¿Tosigo Ardento?

Recuerdo algo muy divertido que me sucedió en otro viaje.

Yo conocía de algunas transacciones, y debo decir que todas muy convenientes para mí (y que duda cabe que para él), a un anticuario. Su tienda está en el Gran Bazar.  
Nunca supe si era judío. Hablaba, como todos aquellos comerciantes, todas las lenguas necesarias, su educación era esmerada y su conversación fluida e interesante. He pasado muchas horas en su establecimiento y le debo no pocas preciosidades, entre ellas la pitillera a que alude uno de mis poemas, y hasta el titulo de un libro. Pues bien, en el viaje que refiero, y que realicé con Carmen, quise llevarla a conocer a este singular caballero. 

Después de recibirme con la amabilidad de costumbre, y tras un rato de conversación, empezó a mostrarme algunos objetos que podían convenirme; sacó unas aguamarinas que inmediatamente me fascinaron. Convenimos un precio, lo que se llevó varias horas de te, licores y derivaciones históricas en una conversación por donde transitaron a sus anchas desde Faruk a Gavrilo Princip con algún recuerdo de Teddy Roosevelt. 

Por fin me encaminé a mi hotel gozoso de haber incorporado a mi tesoro aquellas sorprendentes aguamarinas. Y además con cierta seguridad de un buen negocio. Comentando en la cena con un amigo la calidad de aquella transacción, éste, con aficiones de joyero, las examinó, y ya cierto rictus me produjo un escalofrío. Pidió permiso para que las examinara otro joyero que tenia su tienda en el mismo hotel, y así lo hizo. A su regreso fue tajante: falsas.
 
A la tarde siguiente me dirigí, con el ánimo de Bruto en su cita con las Virtudes de la República, hacia el Gran Bazar. Nada más verme entrar, y antes de que mediara palabra (y buen cuidado tuve yo de entrar sonriendo, como feliz comprador), algún gesto imperceptible debió brillar en sus ojos y que alguien que yo no había visto estuviera preparado para obedecer, o tocaría algún timbre secreto, en fin, lo cierto es que no había yo acabado de entrar en el establecimiento, cuando dos o tres turcos de poco edificante catadura cerraron como una cortina la puerta del mismo. Me senté como si no pasara nada, y volví a una vaga y por momentos tensa conversación, de nuevo sobre la extinción imperial, para dar paso sutilmente al tema que me alteraba: le dije algo así como «esto seguramente tendrá una solución que yo pueda aceptar, etc.». El caballero ni se inmutó. Aseguró cien veces que eran un portento y que quien me hubiera indicado lo contrario, mentía. 

Comenzamos a empecinarnos y conforme subía el tono de la disputa uno de los turcos guardianes empezó a pasear por el interior del establecimiento. Carmen me miraba con cierto terror en sus ojos y yo empecé a descubrir en mi voz otro temblor no lejano del pánico. Sin dudar que mi ya viejo amigo podía dar orden de rebanarnos el cuello, con la misma indiferencia y quizá estimación con que me había proporcionado en otras ocasiones valiosas prendas, y en la última un notable timo, y considerando también que el dinero perdido bien valía la clase de comercio que estaba recibiendo, opté por indicar que aceptaría algún arreglo que suavizara las dimensiones del fraude.


Aquello se materializó en un cambio de la aguamarinas por una turquesa de gran belleza, para lo que tuve que desembolsar otra cantidad de dólares, única moneda que aquel taimado se esforzaba en aceptar. Cuando mi amigo el joyero amateur inspeccionó la nueva adquisición, su gesto fue mucho más inequívoco que la noche anterior: «Aún peor que las otras», me dijo.

Mi furia superó a mis temores, y al día siguiente volví al Gran Bazar. Esta vez los turcos de vigilancia ocupaban ya sus posiciones antes de mi llegada. La conversación fue violenta. Trató de convencerme de que la turquesa era magnífica. Por el discurso circulaba la sangre de varias generaciones comerciales y no pocas veces rayó en lo genial. 

Consciente de que cualquier argumentación iba a estrellarse contra mi convencimiento de la falsedad de su venta, trató de convencerme de que eran mis sentimientos perturbados por sus enemigos –los del propio comerciante–, los que me engañaban. Mostró la verdad de una trama que complicaba a una gran cantidad de joyeros, y cuyo último eslabón sería mi amigo el amateur, dispuestos a servirse de mis alucinadas entendederas para perjudicar su buen nombre comercial. 

Y al llegar ahí tuvo el más sublime de los gestos, aquel que me condensa siglos de comercio y sabiduría, esto es: engañarme y que además yo me quedara tan feliz como para repetir hoy aquella experiencia; y añadiré más: para que aquella experiencia fuese de verdad enriquecedora, no sólo de las arcas de mi amigo sino de mi aprendizaje vital.

Llevándose las manos al corazón, como Caruso en Recondita armonia, mientras sus ojos se humedecían, trémulo, pero digno, dijo: «Sé que nunca me creerás. Haga yo lo que haga, te diga lo que te diga, nunca me creerás, porque mis enemigos han llenado de tosigo ardento tu corazón. Y tu corazón ya no cree en mí. Toma. Dame la turquesa, te devuelvo los dólares que me diste ayer y tus aguamarinas, y además, mira» –-y sacando un terciopelo lo desenrolló y aparecieron amatistas, rubíes, perlas, esmeraldas... todas, supongo, de la misma fábrica que mis aguamarinas– «Mira», terminó, con una contenida emoción, «toma las que quieres... te las regalo».

Bien. Aquellas aguamarinas, engastadas en plata, las uso hoy de gemelos ciertas noches de fiesta. Aquellas palabras: Tósigo ardento, rodaron por mi cabeza hasta acabar titulando un libro de poemas. Nunca he olvidado aquella lección de comercio que no es sino la más depurada expresión de miles de años de intercambios mediterráneos. Cultura, y de primera.

De LOS DECORADOS DEL OLVIDO, 
José María Álvarez 
Biblioteca de la Memoria, ed. Renacimiento, Sevilla 2004

Istanbul, ...la Belleza del Mundo, el Botín de Mundo sucedía.

Publicar un comentario

  © Blogger template Shush by Ourblogtemplates.com 2009

Back to TOP