Es lo que hay

[Hace ya unos cuantos añitos, en una revista de ésas gratuitas que daban, o solían dar, antes por los bares de Pamplona (hace ya tanto que no salgo de farra por ahí, que desconozco de veras si aún las seguirán dando), ESCAPARATE creo que se llamaba (o se llama, si es que aún subsiste), una revista de ésas que suelen venir repletas de absurda publicidad y las tres o cuatro tonterías al uso, apareció de repente publicado un texto sublime, un pequeño texto en prosa de un poeta navarro del que me sonaba bastante el nombre, pero al que yo aún no tenía el placer ni el gusto de conocer: don Alfonso Pascal Ros. Nombre de poeta donde los haya, de buen poeta navarro.

Luego, con el tiempo y una caña, he podido conocer en persona y un poco más en profundidad (aunque no mucho, la verdad, y muy a mi pesar) al bueno de Pascal Ros; y he descubierto en él, además de a un hombre sencillo pero a la vez un hombre muy culto -ante lo cual yo siempre tengo por buena costumbre levantarme y quitarme el sombrero-, a un buen amigo pero a la vez  a un hombre tímido, sumamente tímido, un poeta al que, de tan tímido que es, no le apetece ni recitar sus propios versos en público -debe ser el único así, en toda la historia de la poesía universal...-, un hombre que vive felizmente atrincherado entre sus libros y poemas, y desde ahí, catapulta toda su rabia señera, como un perfecto lanzador de cuchillos que vuelve una y otra vez a dar en el blanco o, mejor dicho, a esquivarlo.

Ese texto en cuestión de Alfonso lo llevé yo durante un tiempo, recortado de aquella revista, metido en mi cartera, al lado de mi D.N.I, y solía mostrarlo en público e incluso leerlo a los amigos poetas en los foros de Pamplona. No tenía desperdicio. Estaba escrito desde la rabia y desde la inteligencia, desde la impotencia y desde la gallardía. Y ya sabéis cómo admiro yo a la gente que es capaz de decir y hacer público, con su nombre de pila (no con pseudónimos ni con anónimos cobardes) lo que piensa de verdad, lo que siente, lo que le corcome por dentro, le duela a quien le duela y caiga quien caiga...

Ahí va, pues, el texto de Pascal Ros. La verdad es que yo cuanto más lo leo más me gusta, más me siento plenamente identificado con él, a su lado en el combate, como diría Javier Asiáin...:]


ES LO QUE HAY


En el siglo XXI, como en el XX, escribir en Navarra sigue siendo llorar. A moco tendido. Sin engañarnos, porque no todo el mundo vale para hacer versos, la literatura navarra, siempre tan dejada de lado por las instituciones más próximas, o sobre todo por ellas, sobrevive como puede gracias a los francotiradores que siguen haciendo su trabajo solitario sin que nadie les haga maldito caso. Una Administración es uno de los lugares donde pueden mandar a sus anchas y a todos los niveles los más incompetentes. Las revistas literarias languidecen, se deja morir a las editoriales poéticas (cuando las ha habido) y los poetas, pues eso, a lo suyo, un tiro por aquí y otro por allá.

Mala suerte escribir en esta tierra en manos de cuatro tuercebotas y tan poco dada a cumplir con los suyos, siempre que los suyos no sean deportistas.

Y aunque con cara de tonto de pueblo, como ya llevo camino recorrido en esto, quiero rendir mi homenaje, el mío, a los letraheridos que tanto me merecen la pena y que me he ido encontrando por aquí mientras andaba. Ellos saben quiénes son y no asumo el riesgo de citar nombres por eso, por el riesgo de dejarme a muchos. No me sale una mala nómina para alguien como yo con tanta aversión a eso de juntarse los poetas, a las tertulias sociales y que evita cuantos actos puede.

A los que pese a todo vienen pegando fuerte, no sé si felicitarles por sus obras, compadecerles por meterse en esto, avisarles de que en el país siempre hay poetas oficiales o aconsejarles que se hagan eslovacos. Casi mejor lo último.


Alfonso Pascal Ros (Pamplona, 1965)
Revista ESCAPARATE,
Pamplona, número 6, Otoño de 2005

 

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