La pasión de la libertad en el blog de Hilario Barrero

Correo de España. La frontera de lo perecedero. Álvarez conversa con Rodríguez.



                    


                                             
                                                Il ne faut pas toucher aux idoles: la dorure en reste aux mains.  
                                                                                                                             Gustave Flaubert
                                                                                                                                           las torres que desprecio al aire fueron
                                                                                                                                                a su gran pesadumbre se rindieron.
                                                                                                            Rodrigo Caro


He recibido Exiliado en el arte y La pasión de la libertad (Editorial Renacimiento); dos preciosos volúmenes de conversaciones con el poeta José María Álvarez coordinados por otro poeta, Alfredo Rodríguez. Se puede o no estar totalmente de acuerdo con el método conversacional, a veces caótico, a veces reiterativo, a veces apasionado, siempre de veneración hacia el autor de “Desolada grandeza”, pero uno tiene que decir, enseguida, que admira y valora más la inteligencia y preparación que despliega Rodríguez, la hondura de las preguntas, los bellísimos subtítulos que dividen los libros, las cientos de oportunidades que le da al maestro para que se luzca, que muchas de las respuestas indigestas, cargantes, a veces irritantes del poeta de Cartagena.
Para los seguidores del poeta cartagenero estos volúmenes son dos “biblias” para conocer y apreciar la sabiduría y los vastos conocimientos del maestro. Un libro con respuestas como estas: “… Todo artista de verdad –y eso sí creo serlo- se siente fracasado ante lo que sueña, ve su obra como un fracaso en comparación con lo que había querido lograr o alcanzar sin darse cuenta. Aceptar es lo único honorable…”. El maestro piensa no ser de este mundo  y cuando Rodríguez con ese bendito ardor y ceguera de fanático, le comenta: “Otro verso suyo de riesgo, de esos que le hacen a uno levantarse del asiento: “no hay dos coños iguales”…  Álvarez, no le deja terminar y le responde: “No hay dos iguales, sin duda; incluso el mismo varía con el tiempo. Y no me refiero solo al aspecto digamos exterior. La textura, la temperatura, el aroma, la suavidad del pelo, me refiero a coños de verdad, no esa patraña plastificada de hoy, con la depilación que yo odio: incluso diría la sensación de su acogimiento”. Preciosa  respuesta de un poeta que no es de este mundo. Tanto Álvarez como su buen amigo Vargas Llosa piensan lo mismo en un tema que ambos (ahora parece que el segundo es el ganador) parecen dominar: que sin erotismo no  hay literatura. No todos van a ser “Antonios Colinas” que ensalzan y alaban a Álvarez en un artículo que aparece en el primer volumen y termina así: “Es el fulgor –habla de Museo de cera- del ayer salvado, el poema que arriesga y que enriquece al que lo lee”. El poeta tiene sus detractores, algunos de armas tomar. Y se pasan. Hay un enemigo trastornado que se dedica a boicotear y a insultar las intervenciones del poeta. Una cosa es dialogar y razonar uno sus preferencias y otra es la violencia y la intimidación. “Yo creo que su odio hacia mí –dice refiriéndose a uno de sus enemigos- tiene algo de enfermedad”. A España, la ve mal. Rajoy es tan malo como Zapatero Y hablando de odios y de enfermedades, Álvarez, como era de esperar, lo deja claro: “Creo que ser español es una desgracia”.
Uno que, a pesar de todo, se ha leído los dos volúmenes, que tiene la primera edición de Museo de cera (el libro preferido de poetas jóvenes que imitan y veneran), uno que conoció al maestro, por medio de un amigo, cuando los dos vivían en Cartagena, que admira sus gustos musicales (sobre todo su pasión por los cuartetos o el “Winterreise” de Schubert y la ópera), que le agradece haberle dado a conocer a Cavafis, uno que ha entrado a las páginas de estos gruesos y generosos volúmenes con la navaja afilada, que ha subrayado respuestas contradictorias, a veces  irritantes, debe decir dos cosas: 
A) Que el volumen lo ha ayudado a conocer mejor al poeta y que ha vuelto a su poesía gracias a las generosas muestras que salpican los dos volúmenes, lo que uno agradece a Alfredo Rodríguez. Y al Maestro.
B) Si el tiempo no borra la obra de Álvarez (torres más altas han caído) estos dos volúmenes serán (y  ya lo son para algunos) fundamentales y de obligada consulta para futuros investigadores. Una labor minuciosa y bien hecha de un entusiasta, apasionado, fogoso discípulo --él mismo un excelente poeta--, que uno celebra y recomienda a tirios y troyanos, sobre todo a los que son de este mundo, porque en el fondo es una obra de amor y conocimiento hacia el Maestro. 
Hilario Barrero
Blog por hache o por be
24 de Septiembre de 2015 

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La pasión de la libertad en el blog de Álvaro Valverde

Con José María Álvarez

J. Mª. Álvarez y A. Rodríguez en Madrid, 2015
He seguido a debida distancia la obra poética de José María Álvarez (Cartagena, 1942), uno de los novísimos más genuinos, un auténtico veneciano. Mucho en mis años de formación, que coinciden con la publicación de sus primeros libros de poesía, reunidos luego en Museo de Cera (y cuando ven la luz sus exitosas traducciones de Kavafis en la misma editorial de su inicios: Hiperión), y menos a partir de entonces, décadas en las que ha seguido dando a la imprenta (siempre en Renacimiento, tras pasar por Pre-Textos) nuevas entregas, ya ajenas a aquel ciclo, la última de las cuales, Como la luz de la Luna en un Martini, mereció una de las pocas reseñas que aparecieron con mi firma en ABC Cultural. 
Confieso que a su prosa no me había acercado hasta ahora y ha sido gracias a La Pasión de la Libertad, segundo volumen de sus conversaciones con el poeta navarro Alfredo Rodríguez en París, la ciudad donde vive. El primero se titulaba Exiliado en el Arte. De los numerosos tomos de sus diarios, complementarios a la fuerza de estas prolijas conversaciones, acaso el más importante sea Los Decorados del Olvido, que tampoco conozco. (Me sorprende, eso sí, que la mayor parte de su extensa obra esté a golpe de clic y formato pdf en cualquiera de las dos páginas, poesía y prosa, que he señalado más arriba, por lo que no descarto, a pesar de mis preferencias por el papel y mi aversión por la lectura sobre pantalla, dar buena cuenta de lo escrito por Álvarez sobre su vida; un poeta, un escritor, al que algunos ya aplican el tópico de que su mejor libro es, precisamente, su propia existencia.)
En un gesto, por vulgar, muy poco alvareciano, llevé el volumen conmigo de piscina en piscina a lo largo de varias jornadas del pasado, tórrido mes de julio. Tras la entretenida lectura, destacaré lo que esa interminable charla tiene de apasionada declaración de opiniones de un hombre que ha llevado el ejercicio de la libertad personal (de ahí el título) más lejos, a buen seguro, que la mayoría; un gesto, sí, que tal vez le haya pasado factura, de ahí que se considere preterido en el dudoso escalafón de las Letras Hispánicas. La mayor parte de las veces, preciso, uno no coincide con esas ideas, no tanto las literarias (donde la confluencia es mayor) como las de orden moral, contradicciones mediante. Las políticas, por ejemplo, donde no acaba uno de ver esa imagen de old whigs (viejo liberal) que, a su entender, le define, sino más bien la rancias concepciones de alguien que pasaría por reaccionario o, como diría aquél, por anarquista de derechas. Un declarado partidario de la norteamericana Confederación sureña, cuya bandera preside uno de sus escritorios. Un ser de gustos aristocrático (sin necesidad de título nobiliario, en el sentido de grupo o clase de elegidos), poco proclive, en suma, a la Democracia (él gusta de las mayúsculas). Un tic, supongo, de lo más borgeano: por lo que aquélla tiene de abuso de la Estadística. Alguien, en fin, que piensa que el triunfo de la Revolución Francesa, y su mal entendida idea de la Igualdad, está en el origen de buena parte de los males de la mediocre sociedad moderna. Con Franco y su época es también bastante complaciente (aunque al parecer luchara en su contra, del lado de su odiado Comunismo, única oposición ordenada al Régimen) y en cuanto a España, afirma tajante: "ser español es una desgracia". Exiliado a su manera, aunque con casa (Villa Gracia) en su Cartagena natal (una ciudad que admite detestar) y el Mar Menor (cuyos atardeceres sigue echando de menos), está convencido de que el verdadero poeta es un "apátrida".
En Villa Gracia, 2007
De su adorado Montaigne tomó el término "ondoyante" para referirse a la vida. Sí, la suya ha sido sinuosa, aunque siempre centrada en un eje: su absoluta dedicación al Arte y la Literatura, a la Poesía, "razón de mi vida".
En esencia mediterráneo (y clásico: Grecia y Roma), el ondulante itinerario de Álvarez, un hombre que ha vivido durante años en hoteles y que se declara a favor del otium, transita sobre todo por algunas ciudades: Venezia e Istambul (como él las escribe), Alejandría, París, Budapest, Nueva Orleans... Y por países (que son, a su vez, culturas): Japón, sobre todo, y Egipto, Túnez...
La curiosidad, siempre presente, como motor. Y la conciencia de la dignidad y de la derrota, dos sentimientos complementarios que tienen que ver con la grandeza perdida y con la lucidez.
El suicidio es uno de sus temas fundamentales. Como el amor y el erotismo, pongo por caso. Las mujeres (que no el Feminismo, una de sus bestias negras, como todo lo politically correct) están en el origen de no pocas de sus composiciones. Y ya que las menciono, bien está citar a algunos de sus autores de cabecera, a los que alude una y otra vez en sus conversaciones con Rodríguez: Sthendal, Borges, Hume, García Gómez, Brines, Kavafis, Cervantes, Onetti, Vargas Llosa, Montaigne, Gil de Biedma, Tucídides, Hölderlin, Rilke...
Si aterrizamos en lo más cercano, me han llamado la atención sus ataques a García Montero (al que califica de "especialmente repugnante") o a Martínez Sarrión (dos novísimo que fueron "uña y carne"). También que destaque nombres de poetas españoles actuales por el mero hecho de que son amigos suyos. Ya se ve que lo cosmopolita no siempre te libra del hispánico mal del amiguismo. Menciona Ardentísima, Fiesta Internacional de la Poesía que, organizado por él, se celebró en distintos lugares entre 1996 y 2006.
Tampoco sabía que fuera padre (de dos hijos) y lo menciono por las alusiones a sus matrimonios. También a su madre (persona central en su vocación y en su vida) y a su padre (del que habla con cierta displicencia: nunca llegaron a entenderse). Y a su abuela materna, otra persona primordial.
Sus estrechos vínculos con el hispanismo explican (al menos a mí y siquiera en parte) cómo ha podido mantenerse y viajar a lo largo de los años; hasta ahora, para uno, pobre poeta provinciano, un verdadero misterio.
En lo negativo, ideas personales al margen, señalaría el desorden de la charla, que salta de un asunto a otro sin ton ni son, por más que luego, en numerosas ocasiones, se vuelva sobre tal o cual tema ya tratado. Ese ir y volver resulta bastante molesto y podría haberse corregido con facilidad. Puede que la intención de los autores haya sido precisamente ésa: la de dar verosimilitud a la conversación.
Eso y la actitud, disculpable, de Alfredo Rodríguez, que no puede negar cuánto y cuánto admira la persona y la obra de José María Álvarez, su maestro y mentor, acaso un poeta ineludible, sí, en el panorama lírico español de entresiglos. 

Del Blog del poeta Álvaro Valverde
20 de Septiembre de 2015

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La pasión de la libertad en el blog La mirada ausente

domingo, 12 de julio de 2015

CONFIDENCIAS EN VOZ ALTA





   Alfredo Rodríguez (Pamplona, Navarra, 1969) es un ejemplo de joven poeta que viene demostrando una devoción digna del mayor encomio hacia quien considera su maestro: el vate de Cartagena, Murcia, José María Álvarez (1942), adscrito a la generación del 70 o de los novísimos, así bautizados por el antólogo catalán José María Castellet en su obra Nueve novísimos poetas españoles. El poeta navarro ha dedicado muchos años de su vida al cultivo de la amistad con el autor de Museo de cera, cuya obra conoce como pocos y a cuyo estudio ha dedicado sus mayores esfuerzos con un entusiasmo, un apasionamiento y una lealtad inquebrantables. Se publica ahora, en ediciones Ulises, del grupo de la editorial sevillana Renacimiento, el segundo volumen de sus conversaciones en París con el poeta novísimo, titulado La pasión de la libertad (Sevilla, 2015); obra que puede considerarse como continuación de aquel primer volumen de sus conversaciones que publicara también Renacimiento, Exiliado en el arte (Sevilla, 2013).
   El volumen en cuestión indaga de manera profunda en los motivos últimos de la vida y la obra de José María Álvarez, en su personalidad y en su pensamiento; y lo hace de forma tan amena como integral. Alfredo Rodríguez se mueve en este territorio como pez en el agua, con inteligencia y destreza, con sutileza y sabiduría, sin caer nunca en la erudición que pudiera resultar farragosa, al igual que el maestro en sus respuestas. El entrevistador no se detiene ante cuestiones que podemos llamar "sensibles" o que rayan en la intimidad del poeta, aunque en contadas ocasiones es el entrevistado quien pone las limitaciones ante el acoso al que se ve sometido por el entusiasmo, la pasión y un cierto exceso de "confianza" por parte del entrevistador al que, por otra parte, parece verse obligado este último. Resulta meridianamente diáfano que sin esa especial aproximación que existe entre maestro y discípulo, sin esa atmósfera de confianza que se establece entre ambos no hubiera sido posible el nivel de sinceridad y hondura que apreciamos en las respuestas del poeta novísimo entrevistado.

     Nos encontramos, pues, ante un volumen que ronda las 300 páginas y que resulta imprescindible para conocer las motivaciones últimas de la poesía de una personalidad lírica tan sugerente y atractiva como es la de José María Álvarez, para adentrarse en las lecturas sobre las que se asienta el acervo ideológico del maestro, saber de sus ciudades amadas, de las otras literaturas que le sirven de sustento, de sus opiniones políticas y sobre la situación de nuestro país, de la deriva hacia la que camina la humanidad, etc. El corte entre los capítulos que disponen el contenido de este volumen, responde más a necesidades estructurales que reales en el discurrir de la obra.
   Algo o mucho de heterodoxo se muestra en el poeta que responde a las preguntas incisivas de su entrevistador, algo o mucho de inconformismo, de decadentismo, de sentido aristocrático del arte, de dandismo, de rebeldía, de personalidad no acomodaticia, de distanciamiento crítico, de denuncia y puede que hasta de construcción de la propia leyenda de escritor, de personaje público; pues, a pesar de la sinceridad, el rigor y la valentía que se observa tanto en las preguntas como en las respuestas, el lector que afina no puede dejar de advertir cierta pose artística en ambos intervinientes, seguramente inevitable puesto que resulta difícil sobreponerse a la atmósfera creada entre ambos. En conclusión: una obra interesante y necesaria, cuya amenidad, versatilidad y viveza nos facilita el camino hacia la lectura íntegra del volumen.


                                                                             
 José Antonio Sáez Fernández
blog La mirada ausente 
12 de julio de 2015

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La pasión de la libertad en la Revista Encuentros de Lecturas

ENCUENTROS DE LECTURAS

 Equipaje de vacaciones


Alfredo Rodríguez.
La pasión de la libertad.
Nuevas conversaciones en París con José María Álvarez. 
Ediciones Ulises. Sevilla, 2015.
 
Vivir solo para celebrar la belleza se titula el capítulo central de los siete en los que Alfredo Rodríguez ha organizado La pasión de la libertad, el nuevo libro en el que se reúnen sus conversaciones con José María Álvarez. 
Tras Exiliado en el arte, que publicó Renacimiento hace dos años, esta segunda entrega, que aparece en Ediciones Ulises, profundiza en los temas, los libros, las concepciones estéticas y las actitudes éticas del autor de Museo de cera, que se podrían sintetizar en el título de ese capítulo. 
Vuelve a brillar en estas páginas la inteligencia polémica de José María Álvarez y la capacidad de Alfredo Rodríguez para indagar en lo más hondo de la vida y la obra de su maestro reconocido con un conocimiento de su poesía que hace de este volumen un libro indispensable para acercarse a un mundo literario tan peculiar como imprescindible.
La complicidad entre los dos interlocutores hace que esta obra vaya más allá de la mera reunión de conversaciones para convertirse en un análisis riguroso de los motivos y las claves literarias sobre las que se levantan los libros y los poemas de José María Álvarez.


Santos Domínguez
Revista Encuentros de Lecturas
30 de Junio de 2015

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La pasión de la libertad en Diario Solidaridad Digital


“La poesía actual escamotea la belleza ofreciendo en su lugar una palabra puramente comunicativa”

Alfredo Rodríguez, poeta

Esther Peñas / Madrid- 12/06/2015

'La pasión de la libertad’ (Ediciones Ulises) es el título de la segunda entrega de las conversaciones entre los poetas José María Álvarez (Cartagena, 1942) y Alfredo Rodríguez (Pamplona, 1969), esta vez surgidas en la ciudad invocada por Rick Blaine al final de ‘Casablanca’, París. Unos diálogos por momentos intensos, por instantes lúdicos, por renglones apasionados y esquivos. En cualquier caso, una nueva ocasión de adentrarse en la vida y obra de un poeta raro, que pespunta versos al margen de los cánones oficiales y oficiosos, de la mano de otro poeta extraño, arabesco y gemado. 

*

 1.     Siempre has considerado a José María tu mentor. ¿Qué tiene en común tu poesía con la de Álvarez?

Sí, bueno, me gusta más la palabra ‘maestro’. Creo que recoge mejor la esencia de todo lo que ha supuesto para mí la obra y la persona de José María Álvarez. Siempre digo que no creo haber sido poeta hasta después de haberle leído y, sobre todo, de haberle conocido en persona. En cuanto a nuestras poéticas —que hoy día yo creo que no tienen ya nada que ver o muy poco— siempre ha sido un orgullo que me consideraran un imitador suyo en mis primeros libros; porque he dejado siempre que lo mejor de su obra actúe sobre mí, pero he continuado mi camino. Su poesía, inevitablemente, ha contribuido a hacer de mi vida y de mi obra lo que mi vida y mi obra son hoy. Y su obra, claro está, tendrá siempre y en todo momento un sitio de privilegio entre los libros de mi biblioteca.

2.     ¿Por qué era necesario un segundo libro de conversaciones con el poeta?

Bueno, como suelo decir siempre, Álvarez no se acaba nunca… Podría hacer diez libros de conversaciones con él y no terminaría. Su obra, su vida… es inabarcable. Da para eso y mucho más. La verdad es que era necesario profundizar más, dar un paso más. De hecho estamos ultimando un tercer libro que cerraría la trilogía de París, con el título de ‘Nebleglanz’. Pero es que hace unos días, en Madrid, hasta hablábamos de un cuarto libro de conversaciones que tendría lugar en Venecia, ‘su Venezia’ con z.

3.     ‘Pasión de la libertad’. ¿Tiene más, Álvarez, de apasionado o de libre?

Álvarez es la persona más libre que yo haya conocido nunca. Nada le ata a nada que no sea la poesía —esa amante celosa, posesiva, como él dice—. La absoluta libertad de su escritura es una exquisita forma de resistencia cultural. Y puede reconocérsele su genio viéndole vivir, porque cada una de sus horas esta cargada de sentido. Vive en un continuo estado de creatividad, conversa con sus amigos o sus visitantes de una manera que ya se ha olvidado en nuestros días. En fin, cada uno de los momentos pasados en su compañía son una revelación.

4.     ¿Qué te llevas de este libro, qué has aprendido con él?

Bueno, a mí personalmente y como lector, las conversaciones con Álvarez me ‘alimentan’, una vez más, por largo tiempo. Su estilo intelectual, y eso puede verse en este libro, es fruto de un exquisito trato con la Literatura y el Arte. Te lo diré con una frase que aparece en el libro: “Carecer de ambiciones sociales y tener una profunda ambición cultural, ambición de saber”: esa es la mejor fórmula para vivir, según José María Álvarez.

5.     ¿Qué gana la charla cuando el interlocutor también es poeta?

Eso es fundamental. Eso me atrevería a decir que representa un hito, algo único, un proyecto que no tiene parangón en nuestra tradición literaria: una serie de libros de conversaciones entre dos poetas amigos, un maestro y un discípulo, y llevadas a cabo durante varios años. Es algo en lo que he insistido mucho: yo no soy un intelectual, ni un crítico literario, ni un periodista, ni siquiera lo que se suele llamar un estudioso de la obra del poeta. Soy un simple lector y un poeta, que busca aprender, saber más, alguien al que le queda aún mucho por leer, mucho por comprender. En este libro no se busca nunca el lucimiento del entrevistador. El poeta-entrevistador está en la sombra, pero no permanece neutro, indiferente, sino que toma partido, se moja, arriesga. Además queda siempre claro que es un poeta, un poeta que ama la obra del poeta-maestro, que tiene dudas, le han ido surgiendo a lo largo de los años muchas preguntas, muchas dudas sobre diferentes temas relacionados siempre con la vida o la obra de su maestro. Estos libros de conversaciones con Álvarez son o suponen una recopilación y puesta en escena de todas esas preguntas y dudas. Todo encaminado siempre a la mayor comprensión de su obra. Y el poeta-maestro es alguien cada vez más viejo, cada vez más sabio, alguien que cada vez está más allá de todo.

6.     ¿Qué tiene la figura poética de José María que lo distingue del resto de poetas contemporáneos?

José María Álvarez es, sin duda, uno de los más valiosos poetas de nuestro tiempo. Su poesía posee todo lo que distingue a la gran poesía: una lengua poética que es solo suya y que lo distingue con claridad en el seno de la poesía española contemporánea; un mundo lírico propio, es decir, un lenguaje poético singular; y una conciencia de la tradición (o más bien, del conjunto de las tradiciones), conciencia sin la cual no cabe la gran poesía. Y sobre todo, la suprema libertad del decir. Su poesía, su obra en general, abre caminos que otros jamás se atrevieron.

7.     Y, en cuanto a la faceta personal, ¿qué destacarías?

Posee una cultura impresionante, yo creo que es uno de los pocos poetas cultos de verdad que quedan en la poesía española actual. Y además una cultura estupendamente bien digerida, verdadera cultura, vivida, intensa. Álvarez pertenece a esa raza de poetas que han vivido siempre sus vidas enteramente dedicadas a la Literatura. Todo en él se vuelve literario. Y eso es magnífico. Su fabulosa apertura a la experiencia literaria y a las artes. Luego está su absoluto escepticismo, su estoicismo, su hedonismo, a veces hasta su nihilismo… Pero sobre todo, él no habla de nada que no conozca a la perfección, y sus palabras y sus ideas son tan apropiadas y ordenadas que no parecen llegar de improviso, sino después de un largo estudio. En fin, un hombre que ha mantenido siempre la fe en la palabra de la poesía. Y un buen amigo…, un maestro y un amigo.

8.     Que el autor desgrane su obra, ¿no la cercena, de algún modo, no la limita?

Bueno, él casi nunca habla de sus poemas. No le gusta explicarlos. Dice que la poesía no se explica, que simplemente ocurre, sucede, art happens que decía el pintor Whistler. Que todo debe quedar ahí, en el propio ‘mundo del poema’ —una especie de mundo paralelo, con vida propia—, en esa nebulosa incierta, en ese misterio inexplicable del poema. A pesar de que yo a veces insisto en mis preguntas, me pongo pesado con este o aquel otro poema y extraigo un leve resquicio, un hilo del que luego voy tirando.

9.     ¿Con qué poema te quedarías en este instante de José María?

Bueno, hay muchos. Su obra poética es inmensa, una auténtica suma poética de calidad. Hay un poema que a mí me gusta mucho recitar en privado y así lo he hecho más de una vez al final de reuniones y cenas con amigos, porque es un poema que yo entiendo que es un resumen perfecto de todo el mundo alvareziano, de lo que yo llamo ‘los territorios de Álvarez’, y en el que siempre encuentro algo nuevo en cada lectura y eso es algo que solo sucede con la buena poesía. Se titula ‘E la belleza de la baia di Taormina’, apareció en su libro El escudo de Aquiles, y dice así:

Llegarás a Taormina. Quizá tus pasos
revelen el cansancio.
O quizá es que al apagarse de ese día
lo comparas, y te entristeces,
con el de todo tu mundo.
Llegarás
a Taormina. Son caminos
que ya muchos pisaron
y alguno de ellos, maestro tuyo.
Y verás las ruinas del teatro,
y entre sus columnas muertas
el espejo del mar, la sagrada presencia
del Etna.
Descansa contemplando este paisaje.
La luz del movimiento del crepúsculo.
Aquí, esa grandeza que amas
nació, fue creciendo
como los olivos, el lentisco, las chumberas,
bajo los vientos de la mar,
al par de todo ello, en la claridad.
Aquí unos hombres
aseguraron con su dibujo
del mundo, ser ellos la medida
de todas las cosas. Y a esa medida levantaron
Arte y sabiduría,
leyes y placer.
Todo aquello de cuyas ruinas aún
tú te alimentas, todo aquello
que es la última instancia de tu alma.

Llegarás a Taormina,
y descansarás contemplando esa belleza.
Y ya ni siquiera la amarás.
Porque habrás comprendido.

10.  Una de las obsesiones de José María es el concepto de belleza. ¿Qué es para él la belleza, qué peso específico ocupa en su hacer poético?

Bueno, el concepto de Belleza en Álvarez es omnipotente, y eso es muy de agradecer en la lectura de toda su obra; hoy que se escamotea tanto la belleza, la palabra bella en poesía, ofreciendo en su lugar una palabra puramente comunicativa, estimando que así será mejor entendida, que resultará más al alcance de todo el mundo. Todo en un lenguaje de hoy, instrumental y banal. Álvarez lleva unas cuantas decenas de años ya escribiendo poesía, tratando de apresar ese trozo de vida —el poema como un pedazo de carne viva ensangrentada, como él diría—, de nombrar la belleza del mundo, de dejar traslucir toda esa hermosura, de donar siempre su vida a esta idea pura y sincera del Arte, sin concesiones al oportunismo, a la conveniencia ni al mercado; y consagrado únicamente a la búsqueda de la Belleza y a la celebración de esa Belleza.
  

Entrevista al poeta Alfredo Rodríguez
por Esther Peñas, Diario Solidaridad Digital
12 de Junio de 2015




 La pasión de la libertad, Ediciones Ulises 2015

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LA PASIÓN DE LA LIBERTAD en Diario de Navarra



    ALFREDO RODRÍGUEZ VUELVE A INDAGAR 
EN LA FIGURA DEL POETA JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ
Ayer presentó en la Feria del Libro de Madrid la segunda entrega de sus conversaciones, titulada 'La pasión de la libertad'
     
    Hace veinte años que el poeta Alfredo Rodríguez (Pamplona, 1969) comenzó a sentirse atrapado por la poesía de José María Álvarez (Cartagena, 1942) y por su manera de afrontar la vida, "por su libertad para escribir y para vivir sin temor a las consecuencias". Tras publicar en 2013 Exiliado en el arte, donde reproducía sus conversaciones con Álvarez a lo largo de varios días de convivencia en París, el poeta pamplonés acaba de publicar la segunda entrega, La pasión de la libertad. Ayer Rodríguez y Álvarez estuvieron firmando ejemplares de esta obra en la Feria de Libro de Madrid.
     Se trata de un proyecto que tiene vocación de trilogía. Según explica Rodríguez, está concebido como "una serie de libros de conversaciones entre dos poetas amigos, un maestro y un discípulo que interpretan sus respectivos roles". Estas conversaciones son el resultado de doce años de amistad y profundización en los poemas de Álvarez, de correspondencia, de llamadas de teléfono, de visitas y de viajes en común.
    Los diálogos se centran en asuntos literarios en torno al poeta, la escritura poética, sus libros y sus maestros, para extenderse luego a toda una serie de temas "que están ahí, en nuestras vidas, aparentemente minúsculos o más serios, fascinantes o preocupantes", detalla Rodríguez. La pasión de la libertad está dividido en siete partes que se corresponden con diferentes libros de Álvarez. 
    Incluido entre la generación de los poetas "novísimos" por el crítico José María Castellet en el libro Nueve novísimos poetas españoles (1970), José María Álvarez vive a caballo entre su Cartagena natal y la ciudad de París, a la que él considera su "exilio dorado".

José María Álvarez y Alfredo Rodríguez en la Feria del Libro de Madrid, Mayo 2015 

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ALQUIMIA HA DE SER en El Norte de Castilla


 Otras voces

Alfredo Rodríguez, con ‘Alquimia ha de ser’, y Julio Castelló, con ‘Yosotros’, muestran la amplitud y variedad de registros del panorama poético actual.


           Múltiple, heterogéneo, original. El panorama de la poesía española contemporánea es tan rico y tan diverso que ni las antologías ni las editoriales ni los suplementos culturales ni, por supuesto, las páginas de Internet, son capaces de ofrecerle al lector un mínimo reflejo fidedigno de lo que está sucediendo en este género, más dirigido a la «inmensa minoría» que nunca.
          Hoy, por ejemplo, podemos detener la mirada en dos autores que no se encuentran fácilmente en las nóminas de nuestra poesía última, y que sin embargo por su trayectoria, pero sobre todo por su calidad, merecen la atención de un público cada vez más fraccionado y peor orientado frente al mundo editorial.
          ‘Alquimia ha de ser’, del navarro Alfredo Rodríguez (Pamplona, 1969), es la última apuesta de Renacimiento, un clásico de la edición poética que incluye por primera vez en su catálogo a este autor. Un autor que comenzó su carrera fascinado por la poesía novísima de José María Álvarez –con títulos como ‘Salvar la vida con Álvarez (2006) y ‘La vida equivocada’ (2008)–, que se pasó después a un modelo propio «de combate», con la trilogía formada por ‘Regreso a Alba Longa’ (2008), ‘Ritual de combatir desnudo’ (2010) y ‘De oro y de fuego’ (2012), y que ahora alcanza, quizás, su acento más personal con ‘Alquimia ha de ser’, un libro con el que trata de construir, en palabras del prologuista, Luis Miguel Alonso Nájera, su propio ‘Walhalla’: el mítico salón nórdico de los elegidos por Odín.
          La «pasión de los antiguos», en el verso de Colinas, o «la sabiduría de los misterios antiguos», en palabras del propio Rodríguez, inspiran este pequeño manual del «arte de la vida», donde el poeta busca el gozo de los sentidos y el arrobamiento de la belleza en un existir cotidiano al que es capaz de convocar, contra todo pronóstico, a la rueda del tiempo, a los siete chakras, a las fuerzas de la Luna y al ojo de Shiva, pero también «al ala de un ángel bello como la túnica de un dios». La reivindicación, en clave poética, del beneficio de una vida hermosa, donde sea posible captar, si lo sabemos percibir, extraordinarias ondas de luz que nos redimen de la cárcel del cuerpo, que nos llevan hacia «la sal espiritual de la verdad», que se manifiestan en la vibración pura del alma. Una alquimia verdadera, traída al siglo XXI desde los arcanos de la vieja sabiduría, que consigue elevarnos sobre la grisura de los días comunes. O, con las palabras de Alfredo Rodríguez: «Heme aquí, puro, sin tacha de amor / al despuntar el día, / como quien lava suelos con el agua de rosas. / Tengo el poema omega, / alquimia ha de ser».
 
Visión caótica
          Casi en el sentido contrario está escrito ‘Yosotros’ (colección Intravagantes, de ediciones Evohé), el último libro del poeta, fotógrafo y profesor Julio Castelló (Madrid, 1963). En su última entrega, el autor de ‘Qherido animal’ (1998) y ‘Sunu Gaal’ (2006) reúne en realidad dos libros –’Recto’ y ‘Verso’–, unidos por una misma visión fragmentaria y caótica de la realidad, y por una misma reflexión sobre el sentido último de la palabra; de hecho, «hablo por hablar» y «escribo por escribir» son palabras que se repiten de manera casi obsesiva, como un mantra, a lo largo de toda esta obra fulgurante en la que el poeta trata una y otra vez, infructuosamente, de colocar su alma a salvo de la intemperie.
          «Vivir no es más que abrazar el caos / sus infinitas leyes », escribe Julio Castelló en este libro, donde se pone en evidencia la incapacidad del hombre para controlar su propio devenir vital, y donde antes que la lírica, que la versificación o que la construcción poética se deja discurrir en libertad ese «pensamiento automático» que definió una buena parte de la literatura de la primera mitad del siglo XX; «un protocolo –dice el poeta– que el cuerpo ha heredado y conoce y crece al margen» de la propia realidad. Una puerta abierta al pensamiento oscuro, en todas sus percepciones e intuiciones. Un pensamiento que surge de la cabeza del poeta y se desarrolla formando una dinámica «cadena de palabras», que terminan construyendo la arquitectura de una realidad poética paralela.
          Una realidad caótica, ininteligible, que el poeta mira con extrañeza de argonauta perdido en el espacio, con soledad de náufrago olvidado en una isla intelectual en la que él mismo se ha recluido «voluntariamente». Un proceso, al cabo, que le hace terminar desconfiando no sólo de la apariencia que le rodea, sino también de las propias vías del conocimiento, entre ellas la misma palabra («la engañosa») y su escritura. Hablar por hablar y escribir por escribir, en todo caso, ya que, como él mismo dice: «en alguna ocasión se me pasó por la cabeza / escribir para la eternidad / pero ya no tengo cabeza / la perdí».
          La búsqueda de la armonía de Alfredo Rodríguez y la delectación en el caos de Julio Castelló: dos maneras tan diferentes, tan complementarias, de situarse en la vibración poética del siglo. Otras voces que merece la pena escuchar.

Carlos Aganzo
Suplemento Cultural 'La sombra del ciprés'
Diario EL NORTE DE CASTILLA
28 de Febrero de 2015

  

  ALQUIMIA HA DE  SER
Alfredo Rodríguez.
Renacimiento.
Sevilla, 2014. 64 páginas.
 YOSOTROS
Julio Castelló.
Intravagantes. Ediciones Evohé.
Madrid, 2014. 136 páginas.

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'Alquimia ha de ser' en el blog de Hilario Barrero

Mago de metales imposibles





ALFA DE LUZ OMEGA DE SOMBRA: MAGO DE METALES IMPOSIBLES
Es un libro hermético, místico y mágico. Difícil y denso. La razón es el esqueleto, la armadura que salvaguarda el edifico de cada uno de los  poemas. Poemas que tienen un armazón de luz, aristas de sal divina, vertebras de sol humano y un olor a azufre redentor. Para gozar de este edificio, que llamamos libro, para que entendamos de su filosofía, de las imposibles aleaciones de metales imposibles, hay que saber no solo geometría, como rezaba en el frontispicio de la Academia Platónica, hay que saber amar y morir y pasar del Alfa al Omega: principio y fin. El orfebre/poeta, en ocasiones enajenado, poseído por la magia de la creación, intenta licuar su alma, como todo alquimista debe hacer, antes de fundir los metales. En esta fundición poética nos entrega un collar de perlas unidas por el hilo invisible de la poesía. Algunas venenosas, otras amargas, todas auténticas, ninguna falsa.

Con la lengua secreta
en sintagmas oscuros,
esforzado y sin tacha
se fabrica en tu mente el oro espiritual.

Poesía que en este caso se eleva a alturas arquitectónicamente wagnerianas, intocables, etéreas, intangibles. Poesía tan lejana y opuesta (y más personal y menos reverente) que la que elaboró en dos libros que el poeta publicó en 2006 y 2008. Aquí, en Alquimia ha de ser, (título debatible y misterioso) Alfredo Rodríguez, autor de libros como Regreso a Alba Longa, Ritual de combate desnudo y De oro y fuego (libros combativos) encuentra su voz y su música y su filosofía y su mundo y es, hasta la fecha, el libro más suyo, más personal, más propio. 

Heme aquí, puro, sin tacha de amor
al despuntar el día,
como quien lava suelos con el agua de rosas.
Tengo el poema omega,
alquimia ha de ser.

El libro dividido en tres partes, compuestas de diez poemas cada una, sin título, encierra, como el tema del libro requiere, claves, propuestas, frases en latín, imágenes filosóficas y una jerarquización de “metales” mitológicos que edifican un partenón para dioses expulsados de su propio paraíso. Mitologías de oriente y de occidente, de salvación y de perdición, de catedral o de buhardilla.

          Como si hubiera sido rozado por el ala
de un bello ángel o por la túnica de un dios,
con dignidad de púrpura,
las fuerzas de la Luna,
los siete chakras, el Ojo de Shiva,
el fuego oscuro o la sombra del sol…

Alquimia ha de ser  es un libro “antiguo”, basado en ideas undergound, en ocasiones con zonas muy oscuras y en otras con una luz cegadora, un libro geométricamente venenoso, un breviario para iniciados, catecismo de culto para arquitectos de la muerte, catálogo de tinieblas y de luminosidad. Un veneno con sabor a mirto.


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Presentación de 'Alquimia ha de ser' en la librería Walden de Pamplona

 

Alfredo Rodríguez presenta hoy ‘Alquimia ha de ser’ en la Librería Walden

Viernes, 12 de Septiembre de 2014 - Actualizado a las 06:10h

poesía - El poeta pamplonés Alfredo Rodríguez presenta hoy en la Librería Walden de Pamplona (c/ Paulino Caballero, 31), a las 19.30 horas, su 7º libro de poemas, Alquimia ha de ser, publicado por la editorial sevillana Renacimiento. El autor estará acompañado por el arquitecto y poeta Luis Miguel Alonso -autor del prólogo- y por el músico de laúd renacentista Miguel Antonio Goñi. En este libro el poeta se encamina al encuentro de una voz nueva y propia, que entronca con la anterior pero se distingue en mucho de ella, y que profundiza en el sentido de lo poético. Muestra, así, cierta fascinación por las filosofías hinduista y budista, por la teosofía y el gnosticismo, por el medievalismo y el mundo antiguo. Hay incluso algo órfico y primigenio en estos versos. - D.N.





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'Alquimia ha de ser' en el blog La mirada ausente

LAS PALABRAS DEL DEMIURGO



   Como quien lee sobre un pliego de niebla o despliega su discurso sobre el polvo que borra el viento, así Alfredo Rodríguez (Pamplona, 1969) en su último poemario Alquimia ha de ser, publicado por editorial Renacimiento de Sevilla. El suyo es un despliegue poco común; esto es: el poeta navarro no se mueve a favor de las corrientes mayoritarias al uso dentro de la poesía actual, sino que sigue una trayectoria personal; y ello, aun habiendo mostrado concomitancias en libros anteriores con ciertos poetas como pueden ser José María Álvarez o Julio Martínez Mesanza. Pero a mi entender, en este último libro, el autor va más allá que en sus predecesores y se adentra en una trayectoria que le conduce al encuentro de una voz y un estilo propios. Muestra, así, cierta fascinación por las filosofías hinduísta y budista, por la teosofía y el gnosticismo, por el medievalismo y el mundo antiguo.
 
   La palabra poética de Alfredo Rodríguez surge con la transparencia de quien ha sometido el idioma a un proceso de depuración y sus versos bien medidos tienen el ritmo y la musicalidad de quien posee buen oído. Entre ellos abundan los endecasílabos, heptasílabos y alejandrinos. Sus metáforas e imágenes tienen la belleza original y deslumbrante de quien se toma la poesía muy en serio. Sus muy trabajados textos, de extensión breve y mediana, nunca extensos, parecen hilvanados con la precisión del orfebre o del alquimista. Estamos ante un poeta que se remonta a los orígenes, que indaga en el nacimiento último de la palabra poética y sucumbe ante la luz cegadora de la belleza, la cual hace coincidir con un alumbramiento espiritual. Pues, en efecto, Alquimia ha de ser es libro que encierra una gran preocupación espiritual, dicho esto en sentido amplio y muy lejos del raquitismo al que algunos parecen querer reducir el concepto. El sentido reduccionista a que aludo queda aquí superado por la incursión en territorios de diversas religiones, filosofías, literaturas y culturas en general. Si acaso, podría decirse que ese sentimiento de búsqueda espiritual es tan abierto que limita con la heterodoxia. No faltan los guiños a poetas como don Francisco de Quevedo y a su soneto "Amor constante más allá de la muerte" (así lo nombró Dámaso Alonso, que no Quevedo): ""El desprecio al dolor y el desprecio a la muerte/ como todas las cosas/ vanas, urgía sus preparativos,/ porque era en la memoria en donde ardía" (p. 50).


   Remontándose a los orígenes del saber, el poeta se adentra en el misterio y en la magia de la palabra poética, sintiéndose heredero de una remota tradición cultural a través de la cual sus antepasados buscaron en el conocimiento la fuente de eternidad equiparándose a los dioses. Discurso, pues, el suyo para iniciados e iluminados que vengan a dejarse llevar por las aguas primigenias de un bautismo que inicia a los hombres en el sendero del saber, del encuentro consigo mismos y de la felicidad, en suma. Conocimiento y eternidad, saber y misterio, magia y estudio se dan la mano aquí en el lenguaje semiprofético en el que el poeta actúa como un médium. Merecer la poesía, merecer la palabra poética, adentrarse en el conocimiento parecen ser algunas de las claves; puesto que lenguaje y conocimiento están íntimamente vinculados.

   Al lector, inmerso entre tantos poemas hermosos, le costará trabajo elegir el más significativo. Basten estos versos iniciales como prueba de cuanto afirmo: "Qué suerte el que de ti no se enamora,/ pues no tuvo señor a quien rendir sus cuentas,/ su azarosa vida con tal hechicero encanto/ que pudiera beberse en abundancia" (p. 19). Sin duda, nos encontramos ante un gran libro de poemas; si pequeño en formato, más grande en ambiciones.


                                                                 José Antonio Sáez Fernández
blog LA MIRADA AUSENTE
7 de Agosto de 2014

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Entrevista sobre 'Alquimia ha de ser', para el diario Solidaridad Digital

“Es necesaria de nuevo una sacralización del arte”

Alfredo Rodríguez, poeta
Esther Peñas / Madrid- 28/07/2014
 
Hay poetas de palabras sucias y poetas de imágenes sangrientas; poetas de lo celeste y de lo abstracto, de la denuncia y del castigo; poetas del adjetivo y poetas del verbo (también del gerundio, como Vallejo); poetas que desbrozan y que siembran, luminosos, escépticos (incluso cínicos). El que nos ocupa, Alfredo Rodríguez (Pamplona, 1969) entiende la poesía como un acto de vida que deviene en belleza para ser, y así lo vuelve a reivindicar en un último poemario, ‘Alquimia ha de ser’ (Renacimiento).

Siguiendo con el perfil esotérico del título. ¿Si se transmuta en ambrosía -aurea dicta- el idioma, ¿no pierde peso el fondo del poema?

No es solo el idioma lo que se transmuta, o debe transmutarse, con la poesía, es la realidad misma que nos rodea, lo cotidiano, lo visible, lo tangible. En poesía ha de darse siempre una transubstanciación de la palabra. La palabra poética ha de aspirar a convertirse en una palabra de transmutación y de transubstanciación, como dice el maestro Colinas. Y el poeta, como otro alquimista que es, ha de buscar una superior integración de la vida, una transformación de lo cotidiano. Esa ambrosía de la que hablas, ese néctar, es también el llamado ‘arte del bien decir’, de embellecer la expresión y de dar al lenguaje eficacia bastante para deleitar, conmover o emocionar. Habría de darse siempre en poesía una elección cuidadosa de vocablos brillantes y expresivos, insólitos y musicales.

¿No hay poesía en ‘lo feo’, en el lenguaje atropellado, ‘sucio’, de Bukowski o Burroughs?

De ese tema prefiero no opinar, porque luego me llueven tortas por ahí de todas partes. Solo te digo que respeto todas las opciones poéticas, todas las posibilidades que se abren en el vasto mundo de la creación poética, pero de ese tipo de poesía no me alimento, no la necesito para vivir, y finalmente no me interesa. Últimamente la poesía se ha convertido en el reino del ‘todo vale’, una especie de mercadillo de todo a cien, donde todo el mundo es poeta o pretende serlo, y se escribe un poema hasta de una bolsa de basura. Bien. Es necesaria de nuevo una sacralización del arte, de la experiencia artística, que se ha banalizado del todo en nuestra época. Los poemas han de ser obras de creación artística, literatura viva, no un vano relato de hechos cotidianos, una mera fotografía de la realidad cotidiana. Para eso ya están los diarios. Solo tendría que interesarnos, como materia prima para nuestros versos, aquello que ha permanecido en el tiempo por su contenido de belleza y verdad.

¿Qué transforma la poesía?

Todo. La realidad acostumbrada que nos rodea. La creación poética es, antes que nada, exploración de lo desconocido, sorpresa y libertad. La poesía ha de luchar por encontrar lo verdaderamente desconocido, por descubrir lo nuevo, lo inicial, la pureza absoluta del deseo. Es una insurrección permanente. Yo concibo la creación poética como algo que proviene de una especie de revelación. Es el poema como un espacio de encuentro o de reencuentro, un espacio de revelación (algo que se produce tanto en la escritura como en la lectura).

Si “todo perturba la mente en reposo”, ¿cuáles son los desvelos del poeta?

El trabajo de la poesía es, o debe ser, en buena parte un trabajo del inconsciente, de las fuerzas oscuras de nuestro ser: la “sombra que nos integra”, como digo en uno de los versos. Un sombra que a veces es negativa, porque niega el amor. Es la poesía como conocimiento, la búsqueda de la palabra verdadera, el poema como una aventura del conocimiento. Y no se conoce mejor camino que el de la belleza. Algo que es inaceptable en nuestro mundo diario cotidiano, pues vivimos una cultura que se niega a admitir la voz de la poesía, se niega a reconocer en ella verdad alguna. Nuestra cultura ha renunciado a la verdad de la poesía y pretende condenarla al enmudecimiento.

“En las dulces aguas de tu matriz me recibes, simiente de Luz”. ¿Qué engendra un poema: una imagen, un sentimiento nebuloso, un pálpito?

Algunas veces se trata de una simple experiencia estética, que con el tiempo dará lugar a una experiencia artística, capaz o no de convertirse con el tiempo en Literatura. Además, uno piensa en la poesía como en una forma de autobiografía por supuesto. El poema es un acto de vida. Yo sigo pensando que mi poesía es absolutamente autobiográfica, aunque parezca que no. Hay veces en que no sé si soy yo mismo quien escribe los poemas, o si los poemas me escriben a mí. Siempre he sido un poeta que piensa durante largo tiempo sus libros de poemas -los tengo ahí en la cabeza, flotando, como en la famosa ‘nube’ de internet- y que luego los escribe con ansiedad, en un breve espacio de tiempo, saliendo como a borbotones, casi a salto de mata, buscando siempre desesperadamente un momento libre en el día a día atareado y rutinario que llevo. Compongo en voz baja, eso sí, -mientras realizo otra actividad cotidiana-, escuchándome a mí mismo, porque la poesía es sonido. Y luego memorizo durante un tiempo, antes de escribir y pulir lo escrito. El verso, decía el poeta italiano Montale, nace siempre de la prosa (y tiende a retornar a ella). En mi caso, muchas veces así es. Muchos de mis versos nacen de cosas que he leído en libros de prosa y que se quedaron en el poso -el filtro- de la memoria. Alguien dijo que un buen poeta ha de ser un gran lector de prosa, y viceversa, un buen prosista un gran lector de poesía.

El aroma arcano traspasa el poemario. ¿Cómo recibimos el misterio?

Sí, claro, en este libro -bueno, en mi obra en general- he tratado de hallar una forma de explicar el misterio que se celebra en el acto de la creación poética. Eso es lo que me arrastra siempre. Porque la poesía es eso: un misterio y también una verdad -que recibimos en su lectura o escritura. Sin misterio ni verdad no hay poesía. La poesía o es verdad o no es nada. Veo la finalidad de la poesía como el establecimiento de una verdad del espíritu. Esa verdad es al mismo tiempo una emoción, y engloba también por supuesto la belleza. Y esa belleza cuando es inesperada suele ser doblemente bella.

“Porque no habiendo una causa, tampoco habrá nunca un destino”. ¿Cuál es la causa primera de Alfredo como poeta?

Bueno, no existe el destino -o si existe, se olvidó de nosotros hace mucho tiempo-. Somos hijos del azar, sin duda. El azar es nuestro padre, como dice José María Álvarez. Tampoco una causa aparente. Y lo mismo para la poesía, claro. A veces voy escribiendo poemas cuya estructura final desconozco a cada paso y que son, por lo tanto, como un naciente de imágenes, una revelación. Para ello huyo de todo lo dogmático, lo racional en exceso, lo planificado, lo construido de antemano (lo que Colinas llama, criticándolo, ‘el poema construido’), porque todo ello va contra la creación poética, que ha de ser enteramente libre y sorpresiva.

“Todo lo vivo contiene enseñanzas secretas”. ¿Cómo acceder a ellas?

Es la belleza que reduce a uno lo que es vario. La poesía es una manera de acceso a esas ‘enseñanzas secretas’, porque sugiere una tarea espiritual de reconstrucción, de reconstitución de nuestro espíritu disperso, en la unidad. Poesía que es el contacto con la razón de ser de las cosas, como la certeza de estar vivos. El libro se abre con una cita que es una inscripción que estaba en el frontispicio de la Academia platónica, una cita que dice ‘Nadie entre aquí sin saber geometría’. Lo que quiero apuntar con ella es que solo quien se encuentra muy por dentro de la creación poética, de esa operación mágica que es la creación poética (lo mismo que en los rituales de la alquimia), solo quien está muy adentrado ahí, es quien puede escribir. Porque el poeta nos abre la puerta del horno con sus versos, nos muestra el matraz, la vasija del alquimista en plena ebullición. Así, la poesía es vista en este libro como una superación de nuestra naturaleza humana, la esencia espiritual del mundo (como la piedra filosofal de los alquimistas).

Si no es finalmente alquimia, ¿qué sería?

Alquimia ‘ha de ser’, alquimia ‘debe ser’ la poesía cuando lo es de verdad, cuando no engaña a nadie, cuando no trata de engañar a nadie, ni siquiera -ni mucho menos- a uno mismo, a quien la escribe. Si no es así, será mentira, sin duda. Una burda mentira.

ESTHER PEÑAS
Diario SOLIDARIDAD DIGITAL
28 de Julio de 2014

 Portada del libro

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