Como si ya no fuese mía contemplo mi vida



-El Mar Mediterráneo es otra de las obsesiones en su poesía. Usted ha dicho al respecto: “El Mediterráneo: esa mar de donde viene todo lo que nos ha puesto por encima de los salvajes”. Y en concreto el Mar Menor, usted habla de él maravillas en su versos. Además usted lo define como un lugar de portentosa belleza, y memoria de los veranos de la infancia. Hábleme de ello. Y hábleme también del encanto de “Las playas solitarias del invierno. Su olor”

-No sé si ahí repetía ideas de alguien, no lo sé, pero me lleva al Dr. Johnson. Pero es verdad que en el Mediterráneo, al menos para nosotros los occidentales, nació todo, todo de lo que aún seguimos alimentándonos, Arte, leyes, formas de vida... por el tiempo que dure. Nuestro sentido de la belleza, de tantas cosas. Cuando yo estoy en Alejandría, pese al atroz proceso de uniformidad de estos últimos cuarenta y tantos años, me siento aún en mi casa. Y lo mismo les sucede en España a mis amigos egipcios. Todo el Mediterráneo es casa de todos nosotros. El Mar Menor lo que sucede es que es mi niñez. Lo adoro. Tengo una pequeña casa allí, un estudio sobre la mar. Y cuando puedo, voy. Pero le aseguro que no amo menos algunas playas de Túnez, o de Grecia, o de la Costa Azul. Que también van ligadas a mi juventud, a muchas horas de alegría, de dicha. Que prefiera el Mar Menor en Invierno no es tan extraño. No hay turistas, ni “nacionales”, que son peor.

Cuando llegan los días de las grandes calmas
el Mar Menor parece
la más delicada pintura sobre seda. La luz
ciega; la neblina que transparenta
las islas es como esa veladura
con que los años envuelven los recuerdos.

        Cuando llegan los días
de las grandes calmas, sientes
la mar llamándote. Y hacia sus orillas te diriges. Los senderos
de cañas, son los mismo
que vieron tus ojos al abrirse
a la vida. Por esa orilla entonces,
paseas, contemplas la superficie de las aguas, oyes
el sonido casi imperceptible de las olas
deshaciéndose en la arena de la playa.

Y algo
que ya no es ni
tu memoria, ni tus sueños, sino
algo que compartes con esas guijas, con esa mar, con
el sol y los peces y ese perro
que duerme junto a ti: una sensación
mineral de estar en paz, te
funde
con esa luz. Y
comprendes—tu carne sabe—
que no eres, como todo ese ámbito,
mas que parte de un latido misterioso,
maravilloso, divino
       de la Vida. 


De MUSEO DE CERA (las grandes calmas).


-Me interesa volver al tema de sus ciudades amadas, las ciudades que, como dice usted, han dejado un bálsamo en su corazón. Dice usted en diferentes sitios de su obra: “Con los años, uno reduce sus placeres a los que bien conoce, a los que sabe que no le defraudarán: Venezia, Barcelona, Sicilia, Istanbul, Túnez, Esmirna,…” “ciudades cruce de caminos, mezcla de razas, disipadas, bellas, sea cual sea su belleza, donde todo puede suceder, donde palpas en el aire el sueño de todos los hombres que en ellas buscaron la fortuna, la gloria o la muerte.” Habla también, entre las ciudades que ama, de Benarés, Jerusalem, Bagdad, Palermo o Marraquesh. Hábleme de ellas.

-Sí, pero fíjese: Barcelona se me ha ido. Después de la muerte de Alberto Viertel, creo que no he vuelto a pisarla, salvo en el aeropuerto. Y no me apetece volver. Era un pedazo de mi juventud, Barcelona era un pedazo de mi vida. Pero ya no está. Descanse en paz. Además, mi Barcelona, nuestra Barcelona, hablo por Alberto, era otra ciudad que la de hoy. Pero hay muchas ciudades muy amadas aún. Es verdad, no defraudan, Venezia, Siracusa, en Sicilia, y bueno, toda Sicilia, o Nápoles... Desde luego, Budapest, Kyoto, San Petersburgo, Berlín ahora, que está maravillosa, llena de vida; y claro está que Istanbul, Túnez ya no tanto. En realidad Túnez capital nunca me ha gustado, pero sí la costa, y por supuesto Kairouan. Pero es otro tipo de relación, no como con Venezia, o Budapest, o París. Marraquesh me gusta, pero no viviría allí más de unos días, no le tengo el apego que Juan [Goytisolo]. Jerusalem sí es una ciudad que se me quedó en el corazón. Pero careciendo de los vínculos digamos religiosos, históricos, de muchos de mis amigos, tampoco es una ciudad donde viviría. En Roma, sí. O en Sevilla.

-Sí, cuando estuve la última vez en Sevilla, su amigo, el poeta, Pepe Serrallé me habló de que usted estuvo tentado varias veces de ir a vivir allí, incluso él mismo le estuvo buscando casa para comprarla. Pero al final no se decidió...

-Me gusta mucho Sevilla. He estado tantas veces... y he sido tan feliz allí. Pepe Serrallé es uno de mis amigos más queridos. Y también están Chari, que es bailarina y estuvo casada con Serrallé, y María Gutiérrez y Pepe Suárez, gente maravillosa, y qué voy a decirle de Abelardo Linares, que además es mi editor, el único editor que quiero tener. ¿Estuvo usted en el Becerra, comió las papas aliñás que hace? Qué sabiduría. 

 Pepe Serrallé y Alfredo Rodríguez, Sevilla Octubre 2006

-Por supuesto, Pepe nos llevó al Becerra, y también fuimos “en procesión” a su mítico Sol y Sombra, donde las servilletas siguen siendo rollos de papel higiénico sobre el mostrador, y se come de maravilla...

-Bueno, el Sol y Sombra ya no es lo que era.

-Ha hablado usted antes de su amigo Alberto Viertel. Recuerdo con cariño sus novelas, las que usted me recomendó que leyera. Disfruté mucho con ellas. Era un escritor crudo y real. Un novelista de los de verdad...

-Hombre... Viertel... si lo ha leído no tengo que decirle más. Era un verdadero escritor.

-Luego está Estambul (o Istanbul, como usted prefiere llamarla). Aquí hay muchas anécdotas en su obra que me gustaría comentara: Hablando de las gentes de Istanbul dice “Saben que lo que importa es sobrevivir lo más libre posible (lo menos controlado posible)”. Yo estuve allí en 1990 y le aseguro que vi mucha policía, demasiada. Y en actitud muy guerrera, por cierto.
Luego están esas palabras suyas maravillosas, recordando su primer viaje a la ciudad, y que yo tengo enmarcadas en mi casa como pie de foto:Al atravesar el puente de Galata hacia Tepebasi, miré hacia atrás. La Belleza del mundo –el Botín del mundo- sucedía.” O cuando habla del niño limpiabotas de Estambul. “La mirada sin tiempo del niño limpiabotas. Eran los ojos de Alejandro Magno”. O la pareja de ancianos turcos que visita Topkapi, usted dice que “no se asombran ante las riquezas porque aquella suntuosidad seguía siendo algo vivo, el entorno natural de su vivir, y ese esplendor los incluía a ellos también”. Y por último el episodio magnífico del buhonero del Gran Bazar que trata de engañarle a usted vendiéndole unas aguamarinas falsas, y esas palabras finales que le dice a usted y que tanto le calaron y que luego dieron título a uno de sus libros: “Sé que nunca me creerás. Haga yo lo que haga, te diga lo que te diga, nunca me creerás, porque mis enemigos han llenado de tosigo ardento tu corazón. Y tu corazón ya no cree en mí.”

-1990 no era el mejor año. Pero aún así. Esa cantidad de policía —sobre todo si es corruptible— limita menos la libertad que un ordenador de los que tenemos por aquí. Lo de guerrero sería por el gesto algo feroz, será por el bigote. No. Le aseguro que Istanbul es de los lugares donde uno puede escapar mejor del control de los gobiernos. Y no sólo Istanbul. En Egipto también, y en muchos sitios. Quedan aún ciudades, países, donde la gente sabe que el Estado es una maldición, y lo sortea con astucia, procura engañarlo, ser libre. Es lo que había en los ojos de aquel niño. En LOS DECORADOS DEL OLVIDO tiene usted muchas páginas sobre Istanbul. Es lo que digo allí, aunque haya cambiado algo desde aquellos años.

-Bueno, últimamente con los integristas islámicos rondando por allí no es muy recomendable viajar a ese destino...

-Puede usted encontrarse los frutos de ese integrismo en Pamplona, o en Barcelona, o donde quiera. Yo voy a Egipto, o a Túnez, o a Turquía, y no siento ese miedo. Un coche-bomba puede estallar en cualquier sitio. Hombre, hay algunos a los que ahora, salvo que tuviese que ir por algo muy importante, procuraría no acercarme, Afganistán, Irak... ¿Pero Alejandría, o Madhia? Y mucho menos Istanbul. No deje usted que lo intimiden.

***

Domingo, 11 de Enero, conversación de noche en la casa del poeta, junto a la chimenea, rodeados de libros y de fotos, ante unas copas de buen whisky...

  Alfredo Rodríguez, París, Enero 2009

-“La Música, el Arte, la Poesía calman algo dentro de nosotros”, dice usted en uno de sus versos. Hábleme de esa sensación.

-Si quiere, escuchamos el TRIPLE CONCIERTO de Beethoven, o LAS BODAS DE FÍGARO... o a Schubert... Lo que usted sienta, responde a esa pregunta.

-Preferiría música italiana o francesa del Barroco. Va más con mi temperamento. Beethoven se me hace “demasiado alemán”. Y a Schubert no he acabado nunca de “pillarle el tranquillo”... LAS BODAS DE FÍGARO, sí, eso sería maravilloso, de fondo, mientras hablamos...

-Le pasa a usted con Schubert como a Adolf Eichmann. Escuche bien sus Cuartetos, o EL VIAJE DE INVIERNO, no sé, o sus Tríos. Ya me lo contará. LAS BODAS DE FÍGARO es uno de los consuelos mayores de mi vida, lo ha sido desde hace mucho. Debo haberla escuchado más de doscientas veces, y éste o aquél momento, muchas más. Viaja conmigo siempre. Tengo cincuenta y nueve versiones además de una infinita serie de grabaciones de arias sueltas de hasta casi desconocidos. Bueno, es una de mis locuras. Hay Óperas que amo, y ya las colecciono de forma maniática. Tengo allá las noventa TRAVIATAS. Y yo qué sé cuántos RIGOLETTO, o DON GIOVANNI, o DON CARLO... También la LUCIA, COSÍ... Y de Rossini, para qué contarle. O de la TOSCA. Pero vuelvo: escuche usted con el alma abierta al bueno de Schubert. Usted me abrió a mí aspectos de Boccherini que me lo han hecho más necesario. A ver si tengo yo la misma suerte con Schubert.

-Lo haré, lo haré..., me ha abierto usted de nuevo el apetito por Schubert. Pocas veces usted se equivoca en sus recomendaciones. Hace unos días vi por fin su admirada y amada FAKE, de Orson Welles, y creo que tengo que volver a verla cuando vuelva a casa, porque no sé si me enteré muy bien de todo. Esa película es endiabladamente complicada, propia de un cerebro superior, cuyas neuronas viajan a años luz de las mías... Pero tengo que reconocer que me impresionaron y emocionaron muchísimo las escenas de la Catedral de Chartres y la aparición de Welles con capa y sombrero en plan “el zorro”, diciendo con esa voz suya “...esas piedras indican hasta dónde hemos llegado”...

-Ese momento, delante de la catedral, es fabuloso. Welles era un hombre de una inteligencia portentosa y un sentido del Arte que no dejará de iluminarnos. Pero volviendo a Schubert... escúchelo con atención.

-Lo haré, se lo prometo. Quiero que me comente una frase suya: “Beber, ver pasar el Destino y sonreírle”.

-Pues eso, sonreírle. Quizá sea tan ciego como nosotros.


Cultura Viva, No Gestual
 Por Antonio Colinas
 9 de Julio de 2009

            Los movimientos y las generaciones literarios funcionan cíclicamente. Los primeros son benéficos al aportar un cambio, muchas veces radical, y al superar los efectos o los defectos de anteriores propuestas poéticas. Las generaciones poseen un útil sentido didáctico, pero no siempre responden verdaderamente a razones estéticas profundas. Creo que es necesario hacer esta doble valoración previa para opinar sobre una obra poética como la de José María Álvarez, uno de los miembros de la llamada “generación novísima” que quizá, con más fundamento que otros, respondió al reto de que era necesario apostar, a finales de los años sesenta, por una nueva sensibilidad, por un nuevo lenguaje y por unas nuevas lecturas. Estas últimas, en el caso de Álvarez, fueron especialmente ricas.
                De que en José María Álvarez hay una voz sincera lo prueba, entre otras razones, que es el autor de una obra muy personal que ha ido acrecentándose a lo largo del tiempo y que ha respondido, en sucesivas ediciones, a un solo libro, Museo de cera.  Ser fiel a un solo libro implica sobre todo ser fiel a una voz personal.  (Con frecuencia se juzga a algunos poetas porque siempre escriben “el mismo poema”, pero yo me pregunto qué puede hacer un poeta que posee una voz propia sino repetirla y enriquecerla sin traicionarla nunca. Por eso los grandes poetas se distinguen por esa fidelidad primera y última al propio poema, al propio estilo.)
                De aquella primera edición germinal de 1970, de Museo de cera, partieron las sucesivas en las que siempre encontramos esa misma voz, muy fiel, sí, a una estética generacional, pero a la vez convincente por su carga de intensidad y por un lirismo sutil que en ningún caso logra apagar la profusión de los nombres propios, las innumerables  referencias cultas, las citas de otros autores, que traspasan esta obra.Y ya estoy refiriéndome a otra característica de este poeta que debemos comprender muy bien, no de manera fácil o engañosa. Me refiero a lo que el tópico reconocería a la ligera como su excesivo “culturalismo”.
                Seguramente no existe un poeta, entre los novísimos castelletianos, que de manera tan rotunda nos ofrezca una presencia tan viva de la cultura. Y digo viva porque, no siempre el “culturalismo” implica vida en su generación, pues a veces sólo es el resultado de una epidérmica aproximación a formas y temas del mundo literario, desde una óptica burocrática o funcionarial, a gestos cinematográficos o librescos en general. En otros autores, la cultura aparece también como un “telón de fondo” que se esfuerza, tantas veces inútilmente, por darle al poema la vida y la originalidad que no posee. Porque la poesía es, ante todo, un don y éste no siempre lo poseen los poetas.
                En la poesía de Álvarez, por el contrario, el autor ha llevado la presencia de la cultura hasta límites extremos, pero nunca epidérmicos o gestuales; ha sabido mantener la tensión creadora en los temas sin renunciar nunca a la experiencia vital. Y sin prisa pero sin pausa. Se convierte así el tema del poema, sí, en un recurso culto, pero a la vez siempre está traspasado por esa conmoción de un lirismo sutil que lo vivifica.
                El tiempo pasa sin piedad sobre esos movimientos y generaciones literarias que, en su día, nos parecieron rupturistas, cuando no provocadores. También ha sucedido así con los novísimos de primera hora. Sin embargo, todavía hoy, tantos años después, leemos la poesía de Álvarez apreciando su resistencia al paso del tiempo, la permanencia de sus valores, su rico sustrato cultural, cierta claridad que la ennoblece.
                Por otra parte, una buena parte de la poesía de las dos últimas décadas ha caído, –mayormente, pues estoy generalizando– en un tipo de poema simple y plano, urbano y casi siempre en “blanco y negro”, al que le es difícil alcanzar la intensidad poética, el “voltaje” que, según Pound, todo poema requiere, sobre todo si desea fulgir.
                Sin embargo, desde hace cuatro o cinco años observo un notable cambio de estética, tantos en los poetas muy jóvenes como en los que no lo son tanto y que se entregaron a ese poema que más parecía prosa cortada cuidadosa y engañosamente en trozos. Se vuelve a la cultura y a lo metafísico, se vuelve al riesgo y a la intensidad en el lenguaje, los temas de los poemas son más ricos y más libres.
                Es en esta coyuntura donde una poesía como la de Álvarez, su Museo de cera, tienen aún mucho que decir. Es el fulgor del ayer salvado, el poema que arriesga y que enriquece al que lo lee.


-En sus Diarios usted habla de Roma como una ciudad donde acabar viviendo: “Terminaremos comprando una casa allí y viviendo casi todo el año”. Y luego habla de Cartagena, su ciudad natal, por la que usted no siente mucho apego, dice así: “Lo único que amo de Cartagena es su luz, el clima y las playas del Mar Menor”. También dice (desde Venecia): “No me agrada la idea de regresar a España –me queda ya tan poco allí… el sol, el mar, el clima de mi tierra, sí; y algunos amigos; pero tanto me es extraño, hostil.”  E insiste en sus Memorias, LOS DECORADOS DEL OLVIDO, donde llega a decir: “La falta de arraigo [a Cartagena] persiste. La necesidad de no vincularme a un lugar”.
Pero por otro lado en un viejo poema suyo, de 1982, habla de “Que la luz de mis ojos se ponga contemplando este paisaje, las antiguas playas, la vieja mar junto a la que nací”. ¿Cómo conjugar una cosa con otra? ¿Cómo lograr el equilibrio? ¿Va a estar siempre yendo y viniendo, de París a Villa Gracia y de Villa Gracia a París, viviendo a caballo entre ambos lugares? ¿Y por qué desechó la idea de vivir en Roma o en Venezia? ¿Qué hace un poeta como usted, que odia el turismo, viviendo en la ciudad más turística del mundo?

-Como usted se sabe mi obra de memoria es difícil escaparse de contradicciones. Aunque tampoco creo que lo sean. Mire, yo adoro Roma, y procuro ir con frecuencia; la quiero tanto que me casé allí. Y el Mar Menor es un lugar maravilloso, pese a la arquitectura y a mucha gente. Además, es mi niñez. Pero no menos amo Venezia, y ahí sí que voy muchas más veces y he vivido tiempo, y tengo amigos entrañables, como el Príncipe Ivancic o Helène y Bobo Ferruzzi. Pero en Venezia, cuando llevo un mes, tengo que salir, me faltan librerías, ciertas cosas... aunque tenga de sobra otras muchas. Y es que eso de ir y venir que a usted le parece cansado, no lo es. Las distancias en Europa son una hora y media o dos de avión, poco más. O hay trenes, wagon-lits. Si estoy en París y me apetece ir a Venezia, desayuno en mi casa y como con Bobo en la Giudecca. Tengo la suerte, además, de que tengo casa en muchos sitios, o mía como en París, o de Bobo en Venezia, o de Yuri Shaskov en San Petersburgo... Es como estar siempre en mi casa, porque son casas —como las de las Agarisheva en Moscú— con buenas bibliotecas, pintura, etc. Si llego a Berlín, o a Budapest, que es otra de mis ciudades amadísimas, hay muchos amigos esperándome, Csaba, Eva Toth, Zsuzsa Takás, Marta... O en Atenas con Tasos Denegris. O en El Cairo y Alejandría, que es otra de mis ciudades muy frecuentadas. No. No hay problemas. Y además yo escribo en todas partes. Y no es que desechara vivir en Roma o en Venezia, como usted dice. Es que cuando tuve que elegir “un centro”, por muchas razones decidí que sería París. Es donde tengo más cosas de lo que yo necesito. Y ya está usted viendo lo confortable que es esta casa. Esta mañana cuando hemos estado paseando, ya ha visto la cantidad increíble de librerías que me rodean, y los cafés, y la gente... y bueno, la belleza de esta ciudad. Asomarnos y estar viendo Notre Dame y el Sena no tiene precio. Revel vivía ahí enfrente, cruzando el río. Slama vive a diez minutos, en la rue des Beaux-Arts, Lionel Ray también vive muy cerca, y Maram Al-Masri, en Montparnasse... Mario Vargas Llosa también se ha comprado un apartamento ahí cerca, junto a Saint Sulpice. Poco más allá vive Kundera. No. Aquí estoy muy bien. Si tengo que ir a España, es menos de dos horas a Alicante con vuelo directo. Y los demás sitios, igual.

-Pero insito, ¿y el turismo? ¿qué me dice usted del abominable turismo? Está por todas partes, aquí, en el Barrio Latino, donde estamos, lo inunda. Y todo está orientado a ellos, “preparado” para ellos. Todo..., tiendas, cafés, restaurantes... ¿Cómo puede abstraerse usted de todo eso? No lo entiendo. Recuerdo cuando “intentamos”, en mi anterior visita (cuando usted vivía en el ático del Boulevard Saint-Michel), cuando intentamos, digo, entrar en el Louvre. Fue imposible. Usted no soporta las colas, ni yo tampoco. Tuvimos que desistir de entrar. Y tampoco pudimos, por lo mismo, en el de Orsay...

-Sí, el turismo es detestable. Sobre todo porque verdaderamente no sirve para lo único que lo podría hacer soportable, y es que llevara a la gente a darse cuenta de que todo el mundo es igual, que los de aquél país no son diferentes, sienten igual, aman igual, sufren igual. Yo creo que un español, hoy, después de estar aquí, por ejemplo, o, me da igual, un alemán en Rusia, regresa a su tierra sin haber desechado, o al menos, limado, cualquier sentimiento nacionalista. Quiero decir, esta gente que no para de pasar sus vacaciones en cualquier sitio, iría a guerrear contra los otros con la ignorancia y el fanatismo que se fue a la Guerra del 14. Aquí, en el Barrio Latino, claro, es de los barrios de París donde se concentra sobre todo el turismo, pero quedan muchos sitios a los que no van. Si ahora mismo nos acercamos a cualquier librería, incluido Gibert, que es enorme, no verá a ninguno. Y hay muchos cafés libres de esa plaga. A mí, verdaderamente, en los únicos lugares que me molestan es en Notre Dame, en el Louvre y en el Orsay. Y ahora parece que están desapareciendo, será por esto que llaman crisis, pero hay muchos menos.


-A usted, que tanto le gustan los sitios míticos, cuando salimos por ahí casi nunca se le ocurre ir al Deux-Magots, que parece que tiene buen ambiente, y que en los viejos tiempos debió ser lugar obligado de cita...

-No tanto. Sartre y los suyos estaban mucho por allí, y por el Flore, aunque también, sobre todo él y Simone [de Beauvoir] iban mucho por aquí cerca, comían muchas veces en el Balzar, que sigue siendo un restaurant aceptable. No, no crea, a veces me siento en la terraza del Deux-Magots, pero muy pocas, el ambiente no me gusta, hay sobre todo turistas y no tiene sentido pagar un disparate por un café para estar rodeado de turistas. Voy más al Flore, sobre todo porque le gusta a María —ella venía ahí con Borges—, aunque yo prefiero otro tipo de cafés. Me divierte más el Mabillon, o en Bucí, el Jade. O muchos más. Si uno quiere tomarse una copa agradable, voy ahí abajo, o en la esquina, que tienen música y sobre todo en Verano la terraza es deliciosa. Y si quiero algo más, ¿para qué ir más lejos que bajar a Georges? Usted lo conoce. El ambiente es muy bueno, si quiero hasta podría bajar en pijama, porque es la puerta al lado; y ya conoce usted a las chicas, a Mélànie y las otras. Ahí enfrente de casa, a tres metros, tiene usted una de las caves de jazz más antiguas del mundo. Hay diez o doce cafés que frecuento, casi todos alrededor de casa, no hay que ir más lejos. Bueno, usted ya conoce el barrio bastante bien. En ese hotel que usted estuvo, el Mont-Blanc, que ahora es bastante desastroso, cuando la liberación del 44 se instaló toda la corte de Hemingway, porque era de los lugares que él y Henry Miller habían “consagrado”; y bueno, en esta casa de al lado vivió Napoleón cuando era Consul. Toda esta zona está llena de recuerdos. Pero, mire, mañana le voy a llevar, usted que es bastante stendhaliano, al boulevard de Capucines, donde hace esquina con la rue de Capucines, para que “toque” donde cayó muerto Stendhal.

-Sí, bueno... yo debo tener algo del Stendhal para quien sólo el amor y la literatura fueron sus intereses vitales. Mire, ya puestos, mejor nos acercamos mañana al cementerio de Montmartre. En la lápida de su tumba está el epitafio ese que dejó apuntado: Henry Beyle, milanés. Escribió, amó, vivió... Fantástico...

Semblanza De José María Álvarez 
por el Poeta cartagenero Juan De Dios García
 8 de Julio de 2009

         Nací y vivo en la misma ciudad que Álvarez, sin embargo nunca lo he leído con esa indulgencia con la que demasiadas veces se lee a un escritor de tu tierra. Yo abro un libro suyo con la misma curiosidad y pasión con la que abro uno de Poe, Petronio, Borges o André Gide. Todo sabio es apátrida.
                Álvarez, por desgracia, no es mi amigo, nos separan varias generaciones y hemos coincidido muy pocas veces en encuentros literarios; pero puedo asegurar que de todos los poetas españoles del siglo XX, él es el único del que he leído y releído su obra completa. Pocos como él me han enseñado la termitencia sensorial del Mediterráneo y las distintas luces de Venecia, Estambul y París, su santísima trinidad topográfica... En fin, son tantas las lecciones aprendidas. Ni se imagina la de veces que he defendido su visión del conocimiento ante el ataque de compañeros tertulianos rencorosos, mediocres o devorados por la envidia. ¡Que ardan!, diría el maestro con elegante gesto de desprecio.
                No sé quién dijo que un autor debería conformarse con escribir a lo largo de su vida quince o veinte poemas memorables. Si tomamos este argumento como verdadero, Álvarez ya podría estar descansando en el más allá, fumando, bebiendo y bamboleándose apaciblemente en una hamaca mientras observa a obreros del Parnaso esculpir su nombre en mármol de Carrara. Pero no, seguirá gozando, leyendo lo que le apetezca, Stendhal, Flaubert, mirando muchachas por el Sena, escribiendo cuanto le plazca, saboreando buenos quesos y vinos en pequeños comercios europeos, escuchando la misma canción de Billie Holiday diez veces seguidas. Y así debe ser. Yo creo que a él, a estas alturas, le importa tres pepinos eso de la inmortalidad. No es casualidad que su libro de memorias se titule Los decorados del olvido.
                Entre las muchas virtudes que hallo en su verso —algunos de sus vicios personales también los comparto—, hay una que admiro por encima de todas: la manera de crear una belleza autónoma. Creo que ahí reside el secreto de la esfinge literaria, la cumbre de una carrera, cuando un lector de raza puede decir con naturalidad aquello de parece un poema de José María Álvarez. ¿Hay mayor consagración que esa para un escritor? No lo duden, la respuesta es no.


-Hábleme de aquel curso que usted organizó en 1987, y que fue el germen de ARDENTISIMA: Cartagena Frontera de Culturas. ¿Cómo fue aquello? ¿cómo surgió la idea? ¿No se podría repetir?

-Lo conté en LOS DECORADOS DEL OLVIDO. Usted ya sabe que gente como nosotros va buscando huecos por donde de pronto puede uno colar alguna cosa. Lo que sucedió es que en aquellas fechas, lo que no es frecuente, había en Cartagena un concejal, José Miguel Hernández Gómez, hombre inteligente y libre. Coincidimos en una cena y ya muy metidos en la noche alcohólica, algunas ideas mías tomaron cuerpo. Eso fue “Cartagena Frontera de Culturas”. Con muy poco dinero conseguimos organizar un curso, un año completo, conferencias, exposiciones, etc, que yo creo jamás ha gozado ninguna ciudad española. Hablé con todos los amigos, Spender, Colin Smith, Areilza, Barbara Probst, Couffon, García Gómez, Savater... yo qué sé... todos. Y vinieron, algunos, como Cela, sin cobrar absolutamente nada. Fue magnífico. Como es lógico suponer, las fuerzas obscuras se movilizaron como erinias, Hernández Gómez dejó de ser concejal y a mí se me expuso, en las organizaciones de Izquierda, como “Se busca vivo o muerto”. Bien. Pero el curso se hizo. Incluso en una ocación, como coincidió la exposición de Israel con el comienzo de la primera intifada, movilizaron a un montón de cretinos para intentar que se cerrara. Yo les dije a los de seguridad que les dieran unas monedas a aquellos energúmenos. Pero no entendieron la broma. Y lo que sí trajo de la mano aquel curso fue que en Murcia, donde estaba de Consejero de Cultura Esteban Egea, un buen tipo, PSOE pero un buen tipo, que ya había colaborado para que pudiera hacerse el Homenaje a Pound en Venezia, pudiéramos empezar con ARDENTISIMA. Bueno, la historia de ARDENTISIMA la conoce usted bien, y además está en Internet, como también todo el curso de Cartagena.


-Sí, bueno, hasta las ideas más generosas hallan siempre contradictores... Pero ¿y Cartagena? Volviendo al tema cartagenero, habla usted en su primer libro de Conversaciones, AL OTRO LADO DEL ESPEJO, de un tema histórico (usted conoce bien el tema por sus estudios universitarios, en concreto su especialidad en Geografía sobre la zona) que me parece especialmente interesante reproducir aquí: “Antes de Grecia, el extremo occidental del mundo conocido vio una altísima civilización a la que aluden muchas veces los poetas e historiadores de la antigüedad. Y podemos imaginarla en lo que hoy es Andalucía y el mundo costero mediterráneo hasta la desembocadura del Segura, más o menos. Yo la siento a veces al hablar con la gente que hoy vive en ese mundo. Y se nota mucho, pese a las mil invasiones que hemos sufrido, se nota aún cómo hay una especie de frontera sutilísima hacia el fin del territorio cartaginense hacia el Norte, por la costa. En Andalucía y hasta Cartagena, creo que casi se respira. Esa aceptación del destino que no es sino sabiduría de quien ha visto toda clase de invasiones, de coronaciones y de caídas. Qué poca resistencia han encontrado nunca los invasores en ese mundo. Se acepta la fatalidad y se sabe que tiempo después habrán sido devorados por el Gran Sueño. La patria de la que partieron y sus viejos ideales les parecerán bárbaros ante el esplendor del Sur”. Esto que dice usted es magnífico.
Puede hablarme algo más sobre esta cuestión.

-Cartagena es ese mundo antiguo. Es algo siciliano, pero sin el ingenio y la vitalidad digamos creativa, cultural, de Sicilia. Pero es un mundo muy antiguo, como esa costa en general, hacia el Sur. Hacia el Norte yo veo mucho más una sombra árabe. Pero hacia abajo, es, son cenizas de Grecia, y de antes de Grecia. Bueno, es el Mediterráneo, ¿no?

-“La categoría intelectual y espiritual se anuncia en el atuendo”. Es otra de sus frases que me gustaría que comentara. Y de paso me gustaría que hablara algo de los dandys y del esteticismo. ¿Se ha considerado alguna vez uno de ellos o ha pretendido serlo? ¿Cómo debería vestir un buen poeta?

-Eso le hubiera gustado mucho a Swedenborg. Pero los dandys... Ya son imposibles. Tengo una conferencia sobre eso. Yo desde luego jamás me he considerado ni aspirante. Yo creo que cada cual debe vestir como le guste, con decoro. Personalmente suelo ir siempre más o menos igual: eso sí, siempre con chaqueta y corbata. Pero me limito o al azul marino, el negro, o chaquetas inglesas, casi siempre Harrys; y pantalones grises. En lo que sí soy un maniático es sobre las corbatas. Tengo muchísimas. Y amo mucho algunas de los colleges ingleses, o de cuerpos del Ejército, aunque no tenga el derecho de usarlas. Pero aún así. Por ejemplo, yo no soy del Trinity College. Tengo la del St. Catherine, pero no me gusta, así que uso mucho la del Trinity, que es preciosa. Y mis zapatos no pueden ser más clásicos de lo que son.

-Sí, recuerdo esa conferencia suya sobre el dandysmo, está en NATURALEZAS MUERTAS. Allí llega a decir usted sobre la figura del dandy, que es la más asombrosa imagen salvada del hundimiento de la Belleza del mundo...

-Creo que es una alabanza dedicada a Brummel, ¿no? Un tipo curioso y divertido.

-Sí. Brummel y también Beckford. Vaya pájaros. Esos sí que supieron vivir la vida. Y hacer de ella una verdadera obra de Arte, sí señor.
Bueno, volviendo al tema de los inicios de MUSEO DE CERA, usted dice en sus Memorias, “Yo escribía un libro que era todo lo contrario que de mí se esperaba”. Quiero que me hable de aquello. Usted vivía en aquella época en el hotel Internacional en Murcia. Allí, —apunta en sus Memorias— una noche de junio de 1964, decidió apartarse de sus “camaradas”. Ahí empezaron los problemas, odios, zancadillas y rencores. En ese momento —contemplando el esplendor de la noche de verano de Murcia, desde el último piso del hotel— se supo usted hijo de ese esplendor. El esplendor de la grandeza, dice.

-No podían ni consentirlo ni soportarlo. La Izquierda exigía una absoluta sumisión. De todo tu yo. No sólo que obedecieses en ciertas actividades, sino que le vendieras el alma. Yo nunca pude. La generosidad y la falta de conocimientos de la juventud, y sobre todo la inmensa presión que el aparato había tejido en torno a esa generosidad mentecata, nos llevó, me llevó, a colaborar con ellos. Pero nunca fui de fiar. Jamás renuncié a “mi libro”, mi visión del mundo. Los resultados son conocidos.

-Quizá a usted le tocó vivir un mal momento. Un momento equivocado. De todas formas cuando se juntan cosas tan incompatibles, a mi modo de ver, como la política y la Poesía, ocurren estas cosas. Un poeta no puede ni debe pertenecer nunca a ningún partido político. Un poeta de verdad tiene que estar por encima de esas cosas, tan diminutas y mundanas en comparación a lo que ha de ser su alto destino...

-Sí, pero no olvide que la política puede decapitar ese alto destino.

Habías cerrado el libro. Meditabas
—el mundo pasando por la ventanilla— en esas
palabras
de Stendhal: La
vejez
de los que hemos contemplado
la retirada de Moscú,
no será ridícula.

Y de pronto

el crepúsculo se extendió sobre los cielos
convirtiendo el mundo en una llama.
      Y todo
dejó de ser: en esa
belleza, el libro mismo, Stendhal,
ese tren, adonde ibas,
hasta quién podías ser,
    ya no existía.
 Sólo
ese esplendor, su gloria,
y el orgullo
—tu orgullo—
de formar parte de ella, ser con ella. 

De MUSEO DE CERA (zavarget).

-Hábleme de los bares Dickens y La Cave 44, en Madrid, hábleme de aquellos tiempos. Dice usted en alguno de sus versos “Calles de invierno y bares, donde hasta el último poro de tu cuerpo latía por la Literatura”.

-Latía con la pasión de la juventud. Eran bares normales. Lo que sucedía era, por un lado, esa juventud apasionada y por otro, que eran el punto de reunión de todos nosotros, y de otra mucha gente. Y lo fundamental es aquella unión constante.



José Maria Alvarez, hacía viajes periódicos a Madrid y en el sótano de una cafetería de Arguelles o en casa de Sarrión hacía unas lecturas casi secretas de su siempre prohibido MUSEO DE CERA, a un reducido grupo formado por Azúa, Guelbenzu, Molina, y yo mismo, al que se solía agregar Eduardo Chamorro.


Marcos Ricardo Barnatán. 
Fragmento de la conferencia “La polémica de Venecia”, 
14 de Marzo de 1985.

-¿Pero qué hacían? ¿organizaban tertulias, recitales...? Y otra cosa, ¿cree usted que estas cosas tienen sentido ya hoy día en la poesía?. Quiero decir, ¿merecen la pena? ¿no es mejor la opción de encerrarse en casa y leer todo lo que uno pueda y escribir lo mejor que uno pueda?


-Sobre todo, bebíamos y nos liábamos con mujeres. Se hablaba como es natural, de Literatura, pero de una forma muy encarnada, como si hablásemos de algo que nos había sacudido en la llamada “vida real”, hablábamos con pasión. No eran tertulias al uso. Nos juntábamos porque aquellos bares nos gustaban y allí conocíamos a muchas mujeres, y hacíamos proyectos de viajes, de revistas, alguna vez leía alguno de nosotros sus poemas... En fin, era una forma de estar juntos agradablemente. Lo de encerrarse nunca es la mejor opción, por lo que me dice usted. Hay tiempo para leer y para escribir y además para gozar muchas noches de esa fiesta, sin duda enriquecedora. Pero ya no hay. O no hay lo que nos gustaba.

-Bueno, será que yo cada vez estoy más descreído de los grupos y las tertulias poéticas. Yo creo que al final si de verdad lo que amas es la poesía —más que otras cosas digamos “colaterales”, como hacer vida social—, la poesía ha de ser un camino que has de recorrer solo, y que terminas recorriendo solo.

-Y todavía no sabe usted lo solo que llegará a estar.

-Bueno, como dice usted en uno de sus versos, tengo en mis manos un buen libro, y sus páginas, y Mozart, y el silencio de la noche me aseguran la dicha...

Darías por nada. Cambiarías
tu juventud por otra.
Tanto has errado. Salvo
cuando rendías el corazón.
Pero, sí. Cambiarías
tanto. Recuerdos,
personas, aventuras
que milagrosamente no costaron caras
y que sólo demostraban poca lucidez.
No es verdad que fuera buena escuela, o
al menos
que fuera una lección
más noble que otras.

Pero aquellos locales
donde ardió esa juventud, donde se entregaba
generosa a todas las pasiones, aquellas noches
de humo y alcohol, atravesadas por mujeres
de suntuosos rostros,
calles de Invierno y bares
donde hasta el último poro de tu cuerpo
latía por la Literatura. Esos
bares y esas
noches, no. Que en ellos
brilló como nunca
la más irrecobrable
luz de la vida.

  De MUSEO DE CERA (i can only say, there we have been).

-Dice usted en algún lugar de sus Memorias “Tenía una sensación constante de falta de raíces en todos los lugares, que después la vida quizá no ha centrado por completo”. ¿Sigue esto ocurriendo, este desarraigo está presente aún en su corazón?

-No sé si es bueno. Pero sí, es así. Y ahora vuelvo a sentir con fuerza ese desarraigo, y eso que París me “sujeta” mucho. La tierra donde nací no me ha seducido nunca. Sin duda tengo muchas más vinculaciones significativas con otros lugares. Por ejemplo, la vida francesa, la forma de ser de la gente aquí, me resulta menos extraña que las españolas. Yo nunca he sentido por Cartagena lo que siento por Cambridge, o por Roma, no sé, por otros sitios. En cambio, Murcia, Murcia capital, pero también su huerta, me gusta más. La lengua tampoco es para mí una raíz suficiente; incluso, mire, el inglés me gusta más que el español, sobre todo para la Poesía. El francés no me gusta demasiado, sin embargo, y creo que podría escribir en francés.

-Sí, es curioso, eso que dice usted del inglés para la Poesía también lo decía Gil de Biedma, que amaba tanto toda la Literatura inglesa. Él decía que en español hay un exceso de palabras largas y una exasperante pobreza vocálica que la rima consonante agrava todavía más, pues es también, según él, una lengua con exceso de acentos en la penúltima sílaba. Decía además que uno no elige su lengua, pero que puestos a elegir elegiría el inglés...

-Palabra a palabra, lo firmo. Jaime era muy inteligente, muy lúcido. Me acuerdo de la última vez que nos vimos; cenamos en Cartagena y estuvimos hablando de batallas, de estrategia y de táctica, de Hart y el general Fuller, hasta las 4 de la mañana. Fue magnífico. Jaime brillaba.

-Vamos a hablar de un tema peliagudo: vamos a hablar del silencio. Ese silencio que ha habido y aún hay sobre José María Álvarez y su obra, en España. A él hace usted referencia en sus Memorias: “Mucha gente dentro de lo que llaman no ha podido aceptar mi descreencia del entusiasmo democrático, y no han cesado de dirigir sus cañones contra mí y de hacer todo cuanto estuviera en su mano para SILENCIARME. Pero el calor de los lectores jamás me ha faltado.”  También habla usted de “Una como impenetrable consigna de silencio por parte de la crítica en prensa”. Yo tengo una teoría, si me permite, sobre ese silencio: efectivamente existe y ha existido ese silencio sobre usted y sobre su obra, pero no creo que se trate como usted apunta de un silencio por motivos políticos. Yo creo que los motivos de ese silencio son motivos estrictamente literarios, o mejor, motivos artísticos. El mundo de la poesía (yo lo estoy comprobando) es un mundillo turbio, un mundillo de intrigas, de envidias, de zancadillas, de venganzas. Un mundillo también de grupúsculos cerrados, de camarillas. Un mundillo en el que mucha gente no disfruta con la buena poesía de los demás, sino que quiere competir, utilizan la poesía para competir, para saciar su ego. En verdad yo creo que no aman la poesía. Si la amaran de verdad amarían su obra de usted. Lo que no pueden soportar es que su poesía –la de ellos- sea tan pequeña, tan minúscula al lado de la suya. Creo que se deben sentir angustiados, abrumados. Y ante eso la defensa que utilizan, el antídoto contra usted, es el silencio. Usted no existe y ya está, todos tan contentos.

-Pues a lo mejor lleva usted la razón. Pero no olvide tampoco que para la Izquierda el control absoluto de todo pensamiento, es ley. Y desde la Revolución Comunista, sobre todo a partir de los años veinte, para conseguirlo se extiende una tela de araña como el mundo no había conocido. Recuerde las manipulaciones del Komintern, la inmensa labor de Münzenberg y otros. O fervientes partidarios, o compañeros de viaje sobre los que no quepan dudas, o engañados útiles... o muertos. Y muertos, cuando pueden, de verdad, eliminándolos sin piedad. Y cuando no pueden asesinarlos, silenciándolos, o borrándolos de la fotografía. Y no es sólo una cuestión de lealtades o elecciones discutibles; hay mucho dinero en juego, muchos beneficios para los sumisos. Le recomiendo a usted una lectura, la del libro de Koch, EL FIN DE LA INOCENCIA lo titularon en España, y creo que lo publicó Tusquets.

-Ya, de acuerdo, pero qué tiene todo eso que ver con la Poesía, con su Poesía. Todo eso que usted dice, por fortuna, ya es historia. Quizá Vd. dramatice demasiado estas cosas. La Poesía está por encima de todo eso. Quizá en un primer momento pudieron ser “políticos” los motivos de su silenciamiento, pero ahora yo creo que todo eso está ya olvidado. O debería estarlo. Si no, qué paranoicos... Sigo pensando que la envidia está detrás de todo. La envidia, no sólo por la grandeza de su Poesía, sino también por la vida que usted ha llevado,  y por supuesto el hecho de que usted ha dicho y ha hecho siempre lo que le ha dado la gana. Usted se ha “mojado” en muchos temas de los que la mayoría de escritores prefiere no hablar para no crearse enemigos. Usted se ha definido en temas políticos muy claramente, ha demostrado su valentía. Ha arriesgado. Y eso tampoco se lo perdonan, claro. Lo que sí es verdad es que la Izquierda monopoliza la Cultura, no sólo en España sino en toda Europa, y usted se ha definido, sin ambages y sin pelos en la lengua, en contra de esa opción política. Y se lo están haciendo pagar...
Además hay otro tema también peliagudo con usted y que tampoco le perdonan. Usted ha hecho públicas sus opiniones negativas acerca de la calidad o categoría poética de algunos compañeros suyos de generación. Nadie se ha atrevido a ello, pero usted sí. Yo lo estoy viviendo eso ahora: ningún poeta se atreve, aunque por supuesto lo piense, a decir en público que tal o cual es un mal poeta, o que tal o cual libro de poemas es un castañazo. Para eso están los críticos, es su “trabajo”. Ese es un tema muy delicado, un tema casi tabú: hablar mal de la poesía de los demás. Usted lo ha hecho en alguna ocasión y se lo están haciendo también pagar, y el precio de ello es muy alto... Pero bueno, qué más da. Su poesía, su obra está ahí. Y va a quedar para siempre. Va a trascender, no le quepa la menor duda. Y eso es, al final, lo único que cuenta. La Obra de uno, la Obra altísima de usted.

-Yo creo que usted tiene en poco la persistencia y lo implacable que puede ser el odio político, la orden de “desaparición de la fotografía”. Pero ya irá comprobándolo. La envidia, por supuesto que existe, y en España de forma suprema. Pero no olvide nunca que todos los verdugos de la Izquierda, además de saciar sus rencores personales, también obtienen beneficios muy considerables, económicos y sociales.

-Bueno, pasemos a temas más agradables. Me gustaría que me hablara de su casa en Cartagena, Villa Gracia. Dice en sus Memorias “En esa casa decidí ordenar mi vida. Alejarme de Madrid y de la basura que constituye su mundo cultural”. ¿Cómo fue aquello, aquella etapa de su vida?

-Durante años me ha proporcionado unos “cuarteles de Invierno” muy favorables a la escritura, a leer en paz. Pero tengo la sensación de que eso se ha terminado. También, durante unos años, fue un lugar muy placentero, lo que usted llamaría “una fiesta” continua. Por allí han pasado todos, todos los que son algo para mí. Ahora, desde hace mucho tiempo, ya vivo bastante instalado aquí. Y creo que voy a seguir así. De vez en cuando, vuelvo, doy una vuelta. Pero regreso lo antes posible.

-Pues sinceramente, no lo entiendo. Aquello, Villa Gracia, es un auténtico oasis en mitad del desierto. Una especie de “Las Vegas” de la Cultura. Tiene usted allí todo lo necesario para que un hombre que escribe sea feliz. Paz, tranquilidad, un microclima idóneo creado por toda aquella abundante vegetación, todos los libros del mundo, toda la música del mundo, todos los recuerdos de sus viajes y de sus seres queridos, el mar a dos pasos... Qué más puede pedir un hombre. Yo cambiaría hoy mismo y para siempre mi vida en Pamplona por vivir allí... No le digo más.

Alfredo Rodríguez, Villa Gracia, Cartagena Agosto 2007

-Yo necesito poco. Vivo en una habitación grande y con libros. Soy feliz en París, como lo soy en Venezia. Y lo he sido, y aún lo soy, se lo aseguro, cuando voy a Villa Gracia. Pero “lo que fue” Villa Gracia, se ha ido... Lo mismo regresa cuando yo sea más viejo y busque con más necesidad ese microclima de que usted habla.

-Pues allí le visitaremos. Le volveré a llevar más libros y buen vino de Navarra...


Fragmento del libro inédito EXILIADO EN EL ARTE, 
Conversaciones en París con el poeta José María Álvarez
Alfredo Rodríguez, Enero 2009

José María Álvarez en su estudio de Villa Gracia, Cartagena, Junio 2008

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