El Erótico Perfecto


Las MEMORIAS DE CASANOVA -más de 3.000 páginas de cualquier edición normal- han sido consideradas como un monumento al libertinaje, como un amoral documento de libertad sexual. Ser un Casanova en el lenguaje corriente de cualquier país civilizado, "un fauno con calzas de seda" según Barbey d'Aurevilly, es ser un insaciable sexual. Y es que el viejo solterón del castillo de Dux rememora sus éxitos femeninos con ingenua ilusión. Se han montado teorías sobre el Don Juan y Casanova, sobre el seductor casi cerebral y el gozador biológico. Creemos que ha llegado el momento de poner las cosas en su sitio.

En las 3.000 páginas de las MEMORIAS y en los 39 años de su vida amorosa, que narra con total desenfado, Casanova posee 122 mujeres, o sea 3'12 por año. Como en su "delectatio morosa" es muy difícil creer que le quedara ni una sola en el tintero, nos hallamos ante una cifra muy exigua, dado que se cuenta en esta lista las aventuras de las cortesanas, criadas de posada, prostitutas callejeras, celestinas, etcétera. Para fama de Casanova en su época es bien poca cosa. Si hubiese querido, en el clima en que vivía y en la libertad de la época, hubieran podido ser dos mil: pero Casanova no es la bestia de placer que aseveran sus comentaristas, ni el seductor que tantas generaciones de hombres -las MEMORIAS es un libro para hombres- nos complacemos en evocar.

Casanova se enamora de sus mujeres como un gran solitario que es: con ingenuidad la mayoría de las veces. Luego las deja porque su espíritu le obliga a ello: ha de continuar su destino errabundo, pues como el don Juan literario es un eterno viajero. Él lo sabe y ellas también. No hay drama jamás en sus rupturas. Por mejor decirlo: no hay ruptura. Es un maestro en el gesto libre, supremamente melancólico, de irse. La mayoría de veces no hay la menor recriminación, el menor reproche. Retorna a su camino, con un enorme silencio, y ellas le ven marcharse como algo natural. Luego viene la nostalgia porque Casanova fue siempre un gran generoso de su amor alegre y práctico. A cinco amantes les busca marido; a otras muchas, protectores ilustres. Renuncia cuando una bella puede casarse, o las deja donándoles las fortunas que gana en el juego, en las especulaciones, en las prodigiosas invenciones... Ni una sola mujer le recuerda con odio, quizá porque jamás despertó profundas pasiones. "El más honrado hombre que ha habido en el mundo" exclama la dulce Henriette. "Un gran hombre de noble corazón, de una valentía única" rememora Francesca Buschini, la modistilla veneciana, compañera de días adversos. Y Thérese Imer escribe a uno de sus enemigos: "No conozco del señor Casanova otra cosa que sus bondades, su cortesía y su amistad; a través de mis largas relaciones con él, repito que no conozco de él otra cosa que honor y probidad". Al fin de su vida el coro de voces blancas laudatorias: es único. Y él mismo confesará: "Exceptuando a la Corticelli, puedo decir que he hecho la felicidad de cuantas mujeres he amado". El terrible seductor y libertino de la leyenda queda reducido a un amante magnánimo y tierno. Ciertamente en su vida hubo mucho de seductor e inquietante, en todo menos quizá en los amores.

El siglo XVIII crea el libertino. Crea la literatura del libertinaje. Pero Casanova es único, y el documento literario de sus MEMORIAS, también. Nada tiene que ver Casanova con los grandes personajes del siglo, del duque de Richelieu a Sade. Y su obra menos todavía: no hay en su páginas el menor deleite perverso, el más mínimo regodeo cerebral. Cualquier perversión le azora, ayudado por la pudibundez de Laforgue. Compárese con "Les liasons dangereuses", de Chordelos de Laclos; con "Les Aphrodites", de Andrea de Nerciat; con la "Juliette" de Sade; con el mismo dulzón e intolerable "Faublas" del girondino Louvet de Couvrai. Toda la vida amorosa de Casanova es rectilínea. En el episodio de las dos monjas de Murano, el embajador francés, el futuro cardenal de Bernis -que ése sí fue un libertino, un aristócrata del placer- lleva el hilo de la intriga y en este episodio poco glorioso para él, Casanova es de una magnífica simplicidad narrativa, es el antípoda del Valmont de "Les liasons dangereuses", del verdadero perverso. Casanova no pasa de ser, en este caso, un hombre engañado, que se resigna fácilmente a la vista de otro bello cuerpo juvenil. No fue el "erótico perfecto", que creyó Stefan Zweig, es decir, no fue un obseso sexual; otras muchas cosas le preocupaban, desde el dinero a la matemática; desde la política a la magia.


No es ciertamente en el amor donde aparece el Casanova excepcional. Es en el aventurero, en el perfecto amoral, en el hombre de un valor seguro: el perpetuo lobo solitario. Su huida de la prisión de los Plomos, la anonadante mistificación a Madame Urfé, sus ideas, a menudo tan fructíferas, de arbitrista, todo pasa por su prosa nerviosa, infatigable. Gana fortuna y se arruina con la mayor facilidad. Su hambre de vivir no le falla jamás. En esto el personaje es inmenso y su libro, único. Es un raro ejemplar de hombre, el más novelesco que cabe. Es aquel que cuando un aristócrata exclama: "¡Vos sí que sois un hombre extraordinario!", responde simplemente: "Sólo tengo de extraordinario el hecho de que encuentro fácil aquello que lo es realmente. Nada menos que la vida".


Resulta curioso el extraño destino del caballero Casanova de no ser amado por la posteridad. Precisamente por su misma brutalidad vital, a las gentes les ha molestado siempre y son raros los espíritus selectísimos que se atreven a decir que fue un personaje importante, que escribió un francés muy decente, que su obra es interesantísima, que tuvo una inteligencia superior, y que, finalmente, no fue un simple y vulgar amador, sino un personaje símbolo que estuvo bastante por encima de toda su época.

EL AVENTURERO CASANOVA
Por Nestor Luján
HISTORIA Y VIDA
Barcelona-Madrid, 1983

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