El hombre exiliado en el Arte

Alfredo Rodríguez y José María Álvarez, Place de la Madeleine, París 2009

No ha habido ningún Álvarez antes de Álvarez. Hombre inteligente y libre, a quien el Arte y la Vida han pulido y refinado, no ha habido a mi entender, en España, desde el último tercio del siglo XX y hasta nuestros días, poeta de mayor altura, en proporción con la cual injustamente no ha gozado, por parte del mezquino mundillo de la poesía, sino de una menguada consideración, como si de un oscuro complot urdido se tratase. No hay duda sin embargo de que su obra no ha cesado de fascinar e influir a muchos poetas hasta hoy día. Porque leer hoy la poesía de José María Álvarez —muy celebrada por el lector inteligente— y meditar acerca de la alegría permanente que siente este hombre por haber dedicado su vida a ella, produce asombro y fascinación y, a la vez, sugiere la idea de que la única salvación de nuestra Poesía pasaría quizá porque apareciesen dos o tres poetas más con la misma grandeza, el valor y la serenidad en el espíritu que tiene la suya.


Aficionado a alambicar y mezclar las cosas de la vida con la literatura, en sus versos y en su oratoria despliega todas las galas de su talento, pero también dispara las más aceradas saetas contra todo lo divino y lo mundano, previniéndonos a cada paso de que la Libertad está en peligro. José María Álvarez, poeta, viajero ilustrado, un hombre que lo ha visto todo, lo sabe todo, lo ha leído todo —no en vano su principal ocupación ha sido y es la lectura de buenos libros—, su Poesía inevitablemente ha de trascender, pues está ungida con los sagrados óleos del Arte y del Tiempo. Tiempo que la ha de estimar en su justa valía.


Durante el mes de Enero de 2009 tuve el honor y el placer de visitarle en su casa de París, en pleno Barrio Latino, a pocos pasos de Notre Dame, la vieja catedral bordeada por el Sena, donde el poeta vive (como bien dice) en una especie de exilio dorado, bajo la atracción misteriosa y casi invencible que ejerce sobre él la ciudad más esplendorosa y elegante del mundo. Recuerdo, la tarde que llegué con mi grabadora de mano y los últimos libros que me tenía que firmar y dedicar, la voz de Álvarez arriba, al final de la escalera, mientras subía a su casa —me esperaba en el rellano—, esa voz cavernosa, con su habitual alegría, clamando: “Estás pisando unos suelos treinta años anteriores a la Revolución Francesa”. Con su hipnótica y penetrante mirada, me fue explicando que todos los suelos de la casa, así como las enormes vigas de madera en el techo, e incluso la hermosa chimenea, eran de mitad del siglo XVIII. Otro día me contó que justo en el portal de al lado había vivido el mismísimo Napoleón, cuando aún no era cónsul.


Fueron otra vez días muy felices, días intensos, como son siempre los días junto a Álvarez, no dando al cuerpo más que el leve descanso. Días lumínicos, de largos y emocionantes paseos, de agradables conversaciones —que han quedado plasmadas en este libro—, siempre con ese cielo, como él dice, inmenso y omnipresente de París, transmitiéndome en pequeñas dosis el tesoro de su sabiduría, su inextinguible sed de saber. También el tesoro de su amabilidad y de su ternura. Porque Álvarez es como un niño grande, un niño feliz y enamorado, inquieto y desasosegado unas veces, tranquilo y reposado otras, uno de sus encantos radica en que nunca se sabe lo que va a decir o hacer en el momento siguiente. Así contagia a los que le rodean su fascinación por la Vida, por el Arte, por la Poesía, siempre con la serenidad que da el ser y sentirse poeta verdadero.


De semblante noble, de viva y curiosa imaginación, sintiendo a veces desprecio del mundo, con la solemne grandeza de un personaje de la edad Antigua, sus palabras son siempre honestas y leales, y hablan de alguien cuya vida ha sido un apartarse de todo lo que no representase sacrificio por la Poesía. Lector infatigable, por sus venas corre el veneno de la Literatura, de vasta cultura y subyugante conversación —lo que se dice un maestro en términos absolutos—, uno disfruta escuchándole hablar de cualquier cosa, no importa el tema, pues posee el don inmanente de hacer que cualquier nimiedad en sus labios se torne interesante: lo mismo hable de la segunda guerra mundial, que de unos guisantes maravillosos que sólo venden en París y que se los lleva por latas cuando vuelve a España; lo mismo hable de su amado Borges, o de un reciente viaje rocambolesco y lleno de aventuras a Marraquesh, que de un chubasquero increíble que se ha comprado y que cuando uno no lo usa lo puede llevar perfectamente enrollado en un bolsillo: “este es el mejor invento del mundo” —asegura.


Estuvimos trabajando en la edición anotada de su obra poética, MUSEO DE CERA, que desde hace unos años preparo, y aprovechamos también para realizar una serie de entrevistas, que completasen las que había ido concediendo en los últimos años. Grata manera de ver transcurrir los días, siempre con el convencimiento de que todo lo que concierne a un gran poeta y a su vida nos ayudará a comprender mejor su obra. Así convenimos en que ya existía un material abundante e interesante que diera como para un libro, y que éste fuese la continuación necesaria de su anterior libro de entrevistas, el que se publicó bajo el título AL OTRO LADO DEL ESPEJO (Conversaciones ordenadas por Csaba Csuday).


Las páginas que siguen son el testimonio de una vida apasionada, incansable y alegre, una vida marcada por el orgullo de su condición de poeta, pero también por su búsqueda de la lucidez intelectual y de su libertad como persona. José María Álvarez, uno de los últimos supervivientes de la noble estirpe de los poetas verdaderos —aquellos que son capaces de hacer vibrar de emoción el alma del lector—, el hombre exiliado en el Arte, la Belleza y la alta Poesía, que bebió la vida a grandes tragos, como un lapidario que tallase un brillante de gran valor.

De EXILIADO EN EL ARTE,
Conversaciones en París con el poeta José María Álvarez
Alfredo Rodríguez
Pamplona, febrero de 2009

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