un best-seller en Poesía



-Usted ha traducido a muchos poetas y novelistas, como Kavafis, Stevenson, François Villon o Maiakovski, (alguna de esas traducciones, como la de la obra poética de Kavafis han llegado a ser casi best sellers), y sobre esas traducciones usted ha dicho: “Las traducciones son obras que yo he hecho para mí; he aprendido mucho traduciéndolas. Están ya en mi sangre”. Hábleme de esta cuestión. Yo sé que tiene una opinión negativa sobre las traducciones en España. Ha dicho en alguna ocasión “La bajeza de las traducciones en España es un problema enorme”.  Incluso ha llegado a decir que algunas traducciones que han llegado a sus manos son “de juzgado de guardia”.
-El problema de muchísimas traducciones al español es un problema de incultura del traductor; te das cuenta de que no sabe nada de nada. Y está también esa tendencia, que podemos llamar “académica”, nefasta, de la literalidad, y la obsesión de la información, esas absurdas notas a pie de página. Yo siempre he traducido por amor, y desde luego he traducido para mí, para mi uso, para aprender. Hay versiones mías, como las de Maiakovski o alguna de Li Pao, sin saber ni palabra de ruso o chino, ese chino, además. Las he hecho trabajando con quien sí sabía, como Nastia Agariskeva. El Hölderlin mio, aunque sé un poco, muy poco, de alemán, le debe todo a Txaro Santoro, que no sólo sabe un alemán excelente sino que además tiene lo que hay que tener para traducir bien, oído, sentido poético. La traducción de Kavafis la hice con una amiga, aunque esa sí es más mía. O, bueno, sí, es absolutamente mía.

Esta versión del poeta griego de Alejandría Konstantino Kavafis, 
realizada por José María Álvarez es la preferida de los lectores 
y ha sido reeditada en numerosas ocasiones.

-Conoce usted, supongo, la traducción de Kavafis que hizo Ramón Irigoyen. Hay quien dice que es mejor que la suya —yo lo dudo, “su” Kavafis es muy bueno—, porque está hecha directamente del griego... Además cuando se traduce un libro de poesía creo que convenimos en que se está creando necesariamente una obra nueva, porque la poesía yo diría que es intraducible ¿no le parece? Y en cualquier caso ha de ser un poeta quien la haga.
-Ya ve, yo siempre he pensado que fui excesivamente “literal” en ese Kavafis. Procuraré cambiar algunos versos cuando se reedite. Desde luego, una traducción es un libro nuevo. “Es” ese poeta, en otra lengua, a través de otro poeta, y en otro tiempo, y esto último tiene su importancia. La traducción de Irigoyen desde luego, y sin duda, creo que es “menos” Kavafis que la mía.
-Sé que ha viajado usted en varias ocasiones a Alejandría. ¿Ha encontrado usted en Alejandría la sombra de Kavafis?
-Bueno... Sí, claro. Pero la relación de Kavafis con Alejandría también fue extraña. Tenía un círculo muy reducido. Y lo que a mí me interesa de él está en los poemas. Y lo que puedo buscar es lo que constituye la sangre de esos poemas. Los magníficos poemas de Deseo, de exaltación de la sexualidad. Me interesa imaginar cuando pasa alguien, si esa belleza lo hubiera atraído. Esos cuerpos jóvenes que llevaba a aquella habitación que había alquilado en la vieja rue Anastasi, en el cruce con la Attarine —hoy Alejandría le ha puesto otros nombres, pero sigue igual de miserable, de sórdida. De esos encuentros nacían poemas, luego serían aquel rostro en un espejo, o Miris, o el artista joven de veinticuatro años, o Mebes, o Tamide, o la acuarela de aquel libro... aquel cuerpo de una noche. Me interesa, amo lo que pueda quedar de lo que a él le hacía dichoso. Miro esa fachada y me emociona pensar que ahí fue feliz, ahí gozó. Es ahí donde quizá lo encuentro más. No en el Cecil, ni con siete copas encima por Tawfik o los garitos de Midan el-Gumbriye o Salah Salem, ni en el Epollon, ni en los cuerpos que esperan en los jardines de El-Muntazah. Ni siquiera en la que fue su casa, y luego la pensión Amir y ahora otra vez su casa y su museo, en la destartalada Lepsius. Sí, puede que ahí, en ese cuartucho, esté la sombra de Kavafis.


-En su CUARTETO DE ALEJANDRÍA, saga de novelas que usted sin duda ama, Lawrence Durrell describe una Alejandría, una ciudad canalla, que nada tiene que ver con la actual. ¿Vivió usted también en su juventud su particular “Alejandría”? ¿quizá en una ciudad como Barcelona?
Era un mundo muy parecido. Alejandría y Barcelona hirviendo en el Mediterráneo, ciudades las dos muy viciosas y secretas. Igual los personajes. Yo tuve relaciones como las de Darley, con una Justine, tan letal como la del libro. Alberto Viertel era un hombre a lo Pursewarden. Hasta teníamos, salvo que no afeitaba a los muertos, nuestro Mnemjiam. Y desde luego a Balthazar, y a Melissa… bueno, hubo dos Melissas; y a Pombal. Nuestro Nessim no era banquero, aunque sí muy rico. No nos faltaba ni Scobie. ¿Y Capodistria? Hasta era físicamente como describe Durrell a su personaje. Faltaban la madre de Nessim y la hermana de Pursewarden. Aunque si lo pienso bien, hermana de Pursewarden sí que tuvimos. ¿Sabe quién podría contarle muchas cosas de todo aquello?: Alejo Vidal Quadras, uno de mis más viejos amigos y el más antiguo de Viertel. Mi historia con esa Justine sucedió en Barcelona y en Cadaqués. Su marido era un buen tipo, que se suicidó. Esa relación dañó considerablemente mi primer matrimonio. Además, era increíble, porque en aquel mundo nuestro, de repente cayó, como el hacha de Kafka, el CUARTETO. Y para qué contarle…
Lo que nunca tuvimos fue una Clea.
-¿Sigue pensando que EL CUARTETO DE ALEJANDRÍA es una gran novela?
Por supuesto. La he releído no hace mucho. Cada vez me parece mejor. Debo haberla leído seis o siete veces. Desgraciadamente no pude conocer en persona a Durrell, que era un buen tipo. Y eso que vino a veces a la Shakespeare; incluso hay una fotografía con Sylvia de muy niña sentada en sus rodillas. Pero nunca coincidimos.
  


  
SOBRE KAVAFIS
Intervención de José María Álvarez  en el coloquio sobre el poeta Konstantino Kavafis. Centro Andaluz de las  Letras de Almería.
Programa “Tardes Con Las Letras”
17 De Abril De 2008.

La Alejandría que vive Kavafis es todavía una Alejandría que permitía ese mundo que a él le gustaba tanto. Un mundo muy variado, donde todas las razas, las lenguas, los vicios y las virtudes tenían lugar. Eso ha vivido sus finales, porque evidentemente hoy la ciudad..., incluso la de Durrell, porque Durrell, sobre la época que él cuenta, ya inventa un poco, se deja llevar de la leyenda un poco, porque ya no era exactamente así. Yo he estado muchas veces en Alejandría y he ido viendo, ya desde la primera, que no era la ciudad esplendorosa en ese sentido, aunque a mí es una ciudad que adoro, pero ahora es una ciudad árabe, donde ha desaparecido la variedad, donde después de todo el proceso de Nasser, incluso las minorías fueron aniquiladas y donde, bueno, pues queda el color, queda la belleza, queda el vicio, pero de otra manera. Una vez, en un bar, el Elite, a donde él iba mucho a comer, estuve con un camarero que debía tener ochenta años, que yo siempre tuve la sensación, porque aún había en él algo hermoso, que había sido un amante muy joven de la vejez de Kavafis.
Voy a hablar algo más sobre mi relación con Kavafis. Yo tenía unos veinte años cuando un día en una vieja librería cercana al Luxemburgo, quizá fuera Maspero, o por ahí, encontré de pronto un librito con un retrato de un poeta que yo desconocía, en la portada, con su gafas, esas que luego lo han hecho célebre, y era Kavafis. Cogí el libro: era, creo, porque lo he perdido, la colección poètes d’aujourd’hui, y era la traducción que había hecho la Yourcenar, que lo hizo en prosa, ella no hizo la traducción en verso, hizo una traducción en prosa. Cogí aquel libro, empecé a hojearlo y me deslumbró. Me deslumbró porque encontré de pronto algo que yo iba buscando. La tradición mía de digamos maestros míos en esa época, no eran españoles casi ninguno. Yo estaba mucho más tocado por poetas como Baudelaire, o poetas como Verlaine, que por poetas de nuestra propia tradición, y yo quería buscar otros temas. Otros temas y otra manera de contar esos temas. Estaba harto de la poesía que se estaba haciendo aquí en España y de la cual yo también fui digamos cómplice, la poesía social y toda esa historia. De pronto me encuentro a alguien que me habla de amores, pero con un sentido que yo iba buscando: para entendernos, amores depravados pero sin ningún estigma de culpa, o sea, el puro gozo de los cuerpos. Que en su caso los cuerpos fueran masculinos, y yo tuviera otra inclinación, daba igual, porque en el caso de Kavafis hay poemas que si uno no sabe que él era homosexual podría adjudicárselo, como debe ser todo poema de deseo, válido para cualquier cuerpo y para cualquier deseo.


Entonces me fascinó, compré ese librito y empecé a devorarlo. Muy poco después..., bueno, me persiguió este libro durante años, tres o cuatro años... Y debió ser por 1966, de pronto encontré una traducción, porque no había nada aquí en España, encontré una traducción de Valente, la que hizo Caffarena, poemas bellísimos y traducidos de una manera muy hermosa. Entonces ese librito siguió siendo libro de cabecera, junto a otros, pero bueno, éste muy especialmente. Poco después encontré una edición inglesa, la de Mavrogordato, que ésa era ya completa. Me gustó, y entonces empecé a buscar. Encontré la de Carles Riba, muy hermosa, en catalán. Me fui a las italianas; yo podía leerlas, pero no me gustó, porque en italiano no me suena Kavafis, no sé por qué. Eso sería otro tema a discutir, por qué hay poetas que suenan en una lengua y en otra no.
Y más o menos así llegamos al año setenta y algo. Yo me encontraba con un poeta que me sabía de memoria a través de traducciones, a través de las traducciones que yo mismo había hecho sobre las de Mavrogordato y la Yourcenar, un material enorme, y que yo sentía una necesidad de traducirlo completo para mí, para tener yo. Un libro para mí porque me sentía muy identificado con ese poeta. Entonces me enfrenté a un problema de partida y era que mi griego (aunque ahora hablaremos sobre el griego de Kavafis, que tiene unas particularidades muy significativas), pero que mi griego era absolutamente insuficiente. Yo era incapaz de poder hacer una traducción directamente de ese griego. Entonces a lo largo de meses, con una amiga que se llamaba, bueno se llama, Mercedes Belchí, estuvimos trabajando sobre toda la obra de Kavafis, los 154 poemas, y traduciéndolos en bruto. Y sobre ese magma y cotejando con otras ediciones, entonces yo fui dándole forma. Creo que fui excesivamente... Y digo esto porque a veces he escuchado que me tomé muchas libertades, cuando creo que de las traducciones que yo he hecho, la más absolutamente literal, y creo que es un defecto, ha sido la de Kavafis. Creo que es excesivamente literal. Si hoy me enfrentase otra vez a ella, y quizá lo haga para una selección de 40 o 50 poemas, para sacarlos otra vez en otro libro, a lo mejor me tomo unas libertades que no me tomé entonces.


Pero bueno, el hecho es que de pronto sobre el año 76, o no, a finales del 75, me encontré que ya tenía una traducción para mí, que además yo había pegado, porque yo usaba una vieja edición griega, y había ido pegando mis traducciones a máquina junto a cada poema, para hacerme yo una bilingüe, con lo cual era un tocho así. Y entonces un día de los de Madrid, hablando con Juan Benet, me dijo, oye, estoy muy interesado con Kavafis también, déjame que la lea esta traducción tuya. Entonces le di el tocho, y poco después me dijo, oye, creo que es muy interesante. Incluso una de las notas que incorporo yo, aclaratorias, todavía la tengo de mano de Juan, que él la puso, era algo sobre Ana Komnena. Y me dijo: esto hay que publicarlo. Porque además, desde la de Caffarena, no había otro Kavafis. Y entonces hablamos con Jesús Munárriz, que ni siquiera había empezado editorial Hiperión, entonces aún era Ayuso. Bueno, Munárriz se entusiasmó y le dije, pues sácala. Es una traducción que yo no he hecho pensando en publicar, la he hecho para mí, para algún amigo, pero ahí está. La sacó y el éxito de la traducción ha sido muy grande y yo creo que Kavafis, igual que me marcó a mí, ha marcado a muchos poetas españoles.
Y yo creo que entonces esto podría ser la verdadera pregunta. ¿Por qué un poeta griego, de finales del XIX y principios del siglo XX, en unos temas que en ese momento no estaban ni de moda, por qué tuvo esa influencia enorme en la poesía española? Yo no sé lo que dirán otros poetas; en mi caso es, primero, los motivos poéticos, lo que canta esa poesía, y el tono, ese tono que nosotros sólo lo encontrábamos en ese momento, aquí, en Jaime Gil de Biedma. Pero, cuidado, eso no significa que fuera prosaico. Tanto Jaime, como desde luego Kavafis, eran altamente poéticos, es decir la tensión que se establece en cada verso aparentemente muy simple, de la mezcla de lo que cuenta, de lo que elige para contar y cómo lo cuenta, es absolutamente poesía, y aquello en lo que consiste la poesía, la emoción poética.
He dicho antes lo de la lengua, ustedes saben que hay un momento cuando Kavafis empieza a estar en ese mundo literario, que la literatura griega se abre y se divide entre los partidarios de la lengua hablada —lo que pasa es que no es muy exacto decir la lengua hablada, bueno, digamos ese tono de lenguaje comprensible y coloquial y hablado, donde podría estar incluso Palamás y otros— y los partidarios aún de la lengua culta. Kavafis se inscribe con los primeros, pero no tiene nada que ver con ellos, porque uno lee los poemas de Palamás y Kavafis y no tienen absolutamente nada que ver, porque Kavafis aunque es un poeta griego, realmente no es un poeta griego, es un poeta alejandrino. El griego de Kavafis no es el griego normal, y sobre todo en algunos poemas está muy premeditado la mezcla de griego, de un cierto dialecto alejandrino, y la mezcla, que él buscaba mucho, de arcaísmos, de arcaísmos que estuvieran en el contexto de la época que él reflejaba en ese poema determinado. A Kavafis esto siempre le preocupó muchísimo, y lo preguntaba, iba a los amigos, les decía, oye, ¿ésto creéis que es comprensible?, porque lo que él siempre buscó es ser absolutamente inteligible. Pero es una mezcla deliberada de arcaísmos. Podemos decir que su lengua es el griego más el alejandrino, que además le servía perfectamente para los temas, muchos  de ellos, que tocaba. Porque su mundo no es el mundo griego. Si lo pensamos bien, Kavafis, de lo que es el mundo griego, está lejísimos, tanto de la tradición, incluso de la más moderna, como de los temas. A Kavafis le interesaba lo que había sucedido en ese espacio que Grecia había convertido en un gran mundo con Alejandro. Le interesaba toda la historia de los Ptolomeos, le interesaba qué había pasado en ese mundo que fecunda Grecia pero a través de Alejandro, o sea, el Helenismo. Y ahí le interesan los temas de Alejandría, el mundo de callejuelas, de burdeles, de cuerpos venales. Ése era su mundo.


   Él no era un hombre ni muy relacionado, ni que amase demasiado la tribu literaria. Él era un hombre oscuro, trabajaba en el Ministerio de Riegos, y acabado eso, se iba a buscar a sus chaperos, o se iba con alguno con que quien ya tuviera una relación mayor, incluso alguno que era un buen amigo y al que durante un tiempo ayudó; y luego se iba a aquella casa miserable donde vivía, que aún está, porque han vuelto ahora a trasladar los muebles allí. Y el mundo de Alejandría no es el mundo griego, era un mundo griego, copto, judaico, árabe, mezclado, fenicio... Alejandría no tenía nada que ver con digamos la pureza de líneas del mundo griego clásico, ni clásico ni menos clásico. Era una mélange de razas y, como antes he dicho, de virtudes y sobre todo, lo que a él le iba más, de voluptuosidad. Entonces todo eso probablemente produce una tensión poética y un mundo que es lo que nos lo hace muy cercano.
   Eso nos interesaba mucho a nosotros, poetas de treinta años, de veinte años, en aquellos 60’ o 70’. Nos interesaba que estaba por ejemplo cantando un deseo, pero no eran los veinte poemas de amor y la canción de Neruda, ni eran los poemas desgarrados y románticos al amor; no, nos estaba contando lo que nosotros estábamos buscando contar. El cuerpo, incluso desconocido, encontrado una noche en un portal y que por su belleza o por su morbo permanecía en la memoria y tiempo más tarde da lugar a un poema. Él canta pequeños detalles, ese rostro que se refleja, el de aquel chico que va a llevar un paquete, se refleja en un espejo, durante un segundo, y ése es el tema de ese poema. La excitación por esa belleza.


       Entonces, y probablemente por eso, un coloquio con personas como ustedes que han leído a Kavafis, diez, veinte años, después del momento en el que salió y tuvo el éxito que tuvo esta traducción, me interesa mucho; saber cuáles son los motivos de su atracción por Kavafis.
Yo recuerdo que en el momento de auge de la traducción, cuando todo el mundo estaba con ella, los años del setenta y ocho al noventa, una cosa que se repetía, incluso lo he leído en algún libro, es que una de las causas del éxito de Kavafis era la homosexualidad, y como era un momento en España de afianzamiento y vindicación de otra sensibilidad erótica, etc, que ése fue uno de los motivos, pero yo no lo creo. Yo no lo he creído nunca. Entonces, a un joven, o a una joven, de veinte años, qué es lo que le llama en Kavafis. A mí me sigue llamando como el primer día, esa voz totalmente lúcida. Hay un poema que es EL DIOS ABANDONA A ANTONIO; ese poema yo creo que es un poema que hubiera podido escribir Jaime Gil de Biedma, y es un poema que hemos andado buscando hacer todos. Esa mirada desencantada, pero al mismo tiempo lúcida y firme, en donde en ningún momento se desciende a ningún tipo de conmiseración, esa aceptación de la realidad absoluta, en lo que tiene de buena y de mala, ese aceptar morir con orgullo, y libre. Y qué decir de los poemas amorosos. O la visión de la Historia. 


Pero hoy por ejemplo, Kavafis; yo me pregunto en dónde perdura más su influencia. Desde luego en el mundo anglosajón, porque además no nos olvidemos que probablemente sin la entrada en el mundo anglosajón Kavafis no sería conocido o no lo sería de la manera que lo es. Kavafis es un hombre que casi no publica en vida, que es conocido por bastantes escritores griegos, no sólo de Alejandría sino de Grecia, pero que no es famoso. Llega a esa fama primeramente yo creo que por Forster, porque es Forster el que primero lo lanza, es el que habla de él en inglés y en Inglaterra, es el que dice: cuidado, hay un gran poeta; y además traduce algo. No nos olvidemos que por ejemplo alguien en ese momento con una gran fuerza de convencer, como era Lawrence de Arabia, traduce poemas de Kavafis. Luego, Auden. Quiero decir, en el mundo inglés Kavafis aparece con una resonancia enorme y avalado por las primeras cabezas. Eliot habla también, pero vamos, sobre todo Auden es el que establece el canon. Porque en Francia, yo he visto y veo descender el entusiasmo. Hay un momento en torno a los finales de los 50’, me parece que es del 58 la traducción de la Yourcenar, es un momento que se lee mucho a Kavafis, se habla mucho de él, pero ahora  yo hace bastante tiempo que no oigo a los amigos, allí en París, hablar de Kavafis. En España creo que sigue, y sobre todo después de ésta, han salido mejores ediciones, y traducciones de otros autores. Y me parece que se siguen vendiendo todas.

 (foto Carmen Marí)
 El poeta José María Álvarez  fue el introductor de la poesía de Kavafis en España
Su traducción para Hiperión ha sido un auténtico best-seller en Poesía.

       Bueno, no sé qué más podría contarles sobre mi experiencia. Mi experiencia es que con el mismo entusiasmo, como Borges diría, la admiración y el asombro con que a los veintiún años lo leí por primera vez y en otra lengua, me sigue emocionando, me sigue cada vez pareciendo un poeta más alto, y que desde luego no desdeño, incluso siento ganas de volver a meterme con él, a reformar y a tratar de mejorar, aunque eso casi nunca se consigue, porque uno cree que mejora y lo que hace es estropear, algunos de sus viejos poemas.

Las tres cosas que ennoblecen la vida
son la estela de la ciudad que amo, Alejandría.
El Arte, el vino, las mujeres
solo ellas tienen las llaves
del Gran Sueño. [1]



Fragmento extraído del libro inédito EXILIADO EN EL ARTE, 
Conversaciones en París con el poeta José María Álvarez
Alfredo Rodríguez, París enero 2009



Konstantin Kavafis (Alejandría, 1863 – 1933)


[1] De LA EDAD DE ORO (memoria de alejandría).

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