Un medio para buscar la plenitud del ser


Antonio Colinas (La Bañeza, León 1946)

—Se cumplen casi 20 años del primer ‘Tratado de armonía’, ¿recuerda cómo surgió?

El germen es, por supuesto, Ibiza. Nacieron de un tiempo en el que apenas viajaba, muy interior. También de ese dicho sufí que he puesto al frente del libro: «la naturaleza es sin más un libro abierto que el ser humano debe leer». Se trataba de leer símbolos y signos a través de una naturaleza ni costumbrista ni rural, sino esencial y profundamente universalizada. En ese nacimiento tuvo mucho que ver también el pensamiento y la poesía orientales, una forma especial de contemplar el mundo, traspasada por la intemporalidad.

—Por las características de su escritura, estos breves textos a menudo parecen fragmentos de un diario mayor... ¿Lleva un diario personal, íntimo? ¿O a qué género diría que pertenecen?

Llevo, en efecto, un diario desde mis años de adolescente, aunque a saltos, no con excesivo rigor. A veces he pensado incluso en publicar algunas partes de ellos, como las de los años de Italia, pero nunca lo hago. Para mí el diario posee de momento un sentido profundamente interior, de autoconocimiento, y no responde al chismorreo que a veces se va buscando en este tipo de obras. Los ‘Tratados de Armonía’ poseen otro sentido: son textos elaborados muy lentamente, fruto de momentos humildes, pero para mí especiales, de lo que yo llamo las «contemplaciones». Por eso, me resulta difícil enmarcar estos libros dentro de un determinado género literario. Sí, es cierto que en principio podríamos hablar de aforismos, pero hay secciones, como ‘En las noches azules’ o ‘Geometrías del fuego’ que perfectamente podrían ser considerados como poemas en prosa.

— ¿Qué puntos de contacto existen entre los textos de estos tratados y su Obra poética?

Creo que bastantes, hasta el punto de que yo a veces sugiero a los lectores que no han leído mi obra que comiencen por los leer los ‘Tratados de armonía’. En ellos ofrezco mi visión de la realidad en unos determinados años y en un espacio muy concreto: Ibiza, pensando y sintiendo desde el mundo o espíritu mediterráneo. Pero el ‘Tercer tratado de armonía’ que ahora aparece ofrece una novedad: traslado esta visión de la realidad a mis tierras de origen, a los espacios de León, donde nací y en donde pasé los veranos de mi infancia y de mi adolescencia, unos espacios muy romanizados, por otra parte. De ahí que, como ya sucedía en mi libro de poemas ‘Sepulcro en Tarquinia’, haya un diálogo continuo en mi obra entre el mundo mediterráneo (por vivencia) y el mundo del noroeste de León, donde están mis raíces creativas.

—Dice que «la armonía es compleja y misteriosa». ¿Qué es la armonía?

Aunque leyendo el libro no lo parezca, estos no son textos que remitan a la pasividad, al escapismo, a una especie de ataraxia. El término armonía (como el de mansedumbre, en otras zonas de mi obra) es un término dialéctico. La armonía es el estado que viene después de las pruebas, de deshacer los ‘contrarios’ de la vida, de las dificultades. Por eso, la caducidad, la muerte, o la presencia de un mal de carácter metafísico, también juegan un papel importante en este libro. Es de nuevo la lectura de la naturaleza, de la vida, esa continua generación y muerte que físicamente vemos reflejada en las estaciones del año.

—¿La armonía se encuentra o hay que buscarla?

Creo que hay que buscarla, es el resultado de un proceso que termina en la plenitud de ser; una plenitud que quizá es pasajera, pero que a veces se da en la vida. ¿Cómo no creer en esa plenitud del que respira en un pinar o del que contempla la mar desde la altura de un acantilado? Por eso a mí me gusta decir últimamente que la escritura es un medio para buscar la plenitud de ser, una vía de conocimiento que nos ayuda a seguir adelante. Bajo este punto de vista, la poesía, la escritura, otras formas de arte, tienen, como sabe todo el mundo, el poder de sanar. El que escribe y el que lee sana con los textos. Luego, sí, hay otra literatura que nace del malditismo, de la crisis, del exceso o de la simple provocación, pero hay tantas poéticas como poetas y cada uno busca sus propios caminos.

—Lo mismo habla de paisajes mediterráneos que de paisajes del Norte, de León. ¿Qué experiencia le produce este contraste?

Se trata de territorios muy dispares, extremados en tantas cosas, pero a la vez unidos por hilos muy sutiles, como los de la arqueología. Hay siempre un sincretismo misterioso. En la portada de mi libro ‘El río de sombra’ hay una lápida romana aparecida en tierras de León dedicada a tres dioses y escrita en una mezcla de lenguajes. Astúrica Augusta (Astorga) es uno de los primeros lugares
cristianizados de la península porque precisamente trae allí esa religión una de las legiones que llega del norte de África. En León estaban Las Médulas, las mayores minas de oro del Imperio Romano y este hecho marcó poderosamente no sólo el noroeste, sino que creó
un trasvase cultural, como lo crearía en las mismas tierras la Vía de la Plata y otras calzadas romanas y, más tarde, el paso del Camino de Santiago. Incluso se dice que, ya antes de la Romanización, hubo pueblos que bordeando en naves las costas de Portugal y ascendiendo luego por el cauce del río Sil arriba llegaron hasta ese corazón minero de León. En el fondo, todo se interrelaciona y a mí me ha interesado mucho esa visión abierta, universalizada de la realidad.

—Resuenan ecos de los pensadores presocráticos y de lo que llama ‘el latido de Oriente’...

Sí, en el libro resuenan varias fuentes literarias, que son las que me han interesado a lo largo de muchos años. También de otras formas del arte, como la pintura o la música. En este sentido, no hago sino recorrer (o más bien identificarme) con un mundo o unas ideas que comparto. En esa corriente de culturas en el tiempo también hay un hilo sutil que las une. Nos parece que Lao Zi está diciendo, en algunos momentos, lo mismo que Heráclito y que Novalis. Es una corriente de conocimiento a la que siempre se acaba volviendo, la que Huxley reconocía como la «sabiduría perenne». Lo demás es Historia, y dentro de ésta las guerras, el fanatismo de las ideologías, esa lucha terrible y continua de los humanos, de los «contrarios contra contrarios» de que habló Juan de la Cruz. Evitar el desgarro de los contrarios es otro de los fines de estos tratados de armonía.

—Filosofía, Arte, Naturaleza: ¿en qué ámbito se encuentra mejor la poesía, donde dialoga con mayor provecho?

Creo que en una fusión de las tres. Por eso, digo siempre que en el poema ideal se da, a la vez, un sentir y un pensar. La Naturaleza está
absolutamente en toda la tradición literaria, en la poesía china desde el siglo XX antes de Cristo. El Arte revela la tradición, la lección de lo clásico, que no es lo caduco, sino un valor perenne en el tiempo. En fin, el filosofar es el reverso o la otra cara del poetizar. Se dice que allá donde no llega el filosofar aparece (o debe aparecer) el poema.

—Ha declarado alguna vez que estos son sus libros más queridos. ¿Por qué?

Acaso por su sencillez, por su simplicidad. Avanzan los años y cada vez descreemos más de teorías y de pasiones literarias. Lo que importa es esa felicidad que nos proporciona la literatura, al menos en sus momento de plenitud. Y eso es lo que yo deseo también que busque el lector de ‘Tres tratados de armonía’: que contemple la realidad de una manera más natural y más feliz.
  
entrevista por Vicente Valero
12 de Marzo de 2010
DIARIO de IBIZA

 

Comencé a trabajar en el Tratado de armonía en los primeros días de 1986. Pensé, en un principio, que estaba escribiendo nuevas páginas de Diario, pero al llevar éste por separado y al ver que el tono de estas páginas nuevas nada tenían que ver con una minuciosa crónica de lo cotidiano, me hicieron comprender enseguida que estaba trabajando en otra dirección. Avanzando en la escritura veía que el libro iba adquiriendo un sentido unitario y que un tema constante se vislumbraba en él: la idea de armonía. Me pareció, por ello, que —más allá de sus aspectos levemente líricos, anecdóticos o circunstanciales— el libro tenía también un sentido reflexivo, conducía a la meditación.
            No creo, sin embargo, que se pueda hablar de pensamientos al enjuiciar el género de este libro. ¿Aforismos, reflexiones, impresiones, contemplaciones? Acaso me decidiría por este último significado, pues casi todas las partes del libro nacen de una contemplación objetiva y serena, de una impresión vivida sin prisas en el medio de la naturaleza. Veía también que, a la manera de algunos tratados del pensamiento oriental, la sencilla anécdota era sólo una excusa para enmascarar un sentimiento más profundo, una verdad más decantada en el tiempo, una idea.
             Quizá lo que subterráneamente tiemble en este libro sea una modesta teoría sobre el ser humano, pero sin ninguna pretensión lógica o sistemática. (La cita de Jung que va al frente de él es una severa crítica de estas actitudes meramente racionalistas.) Tienen también estos textos una premeditada y radical sencillez que no cabe confundir engañosamente con ingenuidad, desafinada como hoy está nuestra sensibilidad con el pensamiento dominante y con la tan libérrima, como hueca expresión, de las formas y de los contenidos literarios.
Luego, en los veranos de 1989 y 1990 realicé varios viajes por ciudades y rutas de la mística española. Paralelamente a esos viajes y a esos dos años hice algunas relecturas de las obras de Juan de la Cruz y de Teresa de Ávila. También de otros autores que influyeron en esta mística tan nuestra, como la de los maestros renanos y flamencos. Me alegró ir descubriendo en la realidad de los caminos, monasterios y ruinas —también entre las líneas de esas obras— unos signos que no eran otros que los de la mística universal, también asimilados o expresados por otras culturas, pero de manera muy particular por la de Extremo Oriente, que ya me era familiar desde hacía tiempo.
Para mí supuso un sorprendente descubrimiento encontrar sepultados por debajo de dogmas, teologías, persecuciones, sangres, un mismo afán: el del espíritu universal de la mística. Sé que hay algunos estudiosos que no comparten o aprueban esta aproximación de culturas, este sincretismo que —querámoslo o no— la mística tiene en sus fines últimos. Sé que sin ese sentido de universalidad quedaría devaluada la palabra clave de ese tipo de saber: plenitud, amor.
En fin, el hecho de que estos signos fueran surgiendo de manera totalmente inconsciente en los preludios del 400 aniversario de las muertes de San Juan de la Cruz y de Fray Luis de León (1991) y del 450 del nacimiento del primero (1992), y que con tal ocasión dirigiera un inolvidable curso de verano en El Escorial sobre estos dos autores, me pareció un vaticinio. Que además estos textos aparecieran en esa fecha clave de 1991, redobla ese sentido de sintonía plena y de armonía hallada —no buscada— que para mí ha supuesto un gran don.
Cuando terminé y vi publicado mi primer Tratado de armonía, nunca pensé en volver a escribir un libro de sus características. A pesar de la buena acogida que esta obra tuvo por parte de los lectores y de que siempre me he reconocido mucho en ella —en algunas declaraciones he dicho que, en cierta medida, la considero, modestamente, como mi «filosofía de la vida»—, nunca pensé en escribir una segunda parte.
Sin embargo, llegó el Nuevo tratado de armonía. En primer lugar, para responder al deseo de mi editora, Beatriz de Moura, que me pidió que lo escribiera; en segundo lugar, porque pienso que la creación de esta segunda parte refuerza y fundamenta la primera, en la medida en que el escritor, si es sincero, siempre acaba escribiendo lo que debe escribir; es decir, uno no hace las obras literarias sino que éstas, en cierta manera, nos hacen a nosotros.
Los dos libros fueron, por tanto, expresión y resultado de la vida de la persona que los escribió, con lo que se hacía realidad la por mí siempre tan perseguida fusión entre escritura y vida. Además, la aparición, al final de este segundo tratado, de la figura o presencia de un mal de carácter absoluto, metafísico, los hace complementarios, pues introduce una nueva dialéctica en mi teoría de la armonía, o —como yo prefiero llamarlas— en mis contemplaciones.
También la finalización de esta nueva obra en coincidencia con mi salida de la isla de Ibiza en 1998, después de veintiún años de vivencias continuas en ella, acrecentó su sentido especial. No es raro por ello que «En las noches azules» —un texto escrito ya en Salamanca— tensara aún más la significación de los años isleños con un dramatismo que me resulta difícil expresar aquí en sus detalles.       Estos Tres tratados de armonía se cuentan entre los libros míos que prefiero. Cuando a veces, en ese momento en el que el lector anónimo me pide que le recomiende uno sólo de mis libros, yo suelo sugerirle éstos. ¿Por qué? Acaso porque son una obra que revela muy bien al escritor que esencialmente he querido  ser; o porque hay en ella esa modesta, aunque radical, «filosofía de la vida» a la que he aludido. Con esta obra también se han identificado algunos lectores fieles que me han acompañado a lo largo de estos últimos años. Me consta, pues, que el Tratado de armonía, luego el Nuevo tratado de armonía y espero que ahora esta entrega global —que incluye el inédito Tercer Tratado—, han tenido y seguirán teniendo sus fervorosos seguidores.
Recuerdo siempre el caso de aquella anónima lectora a la que conocí en la Feria del Libro de Madrid. De su bolso extrajo, para que se lo dedicara, un libro muy gastado por el uso y medio desencuadernado: era el primer Tratado de armonía. «Siempre lo llevo conmigo», me dijo. Ésta es, a mi entender, la mayor satisfacción para un autor: sintonizar, simplemente, con ese lector anónimo, secreto. Sé también de otros lectores que lo tienen por libro de compañía o de cabecera, o que lo han regalado. También he sabido de algunos psicólogos y psiquiatras que lo recomiendan a sus pacientes. Es quizá la constatación de un hecho: a veces la literatura puede sanar. Al que la escribe y al que la lee. Éste podría ser otro de los fines de esta obra.
En estos textos que a veces participan de la intensidad del poema en prosa (así en su parte final, «Geometrías del fuego»), hay sobre todo una visión especial del mundo: la que nace de la mirada de piedad, de aceptación. Lo dice el epígrafe sufí que los precede: el mundo es un libro abierto que el ser humano simplemente debe leer para estar en armonía consigo mismo y con todo, para alcanzar la plenitud. Pero el ser humano no sabe o no quiere aceptar esa mirada, ponerse en sintonía con el mundo que le ha tocado vivir y en él buscar con naturalidad la plenitud de ser en estos tiempos en los que «todo vale» y en los que el pensamiento y el sentimiento se atomizan.
         La mayoría de los textos de esta obra nacieron en un profundo valle, entre los pinos de una isla del Mediterráneo, Ibiza. A lo largo de treinta años largos fueron surgiendo con lentitud, pero con seguridad. Sin embargo, no siempre el ámbito de la isla ha sido el protagonista de estas contemplaciones. Ya el primer Tratado se cerraba con una serie de textos, «Tratado de signos», que hacían referencia a otro ámbito, el de la España interior.
Esta presencia se ha ido intensificando desde 1998, año en que me despedí temporalmente de la isla con los textos de «En las noches azules», recogidos en el Nuevo tratado de armonía. Se cerraba entonces un círculo en mi vida con el regreso a mis raíces, a mis tierras del noroeste. Ahora, el valle en el que continué con mis meditaciones no era un valle de pinos, sino de encinas, y la casa que en él habitaba no tenía los muros blancos sino del color del fuego. Restaurar esta casa de mis antepasados, abandonada durante años, supuso también «restaurarme» a mí mismo en unos días de cambios muy bruscos en mi vida.
Pero sobre ambos valles temblaba y tiembla la misma Vía Láctea. Podrá apreciar, pues, el lector cómo a lo largo del Tercer Tratado, la mente y la vida del que escribe va saltando de un valle a otro, de una casa a la otra. Estos dos valles no son, en el fondo, sino un mismo valle: el de la vida. En él es donde se da ese viaje decisivo —ineludible para el que desee vivir en la consciencia— a nosotros mismos: el viaje interior.
 TRES TRATADOS DE ARMONÍA
Preliminar
Antonio Colinas
Salamanca, otoño de 2009


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