Esplendor de Al-Andalus



[Al-Andalus es, sin duda, una de las tres Culturas olvidadas, una de las tres Civilizaciones -en el sentido que a la palabra Civilización le diera Kenneth Clark- casi silenciadas en la Historia, en el Arte y, como  no, en la Literatura. Las otras dos serían, son Venezia y Bizancio, capítulo aparte. Son los tres diamantes escondidos, como las tumbas perdidas de las Amazonas o los almanaques sagrados que nos hacen remontarnos al Tiempo.

¿Alguien recuerda que en sus primeros años, quiero decir, en la escuela, algún profesorcito de aquellos que tuvo que sufrir le hablase alguna vez de la Edad de Oro de Al-Andalus, de su alta Literatura, de sus mejores hijos, aquellos que fueron tocados con la gracia y el don de la Poesía?. 

Todo fue "arrasado" por la postrera Civilización cristiana, hasta nuestros días. Sin tener en cuenta que esos hombres y mujeres eran y son también españoles, hijos además de la Cultura del Sur. Pero los que vinieron detrás no escucharon. Hicieron una pira funeraria con sus versos, con sus mejores obras, en mitad del ágora, para futuro escarmiento de conversos. 


Todo nos fue arrebatado. El esplendor de Al-Andalus nos fue arramblado.
Porque la Cultura Andalusí conoció un largo periodo de esplendor, pero su Literatura floreció aún con más brillantez durante el siglo XI y, en especial, en la época de los reyes de Taifas. Pues bien, hubo un hombre por entonces, un poeta que además fue rey en la Taifa de Sevilla, cuando ya Al-Andalus empezaba a entrar en su larga decadencia, llamado Al-Mutamid].


Muhammad ben Abbad, al-Mutamid, nació en Beja (Alentejo), en 1040 y a la edad de veintiocho años alcanzaría el trono de la ciudad de Sevilla, capital del más poderoso de los reinos que surgieron en la España medieval, tras la caída del Califato de Córdoba.
 
Al-Mutamid prefirió la pluma, la poesía y la literatura, a la guerra. En cierta ocasión dijo: "La realeza está en el manejo de libros. ¡Deja el caudillaje del ejército!". Él representó poéticamente aquella época de placer, amor, prosperidad y paz; también supo rodearse en su querida Sevilla de los mejores literatos de la época.

Algunas de sus más bellas composiciones estuvieron dedicadas a su hermosa esposa, I'timad, a la que compró en un mercado a un mulero, y de la cual quedó profundamente enamorado. Sin embargo, ella fue una mujer caprichosa y mordaz; las crónicas cuentan que, en una ocasión, se le antojó ver la nieve en verano, y Al-Mutamid  no dudó en plantar almendros en su palacio para que ésta, al ver la flor, pensase que se trataba de nieve.




Dicen los sevillanos, en nuestros días, que no hay en la ciudad agua más noble que la del Alcázar, el palacio-fortaleza, un recinto casi sagrado construido por nazaríes, cuyos muros, rebosantes de árboles, lindan con la calle del Agua y la antigua Tabacalera; en sus salones, aún podemos imaginar con los ojos cerrados aquel edén, en tiempos del monarca Al-Mutamid, rodeado de las flores del harén, disfrutando de los estanques y fuentes.

Al-Mutamid sería destronado por los almorávides -unos fanáticos, como ésos que asolan el mundo en nuestros días, que consideraban decadentes los reinos de Taifas- y finalmente apresado. En su amargo viaje hacia el destierro, cargado de cadenas, al llegar a Tánger, los más notables poetas del Mahgreb aguardaban con dolor y tristeza al poeta sevillano, y Al-Mutamid les regaló el poco dinero que llevaba encima, guardado en su bota; las monedas estaban empapadas en sangre. Su destino era el terrible desierto de Agmat, al sur de Marrakech. Aquella tragedia en su vida no impediría que el monarca sevillano siguiera componiendo versos. En aquel infierno de Agmat permaneció preso hasta el final de su vida en 1095.


Todo tiene su término fijado, y hasta
muere la muerte como mueren las cosas.
El destino tiene color de camaleón,
hasta su estado físico es sudadero.
Somos para su mano un juego de ajedrez:
quizá se pierde el rey por causa de un peón.
Que la tierra se hace erial, los hombres mueren.
Díle a este mundo vil:
Secreto de Ultramundo, Agmat lo esconde...


El viajero que hoy recorre las mesetas soleadas del Algarve y el Alentejo descubre huertos de albaricoques, almendros, limoneros, naranjos y olivos, los preciados frutos de La Palma del Condado, Niebla, Moguer, Aroche, Aracena, sin olvidar Santiponce y Sanlúcar la Mayor, pertenecientes al antiguo Reino de Taifa de Sevilla. Todo ello herencia de la Cultura Andalusí, de los tiempos de este sensible monarca amante de la poesía, benefactor y mecenas de artistas y poetas.



VIAJEROS POR ANDALUCÍA,
Jesús Ávila Granados
Fundación José Manuel Lara, 
Sevilla 2006 

Alfredo Rodríguez, un poeta navarro en Al-Andalus
Octubre 2006

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