Poetas de los 70' IV



   Nosotros, los que amamos la Poesía de verdad, -no esos otros que van por ahí deseosos de que les digan lo buenos que son sus versos (y eso es lo único que les interesa de la poesía, porque ni les sugieras que se lean la obra completa de éste o de aquél poeta, no, eso no, ni se te ocurra...) y están plenamente orgullosos y convencidos, en su falsa modestia, de que cualquier atropello nefasto (para ellos, la octava maravilla) que emborronan en un papel es una genialidad que los demás estamos obligados a alabar, esos que nunca te los encuentras en una librería comprando un maldito libro de poemas (no, para qué "contaminarse".., viven felices releyéndose a sí mismos sus propios versitos, sentimentaloides y endogámicos)- me refiero a nosotros, los que compramos libros de poesía desinteresadamente, como suele decirse por amor al arte, y que luego en la soledad de la noche, sentimos a veces el placer de su lectura, que nos envenena poco a poco el alma, la energía que mantiene el orden de las cosas, el corazón ardiendo y los pies y las piernas fríos (porque no llega la sangre, apenas llega hasta ahí la sangre, ocupada como está en bombear al corazón y al cerebro todo su riego nocturno), en un viaje espiritual alucinante a través de la memoria de las generaciones de poetas anteriores, nosotros -entre los que impunemente me incluyo-, no estaremos nunca lo suficientemente agradecidos a gente como José Luis García Martín o Luis Antonio de Villena

Su trabajo, su oscuro y poco reconocido trabajo, ha sido impagable. Gente que se ha tomado la molestia limpia y desinteresada, el trabajo arduo -el que nadie quiere hacer- de leérselo todo, todo lo habido y por haber en el farragoso mundillo de las publicaciones poéticas, repleto de brumas de ceniza volcánica y de enredaderas indomables de engañosos versos, que no dejan ver bien, que ocultan las perlas escondidas en los fondos abisales del negro océano. 

Ellos, cada cierto tiempo (unos diez años, más o menos) nos hacen a los lectores amantes de la Poesía una nueva entrega de sus poetas y poemas seleccionados, un regalo maravilloso; son nuestros gurús, nuestros guías nocturnos en la oscuridad de la maraña inaccesible de la Poesía, nos sirven en bandeja el oro y la plata, a la temperatura exacta, y sin pedir nada a cambio.

¡Cuánto debemos agradecerles, dioses! Hemos navegado con ellos en aguas profundas. Nunca les pagaremos lo bastante todo ese esfuerzo gratuito, tantas horas nuestras de placer bajo el flexo de la noche en nuestro amable rincón de lectura, nuestra crisálida perfecta, como diría Álvarez...

En fin, ahí va una nueva entrega de mis poetas de los 70, reconocidos desde la falda del Parnaso, aquellos que me hicieron ser como hoy soy, y cavaron en mi alma un foso insalvable, los que me enseñaron a amar sin medida, con la desmesura con que aman los poetas:



HOY ES TU CORAZÓN UN TACTO INÚTIL

Con la certeza del que nada aguarda
abres sin prisa la cancela antigua
y escuchas los lentísimos
pasos, que no parecen tuyos,
en la escalera gris.
Ninguna voz te ofrece su calor,
andas a oscuras, nada
te lleva a tu rincón, ni tan sólo la música,
ni los viejos poetas, ni las gastadas cartas
de amor son esta noche
para ti compañía.
Pasan por el recuerdo los perdidos
nombres que en otro tiempo
honda fe dieron a tu juventud.
Llega el rumor del viento,
el tedioso vacío de tu vida,
y en él te reconoces,
porque amas al que fuiste
y percibes la ausencia
de tus mejores días.
Hoy es tu corazón un tacto inútil,
lo sabes y no puedes engañarte
y aún dejas que la impávida memoria
se lleve cuanto amaras,
cuanto perdiste en esta tierra estéril:
aquel hondo temor que acaso siempre
tuviste por la vida: tu fracaso.
Pero nada te importa ya, y contemplas
por la ventana el árbol más tenaz,
llenas tu vaso y piensas:
éste es tu patrimonio de hombre solo.


***

COMO QUIEN SURGE DEL OTOÑO

-¿Estáis aquí?
-Estamos muertos, dije ensombrecido.
Y sin prestarnos la atención más leve,
entró como uno más
de la casa.
Llegó como quien surge del otoño,
de una tristeza,
quizás aún más distante, de un olvidado sueño.
Y descargó su fardo de alegrías
por los torvos rincones.
Alisó su cansada cabellera
de lluvias y de vientos.
Sentóse a nuestro lado
y fue viviendo todos los aromas
de la estancia. Nos dio
su corazón sencillo,
y encendió las canciones ya perdidas
del agua y de los fuegos.
Nos animó a perseverar,
a no sufrir aquella amarga muerte,
y ante nosotros extendió
los caminos que llevan a la vida.
Nos abrazó al final uno por uno,
y poderosa luz infundió en nuestros labios.
Con ojos de agua,
le acompañamos hasta el horizonte,
le pedimos una última palabra:
-¿Con qué nombre podremos recordarte? 
Humo casi la voz,
apenas nos llegaba.
Y desde entonces nuestra vida
sólo ha sido esperar, esperar a un extraño.

 Justo Jorge Padrón, 
Las Palmas de Gran Canaria, 1943

***


LA CHAIR EST TRISTE, HELAS!, ES J'AI LU TOUS LES LIVRES


En el aire vacío de sonrisas y pájaros
pende, yerto, el pañuelo de una adiós a un viaje
que no se emprendió nunca.
La hoja pura intocada, de papel se desnuda
                                                                           de ausencia
en pos del canto,
desmantelada al viento,
tal una virgen ciega,
en la mesa desierta
donde los jugadores arrojaron los dados
entre vino y ceniza.

La pluma entre los dedos perdió hace ya tiempo
los pulsos de la sangre, y no encuentra
la estela
de la primer palabra -caricia insinuada-
la estela
pronunciada en silencio,
tremolante en los labios, desnuda ante el misterio,
naufragada en la incierta materia del olvido.

En las largas estancias del recuerdo perdido
el silencio trabaja
una torre de vaga
                               ceniza pensativa
mientras que desde el fondo de un desván sin estrellas
unos ojos de niño
ciegamente nos miran,
                                        ciegamente nos miran...
(Al destello vacío de la ausencia
reverbera el silencio del pañuelo,
suspendido en el aire vano y solo
de un adios deshojado sin respuesta)

El cielo es una ardiente pared de cal purísima
que ciega la mirada,
                                   un cielo en el que un ángel
de silencio
                   ha marcado
con tiza
las vírgenes palabras nunca más pronunciadas:
el único poema.

(Las cuerdas del violín saltaron ya hace tiempo,
y enmudece la sangre su esqueleto de aire.)

Tras el camino blanco de una insomne memoria
el viento ha ido borrando
                                             la huella de un suspiro.

(Un poso de silencio en el fondo del vaso
embalsama el recuerdo de unas manos perdidas.)

Inmóvil peregrino, contempla el escenario:
sobre el lecho vacío de las antiguas nupcias
las sábanas no guardan
el fulgor de los besos ni el eco de una lágrima
de aquel cuya memoria se escribió sobre el agua.

Un viajero de luto cerró de una mirada
esta ventana última que dejaron abierta
a aquellos imposibles
paisajes del ensueño.
Los espejos devuelven el paisaje vacío
de unos ojos sin nadie donde todo se olvida.

Y en el aire desnudo de sonrisas y pájaros
un índice ha sellado los labios del silencio.

Oh impotencia del gesto, inanidad del canto.

Oh Belleza, Belleza, yerma heredad perdida.

Carlos Clementson, 
Córdoba, 1944

***
 
ESPEJO


Yace la noche precipitada al abismo
de las horas altas.
Late trémula tu ausencia
entre las manos
y en los gestos presientes la derrota;
la luz, en penumbra
como a la vuelta de tus años,
arde tenue por los espejos de la estancia.
Ave ligera es la música,
sonido fiel de sus trinos
que se expanden.
Fría esta hora en la que, ausente
de las cosas, eres
ajeno al tenebroso hechizo
de los poemas sobre la mesa
que abren apenas recuerdos leves en la memoria,
claro anuncio de esta vida que ofreces
contra la pared desnuda
y que desearías inmolar al olvido.
El tablero sostiene la juventud
de tu cuerpo, oscuro vacío;
no se detiene la verdad
aunque duele,
arrecia este dolor si se la ignora:
es el daño del hombre
enfrentado a su imagen.
Un nido de palomas fue tu carne,
ahora se estremece en la agonía;
no existe aquí el amor,
deja ese camino y sin cuidado,
con serenidad, vuelve a tu infancia,
allí donde el gozo sobrevive.
***

A UN LECTOR FUTURO


Nacido para la luz, me sumerjo
en sombra interminable.
En el poema escribo mi epitafio.
Has de saber que las palabras han sido en mí
también cansancio, duda en que la vida
me mantenía inmerso.
Y si en algún momento hubo temblor
en ellas, fue tristeza su precio.
Vida efímera para tan larga Muerte.
Única certidumbre fue la espera.
Lo demás sólo sombras, vanos sueños,
imágenes en fuga, versos
quemados a la luz de esta lámpara
tuya, ebrio lector:
ya tu presencia niega la existencia
inútil de mi vida.
José Gutiérrez, 
Nigüelas, Granada, 1955




ACCIÓN DE GRACIAS


Oyes cantar el grillo en una noche
de verano en el sur. Y ese perfume
del jazmín te acompaña mientras miras
la luna reflejada en el aljibe.
Te tiendes sobre el pozo, junto al agua,
y es tu brazo indolente el que desnudo
dejas caer en su interior. Aún tibia
está de sol de mediodía. Nunca
olvidarás a ese adolescente
que soñaste en el sur. Y si otras noches
han dejado ceniza en tus sentidos,
cálida y tersa aquélla permanece.

Fernando Ortiz, 
Sevilla 1947



TIERRA DE LA SOLEDAD

Con el tiempo los cuerpos se acostumbran
a caminar completamente solos
sobre la tierra de la soledad.
Las vagas sensaciones, los recuerdos
de los lugares en los que encontramos
a alguien con quien hablar, a alguien que escuche
nuestras palabras mientras cae la tarde,
se van borrando lentamente, como
huellas que el viento apaga y desordena.
Y el eco tibio del antiguo encuentro
no persiste en la voz, en el lenguaje
con que aprendimos a nombrar las cosas.
Sólo queda la noche. Y nos perdemos
en el largo silencio de las calles
vacías. Y al llegar la madrugada
sentimos frío y respiramos muerte.

 
***

ACUÉRDATE


Cuando el azar o la costumbre, dentro de muchos años,
de nuevo aquí te traigan, si vives, y la vida
sea para ti tan sólo el recuerdo borroso
de los antiguos días, acuérdate de que hubo un tiempo
en que las cosas, milagrosamente, fueron de otra manera:
acuérdate de este jardín que hoy
te ha ofrecido su paz, de los rosales
florecidos, del sol que te acompaña
y que te ayuda con su luz tan tibia
a ser dichoso y a saberte joven.

Eloy Sánchez Rosillo, 
Murcia 1948



EN EL JARDÍN DE PROSERPINA
Non so se il riso o la pietà prevale 
G. Leopardi

Venimos hasta aquí como el que acerca
su frente al horizonte y nada hallase,
aunque adivina y ve.
Adivina un vacío de horas palpitantes,
un deseo de apresurada arena.
Vemos una cascada de luces inhumanas
y la vida al alzarse como un brazo de espigas
próximo ya el tiempo de la mies.
No lejos del clamor de las esquinas
que el viento nos descubre al estrecharlas,
de la ciudad emergiendo como luz,
la noche perfectísima:
vaho traslúcido exhalado por
utensilios y seres en la extensión incierta,
siluetas, bultos gesticulantes
queriendo ser al fin reconocidos.

Inmóvil, desde la altura de su quietud,
la furtiva guardiana de las sombras,
la de labios de hielo, nada dice. ¿Está muda?
Nadie guarda hoy la entrada. Caminamos,
entre ruidos y aristas con voluntad de nubes,
arrugados los rostros de alentar primaveras.

En vano hubiese sido negarse a la evidencia,
la erosión de los cuerpos,
paraísos que duran un instante,
encarnación de un tiempo que al amor supedita.
Así fuimos llegando, después de andar sin rumbo
caminos, galerías de asombrados despojos.
¿Quién nos acompañaba? ¿Era, pues, necesario
hacer de nuestras vidas, de la derrota, un mito?

***


LOS DONES DEL OLVIDO


Edificamos sueños con jirones de días,
balnearios bajo climas inhóspitos
y detrás de las lindes no había nada;
leímos en la noche la lujuría del mundo,
en los astros los designios del hombre:
detrás de las palabras no había nadie.
¿De qué nos ha servido custodiar
la lámpara encendida del placer,
los crótalos del goce, los emblemas del sueño?
En el telar umbrío del otoño,
el viento teje el tiempo, lo desteje:
bajo un tapiz de sombra, transparente, el olvido.
Manuel Neila, 
Hervás, Cáceres 1950


  
HECATE

Bajo forma de luna que presenta
tu belleza terrible. ¿Qué ofrecerte,
diosa de los conjuros y las encrucijadas,
para que tú, benigna, me protejas
y otorgues tu locura?
Yo quisiera, mirándote,
estrechar en mis brazos el olvido,
de todo lo que fui.
Y así, reconfortado por tu augusta presencia,
contra el temor fortalecer mi alma,
templarme en el placer y en el deseo,
ser fuerte contra todo.
Que nada pueda herirme
sino tú, poderosa, y tu divina
sinrazón. ¿Pero cómo?
si está en mí el enemigo que me dice
que es en vano intentar como un vino apurarte
de un solo largo trago,
porque tú nada ofreces, nada das
que no posea ya el que te ruega,
y tu voz sólo escucha en sus oídos
aquel que siempre la sintió
en su interior clamando oscuramente.

No soy. No seré nunca el elegido.
Sin asombro contemplo
tu terrible presencia silenciosa
deshacerse en el alba.

***


UN JOVEN POETA COMPONE VERSOS HACIA 1965

Eres joven. Por la ventana abierta
entra brisa de julio y te estremece
sentir el fresco aliento de la noche.
Miras fuera la sombra esplendorosa
del cielo y, encendiendo un cigarrillo,
a la luz de la lámpara persigues
el final del un poema que te huye
pues habla de ti mismo y aún ignoras
cómo será posible a un tiempo darle
esa voz tuya (siempre inconfundible
tras los ecos amados de otras voces)
sin que nada delate tu presencia.
Como un pequeño dios así podrías
ser todos y ninguno, confundirte
en cualquier personaje hasta el olvido
de ti mismo, ser tan solo una sombra.

El arte es fingimiento. No te importe
mentir en lo que ves o en lo que sientes
pues verdad vale menos que belleza
y no es la realidad sino el ensueño
quien sustenta tu mundo de palabras.

Pero ahora pon todo tu entusiasmo:
Que sea el ritmo apenas vaga música
y no se vea pasión. Todo medido.
Que, nítida, la idea aliente siempre
en cada verso tuyo pero cuida
de atender al más mínimo detalle
para dar la viveza necesaria
ese aliento de vida a tu poema.

Ya es tarde, estás cansado, tienes sueño.
Mentalmente, a desgana, por vez última
vas leyendo lo escrito, más no esperas
encontrar las palabras con que cierres
tus versos en un círculo perfecto.
"Eres joven. De la ventana abierta
llega hasta ti la brisa..." Y te estremece,
como revelación inesperada
de un ajeno secreto que ya es tuyo,
intuir un final a tu poema.

Abelardo Linares, 
Sevilla 1952
*
 
JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN
LAS VOCES Y LOS ECOS
ed. Júcar, Gijón 1980 

José Luis García Martín, Aldeanueva del Camino, Cáceres 1950

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