No se puede enseñar la poesía



    

En Junio de 2006, cuando el poeta José María Álvarez -otro artista y feroz defensor de lo políticamente incorrecto- hizo su aparición en Pamplona como invitado estelar al I Congreso de Poesía navarra, el periodista navarro Carlos Pérez-Conde, enterado de que venía, muy amable y gentil caballero como siempre, me llamó inmediatamente por teléfono para que se lo "trajera". Quería conocerle, y entrevistarle en su interesante programa, EL CLUB DE LAS SIETE.
Este es el testimonio transcrito de esa histórica entrevista.



***

-José María Álvarez, según tengo leído, nunca hubiera imaginado su vida fuera de la literatura…

Esto es muy curioso, porque otros niños quizá tienen sueños mucho más... lógicos. Uno quiere ser torero, o quiere ser bombero, cuando es niño. Bueno, ahora no sé que quieren... Pero yo no, yo quería, no tanto ser un escritor, como sí tender hacia ese mundo, el mundo de los libros. Luego ya empecé a querer ser escritor, pero sí, era el mundo de los libros, el mundo del Arte, lo que me llamaba, lo que yo sentía como más mío.

-Treinta y cinco años después de la publicación de la Antología, el novísimo más perseverante de aquellos Novísimos Poetas Españoles…

Sí, bueno, Gimferrer también tiene una obra tan excesiva como la mía. Pero, sobre todo, yo creo que somos los dos que más hemos continuado escribiendo.

-Uno en catalán y el otro en castellano…

Sí, el empezó en español, pero luego pasó al catalán. Porque en cuanto a otros miembros de esa antología, algunos han escrito poco y otros decididamente es que dejaron de escribir.

-Con la perspectiva del tiempo, José María, ¿qué influencia posterior cabe atribuir al movimiento de los novísimos en el mundo de la poesía en lengua castellana?

Yo realmente es algo que lo he pensado mucho, justo por la fama que esa antología tuvo y que tiene, y que yo no he comprendido nunca. El libro, quitando algún poema de Gimferrer, a mí me parece un libro muy malo, un libro flojo. Lo que pasa es que en aquel momento salió con un prólogo de Castellet, que era muy conocido también, y pretendió una nueva estética. Lo que sucedía es que había que salir de alguna manera del hoyo de la poesía social, que no servía ya, era un animal muerto. Y entonces todo el mundo soñaba con una nueva estética. Entonces, Castellet, que tenía un olfato grande y muy buenas conexiones en las editoriales y demás, nos buscó a unos cuantos poetas que él pensaba que significábamos otra manera de contar. Y bueno, eso fue el libro. Pero lo que le digo es que esos poemas, los que en ese libro están, eran muy malos en general. Luego, la obra de uno u otro ha sido ya otra cosa. Pero el impacto vino por eso, y me pareció y me parece desmedido, sobre todo cuando en ese mismo momento había otros poetas, que no están recogidos ahí, y que han tenido una influencia igual o mayor sobre nuevas generaciones. Como es el caso de Villena, o de Juan Luis Panero, o de otros. Por eso yo creo que el cambio de, llamémosle, gusto, el cambio de sensibilidad, que de alguna manera es lo emblemático en ese libro, en la realidad habría que extenderlo más, que a los participantes en ese libro. Y es que, en torno a los años 69, 70, 71 —este libro me parece que era del 70— surgen una serie de voces que son las que luego se han consolidado, y que esas son las que constituirían la generación. A mí casi me gusta más hablar de una generación novísima, porque ese nombre ya tiene una cierta fama. Pero desde luego son otros nombres más, que algunos de los incluidos allí.

-Incluso, de hecho, el nombre “novísimos” contribuyó al impacto…

Claro, porque era una etiqueta. Vivimos en un mundo de etiquetas, y sobre todo a los profesores y a los críticos les sirven mucho, les es muy fácil, y allí Castellet se la brindaba. Y entonces se repitió novísimos, novísimos, igual que luego han hablado de post-novísimos, y de no sé qué más... Pero sí, yo creo que si hubiese tenido otro nombre no hubiese tenido tanto impacto.

-¿En qué poetas de hoy se reconoce todavía la influencia de aquellos poetas?

Creo que hay poetas que estaban en ese mismo libro, como por ejemplo Guillermo Carnero, que es muy clara la influencia de Gimferrer en él. Ya lo era entonces, y yo creo que ahí ha continuado. Pero por ejemplo, Luis Antonio de Villena, que no estaba en ese libro, su manera de escribir y los temas, ha tenido una influencia en generaciones más jóvenes, mayor que la de la mayoría de los que ahí estaban. De mí no voy a hablar, pero bueno…

-Aunque personalmente a José María Álvarez, y en cuanto a poetas de habla hispana, le gustan más los americanos que los españoles…

No, no, vamos a ver, hay poetas americanos, o sea hispanoamericanos, —el caso de Borges, o el caso de Vallejo, y hay muchos más—, que me parece más decisivo lo que nos han enseñado, que lo que hemos aprendido de otros poetas de aquí, españoles. Pero ahora mismo por ejemplo, vivos, hay poetas como Francisco Brines, que yo me atrevería a decir que si no es el primero —aunque yo sí lo creo que lo es— pues estaría entre los dos o tres primeros poetas de Europa. Y está vivo, está aquí, con nosotros.

-En estos tiempos socialmente inquietantes ¿dónde está hoy la poesía social?

Creo que está como debió haber estado cuando nació: muerta. Lo que pasa es que hay muchas formas de poesía social. Por ejemplo yo he oído decir, referido a algunos poetas medio jóvenes que ahora mismo están aquí escribiendo, que están haciendo una nueva especie de poesía social, bueno, teniendo muy en cuenta lo que no deja de ser costumbrismo, o sea, las relaciones de la gente, las nuevas formas en que se relacionan los chicos y las chicas. Y a eso le llaman también social. Yo creo que la poesía social fue una cosa muy concreta, que durante unos años se usó como arma política más que como arma literaria, y por eso murió, porque como poesía estaba muerta, era cartón piedra. Porque muy poca poesía —para entendernos— de combate ha sobrevivido. Sobrevivió la que era verdad, por ejemplo los poemas de César Vallejo a la guerra española. Esos poemas están vivos. Están muertos los de casi todos, porque eran falsos. Los de él eran verdad.

-José María Álvarez invitado al primer Congreso de poesía de Navarra (nafar poesiaren besta). ¿Sorprendido por la convocatoria de un Congreso de poesía?

Sorprendido por un congreso no. Lo que me ha llenado de contento, porque no había estado nunca aquí, en Pamplona. Había estado en Navarra, pero no había estado en Pamplona. Y tenía gana, aparte que tengo muy buenos amigos aquí. Y bueno, creo que son ellos los que han movido un poco este tema.

-¿Qué les vas a decir mañana a los poetas reunidos?

¿Qué les voy a decir? Pues lo mismo que les diría a los poetas reunidos en Tombuctú. Que si quieren escribir intenten lo que Hemingway decía: que intenten hacer el mejor poema que puedan, lo mejor que sepan. Y ya está. Que no se mientan. Que no sigan otras miras que las de la propia poesía. Bueno, es que no se puede enseñar la poesía. Los jóvenes poetas la sentirán, y cada uno la expresará. Luego unos quedarán, y otros no.

-Te han preparado un programa intenso dentro del Congreso de poesía: A las 13’30 intervención del poeta invitado –leo del programa- José María Álvarez, y a las 18’15 un recital poético. Ya has dicho qué les vas a decir. ¿Qué les vas a leer en ese recital?

Pues voy a leer —porque creo se planteaba un poco esta presencia mía como presentación también un poco del último libro— poemas de este último libro.

-Y firmarás el domingo en la feria del libro a partir de las siete de la tarde en la Plaza del Castillo.

Eso creo, sí.

-Pues serás presentado por un ferviente y obsesivo seguidor: el poeta local Alfredo Rodríguez.

Es un buen amigo, pero yo lo que quitaría es eso de poeta local. Porque ahora mismo estoy viendo mucho y se usa mucho “poeta local”, o también por ejemplo cuando dicen “poeta navarro”, o “poeta murciano”, o “poeta andaluz”. No hay… Si dudosamente hay poetas españoles, ni franceses, ni ingleses… Hay poetas. Nada más. Buenos o malos. Esa es la única distinción.

-Sólo quería decir conocido en el ámbito local…

Eso sí. Y fuera del ámbito local también. Eso ya lo atestiguo. Y además muy buen amigo.


-¿Has conocido, por cierto, muchas fidelidades tan incondicionales?

Bueno, yo he tenido en eso una suerte… Una suerte triste por un lado, pero una inmensa suerte. Me han pasado cosas que para mí son muy importantes. Una es, por ejemplo, llegar a hacer una lectura en, no sé, Badajoz. Entonces el público se componía de: un señor mayor, una viejecita que iba siempre a esos actos, luego, unos cuantos chicos y chicas de la universidad, un punk, otro con los pelos rojos y lleno de tachuelas, gente con la que yo no tengo ninguna relación. Y me leían. O gente como aquí en Navarra que se saben mi obra. O una cosa estremecedora, que para mí ha sido el mayor premio quizá que yo he recibido nunca. Fue una cosa escalofriante. Estaba una vez en Londres, —eso fue hace tres o cuatro años— estaba dando unas conferencias, no, eran lecturas..., y de pronto, llegó una chica que era la viva imagen de la muerte, (como estos drogadictos que uno ve totalmente ya más allá de todo, destrozados), sucia la ropa, hecha polvo, y llevaba en la mano la primera edición de MUSEO DE CERA, la primera. Me llega —era una chica española— y me dice “yo quería conocerle, tal y cual...”, hablamos un rato. Le digo “¿quieres que te firme este libro?”. Dice “sí, pero me lo firma, no a mí, me lo firma a nombre de fulano de tal”. Fulano de tal era un chico, drogadicto como ella, que había muerto y en sus últimos días y en sus últimos meses no hacía más que leer ese libro, y lo llevaba con él, y lo quiso tener en su muerte, el libro. Me dije: esto me paga absolutamente toda mi vida. Toda mi vida. Porque además, es la única transmisión posible de la poesía. Así, directamente: Cuando un muchacho o una chica en, no sé, en Pekín o en otro país, —porque ha de ser en otras traducciones también—, de pronto siente lo mismo que yo he sentido cuando he leído a alguien que ha sido para mí maestro. Y mi vida es distinta ya, ya no es lo mismo. Es decir, algo ha sucedido que me ha cambiado la vida.

-MUSEO DE CERA, de José María Álvarez, un libro único y totalizador, compuesto por tres libros y nueve capítulos, novecientas páginas, cerrado al cabo de treinta y nueve años

Treinta y nueve años de trabajo sí…

-Perfecto ejemplo de la unidad en la diversidad, según leo en la Enciclopedia Libre Universal.

Bueno, sí, éste es un libro que no es una reunión de libros. Desde que empecé el libro que fue… pues..., el verano del año 60 en París, desde el primer momento, tuve la idea de que yo no quería hacer un libro y luego otro y otro y después juntarlos de una forma cronológica. Sino que lo que yo quería era solo un libro. Un único libro que constituyese una arquitectura, al mismo tiempo cerrada, al mismo tiempo —¿como diría?— como un laberinto, o sea, algo en donde se pudiese entrar, salir, seguir caminos. Y eso he tardado treinta y nueve años en verlo terminado.

-Poesía con trasfondo de fatalismo…

No, esto no… No creo que yo sea una persona fatalista… Yo soy una persona con unos ciertos desencantos, y no muy optimista. Pero tampoco creo que nadie razonable hoy sea muy optimista. Pero de eso al fatalismo no, porque todavía está viva en mí la rebelión. Y entonces los fatalistas difícilmente “se lo llevan” con los rebeldes.

-Desdén por lo formal, referencias populares, elementos exóticos y misteriosos. ¿Estaría así bien resumida la esencia de la poesía de José María Álvarez?

No, no, porque misterioso no lo veo. Y otra cosa que has dicho, exótico… Bueno, eso es porque quien lo haya escrito ha pensado que si hablo de un sitio remoto a lo mejor es exótico, pero no. Yo no soy un poeta exótico. Francisco Brines dice que yo soy más bien hímnico. Igual que él es más bien elegiaco, dice que yo soy más bien hímnico. Volviendo a tu pregunta, no lo sé. No, no me veo mucho ahí.

-José María Álvarez novelista. Finalista del Planeta con EL MANUSCRITO DE PALERMO.

Sí, hice dos novelas para Planeta, que salieron las dos en la colección Memorias de la Historia. EL MANUSCRITO DE PALERMO es una autobiografía, apócrifa claro, de Talleyrand, que era un personaje político que me interesaba muchísimo. Y luego hice otra, también apócrifa, de Lawrence de Arabia: LA CORONA DE ARENA. Pero, vamos, son libros que ya están descatalogados.

-Y autor de dos novelas eróticas, una finalista en 1991 y otra ganadora en 1992 del Premio La Sonrisa Vertical…

Sí, esos fueron dos relatos que salieron con esa forma, porque quizá tampoco podían contarse sin abundar en lo explícito de la pornografía, porque la intensidad de lo que pasa en uno y otro relato le viene por la carnalidad de las páginas. Y entonces, entraron en ese campo, y bueno, tuve muchísima suerte. Se las mandé a Tusquets, una fue finalista y la otra ganó. Se publicaron.

-Planeta, Tusquets, ¿cree en los premios literarios un escritor premiado?

En unos sí, y en otros no. Yo siempre pienso que los premios a quien honran es a quien da el premio mucho más que al premiado; quiero decir que cuando un jurado realmente serio da un premio a un escritor serio se honra y elige. En la mayoría de los premios que se dan, ni los jurados merecen el más mínimo respeto ni los premiados tampoco. Por ejemplo en poesía, sí, hay algún premio, —que yo lo gané además, pero como otros compañeros míos— que sí me parece un premio digno, muy digno, que es el premio Loewe, porque tiene un jurado muy serio.

-José María Álvarez, traductor. ¿Qué criterio de selección de autores y de obras has seguido como traductor?

Yo me he limitado a traducir aquello que amaba mucho. E incluso, en una primera lectura, lo traducía para mí. Y como ejercicio, porque se aprende mucho. Un poeta aprende mucho de lo que son las tripas del poema, aprende mucho traduciendo a otro poeta. A un poeta que ame, claro.

-¿Y no es difícil que un poeta traduzca sin crear?

Bueno, es que yo creo que debe crear.

-Con riesgo de alteración de la obra original…

Sí, sí, es que creo que debe alterarla, hombre, dentro de unos límites. Es que es imposible una traducción literal, porque la traducción que llaman literal, —ésta que hoy día le gusta tanto a los profesores y a los académicos—, es falsa, porque parte de un hecho que es falso y es creer en el diccionario. O sea, pensar que la misma palabra significa lo mismo en el otro idioma, cuando no es así. Ni siquiera la palabra más simple: “luna”. Pues cuando un inglés dice “moon”, o un alemán dice “mond”, o un francés “lune”, está diciendo algo distinto. Empezando, en algún caso, porque es hasta un género distinto, es masculino, no es femenino. Para uno la luna sería femenino, para otro masculino. Lo que quiero decir es que cada bloque tiene un sentido distinto, y esto hay que tenerlo, o se debe tener, muy en cuenta cuando se traduce. Porque, de hecho, lo que uno está haciendo al traducir es tratar de verter la emoción de ese original a otra lengua, para que emocione a otras personas.

-Más facetas de José María Álvarez: articulista ocasional…

Sí.

-Y autor de guiones cinematográficos…

Muy ocasional los dos. Lo de los guiones fue, uno con Berlanga, que dio origen luego a una de estas dos novelas pornográficas que antes comentaba, y el otro fue un guión que no se hizo nunca, con mi amigo Paco Rabal, que quería él dirigir la película. Una película sobre un territorio que hay en el sureste español (está entre La Unión y Águilas) y que hubo un momento en el siglo XIX que fue como el Oeste americano, vamos, como el que hemos visto en las películas. Hubo pistoleros y cafés-cantantes. Y entonces estuvimos juntos en este tema, pero nunca se hizo porque él ya siguió con la serie de …

-José María Álvarez, doctor honoris causa por la Dowling University de Nueva York por el conjunto de su obra. Título que ostentan escritores como Vargas Llosa y Cela.

Sí. Dieron tres, y bueno, fueron muy generosos. Fueron muy generosos, [sonríe] ¿qué te voy a decir? [sonríe].

-Emoción muy distinta a aquella de Londres…

Totalmente diferente. Ésta forma parte de, digamos, las relaciones sociales. Está muy bien que te den un doctorado y todas estas historias. Pero lo otro son las tripas de la Literatura. Lo otro son las entrañas de la Literatura. Lo otro es que sabes que has hecho algo con alguien, no por alguien, sino con alguien. O sea que durante algún momento hubo hay algo mágico, y algo sagrado.

-¿Y las memorias de José María Álvarez?

Sí, ésas están por ahí corriendo, pero son tan voluminosas que yo creo que da miedo meterse en ellas, pero bueno, me haré una auto-propaganda: si se meten se divertirán [risas].

-¿Por qué vives en París?

Bueno, primero porque es una ciudad a la que desde 1959 o 60 estoy yendo, y es… ¿cómo te voy a explicar? Es la ciudad en donde me encuentro más a gusto, y mira que yo me encuentro muy muy bien en, por ejemplo, Venecia, en Roma, o en Budapest, o en Berlín ahora que está espléndido. Pero París es mi ciudad, es en donde cada detalle de una calle, de una casa, que he pasado mil veces, está unido a mí, siempre algo me trae. Y luego, no hay ciudad en el mundo, ni siquiera Londres, que tenga tantas librerías de viejo. Sí, en torno a mi casa, en un radio de no más de quince minutos, debo tener desde luego más de cincuenta, más de cincuenta librerías espléndidas, de viejo, algunas de ellas que son edificios de cuatro plantas. Entonces es la ciudad en donde no me aburro jamás, donde salgo, me paseo, me vuelvo al río; es muy cambiante —como Venecia, es igual, muy cambiante— de luz. O tengo la pintura que yo adoro, pues tengo la que me dé la gana. Y cuando uno está en un país que aunque lo sienta suyo y se sienta en ese momento parisino, no lo es, está ajeno a mil cosas de lo cotidiano, mil cosas, desde las situaciones políticas, las situaciones de la calle, en fin, a todo. O sea estás en un exilio, en una especie de exilio dorado.

-¿Cómo se ve España desde el exilio?

La verdad es que no leo prensa. Además yo no pongo ni el canal de televisión español. Cojo otros canales franceses, y la verdad es que la información es mínima. Estos últimos días lo único que estaba allí saliendo era el tema de estas pateras, estos barcos…

-¿Y a qué se debe esta distancia voluntaria con respecto a España?

No, no es por nada, sino porque cada vez he ido sintiendo más mío eso, París. Y no te diría igual de otras zonas de Francia. A París le pasa como a Nueva York, que no es Estados Unidos, es otra cosa. Y París es algo que está ahí desde siempre, que ha recogido hijos perdidos de todo el mundo, desde siempre, que la convivencia y la integración allí han sido siempre perfectas, y no sé porqué, cada vez, estás más allí, hasta que te das cuenta de que no vuelves, de que estás.

-¿Y París es la ciudad de los poetas o eso es una convención?

No, eso ha terminado. Ni en París, ni en Madrid, ni en Barcelona, ni en ningún sitio hay ya tertulias grandes. Muy cerca de mi casa, en donde Verlaine tenía su tertulia, ahora es un burguer de éstos, pero desde hace ya mucho. Quiero decir, ya no hay cafés, o los hay pero no hay tertulias, ya no. Los escritores están encerrados en sus casas, alguna vez se ven porque cenan juntos, algunos ni eso, porque no salen, como Kundera (Kundera está ya encerrado y no sale).

-Por cierto ¿se te ocurre alguna fórmula para el fomento de la lectura de la poesía?

No, no se me ocurre, porque es que no tengo fe en las fórmulas. Porque por ejemplo, dices: bueno, vamos mañana, regalamos siete mil libros de poesía en Pamplona. Y yo te aseguro que quien no lee poesía no va a leer; o al menos yo, mi experiencia es que no se ha conseguido eso nunca. Y en cambio, el que, nadie sabe porqué, quiere leer poesía —que casi siempre también suele luego escribir— busca la poesía aunque no la tenga, y se hace con los libros.

-Primera visita a Pamplona…

Sí…

-¿Con que primera sensación?

Ah! muy bonito. He visto muy poco. Hemos llegado, he visto el paisaje, porque el vuelo ha sido hasta Biarritz, y bueno ese paisaje sí que ya lo conocía. Y de aquí no he visto más que dos o tres calles levantadas, el ayuntamiento que me ha parecido precioso, y tres plazas. No he tenido tiempo aún de más.

Programa "CLUB DE LAS SIETE",
Cadena SER Pamplona,
Viernes, 2 de Junio de 2006
Entrevista al poeta José María Álvarez.
Por Carlos Ignacio Pérez Conde

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