carrosa, Dalt Vila, 
Ibiza, Verano, 2008

Los libros que he escrito sobre esta antigua ciudad -IBIZA, LA NAVE DE PIEDRA, IBIZA Y FORMENTERA, DOS SÍMBOLOS e IBIZA (este último con prólogo de Concha García Campoy, amiga de los primeros días isleños), han salvado en mí tantas y tantas horas de secretos paseos por sus calles, plazas y baluartes.


Antonio Colinas, de paseo por Dalt Vila, Portal de Ses Taules
Ibiza, Marzo 2010


Antonio Colinas
"Pasear por Dalt Vila"
LOS DÍAS EN LA ISLA
ed. Huerga & Fierro, 2004

Publicar un comentario

  © Blogger template Shush by Ourblogtemplates.com 2009

Back to TOP