Vanidad de Vanidades

Siempre he tenido muy claro que cuando alguien -uno de los nuestros- escribe un poema, termina un poema, lo da por finiquitado, presenta ese poema en publico, lo envía a un concurso o a una revista literaria, o lo publica o pretende publicarlo en algún libro, o simplemente se dispone a recitarlo ante una audiencia mayor o menor, está pensando en su fuero interno mientras lo recita, mientras lo "entrega" al lector u oyente, que ese poema es sin duda el mejor poema del mundo, el poema que cambiará para siempre la Historia de la Literatura Universal, que habrá un antes y un después, tras ese poema, en la vida de los poetas y de los amantes de la poesía. 

Eso es así, amigos. Forma parte de la vida de poeta. No es algo que piense yo, algo que se me ha ocurrido a mí y ya está, o algo que me sucede sólo a mí, por mi vanidad, y que yo pienso ingenuamente que a los demás también les debe suceder. No, no... Eso es así. Y además me atrevería a decir que es necesario que sea así. Que es algo consustancial al Arte, en todos nuestros congéneres. Una consecuencia inmediata de la capacidad creativa o artística del hombre. Quien piense lo contrario, y sea poeta, está engañándose a sí mismo como poeta y, lo que es peor aún, pretende engañar a los demás.

En este sentido hubo un poeta en la Historia, magnífico, que no se dolía él mismo de reconocerlo. Creo que es el único poeta no hipócrita de la Historia, que no ocultaba su vanidad, sino que se hacía eco de ella, se regodeaba de ella y con ella, en sus propios versos. Era la suya una vanidad tremenda. Una Vanidad de Vanidades. Pero muy bien llevada, sí señor...


Estoy hablando del gran poeta árabe Mutanabbi. El más genial de los poetas neoclásicos árabes.  Preguntarle a cualquier persona árabe que conozcáis en vuestra vida privada: es conocidísimo para ellos, lo estudian  los niños desde pequeños en la escuela, como nosotros estudiábamos aquí a Cervantes, a Góngora o a Quevedo. 

Mutanabbi fue alguien que además de y/o a pesar de ser poeta era un guerrero, en una época lejana en que un poeta no era alguien visto por la sociedad como un sospechoso, como sucede hoy, no..., si no que hasta los líderes guerreros, los señores de la guerra, eran poetas y estaban muy orgullosos de serlo. No se escondían. Porque un poeta era alguien admirado por los demás. Presentarte ante los demás como poeta era como tener oro en los labios al hablar.

Mutanabbi nació en Cufa, el año 303 de la héjira (915-916 de J.C.). Dice o decía el gran arabista español, al que tanto debemos aquellos que amamos la poesía arabe antigua, don EMILIO GARCÍA GÓMEZ (1905-1995), una de las grandes figuras intelectuales del siglo XX, otro de los grandes olvidados en este país ingrato, que Mutanabbi fue un poeta sin dios, un poeta sin amor, y un poeta orgulloso de su arte. Dice, asimismo, don Emilio:
Sería difícil encontrar en toda la literatura universal un poeta más orgulloso de su arte que Mutanabbi. Aún descontando la costumbre árabe, herencia beduina, de entonar las propias alabanzas (fajr), siempre se nos aparecerá el poeta de Cufa elevado en pináculos de ardiente soberbia. Con cierta visión profética ha previsto Mutanabbi la desmesurada extensión geográfica de su fama:

Mis versos irán al Oriente, hasta donde ya no hay más Oriente
e irán al Occidente, hasta donde ya no hay más Occidente.

Y del mismo modo afirma Mutanabbi -y casi acierta- que sus poemas han de oscurecer toda la poesía árabe anterior:

Ningún poeta de la Chahiliyya logró versos como los que yo hago,
ni en la Babel de los magos se han escuchado parecidos hechizos.

Asimismo, con ocasión de la Fiesta de los Sacrificios del año 342 de la héjira (abril de 954) escribe Mutanabbi:

Todos mis contemporáneos son recitadores de mis qasidas:
cuando compongo un poema, toda la época lo declama.
Lo lleva por los caminos el que nunca ha viajado;
lo canta entusiasmado el que nunca cantó.
Debes prescindir de toda voz que no sea la mía:
yo soy el pájaro que gorjea y los demás son el eco.

 

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