Poetas de los 70' III


Siguiendo con mi ronda nocturna personal con los poetas de los 70', ese recorrido mío particular y dichoso, con premeditación y sumo gusto concebido, por la obra de aquellos que este lector considera los mejores hijos del Arte Poético de este país, aquellos que fueron "tocados" en aquellos felices años con todas las prerrogativas necesarias para crear piezas de auténtica orfebrería poética, ahí va una nueva muestra de poesía de la buena, de la de verdad, de la que a uno le hace vibrar el alma de emoción, aleación de oro y plata en sus versos, misterio sobrecogedor, viejo solar para mayor gozo del corazón y del entendimiento en el lector. 

Qué otra cosa mejor halláramos, capaz de probar a los escépticos, aquellos que aún no han sido "penetrados" en la totalidad de su ser, que estas piedras preciosas tomadas de las tiaras y joyeles del Tesoro Secreto de la más honda Poesía, que a continuación y con sumo placer reproduzco:


EL TIEMPO DE LOS FRUTOS


El gran techo morado de la noche otoñal
quedaba en nuestros ojos maduro, reposado,
como un gran fruto dulce. Y las violetas iban
quedando en tu regazo desordenadas, cándidas.
Quemaba tu hermosura, tu frente, tus pestañas.
Quemaba el aire suave, el vino de los cántaros.
Y aquella tierra roja ahogada por las sombras
era una lava, un pecho de sangre humedecido.
Estaba triste el aire, estaba ya el otoño
llorando en los ramajes por nuestra despedida.
Y tu cuerpo pesaba, caía hacia la tierra.
Otro cántaro pleno, otra vendimia de oro,
un sazonado zumo era tu cuerpo yerto.
Rosas tardías, llamas de carmín en la noche,
los candiles, las cubas, la muerte de los carros,
las hojas de las parras, el gotear del mosto...
Aquello era el otoño. La noche de los cuentos
dejaba sus encantos en nuestros ojos fijos.
Pero sólo importaba el peso de tu pecho,
tu torso estremecido, las palmas de tus manos.
Se deshojaba el cielo. Rosas tardías, nubes
de alcohólica fragancia quemaban nuestros labios,
dejaban nuestros cuerpos beodos en las sombras
de aquel otoño triste, oscuro de cancioness.
Yo, en los lagares ciegos de tus venas, libaba
tu sangre, un nuevo amor para mi sed de hombre.

Antonio Colinas


BACANALES EN RÍMINI PARA OLVIDAR A ISOTTA


En unas breves horas puede el vino, en la dulce demencia del festín,
y las arpas, laúdes, las delicadas sedas,
aplacar el amor, como la cólera. ¿Que queda como presa a la vejez,
que peor enemigo que este arte
de conservar la vida? El brillo de los mármoles labrados
no ocultará tu muerte. No seremos
dentro de poco ya, ni estos dorados
cortinajes, las vívidas hogueras,
el carmesí arrugado tras la danza
ni el líquido destello de las gemas
en los rubios cabellos, tras el baño.
Proclaman en el llano azul los fresnos
el baño de las ninfas. Un tropel
de centauros te cerca. Todos estos brillantes candeleros y telas
han de prevalecer sobre nosotros, quizás será la muerte
la única certeza que nos ha sido dado alzar sobre la tierra,
escuchad cómo rasga una hoja lentísima los tapices del palio,
cómo se desvanecen esos versos unidos a la música, cómo la proa del Buccentoro,
sumergiendo en las aguas los flecos amarillos,
se acerca, con los rojos gallardetes al viento,
mientras flotan sin rumbo cadáveres y rosas.


MUERTE EN VENECIA


Detlev Spinell, son aquí debajo
de la muerte.
                       La sangre de la noche
por el parque, las alas de la noche
por el agua del parque, hasta la sangre
los ojos submarinos, las palomas
el negro viento de su pelo, el agua
por el kiosko, por las porcelanas
azules, por los álamos, la orilla
de la noche, los mimbres destejidos
de la noche.
                     Debajo de su nombre,
del borroso marchamo, demasiada
fue su belleza por entre las barbas
de los antepasados, los blasones
y el yeso colorado de los culos
de los ángeles.
                          Mira: no es el pájaro
debatiendo su herida en el teclado
ni es la cuerda que gime ni el antiguo
sonido de su nombre ni los tilos
ni el sol sobre la nieve.
                                        Aquí debajo
Detlev Spinell, de la muerte, al fondo
de las playas que rozan las palomas
de sus dedos, debajo de la muerte,
ya has olvidado el nombre de los bancos
de madera, la grava del camino,
las sombras de seda, los rugidos
de un presentido mar, mira la horrible
presencia de las cosas, los zarpazos
del sol, rugen las flores, se despliegan
los dientes de la noche, arriba sombra,
el martillo del mar, amor, oh noche
debajo de la muerte!
                                    Se ha rizado
muy tenuemente el mar, o era su pelo,
se levanta cantando entre el tiznado
desnudo de los árboles, o el viento
ya quebrantado de su pelo, ola
por el monte lluvioso, hacia los viejos
sonidos de la vida, su lejana
adolescencia...
                          No, ni en el piano
ni en su muerto cabello, no, debajo
de la muerte renace, ni en las fotos
amarillas, debajo de la muerte,
en la ola de hoy se ha creado
su pasada belleza.
                               Ahora recoge
tu viejo libro... Pola, la sirena,
il vaporetto, las palomas grises
su belleza la ola pronto el viejo
maletín, hacia el puerto, hacia Venecia,
hacia ninguna parte.
                                    El afilado
grito desde la nieve, desde el hueco
bramido de la noche los zapatos
de viaje deprisa allí la muerte
la arena aquel sonido como el largo
vuelo de las gaviotas, allí tienes
Detlev Spinell deprisa la capa
de viaje tu muerte pronto, tienes
que llegar
                  el sombrero de los músicos
la pasarela, el Lido, las palomas,
und bon jour Euer Exzenllenz!
                                                     la ola
ya está muy lejos, Venecia, tu muerte,
Detlev Spinell, has sentido el largo
sonido anticipado, ve, tu muerte,
rescata la belleza de su inútil
adolescencia.

Una vez más el silencioso resbalar de la góndola, casi
para tocar hacia la sangre un ramillete de frío,
para mirar al fondo de los derrumbaderos de la noche.
Como tantas otras veces, hacia la laguna
despacio, desde ese ligero puñado de fresas,
tantas y tantas veces por entre los leones de piedra
y las columnillas transparentes de mármol su delgado racimo de sangre,
tantas veces entre el aire mordido por las gárgolas,
en los rincones de las loggias, en los ecos
cubiertos de polvo en el mojado silencio de las fuentes
una y otra vez
                         casi podría decirte cómo he recorrido
los dedos y la palma de mi mano,
cómo he visto despacio el opaco vacío de mis ojos
al mira y tocar y correr y seguir cada tarde hacia la laguna
la góndola ligeramente velada por la niebla,
un puñado de fresas, a lo lejos,
allá atrás, en la playa, podría buscar ahora
las largas transparencias sobre el pálido fondo del abismo
pero no
              rozar la mano ligeramente sobre las aguas
para tocar con los dedos la punta de otros dedos, no,
allí a lo lejos es la muerte acaso,
tan sólo es un racimo de fresas salvajes, casi puedo
decirte cómo iba buscando el rostro de las cosas desde el brocal de los pozos,
quiero descender blandamente hacia la más alta noche,
ahora llevo mi muerte por la sangre vuela una golondrina,
quiero llevar mi muerte hacia la noche,
a la orilla del mar, hasta la orilla
de la noche,
                      quiero dejar mi muerte a orillas de la noche,
respirar la brisa de la noche, las flores ateridas,
el aire mismo de las cosas, la tierra que no es,
al mismo fondo de los derrumbaderos de la noche.
 

EL SERENÍSIMO PRÍNCIPE LUDOVICO MANIN CONTEMPLA EL APOGEO DE LA PRIMAVERA


Tierra adentro, o allí donde se crispan
masteleros y jarcias, algo altera,
algo renueva o mata el armonioso curso
de los astros. Así fuera, Durazzo,
el rutilante ondear de púrpuras y sedas en la Dogana,
el tintineo de los cálices, las esclavas
y los leopardos jóvenes encadenados
junto a los cestos rebosantes de fruta.
                                                                  Un fanal
alancea insomne el tibio sudario inamovible,
el mascarón copia en el agua la sempiterna mueca
de su ferocidad jamás extinta. Escalarta y armiño,
nada se estremece, nada tiembla al latir de los remos,
nada turba el rítmico martilleo del marfil, la caoba y el sándalo, ni estorba
la desvaída estela, las trompetas doradas que en la popa pregonan,
reposan fláccidos los flecos del quitasol, fruta madura
sazonada entre polvo y esplendorosos sueños de victoria,
de matanzas, de esclavos azotados, naves hacia Dalmacia, pero haced, Tesalónica,
viejos mármoles ultrajados por el monótono ronroneo del agua,
haced que clamen otra vez las trompetas de bronce.
                                                                                        Pero nadie
dude hoy que el antiguo esplendor y la felicidad consisten
en ungirse con los ricos despojos de sueños y cadáveres,
asistir, escarlata y armiño, en el altísimo sitial donde nada se siente,
calor ni frío, sino una imperturbable beatitud, al tibio
rielar de polícromos fanales en el agua insomne. 

Guillermo Carnero


UNA SOLA NOTA MUSICAL PARA HÖLDERLIN


Si pierdo la memoria, qué pureza.
En la azul crestería la tarde se demora,
retiene su oro en mallas lejanísimas,
cuela la luz por un resquicio último, se extiende y me delata
como un arco que tiembla sobre el aire encendido.
¿Qué esperaba el silencio? Príncipes de la tarde, ¿qué palacios
holló mi pie, qué nubes o arrecifes, qué estrellado país?
Duró más que nosotros aquella rosa muerta.
Qué dulce es al oído el rumor con que giran los planetas del agua.  

Pere Gimferrer




GÉNESIS DE LA LUZ


La luz es un ave que se quema,
            que se inflama encendida, que se nace
del carcaj de la noche, saeta en la distancia
traspasando los anquilosados nervios de lo oscuro.
Sin humos, sin diabólicos embrujos ni fármacos, tan sólo
resplandor, titileante brill, filo de daga
en busca de algún cuerpo donde abrir
                                                                  de la sangre
las vetas minerales, el manantial enrojecido
del lamento, las compuertas de la rabia retenida
que en los dientes encuentra su muralla.
¡Qué alaridos de júbilo! ¡Qué carnivoramente
ha parido este alba!
                                  Y un corazón seccionado
llueve sangre entre copas de pinos. Un pájaro se engendra
de plumaje de fuego y pico de bengala
que va ardiendo los aires, que deja tras de sí
un tumulto de lava, de bella, pura, ancestral
lava, lava, lava.

Jaime Siles

NUEVA POESÍA ESPAÑOLA
Enrique Martín Pardo
ed. Hiperión 1970

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