La Escuela Valenciana


Es un hecho probado que del Mediterráneo español han surgido, como la Luna -que es como surgen los poetas-, bastantes de los mejores poetas europeos de nuestro tiempo: José María Álvarez, Francisco Brines, Carlos Marzal, Vicente Gallego, Miguel Ángel Velasco, Guillermo Carnero, Pere Gimferrer, Juan Gil-Albert, Félix de Azúa, Salvador Espriu, Gil de Biedma, Antonio Colinas (a quien, a pesar de ser castellano, se le puede considerar también, por supuesto, un poeta mediterráneo) y alguno más que me dejo... En fin, que la obsidiana del río Pasión  de la Poesía nace allí, se encuentra allí; y cuanto más al Sur más fuerte es el aroma dulce de su Esencia.

Pero, afinando aún más, es justo decir que ha existido en las últimas décadas un hecho también aglutinador en el espacio geográfico de la buena Poesía mediterránea, un centro neurálgico innegable, todo elegancia y armonía, ante la mirada admirativa del resto de poetas patrios: la Escuela Valenciana

Cantera inagotable del buen hacer poético, de Valencia han ido surgiendo algunos de los mejores poetas de los que yo más he disfrutado como lector. Y hay uno de entre ellos, en concreto que, los dioses saben, me ha hecho gozar a mí  lo que no está escrito: el tesoro de Delos en sus versos. Todo un crudo y salvaje guerrero griego de la Poesía, cuya obra sin embargo no ha tenido la difusión entre nosotros que sin duda merecía, a pesar de haber sido y seguir siéndolo una de las obras más profundas y emotivas de la lírica española de la Generación del 50, a la que por edad pertenecía. Me estoy refiriendo a César Simón (Valencia, 1932-1997), egregio poeta de Oro, una de las voces más verdaderas de nuestra Literatura en la segunda mitad del siglo XX.

*

TU PROPIA VOZ


Alguna vez
volverás a escuchar tu propia voz.
En el rincón más anodino
o en la más espléndida plaza,
todo habrá de callar, entonces.
Al avanzar un paso
y penetrar en el recinto,
quizás aquella música inunde tu silencio
y una palabra antigua musite un hilo gris.
Dirás: es la verdad.
Y le abrirás las puertas
a los días sin culpa que mataste,
a la mentira o la verdad que fuiste.


CUANDO AMAS

Permanece en silencio cuando amas.
Escucha al fondo
la vastedad de la respiración,
la gota de agua y el rumor del viento.
Y ven de lejos.
Ven, al amor, de lejos.
Desde la noche,
desde el desierto,
arrimado a los muros,
a perecer en él, como acto único.

*

ALMA

Has sabido después de tanto tiempo
que eras tú toda música posible,
todo afán, todo amor, toda angustiosa
convicción del espanto de este mundo.
En la noche cantabas,
cantabas en el día, sin que él se diera cuenta
que eras tú siempre quien cantaba,
quien no lo abandonaba,
quien lo seguía por los montes,
por las aceras de las calles,
por los quirófanos, por las clínicas.
Lo has buscado en los cuartos de la noche
más que en ninguna parte.
Y él, como tu hermano de la carne,
un desnudo animal que sólo tiene
su cuerpo sensitivo, te ha escuchado,
te ha respetado siempre, alma.


EL GRILLO


Ese canto del grillo,
por las veredas, lomas,
monótono, profundo,
que te hará meditar inútilmente,
como sólo es posible meditar,
absorto, vago, irresoluto;
que no es canto de muerte ni de vida,
que es como si de pronto nos vinieran
nuestros pasos de niños,
cuando por entre olivos regresábamos
a casa. Aunque no sólo.
Que es la constancia firme, irremediable,
de la noche, del tiempo, de los trenes,
mientras nosotros, cada uno,
evidencia su bulto en el contorno
de ese extraño vacío, de esta enorme tristeza.
Ese canto del grillo,
esta verdad, de estar aquí, de ser
una conciencia justa de lo que es
imposible... Y más no.


*


ELEGÍA DEL TRENET ELÉCTRICO


Aquella estación. La veo.
Oigo el silbo del tren.


Me voy. Está lloviendo. Estoy sentado,
tarde grande de mayo, dolorosas
punzadas.
                  Lluvias.
                                Tú, amor mío.
¿Qué importa?
La tierra está muy seca.
Es mejor, sin palabras, que así sea
todo, que así se caiga
todo.


Pero aquella sensación...
Y aquel azul...


Cómo se va hacia dentro
la verdad, oh noche
perdida, circulando,
silbando como el tren
encendido.




De QUINCE FRAGMENTOS SOBRE UN ÚNICO TEMA: EL TEMA ÚNICO


I


Homenaje a Juan Gil-Albert, 
con ocasión de su homenajes


El tiempo ya no avanza o retrocede.
Alto es vivir tan lejos;
solemne, estar callado y sin respuesta.
No hay temor en el mundo;
todo está lejos para mí.
El mundo es este vicio solitario
de estar velando siempre en este sueño.
Reales son los pasos;
suaves son, sin embargo, sus pisadas.
Concretas son las cosas que he vivido;
transparente y oculta, su reverberación.
El cuerpo es el enigma;
su pulso es el lugar irreductible
donde insiste el esfuerzo de los años,
el fiel y ciego esfuerzo de los años,
el tormento o la dicha, no lo sé.
Pero lento es el día que transcurre,
día de nadie, y delicada guardia
mi caminar despacio y dispersión.
¿Qué palabras decir: "lleno", "vacío",
"amor", "deseo", "misterioso enigma",
"presencia inexplicable",
verbos o sustantivos o adjetivos?
Nada decir. Por eso avanzo a solas,
por eso repercuten los crujidos
de la tierra que apenas solicito,
los huecos de las bóvedas, mi voz.
El tiempo lateral: mi tiempo, que ha llegado,
la hora de encontrarme con mi tiempo:
el charco de los ojos,
las brasas de la carne,
la umbría de los témpanos;
tiempo latente, como el hongo nace
en el mantillo gélido del bosque,
yo soy, yo avanzo, yo penetro,
yo me detengo y ¿pienso?, ¿espero?, ¿escucho?
Yo paso, yo respiro, únicamente.


*


IV


¿Por qué me llamas, mundo?
¿Qué deseas de mí, desde ninguna parte?
¡Qué ligero camino, qué solemne me siento y qué superfluo!
Quizá no lo descubran:
yo camino remoto
por el mundo inmediato.
Todos saludan cerca; oigo sus voces lejos.
Quizá nunca se enteren.
Qué dejarse arrastrar y qué vivir:
el ascensor que monta,
las gentes que me silban,
los papeles que firmo.
Hay como un ruido sordo por lo bajo.
Mundo lejano, me conoces;
estamos otra vez, los dos unidos,
tal para cual: flotamos;
tú, en el trasfondo permanente;
yo, en permanente ausencia,
ausencia que es presencia en tu trasfondo.
Los dos extraños somos,
alto vivimos, huecos navegamos.



EN LA LLUVIA


Hay días en que acaso nada importa.
No importa ni siquiera el no importar.
América profunda
de incógnitas ciudades,
vemos pasar los gestos
desdibujados,
hoscas miradas o registros
indiferentes.
En las interminables avenidas
anónimas, entramos en un bar,
a celebrar la noche o la tarde de lluvia,
tras los cristales invernales.
Nada es nada.
Y nada pretendemos, sino lo imprescindible,
la única certeza, estar ahí,
indefinidos y perplejos,
testificando nuestra extraña fe
en esa lejanía,
tomando nuestro vaso,
oyendo estupefactos el rumor de la lluvia.
Esas irisaciones acuosas
que pulverizan sus estelas,
este ofrecerse -taciturnos-
momias, fantasmas, maniquíes,
esto es el caos y el nous, el ser y el tiempo
de las vastedades.
¿Dónde escapar, y para qué?
Es enorme la vida,
si no feliz;
es honda su lección, si no dichosa.


*


ADIÓS A QUIEN FUI


Ahora te recuerdo.
Y es hondo este recuerdo, aunque es inútil.
Tu vida aquella es lo que fuimos,
las piezas encaladas,
sin muebles casi
-de ninguna época-,
tu sensualidad trascendida.
Silencio fue, en aquellos años,
lo que viviste;
aire, lo que circuló por tu casa.


Bajo aquellas palmeras,
junto al brocal del pozo, unas gallinas
picaban el salvado;
las envidiaba un gato hambriento.
Un tren del otro siglo
se detenía en la estación
donde nadie esperaba,
salvo los árboles.
Alrededor, el campo;
el mar, al fondo.
No hay nada como el mar, decías.


Casas que tú has vivido.
Abiertos los balcones, silba el viento.
En el camastro yaces, escuchándolo.
Bíblicas ramas penden,
y la lluvia acaricia
con rumor embargante.


Retórico, lo fuiste
-no es posible no serlo-.
Eras sincero, sin embargo.
No en tus palabras, sino en tus costumbres,
en tus querencias, 
en tus soledades.
Fue cierto que vivías sin saberlo,
que algo en la carne te salvaba,
que amabas el amor, sobre todo.
Gastabas poco -no tenías-,
vestías poco,
te divertías poco;
pero bebías en modestos bares.
Siempre eras un extraño: no jugabas,
no conversabas,
no conocías en los sitios.
Pero las playas eran tuyas; el mar, tuyo.
Y en casa, ni batín ni zapatillas,
porque vestías casi de soldado.
Adiós, te dije un día. Qué dislate,
si eras el lujo de mi vida.


CESAR SIMÓN,
Palabras en la cumbre 
Antología 1971-1997
Institució Alfons el Magnànim, Valencia 2002


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