Entre las ruinas de la Villa Adriana

 
-¿Cómo eran aquellos recitales de su juventud en que usted levantaba a la gente, con aquel gran poder suyo de “tensar a la gente” (de que hablaba su amigo Francisco Salinas)? Según Sebastiá Forné la gente no asistía solamente por oírle, sino que iban a verle, y se dice que usted era sobre todo usted cuando la gente estaba contemplándole.

-No sé qué decirle. Yo no me propongo nada. No urdo espectáculo ninguno. Cuando leo poemas, y siempre ha sido así, trato de leerlos lo mejor posible. Sí he notado que la gente “entra” mucho en el mundo que estoy expandiendo ante ellos. Pero ojalá sea por los poemas, y no por mí.

-Le aseguro a usted que es por ambas cuestiones... Si le contara yo a usted las decepciones que he sufrido, después de haber leído la obra de algunos poetas, al escucharles recitar sus poemas... Se me han caído los palos del sombrajo.

-Pero saber decir los versos no significa que uno sea un gran poeta. Lo interesante es que un poema sobreviva a una lectura perversa.

(...)

-Se diría que goza usted plenamente cada momento que vive ¿es así?

-Lo intento. Pero con excesiva frecuencia suceden cosas que liman esa pretensión.

-Bueno, con usted las horas pasan rápidas. Cada momento a su lado es intenso. Y escucharle hablar, de cualquier cosa, de la cosa más insignificante, es interesante. Y observo que a las demás personas que le rodean a usted les ocurre lo mismo...

-Lo he notado.

-Se ha dicho de usted que vive dentro de una continua rebelión contra si mismo, contra las circunstancias, contra la vulgaridad. ¿Qué diría al respecto?

-Sí, eso es así. Pero creo que es bueno. Yo no hay día en que deje de considerarme un incapaz varias veces.


-Hábleme de eso que le sucede cuando trabaja escuchando música, por ejemplo jazz antiguo, y dice usted que está escribiendo y es como si estuviera tocando con los músicos, participando en el número, “tocando esa noche”.

-Eso me sucedía con más frecuencia antes.

-En su biblioteca, ni en la de aquí ni en la de Villa Gracia, nunca he visto libros suyos. Es curioso...

-Hombre, no voy a soportar cada día a José María Álvarez para tener además que leerlo. Además, ¿dónde lo pongo? Lo que yo tengo a mano es a Shakespeare, o a Tácito, a Montaigne, a Homero, a Dante, a Stendhal, a Stevenson, a Hume, a Borges... ¿Se imagina usted a Álvarez ahí? Cualquiera de ellos podría levantarse e irse.

-¿Pero usted conservará sus cosas?

-Me las conservan, y no sé para qué. Pero lo tengo aparte.

-Hábleme de Salvador Montesinos. Usted lo incluye en la dedicatoria conjunta de su último libro, compartiéndolo con su admirado Hayek.

-Son como mi familia. Salvador es mi notario y más que un hermano. Es hijo precisamente de Dionisia García, a quien usted ha leído. Salvador “padre”, lo mismo. Una familia excepcional.


Sobre José María Álvarez.
Por Dionisia García.
21 de Mayo de 2009
            
 Hace más de veinte años, Salvador Montesinos, ensayista (inédito) y afanado lector, preguntaba: “¿A quién deseas conocer en esta ciudad?” (mediterránea, para más señas). No vacilé un instante para responder: “Al poeta José María Álvarez”. Había leído sus libros y consideraba que era uno de los más altos poetas del siglo XX. Lo creía entonces, y mi convicción sigue en pie. Esa manera suya de engrandecer a través de la palabra cualquier tema, sólo he podido apreciarlo en los creadores cuya excelencia está fuera de toda duda. Cuando él ya no esté, quedará la luz de sus poemas y de sus textos en prosa. El poeta, el escritor, será recordado en el Arte, para bien de los lectores venideros. 

La amistad, nuestra amistad, puede o no perdurar en nuestras vidas, inconstantes y movedizas. Sus libros, que sí son de acero, no quedarán dañados. Alguien se acercará a cogerlos de la “mesa del mundo”.

-Sé que usted lee poemas en voz alta en las ruinas. Lo hizo, creo recordar, en las ruinas de la Villa Adriana, cerca de Roma. ¿Cuál es el sentido de ello? ¿Qué suponen para usted, tanto en su poesía como en su vida, las ruinas? Ha titulado su último libro de poemas BEBIENDO AL CLARO DE LUNA SOBRE LAS RUINAS. También habla, en otro lugar de su obra, de “esa mezcla de esplendor y ruina, en los palacios, que acaso sea el placer más refinado”. Creo que también —corríjame si me equivoco— esos versos suyos (que yo amo desde hace mucho tiempo) “Sigue bebiendo, contemplándolas, hasta que el alba disuelva la belleza amada”, digo que creo que esos versos se refieren a las ruinas también de algún lugar. Me gustaría que hablara de esto, de este recrearse en la decadencia, de encontrar ahí la belleza. Es algo que mucha gente no entiende.

-Sí, soy de los que aman la Poesía en voz alta, paladeando las palabras, escandiendo. Y creo que es una de las pruebas de fuego de la Poesía. Yo lo he hecho en muchos lugares. Me acuerdo de una tarde de frío y viento espantosos, en un acantilado del suroeste de Irlanda, cerca de un pequeño cementerio, recitando a Shakespeare. Sí, y en muchos sitios. ¿Puede uno no recitar EL DIOS ABANDONA A ANTONIO desde la terraza del Cecil, ante la mar de Alejandría? ¿O a Baudelaire en algunos rincones de París; usted ya los conoce? Ahora, sobre lo que puedan significar las ruinas... No lo sé. Cada sitio lleva a algo diferente. Siempre son el testimonio, casi siempre mutilado, de un momento de esplendor, nos dicen hasta dónde llegamos como seres humanos. Y eso que lo que vemos pocas veces es, salvo los restos de la arquitectura, lo que fue; ha desaparecido la pintura, por ejemplo, imagínese el Partenón. Yo a las ruinas a que me refiero en mi último libro son otras ruinas: las de una Civilización, las de su sentido estético, moral, legal, religioso... Y lo del placer refinado, seguramente pensaba en algunos palacios de gente que conozco y que, por no haber cedido a otras exigencias que las de refinarse, no han podido disponer de los medios económicos para mantener el patrimonio en su magnificencia. Entonces esa belleza, digamos “ajada”, para mí está llena de un misterioso esplendor. ¿Y lo otro que me preguntaba?... Ah, sí, lo de contemplar bebiendo hasta que el alba... Bueno, ahí entonces se disuelve más que nada por efectos del alcohol. No, en serio, no recuerdo que me refiriese a algo identificable. O acaso sí. Usted lo sabrá, porque sabe más que yo de mis poemas.

-Pues aún no sé todo lo que me gustaría saber... Esto para mí no ha hecho más que empezar... Aunque si me deja un momento, busco ese verso en mi libro, que tengo lleno de anotaciones (...) Pues no, no hablaba usted ahí de ruinas, sino de lolitas... Vaya, la cosa tiene su gracia, hombre.


Son cosas de la noche,
como los taxis, la lluvia o el neón.
Criaturas fascinantes
que pasan y te excitan.
Llama al camarero, que traiga más ginebra.
Y sigue bebiendo, contemplándolas,
hasta que el alba disuelva
la belleza amada.




Totalmente de acuerdo con usted en lo de que una de la pruebas de fuego de la Poesía es su recitado en voz alta. Yo iría más allá. Para mí un poeta que no es capaz de “transmitirme” con su voz al recitar sus poemas, para mí es medio poeta. Por muy buena que sea su poesía. Es decir, uno de las cosas que más distingue a la Poesía de la novela o del ensayo o de otras artes literarias es el hecho de que la Poesía no se acaba escribiéndola, sino que exige un plus, un añadido, que es su recitado por parte de su propio autor. Y aquí no me sirven actores de tres al cuarto rebotados del teatro o locutores de radio con la vitola de grandes recitadores. Un poema lo ha de recitar su propio autor, y ha de ser capaz de transmitir la emoción a quien le escucha, si no ese poema no sirve. O a mí por lo menos no me sirve.

-Pero no por su autor. Cuando escuchamos a un poeta recitar sus poemas, bien, sí, seguramente deducimos cuánto le interesa ésa u otra imagen, cómo carga el acento aquí o allá, cómo le emociona más esto o aquello. Pero no es preciso escucharle sus versos al autor. Es el poema el que debe transmitir esa emoción, desligado de otras emociones. Si no...

-Mire, yo he escuchado recitar, —bueno, recitar..., leer sería más preciso— a poetas reconocidos de nuestro país, y no he visto por ningún lado que les interese ésa u otra imagen, como usted dice, ni han cargado el acento ni aquí ni allá ni en ningún sitio, y ni les ha emocionado nada en ningún momento, ni por supuesto han sido capaces de emocionar a nadie. Todo era una cosa plana, lineal y monocorde, aburrida y sin alma, algunos nerviosos o sin ser capaces de vocalizar bien. Han destrozado los poemas. La imagen magnífica que yo tenía en mi cabeza de éste u otro verso, de éste o aquél momento de su obra ha quedado en agua de borrajas... Y la Poesía, su aura, se ha esfumado, volatilizado.... Hubiera sido mejor no escucharles nunca recitar, porque la magia que un día encendieron en mí sus versos, aquello que me tomó aquella noche durante su lectura en mi casa, aquel placer, aquella emoción, me ha abandonado ya para siempre...
De todas formas nos hemos ido muy lejos, lo que yo quería preguntarle era otra cosa: me refería a qué sentido tiene o tenía para usted el hecho de recitar usted solo y en voz alta en las ruinas de Villa Adriana o de cabo Sunion por ejemplo, poemas de Virgilio o de Shakespeare, qué placer, qué emoción, qué sentido encuentra usted en ello. De leer a Pindaro en voz alta desde Delfos habla asimismo usted en su poema sobre Sharon Stone...

-Usted lo ha dicho: Placer, emoción... quizá sentirme más unido a aquello. Bueno, ser feliz un rato.

-No. Yo creo que es algo más profundo que eso...


La lenta soledad de los cipreses
La sabia disposición del paisaje
Bajo la luz de oro que rocía el crepúsculo
Un hombre pasea por las sendas
Entre las ruinas de la Villa Adriana
Alguien que ya no tiene paz que ha aceptado
Que sus ojos se acostumbren
Al caos Y que quizá más tarde
Acepte la insensibilidad
                                                         Pero este atardecer
Las sombras alargándose junto al estanque
Los pájaros que se recogen
Como en otro mundo
                                                    Por un momento
Contempla estos jardines como fueron
Y sueña que el Emperador y unos amigos
Y unas mujeres alegres cruzan
Ante él conversando entregados
Al esplendor del instante dichosos

Ha sido una ilusión Y él bien lo sabe
Pero en lo que ha sentido
Ha contemplado el paso sereno de la vida
Y el orden donde floreció su belleza
Y continúa su paseo
Con una suave sonrisa indescifrable

-Eso que dice usted que le sucede a veces al pasar frente a una hermosa fachada monumental en sus paseos por algunas de esas ciudades que ama como Roma, Venezia o París, eso que dice de que hay veces que pasa ante ellas sin mirarlas, porque “Cuando ni miras algo es que ya está en tu sangre, tan tú como tu carne.”  Hábleme de eso, porque es maravilloso.

-¿Qué quiere que le diga? Eso creo que lo ha tomado usted de algún “paseo” por Venezia. Claro. Cuando uno lleva mucho tiempo pasando ante las mismas fachadas, por hermosísimas que sean, ya no las mira. Es como la sexualidad, llega un momento que un cuerpo forma parte ya de uno mismo. Yo paso todos los días más de una vez por ejemplo ante Notre Dame. Y en la otra casa que tuve antes, en el Quai Saint Michel, mi ventana, junto a mi escritorio, la tenía delante. Ya no la miro. Aunque la verdad es que sí la miro. Pero bueno, no “la contemplo”. A veces sí, porque voy a estudiar algo, alguna estatua, una puerta. Pero lo normal es que paso pensando en mis cosas o hablando con alguien; ni la miro. Pero no la miro porque forma parte de mi vida ya. Porque es yo. Es verdad, ya está en tu sangre. En Venezia, que es mi otra casa, yo camino como puedo hacerlo en Murcia o en Cartagena, aunque si se me ocurre levantar los ojos, lo asombroso es que siempre descubro algo nuevo. ¿Habré recorrido este boulevard o estos puentes más de quince mil veces? Pues es como usted en Pamplona.


Del libro inédito EXILIADO EN EL ARTE,
Conversaciones en París con el poeta José María Álvarez
 Alfredo Rodríguez
París, 2009



José María Álvarez y Alfredo Rodríguez, en la casa del poeta, París, Quartier Latin, 2009

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