Un veneziano en Pamplona

Javier Asiáin y Alfredo Rodríguez, Pamplona 2008

Otros no sé, pero yo al menos moriría en el intento. Y si salvar la vida puede sonar demasiado pretencioso, perderla por querer ganarla se torna casi epopéyico, utópico más bien, rayano a una espiritualidad inalcanzable por elevada y alejada en exceso de una praxis a pie de calle. Pero yo insisto, daría un paso al frente, iniciaría esa cruzada -para muchos perdida de antemano-, militaría a brazo partido en el bando de personas como Alfredo.
   
Recuerdo que una vez el propio Alfredo en palabras parecidas me dijo: Javier, esto de la Poesía está muy enfermito, y debemos hacer lo indecible por recuperarla. Y yo, demasiado consabido o resabiado, en el momento, ni siquiera le di importancia percibiendo quizás en su intención un tono excesivamente narcotizado por el efecto estupefaciente de los ideales. Hoy es el día, en esta breve presentación que tanto me honra, que me veo abocado a darle la razón y sumarme a su lucha que, de otra parte, debería ser la nuestra; la de todos aquellos que intentamos a golpe de verso devolver a la Poesía la dignidad de su propio nombre, restablecerla hacia ese lugar reservado y preferente de civilizaciones pretéritas, cuando más o menos era sinónimo de Pontificado y Sabiduría.
    
Y es que, una de las cosas que más me llamó la atención cuando conocí a Alfredo Rodríguez, fue su excesiva nobleza, su ímpetu en defensa de la Poesía, sin medir las consecuencias, su franqueza insultante y demandante, esa manera de vivir  cada poema como si fuera el último, apasionadamente, casi desproporcionado (¿existe un verso proporcionado?) como si lo anterior no determinase y lo por venir cediera paso a la inmediatez del sentimiento. Lo cierto es que de un plumazo me hizo regresar al siglo XIX y a su concepción neorromántica de las cosas, casi platónica, pero viva y latiendo hacia su centro, sin mesuras.
    
Más tarde descubrí que su Poesía era también una extensión de sí mismo, una prolongación de su ente personal, afectivo, social, intelectual y sobre todo cultural. Y es que este Veneciano de Pamplona, este Novísimo vivísimo, profesa como pocos poetas modernos un culto estricto al culturalismo –a la postre también enfermo-, a la estética intelectual y decadentista proclamada en la Antología de 1970 de José María Castellet Nueve Novísimos que, para bien o para mal tanto trascendió a corto y medio plazo;  a ese registro por el gusto en la belleza formal y esa mitificación de espacios y ciudades que dejan de ser dormitorio para erigirse en patria.
    
A simple vista se diría que Alfredo camina a pie cambiado de tendencias actuales; pero también es cierto que su lucha es otra, avanza por el fango donde otros muchos se hunden y apunta donde los demás no vemos o hace tiempo nos cansamos de mirar. Pertenece a una estirpe no frecuente y su paso marcial reproduce y obliga, invitando a avanzar desde ese frente popular de las palabras cargadas de buenas intenciones. De las intenciones cargadas de palabras buenas.
    
Más lejano a la Poesía de la Experiencia y el lastre de sus deudas, y a ultimísimas corrientes de vanguardia, los poemas de Alfredo Rodríguez se imbrican como escamas en la piel poética y estilística de José María Álvarez –antologado a su vez entre uno de los Nueve Novísimos-, maestro de veneración y culto, y de quien tanto bebe y debe su propia obra. Así, SALVAR LA VIDA CON ÁLVAREZ  presupone un homenaje riguroso, casi adepto, del alumno hacia el maestro, un tributo a cuyos versos venera, admira y conoce casi de memoria y que han supuesto, a la postre, una extraña donación salvífica, un imperativo argumental para enfrentarse al mundo y sus diatribas.
    
Los poemas – que no voy a desmigar ni edulcorar- que se nos muestran en este primer libro publicado del autor, retrotraen siempre esa voz poética de Álvarez en la conciencia obsesiva de Alfredo, recuperan sus acentos, su temática intelectual–culturalista (alusiones a música, cine, libros, viajes... son frecuentes), su canto e incluso su tono existencial, (con razón los dos han recorrido juntos espacios y lugares que antes o después su obra rememora y ensalza, en una relación que entre ellos hace tiempo traspasó de la Poesía a la persona). Si hay un poema que desmenuza bien ese acercamiento progresivo del alumno hacia el maestro es sin duda A UNA ANTIGUA EDICIÓN DE MUSEO DE CERA que abre el primer capítulo FUEGOADENTRO, en el que el autor desarrolla de manera plástica y concisa el recorrido de lecturas y emociones que le llevaron a dar con su  preceptor y la trasformación posterior que dicho hallazgo supuso.  
    
Nos llega a decir Álvarez en uno de sus versos: he buscado en jardines remotísimos la flor perfecta. Y así, creo, el poeta continúa fijado en esa búsqueda estética con la mella del tiempo entre su óptica y su obra. De ese modo también, como si fuese un proceso de ósmosis, Alfredo se suma a su vez a esa búsqueda que desde hace años ha convertido en la suya propia. Máximo contrapunto en otro verso del mismo Alfredo que parece resonar como réplica: toda la vida buscando la belleza / y estaba tan cerca de ti.
    
Para Alfredo la Poesía no tiene medias tintas, o estás dentro o fuera, sin claroscuros ni términos intermedios, o sacude o pasa de largo, en la batalla sin concesión o fuera de ella como convidado ausente. Por eso estaría en la trinchera hombro con hombro al lado de sus versos, soportaría el fuego de mortero, las palabras cruzadas, la metralla consabida. Moriría con él en el intento.
    
En el frente el adversario lo delata a uno con frecuencia pero con Alfredo se palpa con las manos la dignidad de fondo: porque su poesía carece de tapujos, escoge siempre la veracidad exenta de retórica, con un tono de fondo llano y medido, como permitiendo acceso y utilizando el camino más corto entre dos versos para llegar al corazón.
    
Él acostumbra a decir que el poema siempre lo termina el lector en un intento de inscribirlo a filas y de hacerlo copartícipe de la gloria o el humo que al final devengan. Finalicen pues ustedes.
     
Escribir es desangrarse y la Poesía es siempre un acto heroico.
                            Javier Asiáin
                            Pamplona, diciembre de 2005

prólogo a SALVAR LA VIDA CON ÁLVAREZ
Alfredo Rodríguez
Pamplona 2005

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Alfredo Rodríguez
Un momento de receso en Las Personas del Verbo
(Urroz Villa, Navarra 2009)

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