Querido Borges

 Encuentro con Borges en los Jardines de Luxemburgo 
(París 2005)


Querido Borges algún día
En la rueda infinita del tiempo
Más allá de la máscara descompuesta de estos años
De las palabras que contra el Horror pudimos levantar
Más allá del espanto
La larga cabellera de la sangre
Los pájaros espesos de la sabiduría
El esplendor y la miseria y el azar
En la luz incendiada de un mundo ya propicio
El Canto será libre
Más allá del dolor Sólo alabanza
Y al final de ese día
Bajo las largas sedas de una noche inefable
Todo ha de sernos revelado
Sabremos que la Muerte estaba loca
Y rodeados de vino y músicos y bailarinas
En una fiesta dorada de tigres y de espejos
Flaubert Khayyam Virgilio y Shakespeare
Y Baudelaire y el Inmortal
Desterrado beberán con nosotros
Y el Aduanero nos retratará para siempre 

El Retrato Oval, MUSEO DE CERA
de José María Álvarez

***


-Durante los últimos años ha estado usted viajando por todo el mundo homenajeando a su maestro, Jorge Luis Borges, con la Fundación que creó y preside María Kodama. ¿Cómo ha vivido esto? Supongo que con muchísima emoción.

-Sí, en muchos lugares. Pero es lógico que haya sido así. María y nosotros estamos muy unidos; ella pasa bastante tiempo también aquí, y nos vemos mucho. O en Buenos Aires, en Rusia, por mil sitios. Pero yo siempre he pensado que era lo mínimo que yo podía hacer para Borges, que fue mi maestro, y lo sigue siendo. Debo ser de las contadas personas, con María y Bianchiotti, que hablaron con él cuando ya la Muerte estaba ahí. Jamás olvidaré sus últimas palabras por teléfono: “Álvarez, soy muy feliz”. Siempre pensé que esa felicidad era María.

                                                 ***

Ensayo-Conferencia SOBRE BORGES. 
Por José María Álvarez

Al hablar sobre Borges lo que procede es celebrar.
Celebrar la inmensa alegría de haber vivido en la misma época en que ennoblecía el mundo y la Vida, alguien como Borges. Y agradecerle que con su obra, con sus conjeturas, con su humor, con su lucidez, haya perfeccionado ese mundo y hecho más deseable esa Vida.
 
Esto, supongo, muchos seres humanos, podrían repetirlo. Los escritores le debemos también su altísimo magisterio. Borges, como Shakespeare, como Nabokov, como Kafka, como Hume, como Tácito, como Virgilio, Dante o Stendhal, nos enseña cómo no escribir; esto es: ningún escritor puede fijar como meta de su obra ejemplos inferiores a esas páginas de El HACEDOR, de El ALEPH, de FICCIONES, de su Poesía, de tantos libros  imperecederos. Y nos ha enseñado que la Literatura no perdona.
 
Yo no tengo dudas sobre que en toda la historia de nuestra Lengua, en toda la escritura en español, ni el gran Alfonso Reyes, ni el MARCO BRUTO  de Quevedo, ni las páginas de García Márquez o Carpentier, alcanzaron la excelencia de su prosa.
 
La escritura de Borges nos estremece. Palpamos la grandeza del hombre, sabemos que, al menos ahí, —como en LAS BODAS DE FIGARO, la Novena de Beethoven, LAS MENINAS, Melville o Montaigne, Cervantes, Lampedusa, o cualquier otro de los que antes he nombrado, y varios más— nos hemos salvado. Le hemos dado a la caza alcance. Yo quiero rendirle un homenaje a esa grandeza que me sirve también para creer que esta especie a la que pertenezco, acaso no deba ser condenada. Es una certidumbre que me hace feliz cada vez que abro uno de sus libros, que me abandono a sus cuentos, a sus poemas, a sus respuestas a las preguntas de los entrevistadores. Ese inmenso talento y esa grandeza humana, ahí, hechicera, inefable como la sonrisa de la Esfinge.  Como escritor es mi alimento. Toco los espacios dichosos de lo imperecedero. Me fecunda con lo extraordinario.
 
Hay una frase que le escuché en cierta ocasión, y con la que afirmó que él siempre había escrito para la antigüedad. Esa aparente boutade, explica mucho sobre esa grandeza: Escribir midiéndose con lo que han dejado en ese espejo de sabiduría, esa norma, los modelos ya hechos sangre de uno, los grandes del pasado, si es que existe el pasado. En pocas palabras: los que, como alababa Ramón Llull del caballero, “señorean” la Literatura. Esas páginas —pero también esas telas o esas esculturas o esas músicas o esas construcciones— que en cualquier lengua y sobreviviendo al instante en que vieron la luz, al mundo al que estuvieron vinculadas, y cuyas significaciones pueden haber desaparecido para nosotros o sernos extrañas, mantienen sobre el tiempo, el poder de emocionarnos muy vivamente, de dejar entre nosotros una huella inolvidable, como aquella que Robinson vio un día en las arenas de la playa.
 
Las formas de producir esa emoción cambian según el acontecer de los hombres, su sensibilidad, la altura de vuelo de su época, y la suya propia, pero aventuro que las razones de su perennidad son siempre y únicamente artísticas.

La absoluta perfección de las miniaturas de Borges, son  —como él apreciaba en otros— pedazos de vida que sentimos rozarnos como el viento o la lluvia. Condensan la limpia mirada de Homero y el laborioso Proust, el salvaje trallazo de Shakespeare y el mármol dichoso de Quevedo o de Tácito, el vuelo de plata de San Juan de la Cruz, la madera noble de Fray Luis, la pasión de Al-Mutanabbi, la lucidez inviolable de Montaigne, de Gibbon, el oro de Virgilio y el fulgor de Dante, las tinieblas de Verlaine y de Quincey y el finísimo hilo de irrompible seda de Reyes o Browne, las angélicas moradas de Rembrandt y Mozart, la Luna infinita de Stevenson. En la decantada línea de un poema de Borges, en todas sus palabras, vive la memoria de Li Pao y Schopenhauer, LAS MIL Y UNA NOCHES, el estremecimiento de Keats y el sueño desesperado de un anónimo soldado de Lee.
 
Encantar. Sí, encantar, sobre todo. Sin lo cual no existe el Arte. Suficientes hombres a lo largo de los tiempos han poseído esa extraordinaria facultad. Algunos gozaron de ese poder en forma eminente. Entre ellos está Borges. Son lo que sobrevive a cada época, ellos y el mundo que conformaron.
 
Borges sabía que el Arte, que la Literatura es un pedazo de Vida, con todo el derecho a una vida propia,  como cualquier otro ser bajo el sol. Y supo que esa escritura elabora su discurso adentrándose en un territorio inexplorado, que no suele llamarse “la realidad”, sino lo que ella es en ese espacio donde su memoria está mixturada con una sabiduría que sólo al Arte corresponde; quiero decir, donde toda referencia está bañada por una luz que no es la de esa “realidad”, sino la de la imaginación, que transfigura toda evocación revistiéndola de significaciones estéticas. Y no es a la vida primigenia sino a esas aguas desconocidas a las que invocamos cuando se arrancan las piedras preciosas de la narración. Y aún más —y Borges lo dijo muchas veces— a las que también se acoge el lector inteligente en su emoción.
 
Los antiguos griegos, que acaso son quienes más  directamente han trabajado con el material de primera mano de la realidad —aunque su vida, todo hay que decirlo, bien fusionada estaba con la maravilla, respiraban el Arte como el aire mismo— no creo que puedan quedar fuera de esta aseveración: cuando Homero escribe la despedida de Héctor, ese HOPO DE CRINES COMO FUEGO AL VIENTO sobre su yelmo no es fruto sólo de la pura observación, sino de un espacio donde la tosca crin está iluminada por la pasión de la belleza y con unas palabras, —esas, y no otras— que son las que en nosotros van a despertar una inolvidable emoción. Y esa emoción que nos sobrecoge, esa majestad espiritual, ese vértigo como el que sentimos en el deseo, eso es la Literatura.
 
Ser capaz de esa página, de ese pulso contra la Muerte… Ese es el único desafío para  un escritor. Y creo, estoy seguro, de que las palabras de Borges han cruzado esa frontera: su obra —como Taine advirtió quizá exageradamente refiriéndose a Byron— alcanza tal perfección, que hace parecer a tantas otras también memorables, inertes en comparación con ella. Y proyecta esa larga sombra de grandeza, como Eliot veía en Virgilio, a cuyo amparo la Literatura puede seguir viviendo. Su transparencia, su poder de Encantamiento, han conformado ya lo que somos. Borges ya es carne del mundo. Como Pope escribió de Shakespeare, qué pocos han recibido, como Borges, en grado tan eminente, el poder de obrar sobre nuestra imaginación, sobre nuestra vida, de forma tan diversa y perdurable.
 
Y quiero agradecerle también a Borges, por sus enseñanzas en tres cuestiones esenciales:
 
La primera es haberme llevado, con indicaciones en su obra, con sugerencias en tantas conversaciones, a la lectura de ciertos escritores, a los que acaso yo hubiera descubierto más tarde, pero de otra forma, y desde luego los busqué porque Borges los exaltaba: Bloy, cuya revelación también se la debo a Jünger, Swedenborg, Herbert Wells, Berkeley, Boswell, Thomas Browne, Paul-Jean Toulet, Groussac, el Capitan Burton; y una mejor lectura de Conrad, de Homero, de Quincey,  Verlaine, y de Stevenson.
 
El segundo tema a que deseo referirme es su criterio sobre la Traducción. Normas que la infamia de nuestro tiempo hace muy necesario reflexionar sobre ellas, y, a mi entender, seguirlas: Porque Borges defendió lo que creo la única posición digna: Que sólo se puede traducir —sobre todo la Poesía— por amor; que sólo un poeta puede traducir a otro poeta, y sólo a otro poeta con quién sienta una vinculación seductora. Una ocupación dichosa, llevada a cabo sin otras miras que el gozo de esa traducción, de cuanto con ella se aprende, y que no será tanto la versión a otra lengua de unos sueños amados, sino la obra de otro creador. Las traducciones literales son letales para la Literatura, porque como Borges decía, los idiomas no están compuestos de sinónimos equivalentes, sino que cada palabra tiene una connotación emotiva distinta. Y el poema no existe en el sentido abstracto de las palabras, sino en ese relámpago mágico. Chesterton aseguró que el lenguaje no es un hecho científico, sino artístico. La traducción, por lo tanto, ha de ser “literaria”, no “literal”. Borges afirmó que el mundo intelectual —él lo dice refiriéndose a la ETICA de Spinoza— puede acaso ser traducible, pero no la Literatura. Y que no creía que un poema pudiera traducirse, sino recrearse. Yo también creo que la Poesía está más allá del falso juego de sinónimos que los diccionarios pueden facilitar; los diccionarios llevan a error porque nos hacen creer que una palabra corresponde a otra en diferente idioma. Es lo mismo que dijo Ezra Pound: Compensad las pérdidas de la mutación creando una belleza nueva.
 
Y el tercer espacio de mi agradecimiento, tiene que ver con sus opiniones, vertidas aquí y allá en entrevistas, en artículos sueltos. Porque no sólo nos ha ilustrado Borges —y ahí está para asombrarnos hasta el último día de nuestra vida—, no sólo hemos gozado y aprendido de sus cuentos, sus ensayos y su Poesía. Creo que esa obra es inseparable de ésta otra, no menos enriquecedora: Cuanto dijo, casi siempre fundido con el humor más fino, sobre tantos libros, tantos autores, sobre el ejercicio de la política, sobre la vida, sobre la Historia. Esas opiniones —esas “conjeturas” como a él le gustaba decir— nos han enseñado a pensar, a dudar, a orientarnos en el Laberinto, a descreer de todo Poder, a mantener como absolutamente irrenunciable nuestra Libertad de pensamiento y de conciencia, la constante defensa de las libertades frente a la trituradora igualitaria y soez y el totalitarismo de los modernos poderes. Esto es: a vivir y a pensar con libertad, sabiendo que no hay nada por encima de nuestra individualidad.
 
¿Imaginan ustedes el coraje que es preciso para salvar, en esta época de confusión y arrasamiento de todo vestigio civilizado, de abolición de la Cultura, de piafante exaltación de la barbarie del multiculturalismo y el mestizaje, el valor y el temple que se necesitan para mantener la defensa de la jerarquía cultural?.
 
¿Suponen ustedes la entereza precisa para despreciar y reírse  en este tiempo atroz de los delirios políticos, para combatir la insania de los nacionalismos, para revelar su rostro asesino?. Borges es uno de los maestros más lúcidos a quien escuchar, y el mejor ejemplo para fortalecernos en la oposición a todo despotismo, sea el de cualquier tirano como el más implacable de las Democracias de la opinión pública. Su obra es una inmensa barricada contra la inmensa destrucción que todos ellos suponen de lo que fue Civilización.
 
Y para terminar, quiero repetir algo que escribí poco después de su muerte: Recuerdo cuando murió. La sensación de orfandad. Era algo que esperábamos desde hacia algunas semanas, pero su muerte —como la de Welles, aquél mismo año— me causó el destazamiento espiritual de lo inesperado. Traté de consolarme diciéndome: Nos ha gastado una broma de las suyas: Dar su nombre a un cadáver en Ginebra. Pero aprovechando la confusión, Borges ha escapado. Algún día volverá. A la cabeza de un ejercito instruido que cargará recitando a Verlaine, a Fray Luis, a Virgilio, a Shakespere, o páginas del Dr. Johnson, invocando a Dante en la fiebre de sangre de la degollación del enemigo. Ese día lo veremos. En el altar de los sacrificios, averiguando en las vísceras, riendo.
 
En la madrugada del 14 de Junio, estaba yo en mi jardín, bebiendo como Li Pao, al claro de Luna. El firmamento del Sur era un mar de plata. De pronto me pareció ver en los cielos una inusitada brillantez. Me trajo a la memoria aquella luz que recorrió la noche sobre el campamento de César y cayó en el de Pompeyo la víspera de la batalla de Farsalia. La luminosidad fue perdiéndose hacia el Nordeste. Sentí que algo iba a suceder de gran importancia. Pocas horas después supe que anunciaba la muerte de Borges.
 
Recuerdo que me senté a escuchar un concierto de Vivaldi, mientras iba desgranando las certidumbres que nos unían:
 
-La Literatura es un destino.
 
-Sin duda, como Chesterton dijo, desde el principio todas las naciones han soportado gobiernos y todas se han sentido avergonzadas de ellos. Así, fuera de ser un tolerante liberal conservador escéptico, amenaza una espesa vegetación cubil de la fiera.
 
-Preeminencia de las Letras inglesas.
 
-Quizá la edición, al año, y en todo el mundo, de doce libros nuevos fuera ya suficiente.
 
-Y junto a lo anterior, obviamente, la supresión de prensa, radio y demás dislates viciados por obsesiones tan de zopencos como la información y la actualidad.
 
-Descreencia del sufragio universal, aunque prefiriéndolo al Comunismo o al Fascismo, mas por razones estrictamente de poder policiaco.
 
-De todas formas, el planeta y la historia de sus tribus, hijos del Azar o escritos desde siempre, en cualquier caso no merece sino la contemplación más serena y desesperanzada.
 
-El batiburrillo conocido por Arte Moderno, es un error.
 
-En peores errores hemos hecho guardia.
 
-Es rarísimo encontrar un pensamiento, un gesto inteligente o elegante posterior a 1945.
 
-Hay exceso de población.
 
-Sólo se puede leer por placer.
 
-Quizá no erraba el sueño de Philip Mainländer.
 
-Nada pudo en siglos destruir a un escritor (y aquí puede leerse: un músico, un pintor, un arquitecto, un escultor, un filósofo, etc.). El siglo XX lo consigue, haciéndoles creer que son personas como los demás.
 
-No es posible una Historia sin pasión.
 
-La Cultura —como una joya, una mujer o una copa de excelente vino —son regalos que algunos seres humanos ofrecen o reciben con carácter absolutamente individual.
 
-Los poetas —según afirmaba Rilke de Hölderlin— salen solos como la Luna.
 
Pensé: el mundo va a ser mucho más aburrido sin Borges, mucho menos interesante y bello. Tantas cosas estaban unidas en mí a su recuerdo. Compartíamos la adoración de Stevenson, el café, LAS MIL Y UNA NOCHES, Virgilio…tantos libros. Común era el culto al coraje, a la batalla, a la Luna, a ciertos films y la sensación de ocaso de nuestra Civilización; común el aborrecimiento de la chusma peronista y similares. También nos unía la admiración por Sevilla, por Turner, por Sicilia, aunque yo jamás compartí su veneración suiza (lo que por cierto si alimentaba otro de los pocos hombres excepcionales de quienes aprender: Emilio García Gómez). Sí, el mundo iba a ser mucho más aburrido sin Borges.
Y es lo que los años no han hecho sino confirmar.
 
Su obra está ahí, y a ella recurriremos sin cesar. Pero la expectación por ese nuevo libro que ya no tendremos, el trallazo en nuestra inteligencia, en nuestra conciencia, ante esos faros de sus conjeturas, que con tanta lucidez nos guiaban…

***

-¿Qué cree que significa o puede significar para usted EL ORO DE LOS TIGRES, que usted utilizó como título para un poema, como título también de una conferencia —creo recordar— y que es el título también de un maravilloso poema del maestro Borges?

-Eso. El Oro de los tigres. Borges lo veía. Ojalá pudiera verlo yo también algún día.

Del libro inédito EXILIADO EN EL ARTE
Conversaciones en París con el poeta José María Álvarez
Alfredo Rodríguez (Pamplona 1969)

Una mañana dorada en un mercado chino de París (Verano 2009)
Alfredo Rodríguez y José María Álvarez

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