Remedios contra la buena y la mala suerte

 
[Muy tristemente, ayer terminé de leer el primer Diario que publicó José Luis García Martín bajo el título DIAS DE 1989. Y es que yo cuando termino un libro que me ha enganchado siento una profunda tristeza, no sé porqué... Reconozco que me ha tenido atrapado durante varios días, me ha hecho reflexionar mucho, me ha divertido de veras, y hasta me ha empujado a querer contactar con su autor via internet (y así lo he hecho, a través de comentarios en su estupendo blog, CAFÉ ARCADIA); y cuando un libro me lleva a querer contactar en persona con su autor es porque ese libro me ha "llegado", joder, he sucumbido ante la inteligencia, ante la lucidez y claridad de ideas de la persona que estaba detrás. Como diría mi maestro Álvarez, yo sólo inclino mi cabeza ante aquellos cuya inteligencia es claramente superior a la mía... Y éste es el caso. Ya lo creo que  lo es. 
Os dejo aquí algunos retazos del libro, que no tienen desperdicio:]


He estado leyendo los Remedios contra la buena y la mala suerte, de Petrarca, en hermosa traducción de José María Micó: "¿Escribes y esperas ser famoso? Mejor harías en cavar o arar esperando la mies. Es más seguro confiar en la tierra que en el viento. El empeño en escribir ha reportado gloria a unos pocos, pero son incontables los que han llegado a la vejez pobres, locos y desnudos, como ridículos charlatanes para la mofa del vulgo. Mientras escribes pierdes un tiempo precioso para invertirlo en otros menesteres. Pero vosotros, locos desatinados y enajenados, os dais cuenta demasiado tarde, cuando os despiertan la vejez y la pobreza. ¿Deseas la fama? Extraño anhelo el que lleva a esperar tan sólo el viento; yo creía que únicamente lo deseaban los marineros".

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Nací en una casa sin libros, en un pueblo sin librerías ni bibliotecas, el primer libro que leí tuve que escribirlo yo.

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...las manoseadas trivialidades que algunos llaman "poesía de la experiencia"...

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Bienvenidos los resentidos porque de ellos será el reino de la literatura.

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Me llega una generosa carta de Sánchez Rosillo...: "No me creo -escribe- a esos poetas que en cada nuevo libro, para aparentar originalidad y evolución, se nos presentan con formas y temas absolutamente distintos y nuevos. Un poeta auténtico, cuando se encuentra ya en su etapa de madurez, no crece de forma rápida y aparatosa hacia fuera -como los pepinos-, sino que crece y evoluciona hacia adentro o hacia abajo, hacia su propia raíz, en busca de la intensidad y de la consolidación de su conquistada verdad. No puede perder el tiempo en novedades. Sabe que no hay que ser original, sino originario. El lector superficial no se da cuenta nunca de esta manera sutil de evolución que se produce en el poeta maduro, que es la única forma de evolución real. Generalmente, el mal lector, cuando ve que un poeta adulto se vale en sus obras de madurez de los mismos temas que utilizó en sus libros de juventud, dice que tal poeta se repite. Pero en el poeta auténtico no suele haber reiteración, sino insistencia, que es cosa bien distinta. En su obra aparecen fatalmente los mismos temas una y otra vez, aunque enfocados desde ángulos diversos y dichos con muy diferentes intenciones. En ocasiones, las variaciones son mínimas -y se necesita sutileza y capacidad de penetración para advertirlas-, pero resultan importantes, pues contribuyen a completar el mundo del poeta en cuestión".

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Yo tengo vocación de oficinista. A mí lo que me gustaría es sentarme todos los días a escribir durante tres o cuatro horas. Por eso admiro a los narradores. Debe de ser maravilloso darle vueltas a unas cuantas ideas, recopilar algunos datos y saber que tiene uno ocupación segura para los próximos tres o cuatro años. En cambio, me dedico a la poesía, el género literario más incompatible con un neurótico como yo. En primer lugar la poesía no se escribe, no constituye una ocupación, no es un trabajo. He publicado libros de poemas, pero no tengo conciencia de haberlos escrito. Los versos se le ocurren a uno de tarde en tarde, inesperadamente, no se pueden convertir en rutina (y yo no encuentro placer fuera de ella). Cada varios años se recopila aquello que se ha escrito y se ve que da para un folleto de cincuenta o sesenta páginas (con muchos blancos, por supuesto, los editores de poesía despilfarran terriblemente el papel). Entre un poema y otro pueden pasar meses, nunca se está seguro de que se volverá a escribir poesía.

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Me gusta ser un escritor tardío. Quisiera escribir mis mejores poemas después de los sesenta, como Borges. No me importaría no llegar a escribir finalmente ninguna obra maestra, si voy avanzando, aunque sea poco a poco, en cada nuevo libro. Avanzar, mejorar, aprender es lo que me divierte.

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Un divertido artículo de Eugenio Montale analiza la figura del poeta en el último número de Citas que ha llegado a mis manos. No hay mucha diferencia entre ese vanidoso fantoche que él pinta y la mayoría de los poetas que uno conoce. Claro que muchas de sus afirmaciones valen tanto para los poetas como para cualquier intelectual que "quiere ser subvencionado, pero pide ser libre para insultar a quien le subvenciona; quiere que la crítica sea libre, pero también que esté obligada a ocuparse espontáneamente de él; y quiere que los periódicos sean independientes a condición de que no puedan alabar a sus rivales".

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...los mediocres siempre son más y en democracia el número es lo que cuenta..."

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¡No soporto a esos poetas que no saben hablar más que de lo que han escrito, de lo que están escribiendo, de lo que van a escribir!

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...esos beneméritos editores que de vez en cuando me toca padecer (...) que encargan con mucha urgencia y prosopopeya (como si te hicieran un favor) (...) y luego en cuanto tú les entregas el original, se olvidan para siempre del asunto; jamás se rebajan a telefonear o escribir una nota explicando las razones del retraso (que a veces es definitivo).

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Yo no escribo para cualquiera, escribo sólo para lectores afines, para interlocutores imaginarios que algún día dejarán de serlo.

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En los últimos años, se le rindieron frecuentes homenajes (que servían sobre todo, como suele ocurrir en estos casos, para que se homenajearan a sí mismos y se lucieran los organizadores) (...) La organización del premio (...) les había permitido codearse con celebridades.

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...muy entretenidos con lo que suele ser la diversión habitual de los poetas: hablar mal, pero sin mala intención, de los colegas ausentes.

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...tiene abundante obra inédita y parecía dispuesto a leérnosla toda. Se notaba su ávida necesidad, como de poeta adolescente, de ser escuchado. También se notaba su frustración de poeta que va envejeciendo (...) sin obtener el reconocimiento que cree merecer.

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De la poesía, como de las drogas, conviene no abusar (...). La mejor guía, para el buen aficionado, es darse de vez en cuando una vuelta por las librerías, picotear aquí y allá y, sólo si unas líneas se ponen de pie sobre la página y le agarran por el cuello, comprar el libro. Y no hacer demasiado caso de ningún consejo.

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Hay escritores que tienen críticos fieles que escriben casi al dictado, que los van a poner muy por encima de lo que merecen.

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El pasado mitifica a las personas y a los escritores. Este escritor que vemos y al que no le damos demasiada importancia, los lectores del futuro dirán: vaya, haber tomado un café con Cernuda o con fulano. El tiempo da una cierta pátina.

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Hay que jugar un poco con el lector, no dárselo todo masticado. Tiene que pensar, adivinar.

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Odio las novelas. Me gusta la novela de la literatura, la novela de la vida, la novela de la erudición...

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La literatura no se enseña en la Universidad (allí se enseña a detestarla).

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No se puede opinar lo mismo de todos los premios. Por lo general los gana un libro horrible, pero no por intrigas o por amiguismos, sino simplemente por torpeza del jurado. Cuando se juntan cinco personas, la capacidad de acierto disminuye. Cinco se equivocan más que uno solo. A los premios va con frecuencia lo peor de cada casa. Se enfadan los organizadores, presionan, no quieren dejarlos desiertos. Se premian muchos libros que cada miembro del jurado nunca publicaría por su cuenta si fuese editor.

DÍAS DE 1989
José Luis García Martín
Llibros del Pexe
Gijón, 1999

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