Una ética del Exceso



     Soy muy poco amigo de los prólogos, ya lo sabéis. Me suelen aburrir mucho, y acostumbro por ello, en la mayoría de los libros de poemas, a saltármelos sin piedad. No les concedo ni cinco minutos escasos de mi tiempo de lectura. 
No suelen merecer la pena. Poco o nada nos aportan. Y muchas veces son un mero ejercicio de lucimiento vanidoso del prologuista, que nos taladra la mente con párrafos y párrafos, páginas y páginas, obtusas y pretenciosas. 
     Si ese terrorífico prologuista es un filólogo, un catedrático o un académico, salgo corriendo, ya de entrada, despavorido, como alma que llevara el diablo. Ésos son, ineludiblemente, los peores. Un prólogo de un libro de poemas de un poeta lo ha de escribir necesariamente otro poeta. Ni que decir tiene.

     El prólogo que tengo el placer de reproduciros a continuación es uno de los que más me han impresionado a mí, en mi vida de lector. Suelo volver muchas veces a él. Me deslumbra y me fascina, me emociona y, sobre todo y por encima de todo, me induce a la lectura de los poemas del libro. Me seduce y me envenena, como un tosigo ardento embriagador y nebuloso.
     Está escrito desde la maestría verbal, desde la amistad más sincera y desinteresada, desde la gracia y el don del poeta (algo que ningún académico, ni catedrático, ni filólogo en ejercicio, posee), desde el cariño y desde la sabiduría poética y humana. 
Uno de los mejores poetas de España, Vicente Gallego, prologa, para una Antología de sus poemas, titulada LA MIRADA SIN DUEÑO, a otro de los grandes, Miguel Ángel Velasco -amigo personal suyo, y ojalá que también lo fuera mío...-. No tengo nada más que decir. Sólo deleitarme. Regocijarme. Espero que os guste, a los que no lo conozcáis aún.

***


     Conozco pocos casos de vocación poética tan notables como el de Miguel Ángel Velasco. Al igual que Juan Ramón -uno de sus grandes maestros-, ha vivido casi exclusivamente para la poesía; no ha escrito más que verso y no se le conoce otro trabajo que el de propiciar con excesos a la Musa. Contemplándolo vivir, se diría que se enfrenta al mundo con intención poética, dispuesto siempre a aprovechar lo que el mundo tenga a bien regalarle como material del poema. Miguel Ángel Velasco usa de la poesía como vehículo de euforia, la quiere y la mastica como si fuera hoja de coca, necesita de ella para encontrarse con su mejor ánimo, y para encontrarle de paso algún sentido a esta espiral que se nos traga. Lo he visto aullar de puro gozo, bailar como hechicero, encaramarse en el pico de su loca energía celebrando el don inesperado del poema. Si llega la ráfaga del trance, para él no hay jornada mala.

     De la misma manera, con igual intensidad, paladea Miguel Ángel la poesía de sus maestros. Lo que siente por Manrique, por Fray Luis, por Quevedo, por Juan Ramón, por Neruda, por Claudio Rodríguez, va más allá de la admiración. Y para demostrarlo lo asiste una ancha memoria que le permite hacernos presentes sus mejores estrofas en cualquier momento, con su voz de relámpago y de bronce. Estar con él es contagiarse de entusiasmo, participar de ese culto. En su compañía no caben los descreídos, porque no hay quien sepa resistirse a la alegría con que parece estar siempre respirando su verdad, lo que lo salva y justifica.

     Miguel Ángel Velasco tiene muy claro que ha venido a gozar al planeta tierra, por eso le incomoda decididamente cualquier tarea que no consista en usufructuar sus dones. Ha dispuesto su tiempo en la voluntad inquebrantable de no perderlo más que de la manera que mejor le plazca. Y así lo vemos, en su difícil libertad, desenterrando fósiles, leyendo a Homero, explorando la Patagonia, aceitando en el nado la osamenta o estudiando el Pharmacoteon y probando los diversos venenos sagrados de este mundo

     Como lector de Velasco he aprendido a afinar la vista; me ha enseñado a dejar de mirar para empezar a ver, a recrearme en el más mínimo pespunte del tejido de la realidad, porque también a mirar se aprende. Ante sus grandes ojos azules una rodaja de palmera, un erizo de mar, una gota de rocio toman la apariencia de vastos universos donde cada detalle es un motivo de asombro y fruición. Como Neruda, otra de sus referencias capitales, Velasco ha cantado con arrobo la inmensidad de las cosas más pequeñas, ha intuido que el océano entero, su esencia de maravilla, cabe en una sola de sus gotas. Por eso en su visión caleidoscópica cada humilde fragmento de este mundo refleja la grandeza, la profundidad del campo en que aparece. Un vilano al vuelo, un ammonites, un charco olvidado se nos muestran en su escritura como sagradas pepitas del gran tesoro. Y sobre las alas de una mariposa nos deslumbran: "las máculas del sol y la viruela / de la luna. Las llagas del martirio. / las limpias nubes misericordiosas. / Gotas de sangre. El jaspe de los templos. / Estigmas y denarios y cadenas".

     Velasco es un sensitivo por naturaleza, en sus versos todo huele, sabe, brilla, se toca. Y todo baila. Los dos rasgos que distinguen y sancionan la calidad de su voz poética son el sincero atrevimiento visionario y su musicalidad a ultranza. Miguel Ángel vive el poema como el advenimiento de lo que podríamos llamar una visión clara por la música. Es la música la que abre el balcón al infinito de lo visto, y las cosas, enhebradas en el son que las desgana, nos revelan entonces su secreto. En la noche más clara, sobre la hilacha de una nube, el poeta ha llegado a ver "caballos fantasmales, traslúcidos los flancos, / con sus amarillentos cartílagos de bruma". Y, al contemplar una concha marina, la está percibiendo "como una luna arañadad, / como impronta del sol / arador de la espuma. / Con surcos que repiten / el rastro de la reja sobre el mar". Bien digerida la lección de libertad del surrealismo, el elemento irracional, tan presente en esta obra, no resulta nunca gratuito. Las más arriesgadas imágenes y metáforas, con admitir un alto grado de abstracción en sus formulaciones, siempre conservan aquí una voluntad decidida de comunicación, aunque a veces ese vínculo se establezca en un ámbito que está más allá de los dominios de la lógica conceptual, porque esta poesía nos hiere como un rayo de segura claridad que rompe entre lo oscuro.

     Velasco se atreve a casi todo cuando se trata de tentar al verso para que se enuncie en su tensión definitiva. Y en esa aventura -una de las más apasionantes a las que he asistido como lector- se ha ido encontrando con una voz tan singular que no resulta difícil reconocer cualquiera de sus poemas prescindiendo de la firma, porque la firma de un poeta, su huella dactilar, es algo que leemos entre líneas. Esa voz se ha empapado largamente en el agua de la tradición y, sin embargo, la escuchamos como absolutamente nueva, gracias al viejo milagro que no cesa de obrar donde quiere y cuando quiere la poesía. Partiendo de los ritmos clásicos de nuestro idioma, Velasco ha llegado en sus últimos trabajos a lo que me atrevería a llamar un frenesí de la lengua en el que el verso, más que fluir como un río, parece brotar a presión como de una fuente poderosa, desbordando y obligando al poeta:

Y tener que perderlo,
y tener que trizarse
ni osamenta con todo
su equipo de crecerse y de fortuna,
tener que como rápido
dominó 
desandarse
tanto hueso
como sostiene al júbilo,
tanto hueso de amor
con sus carnestolendas,
en un aquí sin más de ese mal paso
de la que nunca baila,
de la que nunca tuvo
un don carnal gallardo
que en volandas alzara al amor de los aires,
con volante de azules al amor de los aires,
su bandera de tibias.

("Break dance", de Fuego de rueda)

     Pero su música, que en Fuego de rueda se convierte en puro atrevimiento, en un galope sobre el filo mismo del idioma, no se apoya tan sólo sobre su infalible sentido del ritmo: entre acento y acento, es capaz de rendirnos con un alarde de pensamiento sintético, con una metáfora de trapecista, con un adjetivo de doble filo. Por eso en cada nuevo libro lo vemos adentrarse un poco más en esa fronda de completa libertad donde las palabras se aprietan, se estiran y se quiebran en busca de su colmo de sentido. Así, en éste, el último de los suyos hasta el momento, escuchamos su ráfaga lírica como nunca antes, y los textos se presentan ante nosotros más que dichos, percutidos, dejándonos el eco de su detonación en la memoria.

     Velasco es un poeta de espacios abiertos. Lo encontraremos casi siempre en la campiña, o cerca del mar, escrutando el firmamento y el infinito tesoro de las formas terrestres. Se detendrá a considerar el alcance de unas coles lombardas lo mismo que el trino de los pájaros o el rumor delicuescente de las olas marinas. El mundo natural funciona aquí como una especie de astrolabio que nos permitirá atisbar lejanos horizontes, los del alma expuesta y enfocada del que mira. El don de la mirada es lo que canta Velasco sin cesar, y lo que tiene de religioso esta poesía es su modo de creer en la belleza de este mundo. La energía que la empuja desde dentro es la de la gratitud, que se manifiesta en asombro y alabanza. Lo que otros han encontrado en el seno del templo, él lo percibe en la intemperie, su dios respira en la piña de lumbre y en la nube, en el vuelo de las garzas y en el paso menudo del escarabajo.

     Porque ama la poesía, Miguel Ángel Velasco ama la vida, que es, en último término, la sustancia del poema, y sus versos, incluso cuando andan de duelos y de cuitas, tienen la entonación aérea del cántico. Cuando se topa en ellos con la Parca, el tutti de la orquesta suena como nunca: 


Si algo quieren, que vengan, las bacantes,
que se planten delante,
a ver si alguna hay que también baile
contra la muerte hoy,
multiplicándose en fatalidad,
descoyuntada en varias,
haciéndose una lámina vibrante
herida de destino,
puro mimbre... si no
para otra bailaré. Porque esta noche
contra la muerte bailas,
como un fragmento suyo desatado,
como su cola eléctrica, amputada,
de lagarto amarillo.
("Mallorca revisited", de La vida desatada)

     En este poema, escrito con ocasión de la muerte de su abuelo -una muerte que, junto a la del padre, impregna por completo las páginas de La vida desatada-, el autor está desafiando tácitamente a la Parca a comparecer en el único terreno donde el hombre tiene una posibilidad de derrotarla. La poesía funcionará así como un conjuro contra la muerte para nuestro poeta, que le pierde el respeto y se atreve a mirarla de esta guisa: "la muerte con su frac, / la muerte concertista en solfa de hombres, / con la risa / de hueso de su piano". Para un obstinado gozador de las mieles de la conciencia que, por otro lado, no cree en más vida que la presente, imaginarse privado del tiempo y el espacio en que aparece el mundo, con toda su variedad de frutos del espíritu y de la carne, resulta de todo punto escandaloso; y en muchos de sus poemas percibimos esa rabia contenida que se resuelve en pura chulería lírica, en canoro desplante. Velasco se ha encontrado muy pronto con que la muerte hacía de las suyas en el salón mismo de su casa, y ha comprendido, como Jaime Gil de Biedma, que envejecer, morir, son el único argumento de la obra. Por eso todo el esplendor de su poesía tiene ese aire de gran barricada.

     Plenamente consciente del lugar desde el que canta, Miguel Ángel -siempre alerta a los asuntos terrenales e implacable antes los desmanes del poder- disemina aquí y allá una serie de referencias históricas que, muy lejos del vacuo culturalismo, cimentan su discurso en una asunción vívida y emocionada de nuestra condición social como seres humanos, con lo que ésta conlleva de villanía y de nobleza. Así, como personaje de uno de sus más serenos poemas, Jacob Burckhardt dicta una clase de historia en la que conviven el alto pincel de Miguel Ángel pintando la bóveda de la Capilla Sixtina y "las obras de los hombres arrasadas / por la uña rapaz de la conquista". Otro de sus más desgarrados poemas, Acerca de las heridas de los héroes, que recrea el clima de la Ilíada -ese sutil monumento a la piedad que adopta la forma de una crónica de guerra-, es una sobrecogedora plegaria por la sangre derramada a lo largo de milenios. Más tarde, en otro poema, Desasimiento, volvemos a escuchar la voz del Destino en la de Aquiles, esa voz secular que resuena seca e inapelable como un trueno en la noche de la conciencia: "Licaón, / tembloroso, abrazaba las rodillas / del hijo de Peleo, suplicando clemencia; / y sólo pudo oír: También murió / Patroclo, que valía más que tú."


     El poeta sabe pero, muy a menudo, prefiere mirar hacia otro lado, hacer la vista gorda, y lo que encuentra en ese otro lado: su amado mundo natural, el misterio del arte que lo expone y que lo ahonda, la aventura del amor y la golosina de los cuerpos, adquiere tal peso en la balanza que sus platillos se inclinan del lado de la vida. La flor viva que crece sobre el suelo de estos versos tiene sus raíces bien hundidas en la turba oscura de la muerte, se alimentado del atropello y de la rabia, pero su pétalos están de par en par abiertos a la caricia del sol y al paño limpio de los cielos.

     En La miel salvaje dedica Velasco un tributo a Albert Hofmann, padre del ácido lisérgico, que resulta sin duda significativo, pues serán muchos a lo largo de su obra los textos que traten de dar cuenta de la experiencia visionaria inducida por el LSD y otras sustancias afines. Más allá de un intento descriptivo del color y la textura de esa ebriedad, el poeta aprovecha esa apertura radical que la sustancia intoxicante impone a los sentidos para penetrar en el doble fondo de las cosas. El ácido lisérgico es utilizado pues como sacramento, deviene vínculo y vecindad con lo sagrado. En ese ámbito secreto "puja el espíritu que amasa / la espora del portento. / El que fragua tronante en el caldero / su conjuro de miel y profecía. / El que en la selva oscura nos enseña / por boca de anaconda / desde la amarga liana de los muertos", escribe el poeta en El espíritu del vino. Lo que busca Velasco en el seno de la experiencia psiquedélica es conocimiento, un tipo de conocimiento que nada tiene que ver con la percepción rutinaria y que se recibe como pura intensidad, lo mismo que en el arte. Con la ayuda del LSD, el hombre se ha adentrado en los sótanos de la conciencia y el poeta vuelve de ellos cargado de terror y maravilla:

 
Vi el encaje sin más de la locura.
Lo vi de nieve en la calada nube.
Era una fiebre blanca de puntillas,
un desflecarse el mundo en una fuga
de escalas sin motivo
en abanico roto de infinito.
Vi la costura cruda
de la rosa en esquema.
Vi esa larva encorvada en la liana
del tiempo, nervadura
de la procesionaria que roía
el báculo del juicio.

("Fractal", de La miel salvaje)

     Como se ve, esa búsqueda de la intensidad a cualquier precio, no está exenta de peligros, porque es el alma lo que se pone en juego. Pero, según verso de Blake, el camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría y, en ese mismo sótano de la conciencia en que el poeta ha escuchado batir las alas del espanto, en otras ocasiones el universo se manifiesta transfigurado en una extensa red de correspondencias cuyos íntimos nudos han sido atados por el gozo. Bajo esa nueva luz, un simple erizo: "brilló como una joya / olvidada en la arena, era la cáscara / del fruto abandonado / por la ola, la intacta / pagoda pura de la simetría". Velasco, en su larga singladura por los pintorescos parajes de la etnobotánica, libando aquí y allá el juego de salvias, hongos, cactus, ayaguascas y otros vegetales de poder y hechicería, se ha encontrado con que la madre conciencia es mucho más vasta de lo que parece en nuestro habitual estado de vigilia, y así su afán de conocer ya no se detendrá en las fronteras del mundo conocido.

     La poesía de Miguel Ángel Velasco, con el tiempo, ha tendido a despojarse cada vez más de su apoyatura narrativa para incurrir en el más puro lirismo. La intrahistoria del poeta, sus andanzas por el suelo de lo cotidiano, no importan ya al poema, porque éste brota de sí mismo, para decirse él, y no ilustrar ninguna biografía. La mirada que encontramos en sus últimos versos parece no tener dueño: a fuerza de enfocarse en el objeto, el sujeto se disuelve como agente. Las cosas nos hablan ahora sin la interferencia de un observador que las cargue con sus interpolaciones, y tenemos la sensación de que es su propia música interna la que las empuja y las declara. En la posibilidad de paladear ese misterio, el misterio trascendente del advenimiento del poema, se funda gran parte de su visión solar y sagrada del mundo. Como poeta profundamente enamorado de su destino, le ha encontrado un sentido a este gran rompecabezas cósmico, por eso su obra se pronuncia misericordiosa contra la impiedad del mundo y la temperatura de sus versos es siempre la del cántico.


     Miguel Ángel Velasco presenta aquí por primera vez una amplia selección de su poesía escrita hasta la fecha. Lector, tienes entre las manos lo más granado de la obra de uno de nuestros más jóvenes clásicos.

VICENTE GALLEGO
(Dos Aguas, 1 de septiembre, 2006)



UNA ÉTICA DEL EXCESO, LA POESÍA DE MIGUEL ÁNGEL VELASCO
Prólogo de Vicente Gallego a LA MIRADA SIN DUEÑO,
Miguel Ángel Velasco
ed. Renacimiento, Sevilla, 2008

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