poetas oficiales del Reino


Un poema es como una onza de chocolate. Oscuro, pequeño, y puede ser lo más bueno del mundo”. Como si paladeara un bombón, Kirmen Uribe (Ondarroa, Vizcaya, 1970) define a la perfección el sentido de un poema, la magia de unas palabras dulces o amargas que atrapan con fuerza los sentidos. Uribe cuenta en su libro Mientras tanto dame la mano (Visor) un dilema moral del siglo XVIII en torno a un gramático prestigioso, el jesuita Larramendi. Recuerda cómo cuando éste murió encontraron bajo su almohada una onza de chocolate. Tal pecado de sensualidad, de gozo, por poco le cuesta al religioso su entierro en sagrado. Esta historia, tan de vascos, le viene al pelo al joven Uribe para llegar al sentido de la poesía, que, dice, “se acerca al lector de improviso, como el sabor del chocolate”.
Ellos saben poner imágenes en palabras. Atrapan los destellos del alma. Viven en este siglo y actúan ante públicos de toda condición recitando sus poemas. Son poetas. Navegan en el mundo de las palabras para expresar con ellas amor, rabia, miedo, pensamientos, sentimientos… Tienen mucho de músicos. Como si interpretaran una sonata, funden ideas y ritmo. Lo vital con lo verbal. Escriben versos como una forma de entrar en un mundo ilimitado o, dicho en palabras de Luis Cernuda, porque “lo maravilloso de la poesía es la posibilidad inagotable que hay en ella”.

Elena Medel (Córdoba, 1985) escribió su primer libro de poemas, Mi primer bikini (editorial DVD; premio Andalucía Joven de Poesía 2001), a los 15 años, la edad en que la mayoría de los adolescentes busca las sombras de las discotecas y en las que su mayor contacto con la escritura está en los mensajes SMS que escriben desde su móvil. Medel, el hada Campanilla de la poesía, no se siente un bicho raro por ejercer de poeta: “Ante todo soy una persona normal. Creo que los poetas son eso, personas normales que escriben”. Menuda, con unos grandes ojos verdes, le entusiasman las camisetas de los Ramones, el rock y pintarse las uñas de un rojo rabioso. “En la poesía he encontrado maneras de conocerme un poco más, de ver que existían escritores que dos o tres siglos antes de nacer yo habían sentido lo mismo que siento yo en algún momento de su vida. Escritores que a mil kilómetros de distancia de donde vivo estaban escribiendo cosas que a mí me gustaría firmar. La poesía habla de sentimientos con los que puedes identificarte, y creo que por eso es uno de los géneros literarios con los que el lector se encuentra más a gusto”.

Parecida opinión mantiene Jesús García Sánchez, más conocido en los ambientes literarios como Chus Visor, director de Visor Libros, un referente para quien quiera publicar poesía en España. “Claro que hay lectores de poemas, y bastantes, cosa que no había antes. Soy editor de poesía y puedo vivir de ello, con eso lo digo todo”. En casi cuarenta años, Chus Visor ha publicado más de 620 libros, su editorial cuenta con un importante fondo de autores y ha dado a conocer a las últimas generaciones de poetas españoles e hispanoamericanos. A principios de los años setenta, cuando empezó, editaba únicamente a los poetas que le gustaban: “El primero fue Rimbaud; luego, Tristan Tzara, Camus, Kavafis, Mallarmé, Maiakovski, Apollinaire… Entonces no había ni un solo libro de ellos publicado en España”. En la actualidad elige lo que le puede gustar al público haciendo una criba de los miles de poemas de espontáneos que le llegan. Los sonetos de Joaquín Sabina son por ahora el libro más vendido de su colección: más de 180.000 ejemplares el primer año, y sólo en España.

Ya lo dice el escritor Luis Antonio de Villena: “La canción es poesía menos intelectual y más popular. Es la poesía popular que logra conectar con el público, porque leer poesía en libro es algo minoritario”. Así y todo, se lee ahora como jamás se ha leído. En eso coinciden poetas y libreros. La poesía goza, pues, de buena salud. En el siglo de las millonarias en ventas aventuras de Harry Potter, los jóvenes siguen emocionándose con poemas que les hablan de cosas cercanas, de vida.

José Andújar Almansa, profesor de literatura y director de un aula de poesía en Almería, lo confirma punto por punto con un argumento sencillo: “Si los libros se venden más, hay más editoriales que publican poesía y más premios… La conclusión es sencilla: si no hubiera un público, no habría tanto espacio para la poesía”.

Juventud que lee y jóvenes que escriben. El círculo se cierra. “Los jóvenes”, dice Andújar, “dejan atrás la poesía de la experiencia y abren la poesía hacia lo irracional. Son poetas que mezclan la poesía con la reflexión y desde lo irracional”.

Felipe Benítez Reyes (Rota, Cádiz, 1960) habla desde la experiencia: “Estamos en un momento histórico en que se lee poco porcentualmente, pero se lee más que en ningún otro momento. Se lee como jamás se ha leído. Premio Nacional de la Crítica en 1995 por Vidas improbables y autor de una larga obra literaria diversificada en novelas, ensayo y relatos, cree que “la poesía tiene una capacidad de pervivencia histórica admirable. Puede sobrevivir al margen del mercado, a guerras, a hecatombes, a desastres sociales. Quizá le ha beneficiado ese estar fuera del mercado, no depender de la publicidad. Y además, la tendencia es al alza. Cada vez se incorporan más lectores porque es un género que se ajusta muy bien al temperamento humano. Es casi tan imprescindible para el cuerpo como beber agua”.

El agua y la vida. A Uribe le interesa que sus poemas estén vivos, y lo ilustra con un recuerdo de infancia: “Mi madre me compró una vez un pollito en el mercado y todavía me acuerdo de la sensación que sentía al mover el polluelo sus patas en la caja de cartón. Un buen libro de poemas es un poco eso, sentir las patas, escuchar la vida. Un libro también es una caja de cartón con algo vivo dentro, los poemas fríos no me dicen nada. Es algo que se está dando en todas las artes, los juegos de artificio ya han pasado. En el siglo XXI, el lector quiere emociones, sentir que le estás diciendo cosas reales, hacer suyo el poema”.

Ángel González (Oviedo, 1925), uno de los autores más representativos de la Generación del 50, es un libro abierto en el que se reconocen lectores de toda condición. El autor de Palabra sobre palabra lo dice en otros términos: “La poesía está inseparablemente unida a la vida”.

Sostiene Luis García Montero (Granada, 1958) que la poesía española está en muy buen momento. “Me parece un índice de excelente salud que la gente joven esté publicando libros de muy buena calidad, porque eso asegura la tradición de la poesía española”. García Montero recuerda con su experiencia de profesor de literatura que la poesía siempre ha tenido un grupo de seguidores aunque no sea un género masivo. “A la poesía”, dice, “hay que medirla por la calidad, no por las ventas”.

“Cuando voy a escribir un poema”, cuenta Luis Muñoz (Granada, 1966) en Limpiar pescado, su libro de poesía reunida, “tengo muchas veces la sensación de última oportunidad. Quizá porque cada poema sea la ocasión de escribir lo que en anteriores intentos no pude, lo que desaproveché, esa red cosquilleante que surge entre los dedos… Quizá también porque todos los poemas tienen algo de testamentario, de antesala del silencio. Porque quieren contener una combinación definitiva de palabras, quieren traspasar una zona del lenguaje en la que todo está colmado de sentido, y no decir ya más”. “El poeta”, añade, “trabaja como el pescadero que limpia el pescado, contra el tiempo. Tiene en sus manos un material que es la promesa de un alimento y de una descomposición”.

El primer poema que Luis Muñoz leyó, como tantos niños españoles, fue Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez. Le gustó: “Creí recibir un sentido vibrante de la realidad y una ampliación de lo pequeño, del instante… Entre sus líneas me sentía incluido porque no me obligaban a ser un titán ni a rechazar lo ínfimo, sino que me invitaban a mirar más alrededor y a sentir en la delicadeza una fuerza”. Para Elena Medel, Platero y yo, en cambio, no fue algo positivo; más bien lo recuerda como un horror, pero con matices: “Las circunstancias tienen su peso y algunas te superan. Cuando eres una niña de primaria y te obligan a aprenderte de memoria una poesía, pues no es agradable. Aunque a mí Juan Ramón me gusta mucho. No es un poeta que esté en mis versos, ni creo que sea una influencia directa, pero me gusta muchísimo, y al menos puedo alardear de que la primera frase de Platero me la sé de memoria”.

Elena Medel se recuerda escribiendo versos desde pequeña. “Aprendí a leer y escribir muy pronto, salí de la guardería con las cartillas leídas. Empecé a emborronar cuadernos casi por lógica, porque no paraba de leer y las historias se me quedaban cortas”. Con siete años se fabricaba sus cuentos, como un juego, y a los 12, consciente ya de lo que era la escritura, fabricó su primer poema. Parecida experiencia tiene Yolanda Castaño (Santiago de Compostela, 1977), quien ríe al recordar el primer verso que redactó en la escuela, al estilo de la exuberante poeta Gloria Fuertes, cuando tenía siete años.

Tanta precisión en el recuerdo de los primeros versos no es habitual. Para la mayoría son tiempos lejanos, y alguno habla de la memoria como “un filtro compasivo” que elimina lo vergonzoso del recuerdo. Benítez Reyes se ve en la lejanía tocando en su Cádiz natal con un grupo de rock canciones cuyas letras él escribía.

Para el poeta Juan Antonio González Iglesias (Salamanca, 1964), la poesía es necesaria para contrarrestar los excesos de una sociedad mediática. “La cultura de masas, cuando va bien es democrática, cuando va mal es demagógica, y el cantante, el escritor, el periodista pueden plegarse a los intereses del público, que es el que manda, y eso es un peligro. La ventaja de la poesía es que no se pliega a nada y ofrece una voz muy singularizada, muy libre. El tener un uso individual del lenguaje es un valor de libertad”.

Otro poeta, Joan Margarit, decía en el suplemento Babelia: “Hay que quitarse de encima el miedo a que leer poesía sea algo que necesite una preparación”. Chus Visor lo corrobora. “Lo primero que hay que hacer es leer el libro entero. Hay que empezar por la primera página y acabarlo”, dice. “A mí me gusta mucho la poesía, me tranquiliza el espíritu, me entretiene. Pero no es necesario rodearse de un ambiente especial; yo, por ejemplo, la leo en el metro”.

Destrozando mitos, parece que hay que cargarse también la leyenda de que un poema no entra a la primera. Para Carlos Marzal (Valencia, 1961), eso depende de muchas cosas. “Hay capas de lectura. El poema tiene una capacidad de mutación, como la música, que en un momento determinado te provoca unas sensaciones, y en otro, diferentes emociones”. Carlos Marzal es categórico: “Con la cantidad de poetas en germen que existen es raro que las tiradas de libros de poesía no sean de 50.000 ejemplares. Lo que sucede es que hay mucho aficionado que quiere ser leído, pero al que no le interesa leer”.

Yolanda Castaño ha recibido hace poco el premio a la mejor comunicadora de la televisión gallega por su programa Mercuria, en el que repasa la trayectoria de las vanguardias artísticas gallegas. Premio Nacional de la Crítica en 1999 por su libro Vivimos en el ciclo de las Erofanias (edición bilingüe, de Huerga & Fierro), a Yolanda le interesa la esfera de lo emocional; también la de las ideas, pero nunca haría lo que ella llama “poesía paisajista”. Le atrae lo que existe en común “entre un escultor que trabaja la piedra, un acuarelista y lo que trato de hacer yo”. La poesía, dice, “opera con algo relacionado con el misterio, con la magia; es un mensaje que tira de la inteligencia y trabaja con lo periférico, lo fronterizo”. Castaño escribe en gallego “porque pertenezco a una tradición, la de la literatura gallega”.

La poesía, dijo el gran poeta catalán Pere Rovira, “tienes que escribirla en el idioma en que te ocurren las cosas”. A Castaño le sucede de todo y lo cuenta todo en gallego. “Hablo de mí porque soy la persona que tengo más a mano. Hablo desde el cuerpo, el erotismo, el amor, o de la propia identidad. De todo esto trata mi última obra [O libro da egoista (Galaxia); lo publicará próximamente en castellano Visor]. En este libro trataba de desnudarme, de enfrentarme al espejo con lo bueno y lo malo”. “Hay que ser sincera con una misma”, añade, “pero sin confundirse con el confesionalismo autobiográfico. Creo que las máscaras en poesía sientan fatal, el lector las detecta a la primera y se caen por su propio peso”.

Kirmen Uribe escribe en euskera, y cuenta cómo en Nueva York, después de un recital, se le acercó una escritora neoyorquina para comentarle: “Cuando he visto el texto de tus poemas, he observado que había muchas equis. Si juntas todas las equis con una línea es como si encontraras el mapa del tesoro. Está bien ver una lengua como una forma de encontrar un tesoro. Para mí todas las lenguas son un tesoro”. Uribe observa que se han acabado los dramatismos del idioma. “Mi generación es una de las primeras de la normalización lingüística. Habla y escribe la lengua vasca sin ideología, sin política. Para la generación de Bernardo Atxaga significaba tomar una opción; en la nuestra, ya no es ni siquiera una decisión, es algo natural”.

Los más jóvenes buscan su estilo. Para Luis Antonio de Villena, recopilador de varias antologías (La lógica de Orfeo; 10 menos 30, diez poetas de menos de treinta años), las diferentes tendencias perviven en los jóvenes. “Hasta que un poeta no cumple los 40 años, no busca, por lo general, su propio camino, su voz, y se adscribe a un grupo. Cuando lo encuentra, ya no se preocupa tanto de indagar en uno u otro, sigue el suyo propio. Un poeta bueno, hoy, conoce todas las vanguardias, las ha explorado, y eso le proporciona comprensión y no desecha nada en principio”.

De Villena prepara ahora otra antología: Radical, ¿puede la poesía hablar de los problemas contemporáneos sin dejar de ser poesía? Se publicará el próximo año, y será el lector el que conteste a esa pregunta tan directa. “Parece que si se habla de la realidad, ya no es poesía, y éste es un dilema viejo y comprometido. La idea es que los poetas seleccionados hablen de temas que nos conciernen –la guerra de Irak, el agujero de la capa de ozono…, de cualquier cosa que sea actual–, y que lo hagan a su manera, pero que no sea un panfleto. Serán poemas donde quede claro que éstos se refieren al mundo contemporáneo. Quiero que escriban de cosas que no les gusten porque piensen que puede haber un mundo mejor. Será una antología polémica porque parte del hecho de plantear un realismo que cada cual interpreta a su manera. Es hablar de lo cotidiano, pero de los problemas; temas que no son la mismidad, la investigación del ego hacia dentro”.

En esa línea, Yolanda Castaño asegura que “el compromiso en poesía parte de la propia poesía. La poesía hoy día es también una actitud política”. Pero en la poesía escrita en el siglo XXI, las mujeres tienen cada vez mayor presencia. María Victoria Atienza, Julia Uceda, Chantal Maillard, Isla Correyero, Míriam Reyes, Carmen Jodra o Ana Merino son un buen ejemplo. Elena Medel es mujer y lo refleja en su trabajo. “Mi primer bikini es un libro muy femenino. A la hora de escribir, igual que tengo presente que acabo de cumplir 21 años y que nací en España, tampoco puedo ignorar que soy una mujer. Es algo que acaba deslizándose en mis poemas”. Para Castaño, “el nacer mujer es una condición tan apriorística que es normal que revierta en los textos, pero como podría ser cualquier otra condición: vivir en el campo o en la ciudad, ser minusválido... A veces sí que me apetece aportar mi visión de mujer en una relación amorosa o sexual, que será siempre diferente a la de un hombre; pero no por ello hemos de hacer una literatura aparte, un gueto. La mujer en la poesía amorosa ha sido siempre un objeto pensado, y ahora las mujeres hemos pasado a ser sujetos pensantes”. Aunque por el hecho de ser mujer no siempre se identifican con lo que escriban otras personas de su mismo género. “Me siento más identificada con lo que escribe Kirmen Uribe que con lo que hace Ana Rosetti. No todo va en el género, quizá sea también una cuestión de edades”.

Una de las ventajas de los poetas es que pueden nombrar a las cosas como les venga en gana. González Iglesias ha escrito poemas de amor, como él dice, “exclusivamente masculino”. “Homosexual es una palabra médica del siglo XIX que no me gusta. Gay es una palabra horrible, y la apoteosis de la cultura gay es una de las cosas más angustiosas. Pensé que sería algo efímero en el sentido de que si es, como creo, una deriva del pensamiento izquierdista, sería transitoria; pero, por lo visto, la cultura gay ha venido para quedarse”.

Y la tensión de escribir un poema, para muchos de los poetas, está en refrescar el lenguaje, hallar nuevas expresiones. Luis Muñoz sostiene que incluso esa interjección tan coloquial, “jo, tío”, bien usada puede ser una renovación en un verso. En esa nueva corriente entra el hip hop. Al premio Nobel Seamus Heaney le gusta el rapero Eminem; a Luis Muñoz, Bebe, el slang, Internet y los blogs.

Felipe Benítez Reyes tiene mucho respeto a Internet, “porque puede ser un laberinto en el que te metas y te obsesiones”. La Red es fascinante por lo que tiene de reino de la impostura. Benítez Reyes recuerda que un internauta jugó durante un tiempo con las identidades de Carlos Marzal y la suya. A él le adjudicó hasta seis o siete personalidades diferentes y puso en peligro –relativo– la amistad de años entre ambos.

Los poetas han entrado en las nuevas tecnologías. Kirmen Uribe cree que “la poesía se ha refugiado demasiado en los libros, y existe también la poesía de los recitales, en Internet, en las canciones”. Él dice que los versos cambian cuando se leen en voz alta. “La cercanía entre autor y lector es importante. En Estados Unidos hay ya autores que no publican libros. Laurie Anderson, por ejemplo, sólo hace recitales, no publica libros”.

Luis Muñoz ve el futuro con palabras de uno de los grandes, Antonio Machado. “Él lo dijo: la obligación de los poetas es buscar el único poema de lo eterno. La poesía es algo que está por hacer. Yo soy joven y me gusta buscar los signos de mi tiempo”. Afirma tener entabladas varias conversaciones a la vez. Una con la tradición: “Es como escribir una carta al director para matizar, replicar”. La otra es un diálogo con nuestro tiempo. “Si los futuristas en su día sintieron fascinación por las máquinas, hoy nosotros la tenemos por las imágenes, los colores, Internet”.

Un poema tiene mucho que ver con la música, afirman todos. Uribe se imagina como “un músico al que de improviso le viene una melodía a la cabeza y la apunta. Creo que los poemas se escriben en la mente antes que en el papel. Hay que escribir lo máximo posible con lo mínimo, las palabras justas”, dice. En general, se muestran reacios a definir su poesía. González Iglesias echa mano de Bergamín. “Él siempre respondía: prefiero pegarme un tiro antes que dar explicaciones”. Afirma que si tuviera que elegir le gustaría ser un poeta amoroso y “tomar cada vez menos distancia, porque la ironía es distancia, y estar de vuelta de todo cada vez me gusta menos. Hay que procurar estar en el mundo cercano a las cosas”.

“La poesía es un género que implica una reflexión moral sobre la realidad, intima con la propia conciencia”, señala Luis García Montero, quien alerta sobre los grandes peligros que la acechan: “La cursilería, la blandenguería y la pedantería. El creerse que uno es lo único importante, querer demostrar que sabe mucho o que es el ombligo del mundo, creer que es el faro de la sociedad y que va a decirle a la gente cómo tiene que vivir. Esa idea de poeta me gusta poco porque creo que la poesía es antes que nada un ejercicio de inteligencia”.

En cuanto a los requisitos para ser poeta, Ángel González es categórico: “Tener cualidades de nacimiento. Como para ser músico o pintor. El ritmo, la tonalidad en las palabras, la musicalidad en el discurso…, todo eso es muy importante en la poesía, y hay personas que tienen esas condiciones y son especialmente brillantes”. Y da igual escribir en prosa o en verso, ambas son literatura. Luis García Montero matiza: “Escribir bien siempre es difícil. Es más fácil escribir mala prosa que mala poesía, porque la mala poesía es como un sapo que te salta a los ojos y, sin embargo, la mala prosa se camufla con un argumento, con un tema de actualidad”. Ángel González cree que “la poesía tiene más coincidencias con el cuento corto que con la novela, y sobre todos los géneros explota algunas notas del lenguaje. Todos hablamos con pausas, con ritmo e intentamos inventar metáforas. Hablar de la hoja en blanco, por ejemplo, es una metáfora”.

Los géneros de la novela y la poesía se tocan. Luis García Montero es de los pocos que no se animan con la narrativa –“le tengo mucho respeto a la novela”, afirma–, y en broma comenta que lo mejor es lo que ha hecho él: no intentar escribirlas, sino casarse con una novelista de éxito, como Almudena Grandes. Se conocieron a principios de los años noventa, y García Montero la conquistó no con un poema, sino con un libro entero, Completamente Viernes (en alusión a la novela de Grandes Te llamaré Viernes). “Fue el libro que más me costó escribir, porque la experiencia vital tiene que estar en la poesía, pero un poema no es una confesión o un desahogo sentimental, sino que hay que convertir la vida en arte, en literatura, para que no sea sólo la confesión de un yo, sino algo que sea un diálogo con el otro. Todo lo que yo había aprendido como profesor de literatura tuve que reutilizarlo para distanciarme de mí mismo, y que quedara un libro de poemas y no una declaración de amor, que son cosas distintas. Bécquer daba un consejo que nos conviene a los poetas. Él le decía a una mujer: ‘Si algún poeta te escribe un buen poema, no te fíes’. Sabía que el arte de la poesía es un artificio que se escribe con la cabeza fría y no con el corazón ardiente”.

Trabajar un poema requiere tiempo y reflexión. Pasado el primer golpe de gracia, los versos tardan en fluir. “Cada poema tiene su vida”, corrobora Ángel González, quien lleva unos años sin escribir “porque no me vienen los versos a la cabeza”.

“Los comportamientos más artísticos de un poeta se están perdiendo”, comenta González Iglesias. El autor de La hermosura del héroe o Un ángulo me basta cree que uno de los pecados de la poesía española actual es que se plantea como un currículo profesional, publicar un libro tras otro, como una carrera previsible. “Es una actividad artística, y puede ocurrir que, como Pablo García Baena, sólo publique cada 15 años. O escribir un único libro en la vida. Es una mala enseñanza para los jóvenes el pensar que tienen que ir haciendo currículo para ser poetas. Hay una parte de destino, de don. Hay que trabajar, currárselo; pero hay que dejar márgenes a lo no convencional, silencios, abandonos, entusiasmo…”.

JULIA LUZÁN 
28 de Mayo de 2006 / EL PAÍS.com

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