El último de los Grandes




sábado, 17 de Abril de 2010 / Museo Jorge Oteiza
Intervención del poeta Francisco Brines


-“La poesía es la palabra extremada”, dice Carlos Marzal.

-Oscurecer artificiosamente el poema: el irracionalismo imperante en la joven poesía actual, un crucigrama sin sentido.

-Cada lector de un mismo poema tendrá una lectura distinta según su sensibilidad.

-Saber de lo que se está hablando, al escribir poesía.

-El lector puede ser un gran creador de poesía invisible. De hecho el lector de poesía es co-creador del poema.

-El don de la belleza es un don gratuito, existe como un misterio.

-El siglo XX ha podido captar la verdad de todos los siglos anteriores.

-En el monte, el descubrimiento de la soledad y la “lectura” pausada de las cosas.

-Yo escribía un poema y no sabía lo que iba a decir. Era un “explorador”. No sabía lo que “venía”. Yo era el primer lector del poema. Sabía que tenía que desvelar una emoción oscura.

-Lo que tiene de misterio la poesía para el que la lee y para el que la escribe.

-Un hombre que vive solo en una casa desde que murió su madre. Como un cirio que se consume a sí mismo.
LAS BRASAS, lo que está extinguiéndose.
PALABRAS EN LA OSCURIDAD, las palabras que expresan al hombre pero que, como él, se apagarán.
AÚN NO, la expresión mínima.
ENSAYO DE UNA DESPEDIDA, empezamos a morir cuando nacemos, dice Quevedo.

-A veces el verso libre tiene un ritmo encabalgado como el del endecasílabo.


-CAUSA DEL AMOR, cuál era el sentido del amor que yo vivía.

Cuando me han preguntado la causa de mi amor
yo nunca he respondido: Ya conocéis su gran belleza.
(Y aún es posible que existan rostros más hermosos.)
Ni tampoco he descrito las cualidades ciertas de su espíritu
que siempre me mostraba en sus costumbres,
o en la disposición para el silencio o la sonrisa
según lo demandara mi secreto.
Eran cosas del alma, y nada dije de ella.
(Y aún debiera añadir que he conocido almas superiores.)
La verdad de mi amor ahora la sé:
vencía su presencia la imperfección del hombre,
pues es atroz pensar
que no se corresponden en nosotros los cuerpos con las almas,
y así ciegan los cuerpos la gracia del espíritu,
su claridad, la dolorida flor de la experiencia,
la bondad misma.
Importantes sucesos que nunca descubrimos,
o descubrimos tarde.
Mienten los cuerpos, otras veces, un airoso calor,
movida luz, honda frescura;
y el daño nos descubre su seca falsedad.
La verdad de mi amor sabedla ahora:
la materia y el soplo se unieron en su vida
como la luz que posa en el espejo
(era pequeña luz, espejo diminuto);
era azarosa creación perfecta.
Un ser en orden crecía junto a mí,
y mi desorden serenaba.
Amé su limitada perfección.

-LA PERVERSIÓN DE LA MIRADA, la perdida de la inocencia es el conocimiento adulto de la vida. Que no deje llaga, eso es lo importante.

  La niña,
con los ojos dichosos,
iba – rodeada
de luz, su sombra por las viñas –
a la mar.
Le cantaban los labios,
su corazón pequeño le batía.
Los aires de las olas
volaban su cabello.

   Un hombre, tras las dunas,
sentado estaba, al acecho delmar.
Reconocía la miseria humana
en el gemido de las olas,
la condición reclusa de los vivos
aullando de dolor,
de soledad,ante un destino ciego.
Absorto las veía
llegar del horizonte, eran
el profundo cansancio deltiempo.

   Oyó, sobre la arena,
el rumor de unos pies
detenidos.
Ladeó la cabeza, pesadamente
volvió los ojos:
la sombría visión que imaginara
viró con él, todavía prendida,
con esfuerzo.
Y el joven vio que el rostro
de la niña
envejecía misteriosamente.

   Con ojos abrasados
miró hacia el mar: las aguas
eran fragor, ruina.
Y humillado vio un cielo
que, sin aves, estallaba de luz.
Dentro le dolía una sombra
muy vasta y fría.
Sintió en la frente un fuego:
con tristeza se supo
de un linaje de esclavos.


MUROS DE AREZZO, descripción de la pintura de Piero della Francesca.

Dentro de aquella descarnada iglesia
la nave era una sombra, cuyo aliento
era un vaho de siglos, y en la hondura
vimos la luz sesgando el alto muro.
Y el sueño humano allí, con los colores
del más ardiente engaño, las cenizas
del deseo de un hombre sepultadas
en árbol, en corcel, séquito o ángel.
No puso fantasía ni invención:
sobre la faz del hombre y de la tierra
dejó el orden debido; y admiramos
no la belleza física, la imagen
de nuestra carne serenada. Suma
de perfección es la cabeza humana,
sin fuego de alegría y sin tristeza;
ni altiva ni humillada bajo el arco
del aire azul, tan quieta la mirada
que deja a los caballos sin instinto,
sin crecimiento natural al árbol.
Se nos narra una historia de este mundo;
el pretexto remoto de unos seres
como nosotros mismos, mas sabemos
que el bien y el mal aquí no son pasiones.
La pintada pared nos muestra el sueño
que abolió nuestra escoria: son iguales
el moribundo y el que ama, reyes
y palafreneros, montes o lanzas,
la desnudez y el atavío, sol
o noche, los piadosos y el guerrero,
la sed y la coraza, quien vigila
y el dormido en la tienda, la señora
y sus damas, el estandarte rojo
y el sepulcro, el joven y el anciano,
la indiferencia y el dolor, el hombre
y Dios.
Enamorado alguna vez,
y haciendo realidad el viejo sueño
de una mejor naturaleza, quiso
la perfección. Recordando el amor,
la dicha mantenida, sus pinceles
conservaron los hábitos y gestos
terrenales, copió la vida toda,
y a semejanza de él, aunque visible,
un aire hermoso y denso allí respiran
logrando un orden nuevo que serena:
feliz; sin libertad, vive aquí el hombre.

OSCURECIENDO EL BOSQUE, un poema dichoso, que ha encontrado el lector ideal de su lectura. El atardecer viendo un bosque en Inglaterra y el atardecer de la vida. La afirmación del amor a la vida desde la despedida de la vida. Aceptar la vida como un don.

Toda esta hermosa tarde, de poca luz,
caída sobre los grises bosques de Inglaterra,
es tiempo.
Tiempo que está muriendo
dentro de mis tranquilos ojos,
mezclándose en el tiempo que se extingue.
Es en la vida todo
transcurrir natural hacia la muerte,
y el gratuito don que es ser, y respirar,
respira y es hacia la nada angosta.
Con sosegados ojos miro el bosque,
con tal gracia latiendo
que me parece un soplo de su espíritu
esa dicha invisible que a mi pecho ha venido.
Cual se cumple en el hombre
también se ha de cumplir la vida de la tierra;
la débil vecindad que es realidad ahora,
distancia tenebrosa será luego,
toda será negrura.
Miro, con estos ojos vivos, la oscuridad del bosque.
y una dicha más honda llega al pecho
cuando, a la soledad que me enfriaba,
vienen borrados rostros, vacilantes
contornos de unos seres
que con amor me miran, compañía demandan,
me ofrecen, calurosos, su ceniza.
Cercado de tinieblas, yo he tocado mi cuerpo
y era apenas rescoldo de calor,
también casi ceniza.
y sentido después que mi figura se borraba.
Mirad con cuánto gozo os digo
que es hermoso vivir.


ALOCUCIÓN PAGANA, la visión del más allá de la vida desde un agnóstico. El hombre que desconoce el Misterio. Que no acepta a un Dios como el que crea y permite la violencia, el principio de la violencia. Un poema religioso desde el agnosticismo. Requiere un buen lector de poesía. Lo mismo la poesía religiosa que la agnóstica es una educadora de la tolerancia. Yo desearía creer, pero si no creo tampoco niego. Lo que sea será de todos.

¿Es que, acaso, estimáis que por creer
en la inmortalidad,
os tendrá que ser dada?
Es obra de la fe, del egoísmo
o la desolación.
Y si existe, no importa no haber creído en ella:
respuestas ignorantes son todas las humanas
si a la muerte interroga.
Seguid con vuestros ritos fastuosos, ofrendas a los dioses,
o grandes monumentos funerarios,
las cálidas plegarias, vuestra esperanza ciega.
O aceptad el vacío que vendrá,
en donde ni siquiera soplará un viento estéril.
Lo que habrá de venir será de todos,
pues no hay merecimiento en el nacer
y nada justifica nuestra muerte.


ANTE EL JARDÍN NUBLADO

Cantan los pájaros en el jardín nublado.
Yo soy el negador de todo el tiempo
que me fue concedido, y aún me espera.
Soy la mirada en el jardín nublado,
del yerto mundo, de la cama difunta
que produce los sueños.
¿En dónde están, y a dónde va mi vida
que ya no está?
                          Si yo azotara a Dios
con ráfagas de lluvia, y posara en sus labios
la tibieza del sol, para enseñarle el beso,
y luego le arrancara
los ríos y las aves de sus ojos,
un torso palpitante del tacto de sus dedos,
y fuese el patrimonio que le queda
un nublado jardín, ya entrado octubre,
y más oscuridad al fin de año,
yo sé que en su venganza me impidiera morir,
pues con su fuerza poderosa
me borrara esta vida que se borra,
apagara la luz de aquel nacer.
Si Dios fuese posible,
y oyese estas palabras, no era posible el hombre,
y en el jardín nublado, que miro desde el cuarto,
cantan tristes los pájaros, con vida,
y hay un olor extendido de rosas,
como si sólo un hombre aquí existiera,
y porque existe él transcurre todo,
                                                       y la belleza
honda se ofrece ante su muerte,
con sólo fin de darle un pensamiento.
Y así, de un modo débil y una existencia torpe,
Nace, breve, el amor.


LA ROSA DE LAS NOCHES

Todas las noches de mi vida, hasta el alba,
sin llegar nunca a nadie,
en ciudades distintas, los ojos en acecho,
son una turbia rosa negra.
Se cumple así la sed que concedo a la carne,
esta difusa espera, que es la fidelidad de mis cansancios
o el encuentro de alguna luz pequeña que se abate,
tras del furor, en las cansadas sábanas.
Allí donde los cuerpos se nutren de reposo
que no es mortal aún,
en esa hora tan dura
en que la luz es agria, es una ciega rosa blanca.
Todas las noches de mi vida, envejeciendo,
son una infame rosa negra,
son una rosa negra y solitaria,
una encantada y desvalida rosa.
Si volviera a vivir, yo quisiera aspirarla
de nuevo sin piedad,
pues por ella existí, aunque me devorase.

Yo miraba los astros, su hermosura,
y nada aquel espejo reflejó
 que a él se asemejase:
sólo la quemadura del vivir,
que aun sin fulgor, yo sé que existe.
Todas las noches de mi vida, también las que vendrán,
son una iluminada rosa negra,
un secreto esplendor que aún no es ceniza
 y nadie puede ver, y que este ciego roza
lleno de ardor, con las manos tendidas.


EL USURPADO, es un velorio. El verso que le gustó a Enrique Morente resulta que era de Quevedo: “Mordí los labios del difunto”.

Era de mucha pena aquel lugar,
una casa de llanto. Los espejos
borraban rostros súbitos y vagos,
indumentarias, estupor, sonrisas.
Los rostros se reiteran. En la sala
conversan agrupados, circunspectos,
muchos desconocidos, y hay mujeres
enlutadas y solas. Se oyen risas
que llegan del jardín, muy sofocadas:
son los niños, allí en la claridad.

   Subí las escaleras, y entré luego
en una habitación muy conocida;
y como el beso no servía ya
mordí los labios del difunto. Dije
mudas palabras que ni entiendo ni oigo,
pues con cuidado agudo te busqué.
Despojado de luz estabas sordo,
y así llegué a la noche que abatías,
no a la luna enramada en los naranjos
que estaba allí, cuando salí con nadie
de aquella casa extraña y despoblada.

   Y en esa noche de cautelas tuyas
corrió mis venas un funesto yelo,
y fui un gemido ardiente. Mi memoria
te araña rigurosa. Tú, usurpado,
me has dejado ignorado en el olvido.


LOS VERANOS, exaltación de la juventud a la que se invita a gozar de la vida. Los jóvenes no lo ven. Los que ya no lo son sí. Ya lo verán.

¡Fueron largos y ardientes los veranos!
Estábamos desnudos junto al mar,
y el mar aún más desnudo. Con los ojos,
y en unos cuerpos ágiles, hacíamos
la más dichosa posesión del mundo.

Nos sonaban las voces encendidas de luna,
y era la vida cálida y violenta,
ingratos con el sueño transcurríamos.
El ritmo tan oscuro de las olas
nos abrasaba eternos, y éramos sólo tiempo.
Se borraban los astros en el amanecer
y, con la luz que fría regresaba,
furioso y delicado se iniciaba el amor.

Hoy parece un engaño que fuésemos felices
al modo inmerecido de los dioses.
¡Qué extraña y breve fue la juventud!


EL TELÉFONO NEGRO

He marcado los números antiguos
Con un deseo vago de respuestas,
sabiendo ya que nadie me esperaba.
Con un deseo vano de oír voces amadas
y que reconocieran también ellos mi voz.
Mi teléfono es negro,
y en la noche, aún más negra,
sólo oía el sonido que llamaba a unas tumbas.
Y yo en mi casa solo.
Se rompe la mañana
En el turbio cristal. Va llegando el verano.
Cantan los pájaros (¿los mismos?),

Y no sé si hay consuelo.
Con la luz que desnuda amanece
Desnudo entre la cama,
y el teléfono suena.
Me apresuro. Le digo que me diga.
Sigue el silencio, y sé que están hablando.
¿Sale la voz de alguna boca muerta,
o acaso, de tan dolo, sólo hay en mí sordera?
Oigo otra vez los pájaros. Y sé que son los
mismos
Que cantaban entonces, tan frágiles y eternos.
Tengo que hablar. Con quién,
si no salen tampoco sonidos de mi boca.


LA ÚLTIMA COSTA, me llevaron a Finisterre, en el istmo donde está el faro, un playa sin nadie, sin nada, todo el Atlántico perdido al fondo, sin barcas. El barco es el de los creyentes, las barcas las de los demás. Vivía mi madre cuando escribí este poema.

Había una barcaza, con personajes torvos,
en la orilla dispuesta. La noche de la tierra,
sepultada.
Y más allá aquel barco, de luces mortecinas,
en donde se apiñaba, con fervor, aunque triste,
un gentío enlutado.
Enfrente, aquella bruma
cerrada bajo un cielo sin firmamento ya.
Y una barca esperando, y otras varadas.
Llegábamos exhaustos, con la carne tirante, algo seca.
Un aire inmóvil, con flecos de humedad,
flotaba en el lugar.
Todo estaba dispuesto.
La niebla, aún más cerrada,
exigía partir. Yo tenía los ojos velados por las lágrimas.
Dispusimos los remos desgastados
y como esclavos, mudos,
empujamos aquellas aguas negras.
Mi madre me miraba, muy fija, desde el barco
en el viaje aquel de todos a la niebla.

EL VASO QUEBRADO, poema inédito. Un vaso que se me cayó en la cocina. Se quebró pero no se rompió. Y antes de tirarlo, lo llené de agua por última vez y bebí.

Hay veces en que el alma
se quiebra como un vaso,
y antes de que se rompa
y muera (porque las cosas
se mueren también),
llénalo de agua
y bebe,
quiero decir que dejes
las palabras gastadas, bien lavadas,
en el fondo quebrado
de tu alma
y, que si pueden, canten.


ENSAYO DE UNA DESPEDIDA
Poesía Completa (1960-1997) 
FRANCISCO BRINES,
ed. Tusquets, Barcelona 1999

Francisco Brines (Oliva, Valencia 1932),
el poeta elegíaco y mediterráneo, uno de los últimos Grandes.

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