Poetas de los 70' I


[En los años 70 -o mejor, ya desde finales de los 60- la Poesía en España vivió su máximo momento de esplendor. Las editoriales publicaban poesía muy generosamente, la mayoría sin exigir nada a cambio, sin querer hacer negocio.  Confiaban en la poesía, sabían que tenían ahí un valor seguro, desconocían la amarga realidad que la esperaba a su regreso. La gloriosa perseguida, en fin... 

Los poetas salían hasta de debajo de las piedras. Unos con mejor fortuna que otros; los primeros, entregados dichosamente al que era, inevitable, su alto destino, y los otros, empeñados en querer hacer públicos a toda costa sus horribles versitos perpetrados. Siempre vive con grandeza quien hecho a grandeza está, como decía Ernst Wiechert. 

Cundían también por doquier las Antologías de poetas, unas con mejor ojo avizor que otras, expectantes al panorama nacional de excesos poéticos. Desde ANTOLOGÍA DE LA JOVEN POESÍA ESPAÑOLA, de Enrique Martín Pardo (1967); ANTOLOGÍA DE LA NUEVA POESÍA ESPAÑOLA, de José Batlló (1968); otras dos en el año 1970, NUEVA POESÍA ESPAÑOLA, de Enrique Martín Pardo y NUEVE NOVÍSIMOS POETAS ESPAÑOLES, de José María Castellet; ESPEJO DEL AMOR Y DE LA MUERTE, de Antonio Prieto en 1971; POETAS ESPAÑOLES POSTCONTEMPORÁNEOS (1974), otra vez José Batlló; JOVEN POESÍA ESPAÑOLA, en 1979, de Concepción G. Moral y Rosa María Pereda; hasta, por último, al final de la década, en 1980, SEGUNDA ANTOLOGÍA DEL RESURGIMIENTO, de Victor Pozanco, y LAS VOCES Y LOS ECOS, de José Luis García Martín.

Ya con mejor perspectiva, en 1987, Mari Pepa Palomero hacía POETAS DE LOS 70, para la editorial Hiperión, magnifíco ejemplar fatigado que es él que tengo yo ahora mismo, feliz, entre mis manos, despegada la cubierta rosa, lleno de anotaciones, en sus casi amarillentas páginas, subrayados y "estrellitas" o asteriscos a lápiz que fui haciendo ya hace tiempo. 

Os transcribo aquí, con sumo gusto, los poemas que señalé en su día con tres "estrellitas" -máxima puntuación concedida por este lector-:]



TESTAMENTO


Si muriésemos viejos,
mírame tú morir,
con la ternura

con que sueles mirarme
cuando me crees absorto
(a hurtadillas).

A quien quiera quemarlo
déjale mi cadáver:
tú da fin

a la vida que hicimos;
calienta mi recuerdo
y muere
grácilmente
cuando quieras.

Ramón Buenventura (Tánger, 1940)

 ***

 NUBES DORADAS


Qué importa ya mi vida

                       Cada vez que levanté mi casa, la
                       destruía. A cualquier país que llego
                       no amo otro momento
                       que aquel de divisarlo. Nunca
                       pude decir dos veces bien venida
                       a la misma mujer.

                       Respetarse uno mismo.

                       Pensar.

                       Veo crecer los rosales que planté.
                       Destapo la última botella del último pedido

                       Miro
cómo mi vida salva cuanto hay de noble.

Por ti, oh cultura, y por todos
los que vivos o muertos me hacen compañía, bebo.

Más allá del tiempo y de mi cuerpo
bebo. Lleno
de nuevo el vaso. Dejo
que lentamente el alcohol vaya cortando
los hilos que me unen 
a esta barbarie.

                      Y con la última
copa, la del desprecio,
brindo por los que aman como yo.



***

ELOGIO DE LA EMBRIAGUEZ


¿Quién soy yo para quejarme de mi suerte?
¿Acaso esta tierra no ha humillado otros sueños
más altos que los míos? ¿Estas arenas
no empaparon lágrimas
de más nobles desterrados?
Y ni sus nombres recordamos.
También nosotros seremos olvidados
y el sentido de nuestros versos
mil veces modificado. Dónde, cuándo
y en qué idioma será por fin reconocido
aquello que dijimos...
Pero ay de aquel cuya palabra
no permanezca, clara, a través de los cambios,
aquel cuya vida y cuya obra
no pueda contarse un día
con la frescura de los cuentos
que narran los marinos.
Escribe, pues, olvida la desgracia
de tu destino. Y bebe. Bajo la clara noche,
brinda por las estrellas, bebe
en la memoria nobilísima
de quienes ya, antes de ti, recorrieron
este amargo camino. Brinda por ellos
y por el mundo que de la destrucción salvaron.
Que en el vino contemples la alta hora
en que se funden sueño y desencanto.
Acepta tu destino como el precio
de tu palabra. Escribe.

José María Álvarez (Cartagena, 1942)

***

CANCIÓN PARA BILLIE HOLIDAY



                                        Y la muerte
                                                           nadie la oía
pero hablaba muy cerca del micrófono

Con careta antigás daba un beso a los niños

Lady Day las gaviotas heridas vuelven a la luz del puerto
Extraña fruta en el aire el crepúsculo se ausenta
Con una espada con un guante con una bola de cristal
la pecera magnética la cueva del pasado el submarino bajo las 
           mareas que fulgen
Lady Day cuánto amor en una juventud cuántos errores
           cuántas tardes hablando qué deseo qué eléctricos
           jazmines
cuántos cow-boys muertos como trovadores la sonrisa en los labios
           que se tiñen de sangre
los gritos en las calles las manifestaciones disueltas bajo el arco 
           voltaico del poniente y los lóbregos edificios irreales
Lady Day el amor como una libélula
cazador de libélulas
Lady Day qué despacio nos viene la experiencia todo cobra un 
            sentido se ordena como el paisaje en los ojos cuando recién
            despiertos corremos las persianas
o intentamos ordenar las palabras de un 
                                          poema
                                                     Lady Day
Animales heridos en el bosque nuestros ojos qué piden qué desean
qué desea esta voz en el viento de otoño un lebrel o su presa
             disueltos en la fría oscuridad del tiempo
escamoteados como naipes de una baraja los años de nuestra 
             juventud
Con dos vueltas de llave cerraron la cocina
No nos dan mermelada ni pastel de cereza
ni el amor ni la muerte extraña fruta que deja un sabor ácido.

Pere Gimferrer (Barcelona, 1945)

***


SEPULCRO EN TARQUINIA 
(Fragmento)


...tú me entregabas lo desconocido...
estás allí, remota y entrevista,
enterrada en la tarde de septiembre
bajo la lluvia de campanas muertas,
bajo un monte de higueras venenosas,
te recuerdo
bajo una lluvia de campanas negras,
bajo una lluvia de campanas lentas
te arropabas las tardes del invierno,
si posara en tus venas una mano
sentiría la noche y sus campanas,
cuando callas: campanas espectantes,
si me sueñas, si me esperas, te hallaré
enterrada bajo una losa fría
que desgastó la lluvia hecha de bronce,
morir contigo en esta tarde única
cantando en las murallas sonrosadas
por las luces más frías del invierno,
bajo una lluvia de campanas negras
rueda la tarde como un casco de oro
sobre la filigrana del asfalto
golpeando las esquinas y las rejas,
serás el fuerte polen de la noche,
el cristal de la tarde, la tormenta
de música que Mozart compusiera
el día de su muerte y que no oímos,
mereces la visita de la luna,
tienes una azotea en cada ojo,
abres los muslos, abres las dos manos,
tus dos pechos apuntan a la nieve,
tu vientre es una zarza a medio arder,
¿son ramos o racimos esos labios?
morir sin estrujarlos qué delicia,
verte pasar como un río colmado,
ser ajorca, en tus pies, en tu muñeca,
no besar esos labios, no creer
que esa boca te pertenece, es tuya
y no racimo que se muerde y pasa,
pasa, mujer, como una ola en lo oscuro,
pasa, mujer, como la noche pasa,
Amor tiene en los labios cicatrices,
morir sin poseerte qué delicia

tú me entregabas lo desconocido,
a qué bosques, a qué palacios altos
me llevabas cuando nos encontrábamos,
a qué ácido estanque, a qué palmeras,
a qué tardes de espinos enlutados,
a qué nave sin rumbo en la negrura,
a qué jardín desconsolado y hondo,
a qué terrazas...

Antonio Colinas (La Bañeza, 1946)


POETAS DE LOS 70 
Antología de Poesía Española Contemporánea 
Mari Pepa Palomero 
ed. Hiperión 1987

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