¡Oh vieja maldición de los poetas!

 
(...) su condición de hombre predestinado (...) le da, en cierto modo, un rango superior, una distinción aristocrática que deriva no de la sangre, sino del destino. Rilke se considera, con razón, un artista en sentido puro: vive sólo para su obra. No tiene profesión ni oficio: escribir es su única tarea. Rilke se ve a sí mismo -y, lo que es más llamativo, muchos de los que le rodearon lo vieron también- como un predestinado: un hombre marcado por el destino para hacer una gran obra, una obra que sólo él podía hacer. Esa dignidad le hacía acreedor -sin vanidad alguna, con la naturalidad más absoluta- de toda la belleza y la grandeza del mundo.

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En el invierno de 1895, Rilke entró en la Universidad de Praga (...) se sentía ya poeta, y en cierto modo lo era (...) escribía, día tras día, un largo poema épico sobre la guerra de los Treinta Años.

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(...) Rilke afirma que es precisamente la poesía el camino hacia la luz.

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"Cuando seas famoso -escribirá ya en su madurez-, cambia de nombre, y empieza de nuevo, sin aspirar a que te reconozcan".

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(...) las preocupaciones del poeta: el ansia de sobrevivir, la voluntad de fijar el tiempo en un espacio de inmortalidad, la necesidad de transformar las cosas interiormente para darles más alta vida.

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(...) eso no es tener una posición en la vida. Ser poeta no produce nada, el poeta no pertenece a ninguna clase social, no tiene derechos pasivos... En una palabra: el poeta no está metido en la vida.

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Lo que quedó más grabado en Rilke de aquella conversación fue la crítica que hizo Stefan George a la prisa de los poetas por publicar sus primeros libros: "Hay que esperar con paciencia a la maduración propia, y abstraerse de las modas y los gustos del momento".

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(...) frenta a la secularización del mundo, el poeta propugna una resacralización de las cosas.

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(...) la explicación de su resistencia a ganarse la vida y mantener a la familia: (...) cualquier trabajo directamente alimentario le eclipsa la inspiración.

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¡Oh vieja maldición de los poetas!,
que se quejan cuando deben decir,
que siempre juzgan sobre sus sentimientos
en vez de darles forma, y se imaginan
que lo que en ellos es alegre o triste
lo saben bien y pueden en poemas
llorarlo o celebrarlo. Como enfermos,
llenan el lenguaje de lamentos,
dicen dónde les duele, en vez
de transformarse, duros, en palabras,
como el cantero de una catedral
se transforma en la calma de la piedra.
¿Quién habla de victorias? Sobreponerse es todo.

*Si esos versos explican la actitud de Rilke ante su obra, el último verso explica la actitud del poeta ante su vida.


fragmentos extraídos de VIDA DE RAINER MARIA RILKE. 
RILKE, LA BELLEZA Y EL ESPANTO. 
Antonio Pau. 
Ed. Trotta, Madrid, 2007

R. M. Rilke (1875-1926), el último Poeta que vivió sólo para su Obra.

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