La Piel de Toro

Es un hecho que la poesía catalana, la poesía escrita en catalán me refiero, ha sido y es una perfecta desconocida para el lector hispanoparlante de poesía. 


Desde los tiempos ancestrales de las Homilies d´Organya o el gran Ramón Llull en el siglo XIII -uno de los creadores del catalán literario, con la poesía trovadoresca del que se consideró a sí mismo "juglar de valor" y "trovador de libros"-, pasando por el despertar cultural catalán en el XIX con lo que se llamó la Renaxença, o los mejores momentos de esplendor poético en el siglo pasado, con Josep Carner, Maria Mercè, Joan Vinyoli, Salvador Espriu, Carles Riba o Joan Fuster, hasta enormes poetas contemporáneos en català de la talla de Àlex Susanna o el ibicenco Jean Serra, está claro que, por un motivo u otro, toda esta vasta e interesante Cultura poética no se nos ha concedido o, directamente, nos ha sido negada al pequeño gran público de la poesía en castellano.

Yo quisiera quedarme con un nombre, destacar de entre ellos, en concreto, a un grandísimo poeta de cuya obra me he estado alimentando durante los últimos años sin cesar, desde que la descubrí por insistente mención y recomendación de mi maestro José María Álvarez. Y es que, con los años, cada lectura de sus poemas me ha dado más. Se trata del poeta, dramaturgo y novelista, Salvador Espriu (1913-1985), el hombre discreto, el obscuro notario de profesión que escribía versos, marcados a fuego ya para siempre en la Historia de la Literatura de este país, desde su austero despacho en el Passeig de Gràcia de Barcelona. 

He tenido la suerte de poder leer y aprender de sus versos en buenas traducciones -alguna de ellas supervisada en su día por él propio poeta- de Santos Hernández, José Batlló o Enrique Badosa, nombres, todos ellos, irremisiblemente unidos a la mejor poesía española, tanto en su edición como en su ejecución. 

He intentado leer los versos de Espriu también en català, su lengua madre, y, aunque no lo domino en absoluto, debo decir que he disfrutado asimismo, porque siempre lo he considerado un idioma muy hermoso para la poesía, en su dulce sonoridad,  su aroma y su fuerza. Creo que ello ha sido así y sigue siendo, hasta hoy, a pesar de habérsenos ocultado muy sutilmente. 

Tenemos ahí una tarea muy bonita por delante, para todos los que amamos la poesía y tenemos inquietud por la Cultura catalana, desde los lejanos tiempos de la música y las danzas de juglares ambulantes y bailarinas, desde los viejos trovadores que vinieron de la Occitania, o la brillante retórica y los Cantos de amor y muerte del caballero Àusias March.


Bueno, pues volviendo a Espriu, hay un libro visionario, un poemario elegante y refinado de Espriu, que es el que a mí, humildemente, más hondo me ha calado,  más profundamente me ha influido en su arte de la palabra escrita y la realidad poética en catalán. Me refiero a LA PELL DE BRAU, La piel de toro, libro que precisamente hace unos meses y por pura casualidad, estando en la Feria del Libro de Lance en Pamplona, pude felizmente adquirir en su primera edición, fechada en Abril de 1968, edición de CUADERNOS PARA EL DIÁLOGO. Fue en el puesto de mi querida y vieja Librería Iratxe, que dirige y comanda el bueno de Kike Abárzuza, siempre con su eterno cigarro puro en los labios y sus tesoros bien dispuestos en nobles anaqueles y estantes.



***


Bajo la luz rojiza
de la luna vago
por las calles.

Sobre la vieja espalda
siento los bastonazos
de este viento.

Poco a poco me penetraba
el hierro de la lanza
de mi tiempo.

En la noche quemada
por un temblor de cirios
me voy diciendo:
-¿Cómo huiría ahora,
a dónde iré,
qué llave me abriría
algún cobijo?
Timor mortis conturbat me.


***


¿Qué es la verdad?
Vidrio lanzado, hecho añicos,
a los cuatro vientos de la ciudad,
trozos de fango pisoteados,
un último grito de ahogado,
crueles vestigios de cepillo,
sangre en finas pieles de caballo,
limpias agujas de cristal
en pringosos dedos de bribón,
sutiles reflejos de espejo
en el grosor del hierro del azadón
que cava fosas en malos huertos
donde enterrados son los dados de los muertos,
trampas de naipes, ganancia de andrajos,
itinerante acecho de los lagos,
dolor, vacío, pecado, espanto:
el hombre que tengo ante mí.


***


Largos dedos que nunca cesan de tocar
con crueles tañidos en los cráneos resonantes
nos vuelven baile en el seco recinto de la mano
que no permite reposo, ni lamentos, ni cantos.
Mezclados hombres y mujeres, viejos, niños,
rostros iguales, sin recuerdo de cómo
éramos lanzados adonde ahora somos ya tantos,
damos vueltas, obstinada multitud,
en torno al eje del vacío, privados de nombre,
aparte y junta cada soledad.

Salvador Espriu
LA PELL DE BRAU,
ANTOLOGÍA LÍRICA, Edición bilingüe de José Batlló
CATEDRA, Letras Hispánicas, Madrid 1987



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