Días de Hospital I



[Durante mi larga y dura convalecencia hospitalaria de hace apenas unos meses, los viejos TRATADOS DE ARMONIA de don Antonio Colinas fueron mis fieles compañeros de fatigas. En las largas noches de insomnio, escuchando los alaridos de dolor que llegaban diáfanos desde otras habitaciones y las carreras por los pasillos de las enfermeras portando lo que debía ser morfina, estuvieron ahí conmigo, haciéndome compañía en la noche blanca, ciega e interminable, junto con las gomas de oxigeno, los catéteres sanguinolentos y las vías de suero. Fueron mi gracia y mi consuelo, la luz ultravioleta que me guiaba en la obscuridad de ese camino tan desolado. Leyéndolos y releyéndolos, saboreándolos por enésima vez como buenamente podía, fueron para este enfermo extraño como esa mano fresca de nuestra madre en la frente enfebrecida cuando éramos pequeños, como las sábanas limpias inmaculadas que llegan todos los días a media mañana, o ese zumo de oro servido en antiséptico recipiente que nos abría en canal las entrañas a media noche. Eran en mis oídos de nuevo las palabras antiguas de un sabio de nuestro tiempo.]


A veces, la mujer es ese resquicio por el que el mundo deja ver su carácter divino. El cuerpo de la mujer a nuestro lado o entre nuestras manos: el buen oro de lo misterioso fundido y solidificado, el Sueño cristalizado, la prueba de la sacralidad del mundo.


***

El verso es la palabra originaria, fundadora; palabra que reproduce el ritmo del mundo. Por eso, al leer el verso, al respirar las palabras, respiramos el ritmo y la música del mundo.

***

Para el escritor no existe reconocimiento mayor que el que le ofrece el lector anónimo, ese lector apartado, sin poder de ningún tipo; ese lector -dicho sea con todos los honores- que no existe.

***

Cuánto tiempo transcurrido, cuánta acumulación de conocimientos inútiles, cuántas caídas y cuántas luchas hasta aprender las cuatro o cinco verdades: que no hay que preocuparse de nada, que hay que gozar el instante, que hay que amar la calma y la libertad, que hay que imitar la naturaleza, que hay que respirar plena y correctamente... Nadie nos habló en escuelas o en universidades, en nuestros primeros años de formación, de esas verdades. Y si alguien lo hubiera hecho nos habríamos echado a reír.

***

¿Por qué no vivimos la vida despreocupada y fugaz de la roca, de la planta, del ave? ¿Por qué no cumplimos nuestro ciclo vital con ignorancia y naturalidad? (...) ¿por qué viven algunos seres humanos inspirados, es decir, por qué fueron iniciados? ¿Dónde o cuándo contemplaron por vez primera el rostro eterno y sublime de la Belleza, de tal manera que ya no pudieron olvidarla? ¿Por qué quedaron desasosegados, huérfanos, con sed de otra vida, con afán de ascender a lo celeste, con necesidad de recuperar la perdida Belleza?

***

Caminar en sueños con la Hembra Misteriosa, con la Musa. Llevarla abrazada por la cintura y sentir que su cuerpo es, a la vez, de aire y de fuego. Y, caminando a su lado en sueños, sentir que uno también es de aire feliz y de fuego gozoso. Sentir su cuerpo como un fuego que no quema, como fuego de oro, como música negra. Y despertar en ese preciso instante en el que abrimos los labios para besar sus ojos cerrados.

***

Pocos nos han dejado como Rilke una visión tan lúcida de la soledad y de sus frutos. El solitario puede recibir, según Rilke, de la soledad una condena y dos dones. La condena es la que le puede llegar de los enemigos de la soledad, de aquellos que no dejan de acorralarle como si fuera "un animal cuya caza estuviera abierta". Los dones son dos: la gloria y la santidad. La gloria es engañosa, es difícil sustraerse a ella. Con la gloria pagan al solitario los enemigos de la soledad cuando ven que no pueden destruirlo. (El cazador mitifica a la presa extraordinaria cuando observa que no se le puede dar alcance). Así que la gloria es también un peligro: "No pidas a nadie", continúa Rilke, "que hable de ti; ni siquiera con desdén. Y si con el tiempo oyes que tu nombre circula entre los hombres, permanece indiferente. Piensa que se ha echado a perder y recházalo. Búscate otro cualquiera, para que Dios pueda llamarte en plena noche. Y no lo digas a nadie". Es la llegada a la difícil santidad, el vivir las "grandes correspondencias". Lao Tse no escribió unas palabras tan duras y tan bellas.

***

No hay mayor éxito que el de conocerse a sí mismo en la soledad y en el vacío del ser.

***

Lograr en la vida el dificilísimo arte de la armonía, a sabiendas de que la vida es el reverso del arte...
***

...la vibración de las cigarras, el símbolo de la armonía plena sobre las ruinas de la Historia.

***

Habrá quien diga que soñamos aquellas noches de luna en que los ruiseñores cantaban interminablemente. Es tal el grado de descreimiento de nuestro tiempo que hasta lo más natural nos parece lo más inaudito.


***

...la universalidad y la tenacidad de la creencia en la inspiración artística. Creencia, desgraciadamente, de la que tantos hoy ríen en nuestro tiempo desacralizado.

***

Comunicar la muerte de una persona en estas tierras, es decir, tener la necesidad imperiosa de "dar la muerte" (la noticia) a un tercero para que la muerte no "quede" con nosotros. Práctica antiquísima y purificadora. El problema se plantea -como le sucedió a un amigo- cuando te comunican la muerte de una persona y tú ya tenías noticia de ella. ¿A quién se la traspasas si las dos personas están solas en medio del campo y no hay nadie más? ¿Cómo deshacerte de ella? La sabiduría rústica tiene remedio para todo: se comunica la muerte, de viva voz, a una planta, a un árbol o a una piedra, a un ser inanimado. Así nos deshacemos de la noticia que nos "poseyó"; así vuelve a nosotros la armonía.


***


Toda la noche de verano en vela, sin poder dormir, precisamente por estar relajado por el baño en el mar. El cuerpo está agotado, rendido, pero la mente está lúcida, despierta. Fundido el cuerpo con las olas, queda derrotado por ellas; pero la mente está como purificada, ha encontrado en el agua su liberación del cuerpo. En el silencio de la noche de estío, el alma quiere abandonar, más que nunca, el cuerpo.


***


Nuestro entusiasmo y nuestra felicidad parecen estar en relación directa con las lecturas que más amamos. ¿Será, por ello, tan difícil ser plenamente felices como encontrar un buen libro? ¿Está la felicidad en lo que los otros ya pensaron y sintieron, ya escribieron por nosotros? Por la misma razón, el afán de escribir no sería sino una búsqueda -la mayor parte de las veces inconsciente, automática, ignorante- de la felicidad. El libro -leído o escrito- como microcosmo de armonía.


***


Sólo el estado de nada plena nos pone en comunicación con el todo. Aquí radica la clave del poder de algunos mantras y plegarías. La repetición vacía la mente y ese vacío es el cauce por el que la armonía fluye hacia el cuerpo.


***


...entre las dos cejas. Pensar que aunque seamos sólo una brizna del universo tenemos concentrado la totalidad de éste en ese punto.


***


¿Es la adelfa la representación de que la belleza sólo está destinada a ser contemplada y a herirnos cuando la probamos? ¿Es, por eso, la extremada belleza el veneno extremado?



***

El sentido sagrado de la realidad es lo que nos libra del terror de vivir, del terror de la Historia. Sin ese sentido, hombre y tierra sólo estarían abocados a un continuo ciclo de corrupción y de muerte. Con el sentido sagrado de la existencia el mundo es rico y trascendente en cada instante, brilla la esperanza en cada mirada, tiene razón de ser hasta la última de las piedras.

***

Hay un lugar hacia el que podemos volver los ojos cada día y reconocer lo misterioso, el más allá: el universo estrellado. Es ésta una contemplación que manifiesta la trascendencia. Estamos ante una verdad tópica, demasiado evidente. Pero resulta que vivimos en unos tiempos en los que hasta lo más evidente es invisible. Hoy miramos el universo estrellado, pero no lo vemos.


Antonio Colinas
TRES TRATADOS DE ARMONÍA
Tusquets ed., Barcelona 2010

Publicar un comentario

  © Blogger template Shush by Ourblogtemplates.com 2009

Back to TOP