El acto de leer poesía


De entre la cada vez más extinguida especie de lectores, son muchos los que no leen poesía, y la mayoría coincide en decir, o decirse, que si no lo hacen es porque les cuesta "entrar", porque no saben cómo hacerlo ni cómo ponerse a ello. Encuentran las puertas cerradas a cal y canto. Como si el poema no estuviera hecho para ellos, como si se sintieran excluidos. Y eso al final cansa, y se produce la deserción definitiva de este género.


Pero la poesía es mucho más que un género. Un poema representa lo máximo a que se puede llegar con el lenguaje, su más extraordinaria y feliz "manipulación".

Para la poesía es precisa una gran apertura, con el fin de que su receptividad sea efectiva, y una plena conciencia de que el lenguaje de un poema puede alcanzar altos grados de incandescencia auditiva y significativa.
Antes de pretender entenderlo mínimamente desde un punto de vista racional, es necesario que hayamos sido receptivos a su concepción formal, es decir, que hayamos saboreado el léxico, la sintaxis y el ritmo, y su capacidad de generar sentido.
Como lectores, debemos "tocar y retocar" el poema tanto como queramos o nos sea necesario, y después, poco a poco, ya se nos irá revelando su sentido e iremos captando la figura más o menos nítida que el autor ha querido trazar.

Toda voluntad de comentario exegético me parece no sólo pretenciosa sino absurda: los poemas no se escriben para que alguien los comente, sino para uso y abuso de los lectores, en cada uno de los cuales resonarán de manera única, mutable y difícilmente transferible. 

Lo que un poema quiere decirnos puede llegar a trascender su mero sentido racional, porque dentro de él, las palabras acaban significando mucho más de lo que en principio parece que digan. Por tanto, cualquier comentario, por brillante y lúcido que sea, no agotará nunca su carga de sentido. Un sentido que se sitúa más allá del estricto campo de la razón. Un sentido que nace ya con vocación, si no de anularla, como mínimo de superarla, de dejarla atrás, de ir más allá.
Sea como sea, lo más fascinante del proceso de recepción de un poema es justamente asistir a la formación de su sentido, y asistir quiere decir implicarnos del todo, porque en el fondo durante este acto de lectura alumbramos un sentido que transporta un cuerpo ajeno -el poema- pero que en cambio nace dentro de nosotros.

fragmentos sueltos tomados 
del LIBRO DE LOS MÁRGENES,
Àlex Susanna (Barcelona, 1957) 
Seix Barral, 2006


Àlex Susanna, Barcelona 1957

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