Días de Hospital II



En aquellos ya lejanos días de hospital que olvidar no puedo, días extraños en la agreste cueva de los moribundos -no es broma, no, sentir morir a un par de hombres apenas a unos metros de ti-, en el pozo negro de la vida con su empuje lento pero arrollador, durante largas noches de insomnio, los poemas, apenas interrumpidos por conversaciones entre hermanos, volvían a mí. De muchas formas, en el mayor de los secretos, volvían a mí. 

Porque no se habían ido, nunca se fueron del todo, volvían una y otra vez en las horas de la noche a mí. Yo iba midiendo para adentro sus sílabas, sus versos, sin tener mucha idea de lo que bien hacía. Eran poemas que ya estaban escritos, esbozados antes del ingreso, el eterno ingreso. Que fueron pulidos y tamizados en el vientre hueco de ese mes vacío de mi vida, campaban por sus respetos sin el pincel y sin la pluma, pero amarrados a mi mente, a mi memoria que tomaba conciencia de la deuda que se le entregaba.

Aquellos médicos -aquel laureado y distinguido equipo de brillantes nefrólogos-  que decían las cosas a las claras, sin rodeos ni delicadezas, escribían sus negros informes día a día, páginas y páginas ocultas para este dietario del indomable. Decían de este poeta muchas cosas. Cosas que no pueden ser reproducidas aquí.  No sería de muy buen gusto, claro.... 
Pero hubo una palabra en esos informes que al tiempo llamó mi atención, cuando ya pude leerlos por mí mismo desde la distancia: "desadaptación". Sí, eso era, decían que sufría, entre otras cosas varias, desadaptación. "Desadaptación al mundo", pensé inmediatamente yo. Pues eso era lo que sufríamos los poetas de todos los tiempos: Desadaptación al mundo. Ni más ni menos. Una manera agradable de vivir, sin duda.

Ahora creo que esos médicos eran hombres y mújeres disfrazados de sátiros y advocados a divinidades infernales. Y a mí, como si de un drama griego se tratase, me esperaba la muerte ritual gloriosa en combate. Su inclinación noble y generosa. Imago hominis. La comunión de sentimientos entregada en el poema. El viaje alucinante de la Poesía, maravilloso ritual de combatir desnudo, antorcha perenne del renacer a la vida.

El viaje alucinante de la Poesía


***


    ¿Qué es lo que nos atrae y nos turba en este libro de poemas de Alfredo Rodríguez? No sabríamos decirlo, porque, ante todo, viene a nuestros labios una palabra: autenticidad. Pero, sin embargo, nos seguimos repitiendo interiormente esa pregunta, ahondamos en la lectura para dar con una cultura fértil y muy bien asumida, con el tema amoroso expresado con una claridad directa de la que emana una luz sabia. Acaso tiemblen en estos versos sutiles resonancias de Oriente, huellas imborrables de un modo de concebir la realidad poética sin artificios ni aderezos. 

    Al referirme a estas posibles claves del libro me estoy refiriendo, sí, a una tradición, a una estética en la que Alfredo se inscribe, pero que nunca revela influencias fáciles, gratuitas. Y ello es así porque es en realidad la vida la que tiembla en estos poemas, una serenidad expresiva que cautiva al lector revelada bien a través de esa experiencia de ser, bien de leves anécdotas. 

    “Jardín de las estatuas”, “Locura, ciégame”, “Era la hora de laudes”... Abrimos aquí y allá el libro y la poesía se descubre en expresiones que fulguran, pero también en simples palabras que transmiten símbolos de una gran intemporalidad. Por eso también en este libro la poesía es palabra que no pasa, tiempo detenido, acabada expresión de lo bello y de lo verdadero.

ANTONIO COLINAS
Salamanca, febrero de 2010



    Este Ritual de Combatir Desnudo no es sino un acto de fe, un acto de amor a la propia Poesía, una entrega total a la terrible hermosura de la Poesía y a su Eterno Femenino, la que aparece en los versos de este libro personificada, bien en una diosa antigua con la que soñamos, bien en una mujer de armas tomar que nos complica la vida. 
    Alfredo Rodríguez toma prestado para sí diferentes resortes y engranajes pertenecientes a la tradición cultural, que queda aprehendida aquí como algo vivo, algo al alcance, algo útil. La Belleza se convierte así para el poeta en un camino, quizás el único, hacia la parte desconocida de nuestro ser, hacia aquello que nos excede. Con un sentido rítmico del verso, musical —sin el cual no hay poesía—, y una incursión sencilla en el espacio de la métrica, los poemas se van sucediendo “en serie” hasta el final, logrando una unidad en el monólogo dramático, una proyección en el imaginario histórico y un lenguaje extremo.

*

EN LA ISLA DE ESCIROS


SI persigo con voluntad profunda
a Ésta que nunca me tilda de ingrato
de mi fama depredadora huyo,
no tengo otro horizonte que el combate,
de las parias pagadas no respondo
—ni al pago de los diezmos—,
marcho con Ella feliz al destierro,
y es, a un tiempo, mi adorno y atavío;
se convierte en mi presa codiciada,
mi bautismo del fuego y del espíritu,
consciente del quebranto
no reconozco amigos ni aliados;
como quien no necesita escribir
ningún texto sagrado
ya que en su Memoria está escrito todo,
en Ella debo entrar a sangre y fuego
y me toca cumplir ese destino



RITUAL DE COMBATIR DESNUDO
Alfredo Rodríguez
ed. Huerga & Fierro, Madrid 2010

© Carmen Marí
Alfredo Rodríguez (Pamplona, 1969)
 RITUAL DE COMBATIR DESNUDO (ed. Huerga & Fierro, 2010) será presentado, con don Iñigo Fernández Arrarás asistiendo como maestro de ceremonias, el viernes 28 de Mayo en la librería Auzolan de Pamplona.

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