Poetas de los 70' II


[Cada vez estoy más plenamente convencido de que en los años 70 se hizo la mejor poesía que se haya hecho jamás en España. Los versos más lúcidos, los más altos. Siempre hablando bajo mi punto de vista, claro, bajo mi experiencia directa como lector y amante.

Cuando leo u hojeo gran parte de los libros de poemas que se publican últimamente, o los que se han ido publicando en los últimos veinte o veinticinco años, me dan ganas de llorar o de reír, y no precisamente de emoción ni de placer. Es tal el corte, el abismo, que uno a veces no puede sino sonrojarse o sonreírse para sí mismo al otear y leer  tal cantidad gratuita e informe de libros y versos publicados, muchos de ellos premiados o encomiásticamente elogiados en prensa y otras publicaciones especializadas, durante estas últimas décadas "prodigiosas".

Tengo el gusto de recoger aquí una selección propia de poemas que fueron publicados en aquellos maravillosos y felizmente excesivos años 70 en nuestro país]:


RESPONSORIOS DE TINIEBLAS

Cuando miro el amor, ya consumido,
Mientras pudiera todavía
En mis dedos sentir aquella tibia
Piel que la edad irá borrando,
Cuando aún en sus ojos hermosísimos
La luz celebra, y al perderse
Sombra y derrota dejan en los míos,
Cuando sé que el amor, hora cumplida
Su reino, me abandona,
Quisieran ir los ojos detrás suyo,
Y rescatar de su doliente estela
Algo de aquellos días, una imagen
Que el tiempo no humillara
Y pudiera seguirnos a la muerte


***

CRISTALERÍA DE SEDA

Escucho el Trío N.º 6 para piano violín
y violonchello en Si bemol mayor
de Beethoven Miro
los retratos de Borges y de Shakespeare
que me miran.
                          Tengo en mis
manos una
pitillera de plata que compré
a un anticuario de Istanbul
su anagrama bellísimo
GL Quién y cuándo
con cuánto amor encargaría
esta pieza
Y aquel para quien iba destinada

                                                         Deseo
seguir bebiendo Deseo
leer de nuevo a Conrad
                                        Unos metros
debajo de mis pies
hace 2600 años hombres que venían del mar levantaron
a otros dioses un templo
                                           Y hay serenas
madrugadas en que la noche restituye
murallas heladas
barcos de oro y puertos sumergidos
viejas canciones de Fenicia.
Ni una piedra siquiera
De tantas puertas como tomé
Cubrirá mi memoria
                                    En esta hora
Engaño ya no cabe
Sino firme
Gesto y sereno pensamiento
                                                Mi linaje
No aplacaré rigores de otro César

Sé lo que nunca
He de tener La página
Que nunca será escrita
La mujer que nunca será amada
Los afectos perdidos
                                     Silencioso
                                                       afilo
Una espada
Que también la muerte detendrá
Al tiempo que ha pasado por mi cuerpo
Madurándolo Abriéndolo
A la sabiduría amor belleza
Encomiendo esta hora
   
                                        Acepto.

José María Álvarez
(Cartagena, 1942)

***

LES PERTENEZCO

Sentimientos que fueron,
vestuario de invierno empaquetado para un largo viaje.
Dulces recuerdos
como el paso lejano de crines andaluzas.
Recuerdos obstinados
como el galope seco de un caballo pampero.
Recuerdos tortuosos como agua de canales,
laberintos marinos sin punto de llegada
de húmeda marea que se aferra a nuestras horas bajas,
allí donde el cansancio ya no curva la mano para la caricia
y el espejo devuelve una imagen extraña limitada a los ojos.

Es posible olvidarlos toda la travesía
porque la luz del mar y de las islas,
la historia de las piedras y de las miradas,
me hacen sentir como un hombre nacido
casualmente en mi gris, mi querida, mi maldita ciudad.
Pero luego me asaltan, casi intactas, las viejas inquietudes,
los recuerdos ingratos y los dulces.
Y comprendo que Itaca, sin ellos, 
no sería más que un lecho de hotel para una sola noche.
Con ellos marcharé, a veces yo delante
y ellos distantes, pero siguiendo el rastro,
a veces persiguiéndolos.
Con ellos moriré, porque les pertenezco.
Y morirán conmigo, porque yo soy ellos.

***

ESA MANSA LOCURA

Todo está en calma ahora, y sigilosamente
arden los aires su derroche de púrpura,
se incendian las vidrieras del oriente
y el faro pestañea cada vez más osado.

Bajo una malla de quebrados vuelos
el tiempo se detiene y acaricia
el patio y sus secretos en silencio:
los desconchados muros, las pizarras,
entrañas de la tierra entre mis dedos,
un almendro cansado y el agua que se aferra
al geranio, sus yemas y colores,
calor de pan en los bancales negros,
y en los gatos ariscos mansedumbre.

Esa mansa locura que todo lo penetra
y extravía miradas y solidarias risas.
Porque yo soy ya otro. Como el mar es extraño
sobre la misma costa, contra el pueblo diverso
e inmóvil en la roca. Como la luz es otra
poco a poco, y la misma. Y es el día. Y la noche.

***


HABLA EPICURO

Una mañana, uno se sorprende
con la vida madura entre las manos.
Ha enterrado su infancia en ese día.
La adolescencia sigue, y se resiste,
y cree no morir y va muriendo
hasta la noche en que uno se desvela,
agobiado su lecho de recuerdos.
Pierde la juventud en este encuentro.
Pero la madurez -oh donación tardía-
ya no nos abandona, aunque queramos
a la vejez abrirle nuestras puertas.
Que es más veloz la muerte que la vida,
dice Epicuro, anciano, a sus discípulos.

José Luis Giménez-Frontín
(Barcelona, 1943-2008)

***


ODA A VENECIA ANTE EL MAR DE LOS TEATROS

Tiene el mar su mecánica como el amor sus símbolos.

Con qué trajín se alza una cortina roja
o en esta embocadura de escenario vacío
suena un rumor de estatuas, hojas de lirio, alfanjes,
palomas que descienden y suavemente pósanse.
Componer con chalinas un ajedrez verdoso.
El moho en mi mejilla recuerda el tiempo ido
y una gota de plomo hierve en mi corazón.
Llevé la mano al pecho, y el reloj corrobora
la razón de las nubes y su velamen yerto.
Asciende una marea, rosas equilibristas
sobre el arco voltaico de la noche en Venecia
aquel año de mi adolescencia perdida,
mármol en la Dogana como observaba Pound
y la masa de un féretro en los densos canales.
Id más allá, muy lejos aún, hondo en la noche,
sobre el tapiz del Dux, sombras entretejidas,
príncipes o nereidas que el tiempo destruyó.
Qué pureza un desnudo o adolescente muerto
en las inmensas salas del recuerdo en penumbra.
¿Estuve aquí? ¿Habré de creer que éste he sido
y éste fue el sufrimiento que punzaba mi piel?
Qué frágil era entonces, y por qué. ¿Es más verdad,
copos que os diferís en el parque nevado,
el que hoy acoge así vuestro amor en el rostro
o aquel que allá en Venecia de belleza murió?
Las piedras vivas hablan de un recuerdo presente.
Como la vena insiste sus conductos de sangre,
va, viene y se remonta nuevamente al planeta
y así la vida expande en batán silencioso,
el pasado se afirma en mí a esta hora incierta.
Tanto he escrito, y entonces tanto escribí. No sé
si valía la pena o la vale. Tú, por quien
es más cierta mi vida, y vosotros, que oís
en mi verso otra esfera, sabréis su signo o arte.
Dilo, pues, o decidlo, y dulcemente acaso
mintáis a mi tristeza. Noche, noche en Venecia
va para cinco años, ¿cómo tan lejos? Soy
el que fui entonces, sé tensarme y ser herido
por la pura belleza como entonces, violín
que parte en dos el aire de una noche de estío
cuando el mundo no puede soportar su ansiedad
de ser bello. Lloraba yo, acodado al balcón
como en un mal poema romántico, y el aire
promovía disturbios de humo azul y alcanfor.
Bogaba en las alcobas, bajo el granito húmedo,
un arcángel o sauce o cisne o corcel de llama
que las potencias últimas enviaban a mi sueño.
                                                   Lloré, lloré, lloré.
¿Y cómo pudo ser tan hermoso y tan triste?
Agua y frío rubí, transparencia diabólica
grababan en mi carne un tatuaje de luz.
Helada noche, ardiente noche, noche mía
como si hoy la viviera! Es doloroso y dulce
haber dejado atrás la Venecia en que todos
para nuestro castigo fuimos adolescentes
y perseguirnos hoy por las salas vacías
en ronda de jinetes que disuelve un espejo
negando, con su doble, la realidad de este poema.

Pere Gimferrer
(Barcelona, 1945)

***

THE QUESTION ANSWERED

Pregunté callando a los mendigos
Por aquel que descifra los misterios
Y renueva el instante y da la vida.
El que traza signos sobre el negro mármol
El que borra el pasado y el dolor
El que nos devuelve a la fuente.

Un ruido líquido y atroz bajó del cielo
Tan terriblemente blanco como mudo
Y fui huésped inmóvil en las ruinas  
En la ciudad de la sal y el ojo azul
En las lluvias y los ocasos últimos.

Vi en los espejos de agua el rostro infame
Vi la turbia sombra de la muerte
Y aferrado a una estatua fui cadáver.
Vi mi cuerpo en la profundidad del tiempo
Y el fatigado tiempo de mi cuerpo.

No te vuelvas jamás, dijo una voz.

Marcos Ricardo Barnatán
(Buenos Aires, 1946)

***

TRUENOS Y FLAUTAS EN UN TEMPLO

Cuando mis pasos cruzan las estancias vacías 
todo el templo resuena como una oscura cítar.
Oh mármol, si pudieras hablar cuántos secretos 
podrías revelarnos. ¿Hubo sangre corriendo
sobre tu nieve dura? ¿Hubo besos y rosas
o sólo heridos pájaros debajo de las cúpulas?
Vosotras las antorchas de los amaneceres,
¿qué visteis, qué quedó en el fondo del ánfora?
¿Y el vino derramado, el vino descompuesto
sobre los labios ácidos qué podría contar, 
qué podría decirnos que no fuese locura?
El amor se pudrió como un fruto golpeado.
El amor fue trenzando pesadumbres con odios.
El amor hizo estragos en la firmeza humana.
Hoy el otoño sube muy lento por las rocas,
por las enredaderas, por las raíces dulces,
por los espinos rojos, a este lugar secreto.
De las tumbas abiertas brotan las mariposas.
Las hojas entretejen rumorosos tapices.
El agua de las fuentes: verdosa y enlutada.
Casi tocando el cielo de los atardeceres
el templo de la diosa, la pureza del tiempo.
Cuando llega la noche sostiene los racimos
de las constelaciones, es columna del mundo,
dintel lleno de flautas, hondo pozo de estrellas.

Antonio Colinas
(La Bañeza, León, 1946)


***


EL CIRUELO BLANCO Y EL CIRUELO ROJO

Fue afortunado, en verdad, Ogata Korin.
Gozó del esplendor de la juventud en
los barrios de licencia, frecuentó el paladar
sagrado del deseo. Ordenó sus kimonos
en la seda más fina; pintó un fondo
de oro para lirios azules. Refinado y altivo,
no olvidó, sin embargo, artista como era, la melancolía
fugaz del tiempo que transcurre.
En su madurez, con audaz virtuosismo,
se dedicó sobre todo a la búsqueda estilística.
Creó lacas y biombos. Le hizo célebre
la perfección, el refinamiento de su arte
-lirios, ciruelos, dioses- decorativo.
Debió morir fascinado en la belleza,
rodeado por una seda extraña, tranquilo.
Fue afortunado en verdad, Ogata Korin.
Su vida fue un culto a la efímera
sensación de la belleza. Al placer y al arte.
Y la vida le concedió sentir, ser traspasado
por el dardo febril de la hiperestesia.
Le llamaron excéntrico, dandy o esteta.
Pero no pidió más. Sensación por sensación.
Vivir, sentir, gozar. Sin más problemas.


LUIS ANTONIO DE VILLENA
(Madrid, 1951)


JOVEN POESÍA ESPAÑOLA
Edición de Concepción G. Moral y Rosa María Pereda
Catedra, Madrid 1982

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