Una forma nueva de contemplar el mundo

Cuando José María Castellet compendió la Antología que publicaría Carlos Barral bajo el título Nueve novísimos, varios de los que allí fuimos incluidos, aún llegando de aventuras diferentes y con los ojos puestos en metas mas distintas aún, teníamos una significativa voluntad de ruptura, más que con el verso anterior, con el mundo cultural reinante. Aunque el prólogo de la antología lo pretendiera, no existía una estética común, ni aun cercana entre nosotros. Pero nos fusionaba la repulsa hacia lo imperante; nos unía una sensación de extrañamiento de nuestra herencia cultural; nos unían –y a ello habíamos llegado cada uno por su lado– ciertos poetas y narradores extranjeros a quienes tomábamos por modelo. La inmediata experiencia de la poesía «social» –aunque algunos, como Vázquez Montalbán, Barral, Gil de Biedma o yo mismo, hubiésemos escrito bajo su signo– no nos servía y era hasta considerada como unas arenas movedizas de las que había que escapar. La obra de autores de los años cuarenta, salvo unos pocos poemas, fue detestada. Por un instante, alguno, quizá, como Gimferrer, miró esperanzado hacia la Generación del 27, pero creo que tampoco en ellos encontró la ayuda que precisaba. 

Cada cual con sus miras, sin otro pertrecho que nuestras lecturas amadas, nuestras relaciones personales con escritores de otros países, nos adentramos en solitario por el fascinante espectáculo de las convulsiones de la época, tratando de responder a sus preguntas como nos enseñaban a hacerlo nuestros maestros, maestros que, casi todos, no eran españoles, y de serlo, desde luego se detenían en el siglo XVII.  

Creo que ninguno –ni el más advenedizo– imaginó que aquella antología pudiera tener repercusiones. El azar le ha deparado una inconcebible influencia en la renovación de la Poesia española. Acudimos a la convocatoria de Castellet, que era famoso entonces como cómitre y ensayista, por amistad. Nos eligió a nueve. Los poemas que le enviamos ni siquiera representaba lo más considerable –salvo Ginferrer– del hacer de cada uno, ya que Castellet nos solicitó «lo más innovador», lo más escandaloso, aunque se tratara, como en muchos casos sucedió, de poemas a medio elaborar, experimentos que, afortunadamente, serían abandonados y pronto olvidados.  

Pero el libro tuvo un éxito inesperado. Despertó recelos, odios y entusiasmos a mi entender excesivos, y, sin darnos cuenta, exaltados por la crítica como el aldabonazo de una nueva sensibilidad y por los poetas más jóvenes –y alguno más viejo– como modelo estético, nos situamos en una posición de inexplicable magisterio, que muy lejos estaba de nuestras pretensiones y, sin duda, de nuestra verdadera importancia, sobre todo en aquel momento y con aquellos poemas. Lo peor de todo fue que el abuso que profesores y otros entendidos hicieron de la facilidad de una etiqueta, ha llevado a obscurecer el significado de aquel revulsivo, puesto que el cambio de gusto ha sido mucho más profundo y también más largo en el tiempo y además incluye a otros escritores anteriores de obra verdaderamente estimable. 

Porque ese nuevo rumbo había ya madurado en versos de los mejores poetas de la Generación de los 50 –ya he hablado de Francisco Brines y Jaime Gil de Biedma–; lo probablemente cierto es que hasta alguno de los Novísimos no alcanzó la rotundidad y fiereza de desafío que bien pudieran ser una de las marcas generacionales; pero yo creo que una justa comprensión del fenómeno debería fijar un índice del «cambio de gusto» más coherente que el que la Antología establece.  

Así, para mí que esa «guirnalda» debería incluir a Jaime Gil de Biedma, cuya estela de dignidad, inteligencia y altura poética son incuestionables y en muchos de cuyos versos, imágenes, referencias y obsesiones, nosotros nos mirábamos como en un espejo; el Vicente Aleixandre de En un vasto dominio, sí, acaso el más «novísimo», tanto por el amparo que proporcionó al grupo –exaltación que también Octavio Paz no dudaría en ofrecer– sino porque se entregó hasta tal punto a la nueva sensibilidad como para escribir en ella; está Vázquez Montalbán, que en aquellas páginas simbolizaba mejor que los demás la estética dibujada por Castellet en su introducción, pero falta Francisco Brines, puente entre «el pasado» y nosotros, y maestro en tantas cosas por su forma de ver el mundo y expresarlo; está Pere Gimferrer, pero cómo justificar la ausencia de Luis Antonio de Villena o de Juan Luis Panero. Otros componentes del grupo –Carnero, Ana María Moix, Vicente Molina, Antonio Martínez Sarrión– no creo que tengan categoría poética. Félix de Azúa sí me gusta, a veces (pienso en Farra), y Leopoldo María Panero, aunque tiene, si bien de forma extraña, tripas de poeta, no ha terminado de conseguir otra cosa que desamparados desatinos.  

Quizá convenga ampliar ese «Deseo de otra Literatura», olvidar los límites generacionales de edad y comprender lo que representa esa voluntad de cambio, quiero decir: la modificación del discurso de la Poesía Española, ese conjunto de poetas después de los cuales ya se escribe de otra manera, ya, cualquier joven que empieza a soñar con la Poesía, la imagina como este «gusto» la ha teñido. Yo creo que sí cabe pensar, entonces, en unas afinidades muy concordantes que desde los grandes maestros, Brines y Gil de Biedma, pasando por algunos «novísimos», no pueden dejar de considerar como «uno de los suyos» a Felipe Benítez Reyes, a Vicente Gallego o a Carlos Marzal.

Además, yo no dejaría de añadir, para cerrar el círculo y aunque parezca una boutade, algo que acaso sea capital referencia para alguno de nosotros y que ha impregnado hasta tal punto esa estética, como para acuñar un término que al más alto valor como referencia cultural une la significación y vinculación de una «segunda casa»: Venezia. Creo que el desarrollo posterior de nuestras obras, el «decorado» que impusimos y el estandarte del venecianismo como símbolo muy concreto de una forma de concebir el mundo, han penetrado a la actual y más joven Poesía española; tampoco los más viejos, nuestros predecesores y en no pocos casos, maestros, han desdeñado entonar el verso novísimo; y aquellos de entre los jóvenes, que con el natural ardor de su inteligencia y su sangre arremeten contra nosotros, a su vez no dejan de reflejar aquella estética.

Porque lo que se hizo fue tratar de poner en hora el reloj. Y esa necesidad de un nuevo mundo poético, que de verdad contase algo que interesara, era sentida por los lectores como por el resto de los poetas. Dijimos: nuestra herencia no es la que se ha venido aceptando desde hace tanto. Y nos fortificamos en Eliot, en Pound, en Kavafis, en Rimbaud, en Baudelaire... y en los clásicos griegos y latinos... y en el cine, que nos fascinaba; hasta en letras de canciones extranjeras y de nuestro tan enraizado cuplé, a las que no negamos, como a ciertos films, a esta o aquella pintura, tal o cual ciudad, y hasta hoteles, depravaciones y virtudes, su lugar «poético» junto a Tácito, Wilde o Kafka. 

Y no debíamos andar descaminados, cuando los versos de algunos de nosotros –algo extraño en nuestra Literatura (que precisa de motivos extraliterarios y tantas veces sangrientos para su difusión)– empezaron a despertar interés en otros ámbitos y en no pocas ocasiones en otras literaturas, esas otras de las que España estaba –no desde luego en casos muy concretos, y vuelvo a citar, aunque hay más nombres, a Biedma, o a Espriu, Pla, Cernuda, Brines, García Gómez o Cunqueiro, pero sí como Literatura– confortablemente aislada. 

Contra una nación, una cofradía de escritores y críticos que valoraban como el colmo del cosmopolitismo a don Antonio Machado o las rimbombantes andanzas de Neruda (olvidando el lado hölderliniano del primero y las fastuosas tinieblas residenciales del segundo), cuánto ha costado defender la fascinación por la riqueza y el esplendor del mundo, sus bibliotecas y placeres, la obra de sus mejores hijos en cualquier orden, la necesidad del viaje, del lujo de vivir, la pasión de la belleza; cuánto, afirmar contra viento y marea que la Cultura es la cima del sueño de los hombres, el territorio más noble y perdurable de su aventura, y que el artista es la criatura más excepcional y preciosa sobre la tierra. Exaltamos esa excepcionalidad, el orgullo de su libertad, su individualismo y su disidencia, y negamos que la Cultura tuviera que subordinarse a otra instancia que no fuera ella misma. Afirmamos la Literatura, el Arte como nuestra única patria, con el idioma, y nuestro único destino. Y esto alguno de los “novísimos” de aquel libro, como alguno de los no incluidos en la Antología y de los que ya he hablado, lo defendimos con pasión, con intransigencia, orgullosos, con fe en que se estaba dictando un «gusto». 

En resumen: se impuso una forma nueva de contemplar el mundo, de sentirlo, de expresarlo. Y decretamos nuevos maestros, que serían los nuestros, y establecimos casi un detallado mapa de la ruta hacia los territorios que soñábamos.

Y puede que fuera eso lo que se estaba esperando. Por ello la respuesta de los lectores ha sido generosa, hasta el punto de que, aun con la reducida difusión de la poesía, hemos sido leídos, tanto nuestros versos como nuestras traducciones, artículos, novelas, y por unos lectores casi fanáticos, hasta divididos en facciones. En España y fuera de España. Porque acaso lo más importante que podía sucederle a nuestra poesía es que al ponerla en contacto con lectores tan diversos como los de EE.UU. o Argentina, Francia, los países árabes, Grecia, Italia y hasta de Japón o China, se hayan sentido interesados por esos poemas.

De aquella antología que nos dio nombre nos separan ya más de veinte años. Como alguien dijo, estamos todos en esa edad en que cada uno tiene ya el rostro que se merece. Supongo que también el verso y la fama que se haya ganado. Si nuestros poemas han seguido diferentes caminos, creo que la violencia con que defendimos «otra cosa» en aquellos días, sigue viva en algunos de nosotros. Ayer soñábamos con escribir obras como las que llegaban a nuestras manos en los «infiernos» de las librerías españolas o en nuestros viajes por otros países. Creo que seguimos soñando. Y también creo que alguno de nuestros versos, como aquella apuesta, va a sobrevivir.

Acabo de regresar de Barcelona, donde hemos celebrado la publicación de la nueva edición de los Novísimos. Los «Novísimos»... treinta años después. El problema ha consistido en la disposición de la mesa, buscar comensales que no se aborreciesen; la fotografía es deprimente: todos recién acabada la tarea de los embalsamadores en la Casa de los Muertos... ¿Qué piensa usted de Los Novísimos?, me ha preguntado una joven periodista. Hable usted ya de postrimerías, le he contestado.

fragmento extraido de LOS DECORADOS DEL OLVIDO
José María Álvarez
Renacimiento, Sevilla 2004

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